Mester de juglaría de Ignacio Oliden: el arte de confeccionar versos

Mario Murgia nos ofrece una reseña y comentario de Mester de juglaría de Ignacio Oliden, joven poeta, traductor y crítico cuyos versos, elegantemente hilvanados, nos invitan a recorrer el orbe y su historia en un propositivo diálogo con la tradición literaria.

Texto de 29/01/26

Mester

Mario Murgia nos ofrece una reseña y comentario de Mester de juglaría de Ignacio Oliden, joven poeta, traductor y crítico cuyos versos, elegantemente hilvanados, nos invitan a recorrer el orbe y su historia en un propositivo diálogo con la tradición literaria.

Ignacio Oliden. Mester de Juglaría. Buenos Aires Poetry, Colección Pippa Passes, 2024. 48 páginas | ISBN 978-987-8470-72-6

Mester de Juglaría, primera colección del poeta, traductor y crítico argentino Ignacio Oliden, se publicó apenas en 2024. Se trató de un acontecimiento que, muy en el tono de otros gestos artísticos de antaño (pienso, con toda distancia estilístico-formal guardada, en la aparición de Lo espeso real, de Daniel Freidemberg, en 1996), apunta a una coyuntura, ¡oh, manida metáfora!, del verso contemporáneo argentino al proponer un diálogo descarnado con la tradición. Y es justo ésa la tradición de nuestro poeta: la que se regodea en ser, al mismo tiempo, tantas más.

Oliden, nacido en Buenos Aires en 1997 y formado en las lides editoriales de revistas como La Piccioletta Barca y la misma Buenos Aires Poetry, no se presenta ante el lector como un poeta rendido a los devaneos complacientes del yo, sino como un hacedor artesanal que reconoce, con una mezcla de ironía y compromiso, que su oficio es quizás la única senda posible a través de un mundo que lo desborda. El título mismo del poemario —portador de inescapable especularidad con un importante volumen del chileno Enrique Lihn— funciona como una declaración de principios y una remisión a la labor del juglar. No obstante, y lejos de proponer afectaciones medievalizantes, la colección de Oliden ilustra las diversas razones por las que el sujeto lírico, encarnado en el poeta, permanece anclado sin remedio en la fabricación de versos.

En esta entrega de la colección Pippa Passes, Oliden se asume como un operario de la palabra que debe reducir la vastedad de la naturaleza a la unidad mínima de la sílaba negra (sí, con ecos distantes de Antonio Gamoneda) para ir transformando el entorno en evocación, métrica y sonido: “el sauce mudo, los grillos, el sapo con trovas inocentes” de la breve pieza “Manejar los mares de la luna”, por ejemplo. Tal labor no deja de admitir una tensión existencial poderosa, pues Oliden se manifiesta en lo que él mismo ha llamado “la fatalidad de habitar dos tiempos”: el de la creación poética, que es siempre su presente, y el de la vida social o práctica, la cual, verificándose también en el devenir ajeno, exige escritura y expresión lírica constantes.

Para el poeta, el tiempo dedicado a la hechura de versos se percibe a menudo como un gasto inútil según los parámetros de la realidad circundante e inmediata. Esto implica sin duda una pérdida trascendental como aquella que se distingue en el poema “Cuando pienso en cómo gasto las horas”. En él, la voz poética confiesa existir en “una casa que no es mía / en una mesa que no es mía”, revelando así una fractura insalvable entre el espíritu y la materia. Semejante dualidad se manifiesta en una poética del sacrificio que implica la redefinición del acto creativo no como una construcción externa, sino como un proceso de autodevoración, tal como se advierte desde el inicio del poemario. Ya desde ahí, en la pieza titulada “X”, la voz de Oliden verbaliza aquel acto definitorio del ser-poeta: “yo / que escribo y muero en un mismo movimiento de mi mano / que me desangro rimando y recordando me desgasto / que finjo consumar las páginas que me consumen”.

