Cuando las mujeres fueron pájaros

“El pájaro rojo al centro de esta espiral acumula su propia velocidad. Repítelo: velocidad. Las palabras tienen su velocidad. Yo soy una mujer de palabras. ¿Qué queda de mí si me quitan las palabras? El don de mi pensamiento complejo empieza a aplanarse y a tomar vuelo, dejándome —dejando a aquellos que están cerca— sin recuerdos de cómo aprehender una palabra como pájaro.”

Texto de y 25/11/20

“El pájaro rojo al centro de esta espiral acumula su propia velocidad. Repítelo: velocidad. Las palabras tienen su velocidad. Yo soy una mujer de palabras. ¿Qué queda de mí si me quitan las palabras? El don de mi pensamiento complejo empieza a aplanarse y a tomar vuelo, dejándome —dejando a aquellos que están cerca— sin recuerdos de cómo aprehender una palabra como pájaro.”

¿Cuáles son las consecuencias de ir en contra de nuestros instintos?

¿Cuáles son las consecuencias de no expresar lo que pensamos?

¿Cuáles son las consecuencias de la culpa, de la vergüenza, de la duda?

Lo había visto por ahí. Era atractivo, rubio, fuerte, estaba bronceado y tenía treinta y tantos años.

Era alguien fácil de recordar tras verlo por primera vez. Yo lo recordaba. Sentía que había estado cargando una parte de él a las orillas de mi atención, así que cuando apareció fue como si viniera a recoger algo que le pertenecía.

“Me llamo Joseph”, dijo. “¿Quieres ir a caminar?”

“Estoy trabajando”, le contesté. “No tengo tiempo.”

Ambos estábamos en un campamento remoto en el área de Sawtooth Wilderness, en Idaho.

Yo era profesora asistente en un curso de Ecología de Campo. Él hacía trabajos de carpintería.

“Hay una vista bonita en Two Ravens en Tall Pines”, dijo. 

Asentí y seguí escribiendo. Conocía la zona. No necesitaba ir con él.

Olía a humo mezclado con sudor. Incluso en la brisa del pórtico de la casa, me recordaba a fogatas en terrenos secos. Hasta sus manos estaban polvosas. 

“Te traigo de regreso antes de la cena.”

Levanté la mirada.

Él se quedó viendo mis mocasines. “Ponte tus botas.”

No sé por qué ignoré los instintos de mi cuerpo, mi propia intuición. Todos los ingredientes de una historia que termina mal estaban ahí. Mimi nos había leído cuentos de hadas de Andersen y de Grimm hasta el cansancio. Yo prefería los de Grimm porque eran más oscuros, más espantosos, más veraces. La caja llena de libros verdes y rojos estaba desgastada y vieja. Todos teníamos nuestros favoritos. Yo siempre quería escuchar el cuento de Blancanieves. Me gustaba la idea de un espejo que hablara y la reina malvada obsesionada con el desvanecimiento de su propia belleza y aterrada con la pregunta que se hacía una y otra vez, “¿Quién es la más hermosa de todas?” Disfrazada, intenta matar a Blancanieves tres veces: primero con los lazos del corsé demasiado apretados, que le provocan un desmayo, luego con un peine envenenado y finalmente como una manzana envenenada. Pero Blancanieves siempre logra escapar de la muerte y volver a la vida, arruinando los planes de su malvada madrastra. Para mí el cuento se trataba del amor entre Blancanieves y el príncipe, de cómo mantenerte oculta, pero dejando claros tus poderes y sobrevivir a lo que te amenaza. Los siete enanos me parecían creíbles, crecer en una familia grande donde cada miembro contribuía y protegía a los demás con sus propias excentricidades. 

Joseph insistió tanto que me convenció. Fue más fácil decir que sí que decir que no. Dejé a un lado mis papeles y mi pluma, me puse las botas y lo seguí. ¿Qué es lo peor que puede pasar?, pensé. Me hará bien el aire fresco. 

“¿Así que eres la asistente de Hathaway?”

“Sí.”

“¿De qué clase?”

