Bruja

María Fernanda Ampuero era una persona de perros, hasta que en un cumpleaños adoptó a Bruja. En este texto, relata cómo se fue convirtiendo en su humana y cómo ha cambiado su vida a partir de esa adopción.

Texto de 22/07/21

María Fernanda Ampuero era una persona de perros, hasta que en un cumpleaños adoptó a Bruja. En este texto, relata cómo se fue convirtiendo en su humana y cómo ha cambiado su vida a partir de esa adopción.

El cartón tenía un cartelito que decía “Adóptame”. A los lados le habían dibujado unas caritas: unos triángulos de orejas, dos bolitas de ojos y tres rayitas como bigotes a cada lado. 

Era mi cumpleaños. Estaba un poco triste porque los cumpleaños de la gente mayor tienen, entre otras cosas, la función de ponerte triste. Más si estás en un país que no es el tuyo. Más si estás enferma de la panza hace demasiados días. Más si no ves muy claro el futuro ni ahí, ni allá, ni en ningún lado. 

Triste, pues, como cuarentona cumpleañera. 

Antes de ir a casa decidí pasearme por un tianguis que montaban los fines de semana en la calle de al lado. Pretendía comprarme un regalo para mí misma: esas cosas capitalistas que haces cuando tienes la vida por los suelos. 

Caminé y caminé. Llegué al pie de la Cibeles. Abajito de la Virgen estaba el cartón con el cartel de “Adóptame” y a los lados dos niñitas de unos diez y unos siete años mirando con ansiedad a los que pasaban por ahí. Un niño se asomó, quiso tocar eso que estaba dentro del cartón y la madre lo tironeó del brazo. La señora se fue murmurando algo de que no se toca a los animales de la calle porque están enfermos; el niño se fue triste, mirando para atrás. 

Me dio rabia por la señora y pena por el niño.  

Mientras me acercaba rogué encontrarme con un perrito. Llevo años soñando con un perro que hace muchísimo bauticé como Sucio y que hace muchísimo es la gran fantasía: una superheroína y su fiel compañero. 

Toda mi vida he tenido perros, amo a los perros, soy tocadora de perros, podría rescatar a todos los perros del mundo, todavía lloro cuando recuerdo a mi perra muerta durante mi juventud.  Perros, perros, perros, perros. 

Me asomé al cartón y ahí la vi. Una bolita de cara rara, manchada, con un ojo rodeado de algo blanco y un morro de colores. Nunca había visto un animal así. Era un gato; una gata. 

Mi amiga Tamara me había contagiado su amor por los gatos —con sus Mapachita, Martini, Panela y Carlota— e inmediatamente pensé en que ella me ayudaría a encontrarle un hogar a esa bola tricolor que dormía sobre una colchita blanca. Porque, recordemos, yo soy/era de perros. 

Una de las niñas, la pequeña, quien seguramente dibujó los gatitos en el cartel, se entristeció muchísimo cuando vio que me la llevaba. Pensé en una madre espetando: “me sacan este animal de aquí ahorita mismo”. Pensé en la niña aprendiendo, tal vez prematuramente, una lección dolorosa: la vida nunca es como quieres. Ella quería a esa gata y su mamá, no. 

La niña más grande dijo que la gatita ya comía bolas y la niña más chica no dijo nada porque, seguro, se estaba atragantando con un montón de lágrimas. Agarré el cartón y me fui a mi casa. 

A Tamara le pedí indicaciones, mandé fotos, dejé que el animalito saliera de la caja. Le buscaríamos un hogar donde fuera feliz. 

La cosa diminuta era extraña. Lo del ojo que la señora pensó que era infección era pelo, pelo blanco como un delineador. La nariz tenía un ínfimo pedacito rosa del que se asomaban tres bigotitos blancos. El resto era negro, pero también marrón, pero también blanco. Carey, que le dicen, o calicó. 

No sé en qué momento la llamé Bruja. Tal vez porque era más que nada negra; tal vez porque reivindico la figura de la bruja como la hermana, la sabia, la madre, la heroína, la feminista, la perseguida, la sanadora. Tal vez, quién sabe, porque las brujas siempre tienen un gato negro. Y yo soy una bruja. 

Me la fui quedando, casi sin querer. Esa noche se me durmió en el pecho. Al día siguiente, me persiguió por toda la casa haciendo un miau de pollito. Me fui de viaje y la extrañé (gracias Wookie por cuidarla y quererla). Eso fue todo.  

Se fue convirtiendo en mía, o más bien yo en suya. Fue eligiéndome su humana. Soy la humana de Bruja. 

Desde ese cumpleaños, desde el cartón con gatitos dibujados, desde la bolita de colores que se adueñó de la vida de todes, han pasado dos años. Bruja ha viajado de Ciudad de México a Quito, de Quito a Guayaquil, de Guayaquil a Playas, de Playas a Guayaquil y muy prontito hará el viaje bestial: Guayaquil-Madrid. Bruja será una madrileña. 

Dicen que los animales sienten cuando estás mal. Yo llevo mal muchos años, más de los que ha marcado el calendario. No sé si me explico. Llevo mal un siglo. 

Bruja no es amorosa de la manera en la que una piensa que debe ser una mascota. Odia que la carguen, jamás aprendió a subirse al regazo, marca su distancia al dormir: yo en mi lado y ella en el suyo. Con los gatos el amor es una cuestión de fe. ¿Cómo saber si me ama como yo la amo? Fe. Puritita fe. 

Bruja se me sube al pecho cada cierto tiempo, ronronea un ronroneo apenas audible, me amasa suavemente con sus patitas y se queda un ratito con su nariz negra con una pizquita rosada metida en el hueco de mi mano. Luego se cansa de alinearme los chakras, hacerme el reiki y absorber mis tristezas y se va, tan extraordinaria como vino, tan diosa como Beyoncé. 

Por supuesto, ya no tiene nada que ver con la bolita de colores. Es una bestia fabulosa de ojos amarillos, fotogénica a morir, de un animal print que cualquier diseñador soñaría para una colección, bella y altiva como nada más puede ser un felino. La encuentro preciosísima. 

A esa niñita que escribió el cartel de “Adóptame” y dibujó a los lados dos caritas de gato, me gustaría muchísimo decirle que esa bolita de colores me salvó la vida, que su compañía durante la pandemia hizo que no me volviera loca entre tanta soledad y tanta muerte y tanto miedo, que ese bulto durmiendo a mis pies me dio razones para seguir en el mundo, que verla perseguir un rayo de luz o un bicho me daba y me sigue dando una felicidad inexplicable de tan sencilla, de tan inocente, de tan como yo era antes de las palizas de la vida. 

Soy porque Bruja es. Me gustaría decirle a la niñita que aquel animalito dormido en un cartón sobre la colchita blanca es mi salvación y que por eso tengo una deuda infinita con ella; decirle que muchas veces, cuando veo a Bruja ser tan libre y hermosa, tan sana, tan amada. Pido al dios en el que no creo que cuide a esa niñita mexicana de la que no sé el nombre, que le dé una vida feliz y ojalá, ojalá, ojalá, una gata como la mía. EP

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