La escritura de Mester de juglaría es, por lo tanto, un desangramiento rítmico que termina por consumir al poeta, exigiéndole un costo vital para que la obra pueda finalmente dialogar con la tradición que a un tiempo habita y reconfigura. Para explicar esta faena de intensidad casi corpórea, Oliden parece rememorar el célebre “doom of the makers”, o destino de los hacedores, invento imagístico con el que Rudyard Kipling describiera, en su famosa autobiografía Something of Myself, el inenarrable esfuerzo de soportar los embates de las ideas, como si se intentara atajar a un toro enfurecido cogiéndolo por las astas. Este sacrificio no es sino la vía para alcanzar una inmortalidad terrenal que el poeta logra únicamente al lidiar con el agotamiento físico en la silla de trabajo, logrando salvar, en el último suspiro, una línea de la normal intrascendencia del día. El oficio del juglar moderno implica así una alquimia de la percepción que consta de dos fases críticas: primero, captar los objetos y sus relaciones —el eco de un caracol en el poema “Las olas” o una piedra negra en “Escena en Lago Espejo”— y, segundo, transformar esos elementos en entidades tangibles, para dotarlos así de un sentido que trascienda la mera observación.

En este proceso, los objetos sólo cobran significado cuando pasan por el tamiz de las emociones, traduciéndose a continuación en un aparejo técnico con el que las palabras se “martillan” para que el poema adquiera la firmeza de la acrópolis evocada en una pieza como “Atenas”. Esta resistencia estética se levanta también contra las propensiones modernas, como se observa en su rechazo a la Rothko Chapel, que la voz de Oliden califica de “pésima, pésima cosa / que llaman pintura y que llaman capilla / y que tanto gusta a los turistas de domingo”. El poeta, en “Oración nocturna”, prefiere más bien el regreso a los versos de Catulo o el intento de “remontar el río de Velarde” para recuperar el flujo de la infancia.

Por otro lado, la lectura en la obra de Oliden no comporta un sereno acto contemplativo, sino una experiencia tan enérgica como caminar por las calles de una ciudad para atisbar en sus recovecos los fantasmas literarios que operan como vínculos entre épocas. Así pues, la voz lírica de Ignacio Oliden busca resucitar la gran poesía en “Torre de Belén”, reconociendo que, aunque sus huesos yazcan en un pozo, su sueño permanece vivo en el agua: “Vamos a soltar los papeles al viento / a despertar a Camoens, / que tiene sus huesos en algún pozo / pero el sueño en el agua”. En el conmovedor y ya mencionado “Oración nocturna”, la plegaria, marcada por el desvelo, se encuentra con un vate antiguo mientras una lámpara alumbra versos que catalizan la disolución del sujeto: “deja la angustia en el sillón como se abandona una sandalia en el barro, / y de decir estupideces, / y haz algo útil / Este es tu árbol bo / Llena el libro moliendo el grano de la noche”. Incluso se permite el hablante imaginar a François Villon —o Montcorbier— buscando alojamiento en una noche nevada de París, “sosteniendo su sombrero contra el viento / elige una calle al azar y recuerda que debe / terminar la balada que había comenzado en la taberna”, o bien encontrarse con Langston Hughes mediante la voz del trovador Peire Vidal, uniendo así el Harlem del siglo XX con la lírica medieval en un mismo espacio-tiempo poético. Este asedio de la literatura es tan potente que los anaqueles de la biblioteca se tornan tapias y los números de las páginas se transforman en rejas que apresan al autor: “En qué momento se levantaron estos muros / y estos barrotes numerados? / Se metieron poco a poco, / y afilan sus cuernos detrás de los estantes”, como leemos nuevamente en el poema “X”.

