El fetiche de la herida

La periodista Marion Reimers plantea revirar el enfoque hacia los problemas estructurales que sustentan la desigualdad de género y normalizan la opresión a grupos históricamente vulnerados.

Texto de 24/05/21

La periodista Marion Reimers plantea revirar el enfoque hacia los problemas estructurales que sustentan la desigualdad de género y normalizan la opresión a grupos históricamente vulnerados.

La pregunta es siempre la misma, o casi. “¿Qué tan difícil ha sido para ti llegar a este punto en un ambiente dominado por hombres?”, “¿Cómo lidias con todo el hate que te tiran?” o la clásica “Cuéntanos alguna anécdota, algún momento en el que te hayan discriminado por ser mujer y dedicarte a hablar de deportes”. La intención no es mala, las y los colegas que enuncian estos cuestionamientos buscan hacer su trabajo y fungir como puente entre las personas con las que hablan y su público. Sin embargo, existe también un punto ciego, una parte del panorama que no estamos viendo. Es justamente ese punto el que me interesa compartir en esta ocasión con Ustedes. 

Sí, ha sido muy difícil llegar hasta este lugar en mi carrera. Sí, he tenido miedo en muchas ocasiones y me cuesta trabajo trazar una línea para que las amenazas de muerte y violación, los insultos y las descalificaciones no invadan mi vida diaria y consuman mi cabeza. Claro, anécdotas las hay… y son muchas. Sin embargo, ¿es en verdad fácil para una mujer hacerse camino en este mundo construido por y para hombres, sea en el ámbito que sea? 

Me hago la pregunta con frecuencia porque no siento que mi caso sea diferente del de muchísimas otras, tal vez es porque hay más reflectores puestos sobre lo que yo hago. Y es que con gusto podría sentarme a hablar —o, en este caso, escribi—- largo y tendido sobre las situaciones que he atravesado, las lágrimas, el dolor y la frustración. Pero, ¿en qué sumaría esto? Es verdad, es importante visibilizar las desigualdades, mencionar las violencias y usar las experiencias de otras personas para evitar que sean más quienes las atraviesen. Pero la historia de las violencias contra las mujeres es tan antigua que no nos daría la vida para enumerarlas y recuperarlas, así que me imagino que el sumar las mías tampoco haría mucho más que ensanchar el anecdotario. Es por ello que me he dado a la tarea de responder amablemente a las y los colegas que me preguntan sobre esto que tal vez sería mejor hablar de los problemas estructurales que siguen alimentando a este monstruo voraz que se alimenta de las desigualdades y escupe heridas. Tal vez, sólo tal vez, sería interesante centrarnos en por qué existen excepciones (como es mi caso) en diversas arenas de la vida en lugar que esto sea algo cotidiano. ¿Cómo es que llegamos aquí? ¿Podríamos considerar que, al ser el deporte una parte sustancial de la vida pública y de la narrativa popular, no nos interesa como sociedad que las mujeres participemos de la misma? ¿Qué es lo que lleva a que existan menos oportunidades de practicar deporte para niñas que para niños? ¿Qué efecto tiene esto en el hecho de tener a menos mujeres interesadas en ser periodistas deportivas? ¿Será que tal vez no podemos imaginarnos aquello que no vemos? 

“¿Es en verdad fácil para una mujer hacerse camino en este mundo construido por y para hombres, sea en el ámbito que sea? “

Llevamos demasiado tiempo centrándonos en el fetiche de la herida, en aquello que nos atrae del dolor ajeno y esto sucede con una enorme cantidad de grupos históricamente vulnerados. La historia trágica de la persona trans que no tuvo apoyo de su familia, el peregrinaje de la mujer indígena que sorteó todos los obstáculos para poder insertarse en un puesto de poder, el hombre con discapacidad que ahora es un destacado artista y un largo etcétera son parte del paisaje que hemos construido en torno a las desigualdades. El periodismo ha llegado alimentarse, sin darse cuenta en ocasiones, de historias de “pornomiseria”. Es decir, centrándose en lo doloroso del trayecto, los detalles de cada decepción, de cada frustración, de cada lágrima, en el silencio de la soledad. Sin embargo, nos dejan con la tranquilidad de que “todo salió bien”. ¿Y qué pasa con el resto de las historias? En lugar de centrarnos en el camino de una persona que se destacó, habríamos de prestar más atención a qué elementos siguen impidiendo que tantísimas otras lleguen hasta ahí. ¿Cuántas estudiantes de periodismo abandonan las redacciones deportivas por verse inmersas en un ambiente tóxico, desgastante y de altísima exigencia para ellas? ¿Qué podemos hacer para que estas situaciones no se repitan? La visibilización de las historias de éxito es importante y, como mencioné anteriormente, no debemos dejar de señalar todo aquello que debe atacarse de manera inmediata, pero no podemos perder de vista el bosque por estar viendo los árboles. No podemos transmitirle a la audiencia, a aquellas personas que aspiran con llegar más allá, que uno de los requerimientos y pre-requisitos para trascender es tener una enorme capacidad de “aguantar”, de atravesar situaciones limítrofes en aras de aquello que denominamos éxito. 

“NO es así, no están solas y desde aquí me enorgullece enormemente decir que las estamos esperando y ensanchando las puertas para que puedan atravesarlas con todo lo que son.”

No quiero que aquellas jóvenes que aspiran a ser periodistas deportivas piensen que tienen que volverse duras; que si son tímidas o introvertidas,  si su carácter es menos combativo o no se sienten con la seguridad de enfrentarse con el entorno, entonces este lugar no es para ellas. Este lugar debe ser para quienes aman al deporte, para aquellas que busquen que sea una herramienta de transformación y que, de la mano del periodismo, se pueda construir un mundo mejor y más divertido (porque lo más importante del deporte es eso, que es divertido). Quisiera que todas sean fuertes a su manera, que tengan la seguridad de que ser buenas en lo que hacen es lo único que importa para destacarse, que pueden trabajar tranquilas sin importar cuál sea su temperamento. Deseo esto para todas aquellas personas que, provenientes de grupos históricamente vulnerados, temen que su destino pueda ser similar al de quienes nos hemos dedicado a cuestionar las reglas que han operado sin tomarnos en cuenta. NO es así, no están solas y desde aquí me enorgullece enormemente decir que las estamos esperando y ensanchando las puertas para que puedan atravesarlas con todo lo que son. Sin embargo, como con todas aquellas cosas que cuestan trabajo y valen la pena, necesitamos estar siempre vigilantes. Caminamos sobre los hombros de gigantes que se han hecho cargo de labrar camino para nosotras: votar, abrir una cuenta de banco, el acceso a métodos anticonceptivos (y pronto al aborto legal, gratuito y seguro); ellas nos permiten hoy gozar de valiosas libertades, mismas que en más de una ocasión han estado en riesgo. Nunca demos por sentado aquello que tenemos y nunca pensemos que ya llegamos, que ya fue suficiente, que la meta se cruzó. La humanidad es una correlación tan compleja de sistemas e ideas, que con cada respuesta surgirán nuevas preguntas y por ello tal vez es siempre importante abstraernos y en lugar de aferrarnos a la herida pensemos en qué es lo que la ocasiona para así, colectivamente, sanar. EP

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