“Ecología de Campo.”

“¿Cuántos estudiantes tienen?”

“Diez.”

No quería ser grosera, pero tampoco tenía ganas de involucrarme en la conversación.

“¿Cuánto tiempo te quedas?”

“Dos semanas.”

Justo en ese momento, un búho cornudo bajó en picada frente a nosotros. Sorprendida por su cercanía, me detuve y lo seguí con la mirada hasta verlo aterrizar en un pino. 

Me alejé del sendero y caminé despacio hacia el ave. Joseph siguió por el camino hasta darse cuenta de que ya no lo estaba siguiendo.

“Vamos, todavía falta un poco”, gritó, caminando de regreso.

“Me voy a quedar aquí un momento. No siempre tengo la oportunidad de estar con un búho.” Y me senté en los altos pastos amarillos de la ladera.

Agitado, Joseph desapareció.

El búho se quedó. Su manto de plumas le permitía camuflarse perfectamente en la luz oblicua de los pinos. No se movió, con la mirada fija en la mía, sus ojos como flamas amarillas en el bosque. Quién sabe cuánto tiempo pasó en las sombras cambiantes de la tarde.

Los búhos son engañosos. Son advertencia y consuelo. En esa ocasión me negué a ver la advertencia y me instalé en el consuelo de su presencia. En la montaña, me hundí en las ensoñaciones de mi propia mente. Para mí esto era mi hogar, no un lugar de temor. La naturaleza salvaje tiene sus propias reglas: fuimos criados con ellas. El respeto es fundamental. También la impredecibilidad. Mantén tu distancia. Pon atención. Siempre. 

Las ramas crujieron, volteé hacia atrás. Joseph estaba de pie detrás de mí en taparrabos, sin camisa, con plástico aislante verde enrollado en la cabeza.

“Tengo frío”, dijo.

“Me imagino que sí”, dije yo, preguntándome dónde había dejado su ropa. Me preocupaba más todavía dónde había encontrado lo que llevaba —o dónde lo tenía escondido— y por qué. 

“Vamos de regreso.”

Su comportamiento era inquietante. Olía a humo. Dejé al búho, que significaba dejar lo que conocía, y seguí a Joseph, que ahora estaba medio desnudo, de regreso hasta el sendero principal. Cuando llegamos a la bifurcación, en vez de volver hacia abajo, por donde habíamos llegado, Joseph se detuvo y dijo, “Sigamos un poco hacia arriba hasta Richardson Creek y luego bajamos. Es un atajo al campamento, entonces no llegaremos tarde a la cena”.

“Pero Blancanieves siempre logra escapar de la muerte y volver a la vida, arruinando los planes de su malvada madrastra. Para mí el cuento se trataba del amor entre Blancanieves y el príncipe, de cómo mantenerte oculta, pero dejando claros tus poderes y sobrevivir a lo que te amenaza. Los siete enanos me parecían creíbles, crecer en una familia grande donde cada miembro contribuía y protegía a los demás con sus propias excentricidades. “

Según mis cálculos, en este punto seguir a un hombre que estaba enloqueciendo cada vez más era una mejor apuesta que huir. No quería alterarlo. No puedo decir que haya sido exactamente por cortesía que seguía haciéndole caso, porque cada decisión tomada era sabotaje y mal juicio, pero el esfuerzo de simplemente seguir caminando parecía más fácil que confiar en lo que yo sabía. No tenía energía para entrar en conflicto. Me quedé callada. Pero cometí un error crucial: olvidé las reglas de los cuentos de hadas. Cosas malas les pasan a las mujeres jóvenes en el bosque. Ignoré el principio fundamental de todos los cuentos de hadas que había escuchado: cuidado con el lobo carismático que viste piel de oveja. Hay maldad en el mundo. Puedes ser engañada.