Mester de Juglaría se convierte pronto en una bitácora de viajes, tanto físicos como espirituales, en los que ciudades como Londres y París son escenarios de premoniciones y encuentros reveladores. En la taberna “The Three Greyhounds” del Soho londinense, el autor se certifica como un “argentino forastero” que degusta siglos en un vaso de cerveza, mientras que en el cementerio de Montparnasse visita la tumba de un César Vallejo apenas aludido, a quien Oliden ciertamente evoca como lo que es ciertamente: un enorme poeta latinoamericano y mundial. Allí, en el monumental camposanto parisino, el vínculo entre poeta vivo y poeta muerto no se forja por vía de la crítica literaria, sino gracias al recuerdo de la alegría cotidiana que inspira un acto sencillo, como el dejar boletos de la métro bajo una piedra a manera de ofrenda de fidelidad: “Cuatro o cinco personas vinieron a verte / Dejan el ticket de metro bajo una piedra / Las hormigas suben / y bajan de tu tumba”.

Es en Buenos Aires, sin embargo, donde la tensión urbana alcanza su punto álgido, con una noche que se desploma como ave de rapiña (sí, resuena a lo lejos “La ciudad de la furia”) y un “subte” percibido como un círculo infernal que transporta un río de almas aferradas a los barandales en profundidades sombrías: “En Buenos Aires la noche cae como un buitre, / y los pájaros, los perros, los niños se han ido / […] Mis plantas tiemblan mientras el subte recorre su círculo infernal / llevado por su río de almas tomadas del barandal”. En el barrio de San Telmo, la voz del poeta recorre las calles entre edificios construidos sobre pantanos, compartiendo la angustia de un destino incierto y los juicios secretos que parecen emerger de la propia tierra. Al observar el cementerio de la Recoleta, Oliden evoca a una sorprendente Emily Dickinson para reflexionar sobre la brevedad de la vida frente a la permanencia de un “jardín de mármol”. Ahí, todo título, histórico o poético, florece en recintos fúnebres: “De tanto remover la tierra floreció un jardín de mármol / Poetas, generales, estadistas, / cada nombre de cada libro yace en estos cuartos sepulcrales”.

En última instancia, Mester de Juglaría contempla un intento de recuperar lo perdido, de salvar un verso antes de que el tiempo y la muerte lo borren todo: “Yo intento salvar una línea / pluma caída del día que fue águila”. La insatisfacción ante la tarea de transcribir emociones no disminuye la firmeza técnica de las piezas, pues Oliden aboga por un compromiso que reúna a las palabras para resistir la naturaleza efímera de los afanes cotidianos, buscando que los poemas “cuelguen como la acrópolis y la luna”. Mester de Juglaría se cierra con la amargura de un año nuevo y un choque de cristales que anuncia la trepidación de los comienzos: “Hay algo que amarga / en este choque de cristales / de este año que comienza / Esta intranquilidad que me rodea”. También concluye, sin embargo, con la certeza de que la palabra, acaso la lengua poética, es lo único que al final puede en verdad poseerse.

Citando a Raymond Carver, el autor nos recuerda en el epígrafe para Mester de juglaría: “That’s all we have, finally, the words, & they better be the right ones…”. Lo único que nos queda son las palabras y, en efecto, más nos vale que sean las correctas. En su poemario, Oliden logra que cada sílaba sea no sólo adecuada, sino necesaria para comprender la lucha de un creador que transforma su propio agotamiento en una forma de inmortalidad terrenal. Es así como este joven poeta porteño, entre el silencio de la noche y el bullicio de un mundo productivo que no lo comprende, elige persistir en su oficio, rescatando el trazo de la naturaleza y el eco de los maestros para devolverles la vida en el presente absoluto del arte. Su libro nos provoca a reconocer que, aunque el cuerpo se quede, el alma se va, y que en el río de la memoria —ya sea el Tajo de Camoens o el río de la infancia de Velarde— siempre habrá una voz que habla tras nuestro sueño, esperando a ser martillada sobre la página. EP

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