
En esta reseña, Jaime Septién nos invita a redescubrir a Rabindranath Tagore a través de una antología que ilumina la vigencia de su pensamiento poético, filosófico y humano.
En esta reseña, Jaime Septién nos invita a redescubrir a Rabindranath Tagore a través de una antología que ilumina la vigencia de su pensamiento poético, filosófico y humano.
Texto de Jaime Septién 05/12/25

En esta reseña, Jaime Septién nos invita a redescubrir a Rabindranath Tagore a través de una antología que ilumina la vigencia de su pensamiento poético, filosófico y humano.
Rabindranath Tagore. Pájaros y luciérnagas. Pensamientos y aforismos. Ariel, México, 2023. 167 páginas.
Pocos escritores, quizá ninguno, han producido tal cantidad de libros como Rabindranath Tagore, verdadero buque insignia de la literatura y la política en la India. Entre su lengua original —el bengalí— y sus estudios de Derecho en Inglaterra, construyó un puente de ida y vuelta entre Occidente y su inmenso país natal.
En la edición y traducción de Ricard Vela, Pájaros y luciérnagas es una antología —como toda antología, una “lectura” personal— de pensamientos y aforismos diseminados a lo largo de cientos de ensayos, poemas, relatos, diarios de viaje y obras de teatro que le dieron fama mundial y el Premio Nobel de Literatura en 1913.
Cerca de 150,000 versos en 65 años de labor poética hacen de Tagore un caso único en la escena literaria del siglo XX. Gandhi lo llamó “el gran centinela de la India”, y el mundo cayó rendido ante este profundo observador de la naturaleza, de la libertad y del amor como fuerza que mueve al universo. Después, con la irrupción de la era atómica, Tagore comenzó a desvanecerse en el horizonte literario. Quedó como una reliquia romántica, casi un señor de luengas barbas canas, autor de versos y pensamientos para señoritas.
Nada más alejado de la realidad. Una relectura de Tagore, como la que propone este volumen, revela un espíritu finísimo y un poeta que estalla en júbilo ante la contemplación de la belleza.
La belleza es la profunda expresión de realidad que satisface nuestros corazones, sin otro género de seducción que el de su propio valor supremo. Cuando, en algunos momentos de puro éxtasis, nos damos cuenta de verdad del mundo que nos rodea, lo vemos no solo como existente, sino también decorado en sus formas, tonos, colores y líneas. Y sentimos en nuestros corazones que existe una Unidad que se proclama a través de todo: “Siento alegría en mi creación.”
Algunos de sus pensamientos, incluso, alcanzan el don supremo del humor, ese “duende” que habita en las inteligencias mayores y que ilumina incluso las metáforas más arriesgadas:
Las flores no reciben en nuestra casa la debida recompensa enamorada de nuestras manos, ya que en nuestros floreros son como niños malos que han sido castigados a estar de pie sobre sus bancos.
Tengo para mí que hay una idea que recorre sus reflexiones y apuntes: que a los genios no les asusta (como a los mediocres) pedir prestados los pensamientos, las ideas y las realizaciones de otros para reelaborarlos, mejorarlos y devolverlos a una nueva vida. Ello es así porque “el alma humana está orgullosa de su sensibilidad integral” y “reivindica su libertad para acceder a cualquier lugar cuando se siente completamente viva y despierta.”
Si en esta colección de pensamientos se nota la raíz de la sensualidad oriental —vale decir, “occidentalizada”—, en los aforismos, esos trallazos de luz que a veces nos dejan con el ánimo revuelto, es donde Tagore alcanza la cumbre de la economía de la expresión y la amplitud de significado. Hay un aforismo sobre los niños que merecería valorar esa etapa que vivimos no con nostalgia, sino con la gratitud que nace del corazón:
El niño vive siempre en el misterio
del tiempo sin edad,
a salvo del polvo de la historia.
Admirador de la naturaleza, de las flores, de los grandes árboles que dan sombra a las tórridas tardes del verano en la India, Tagore los dota de vida y anuncia como vigías de la eternidad callada de la creación:
El árbol ostenta sus mil años de vida
como un solo instante, amplio y majestuoso.
Como buen moralista que fue, Tagore se enardece contra la mentira, contra el desdén político de quien busca el poder para servirse de quienes lo eligieron y vengarse de quienes no lo eligieron. Tarde o temprano, la vergüenza los arrastrará a los abismos del olvido:
Tu calumnia contra lo grande es impía
ya que es a ti a quien hiere,
y es mezquina con lo pequeño,
pues hiere a la víctima.
Hombre religioso en el más puro sentido del término, Tagore refuta en una sola línea a quien considera que el amor a Dios es una especie de refugio temeroso, un malsano entregarse a la esclavitud de lo ya dado, una hipocresía que revela infantilismos psíquicos:
Yo puedo amar a mi Dios
porque Él me otorga la libertad de negarlo.
Volver a leer a Tagore es como penetrar en los amplios pasillos del pasado y la memoria; despertar, al fin, con una mirada más limpia, más clara, más humana. Como apunta Ricard Vela en el prólogo, este puñado de pensamientos y aforismos “se elevan hacia el cielo como pájaros y son esas bellas luciérnagas que nos iluminan con destellos y fogonazos de sabiduría”. EP