Llevábamos quince minutos caminando con rapidez cuando empezó a oscurecer. Joseph iba detrás de mí. Podía escuchar su respiración, casi jadeos. Aceleré la velocidad, cada vez más nerviosa. Una cañada profunda amenazaba en su inmensidad. Richardson Creek estaba lejos, montaña abajo. Íbamos por el camino equivocado. Se me puso la piel de gallina. Cuando volteé a verlo, Joseph estaba de pie sobre una gran roca cuadrada. Las venas de su cuello sobresalían. Sus pupilas estaban dilatadas. Todo parecía estar pasando en cámara lenta: lo vi levantar sobre su cabeza un hacha de doble filo en la que se reflejaba la luz, con la fuerza de todo el cuerpo a punto de caer sobre su objetivo. Nuestras miradas se encontraron. El hacha estaba dirigida a mí. Cuando atacó, se resbaló. Salí corriendo. Avancé dos kilómetros y medio sin mirar atrás. 

Llegué tarde a cenar. El profesor Hathaway me preguntó si todo estaba bien. Parecía preocupado. Le dije que había salido a caminar y había calculado mal el tiempo. 

¿Por qué mentí? ¿Por qué no le conté a mi profesor sobre el terror del que había escapado? Me sentía avergonzada. Quizá había sido mi culpa. Quizá me lo había imaginado todo. No había confiado en mis instintos al irme con Joseph. ¿Por qué debía confiar en ellos ahora?

Esa noche saqué mi bolsa de dormir de la casa hasta una pradera alejada de todo. Me sentía más segura afuera que adentro. Me quedé mirando el cielo estrellado y la extensa ruta de la Vía Láctea. Pero la única constelación que pude ver fue una con forma de un hacha de doble filo. Nunca cerré los ojos, sólo permanecí ahí temblando en el suelo, repitiendo una y otra vez en mi cabeza la imagen de los ojos dilatados de Joseph mirándome fijamente y el terror punzante atrapado en mis piernas, que me habían sacado de ahí con el cuerpo convertido en hielo.

Al día siguiente, le escribí a una larga carta a Brooke contándole todo lo que había pasado, incluyendo una descripción física de Joseph en caso de que yo desapareciera. Le transferí mi carga a Brooke. ¿No es así la historia, la dama en apuros salvada por el príncipe? Si yo no podía hablar, Brooke hablaría por mí. Si algo pasaba, él podría contar el cuento, dado que yo me estaba muda. Si me había equivocado, no quería dañar a Joseph. Metí una pequeña pluma de búho en el sobre. Caminé hasta la carretera principal, a varios kilómetros de distancia, y le hice la parada a una camioneta que venía de Stanley. El hombre que iba en ella se detuvo, bajó su ventana y me preguntó si estaba bien. Le pregunté si podía enviar una carta por mí. Aceptó y se la entregué junto con un par de monedas para la estampilla.

Unos días después, estaba sirviéndome una taza de té en la cocina. Finalmente había vuelto a la rutina. Escuché la puerta abrirse y cerrarse de golpe. Cuando volteé hacia ella vi a Joseph, de pie, completamente rasurado y vestido. El mismo olor a cigarro me acorraló en una esquina. Mi corazón latía fuerte. Se acercó a mí lentamente, susurrando.

“Pensaste que iba a matarte, ¿no, Terry?”

Yo sólo podía pensar en el brillo del hacha, en sus brazos levantándose lentamente por encima de su cabeza. El miedo no me dejó hablar. Me quedé parada ahí, con la taza de té en las manos, quemándome los dedos, sintiendo el terror recorrer mis piernas una vez más. 

“¿Por qué corriste? ¿Por qué me dejaste ahí después de que me caí? Pude haberme lastimado.”

Me escuché enunciar el nombre de Brooke, como una palabra mágica que pudiera romper este hechizo.

“¿Brooke? ¿Quién es Brooke?”, preguntó Joseph, súbitamente maniático, balanceándose hacia atrás y hacia delante. “¿Estás casada? No me dijiste que estuvieras casada. Pensé que eras virgen…” Se volvió incoherente, susurrando, hablando en lenguas desconocidas. Sus ojos azules se dilataron otra vez y entró en trance, tocando mi cuello con sus dedos apestosos, su pulgar apretando fuerte y lento el espacio entre mis clavículas. Me miró fijamente hasta que me soltó, decepcionado, y salió de la alacena. Nadie volvió a verlo. 

Los lobos matan ovejas sin chistar mientras no haya contacto visual. Los venados o los caribús fijan la mirada en el lobo. En un abrir y cerrar de ojos, se toma una decisión entre depredador y presa. Barry López llama a esto “la conversación de la muerte”. El animal accede o no accede a ser tomado. No. Mis ojos dijeron que no. No seré tomada. Fue en ese momento que Joseph se resbaló y yo corrí.

Durante los días que me quedaban en Sawtooths quise contarle a alguien, a quien fuera, lo que había pasado. Quería hablar. Quería contar lo asustada que estaba, cómo casi me asesinaron, convertida en pedacitos por un loco con un hacha, sin que yo hubiera hecho nada. Pero no lo creía. Creía que era mi culpa. Había traicionado a mis instintos. Mi cuerpo intentó advertírmelo. Un búho intentó advertírmelo. Pero ignoré todo eso y dejé de lado mi intuición. Cuando una mujer no habla, otras mujeres salen lastimadas. Y ahora Joseph podría estar lastimando a otras mujeres que duermen en otros bosques. 

Durante la última semana del curso nos enfocamos en estudios fluviales, estudiando a las larvas de tricópteros y efemerópteros que viven en Richardson Creek. Río arriba, los estudiantes nos llamaron a gritos, frenéticamente. Dejamos nuestro equipo de recolección a un lado y fuimos a ver qué estaba pasando.

Junto al arroyo, en la base del barranco, había una pequeña choza construida con ramas de sauce. Adentro había cráneos ensangrentados de venado y amuletos hechos de hueso. Una pequeña biblioteca de libros esotéricos sobre las culturas mesoamericanas, desde los aztecas hasta los mayas, estaba bien ordenada con secciones sobre sacrificio humano marcadas con pedazos de papel. Y luego uno de los estudiantes encontró el hacha de doble filo. 

Ver el arma me dio náuseas, así que me disculpé y salí de ahí. Vomité. Cuando una estudiante me vio jadeando en los arbustos, me preguntó si podía ayudarme. 

“No, gracias, es que estoy enferma.”

Nunca le mencioné nada más a nadie.

Brooke me rogó que fuera a la policía. Me negué. Como buena chica mormona dije, “Estoy bien”.

“Déjalo ir”, dije.

¿Cuál es el gesto de una mujer que se cubre la boca con la mano?

¿Cuál es el gesto de una mujer que se cubre la boca con la mano mientras tiene los ojos abiertos de par en par?

¿Cuál es el gesto de un hombre que aprieta con el pulgar el pulso de la voz de una mujer que llora sin lágrimas?

Cuando me entero de una joven mujer que ha desaparecido, posiblemente asesinada sin que nadie haya encontrado su cuerpo, pienso en Joseph y en la violencia de mi silencio.

Mimi siempre decía, “Cuando una mujer llora es cuando más cercana está a su verdadero ser”. Nunca lloré en Sawtooth Wilderness.

Llevamos demasiado tiempo siendo seducidas a recorrer un sendero que no conduce a nosotras mismas. Demasiado tiempo hemos dicho que sí cuando queríamos decir que no. Y demasiado tiempo hemos dicho que no deseando, desesperadamente, decir que sí.

Cuando me miro al espejo, veo a una mujer con secretos. 

Cuando no escuchamos nuestra intuición, abandonamos nuestra alma. Y lo hacemos por miedo a que, si nos resistimos, los demás nos abandonarán. Hemos sido educadas para cuestionar aquello que sabemos, para desacreditar la autoridad de nuestras entrañas.

Quiero saber por qué. Siempre que me abandono a mí misma, termino por arrepentirme. Pero albergar arrepentimientos es hacer el amor con el pasado, no hay movimiento ahí. No nos salvarán los labios de un príncipe, sino nuestros propios labios hablando. 

Estoy creciendo más allá de lo que me ha condicionado, rompiendo con lo que me estaba rompiendo a mí. EP

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