En abril de este año, la filial española de una pequeña compañía trasnacional publicó el más reciente libro de ensayos de César Aira, una recopilación de “intervenciones orales” ofrecidas en congresos y universidades entre 1989 y 2021. Con un autor como él, la precisión importa. Podemos estar seguros de que cualquiera de sus libros es el más nuevo, pero nunca el último: no sabemos cuántos textos duermen en cajones, cuántas charlas viven solamente en una cinta magnetofónica, ni cuándo otro premio hará necesaria una nueva compilación.
La mera posibilidad de que Aira ofrezca un discurso de recepción, digamos, en Estocolmo, es una ocasión suficiente para escarbar en los archivos y ofrecer al mercado cinco o seis artículos bajo un título lo suficientemente vago como para servirles de unidad. Un lector mínimamente sospechoso podría incluso sostener que algo así ha sucedido ya con Actos de presencia (Random House, 2025). Una mirada rápida —como todas las que se ocupan solamente de “los temas”— vería en el volumen nada más que un racimo de textos disímiles, reunidos bajo un pretexto frágil. Más allá de si esto es cierto o no, de si la fragilidad es un defecto, o de mi personal e incompleta devoción por el novelista argentino, quisiera proponer que el hilo que ata las once intervenciones dispersas, y los treinta y tantos años contiguos que transcurrieron entre la primera y la última, es precisamente ese: nada más que el tiempo que le llevó al escritor realizarlas, y a nosotros leerlas de principio a fin.
Estoy seguro de que esto parece una salida fácil, la ridícula estrategia de un fanático empeñado en justificar cada gesto de su ídolo, pero consciente en el fondo de que su obra se aproxima ya al ocaso. Es cierto: en una entrevista reciente, Aira sostuvo que ha dejado de escribir, y basta abrir Actos de presencia para entender que la sensación viene de años antes. Los textos están ordenados invirtiendo la cronología usual y, así, el primero —¿el último?— corresponde a la entrega de un reconocimiento en 2021. Esta es la primera frase que leemos: “Un premio tiene algo de final de partida, porque mira en una sola dirección: a lo ya hecho”. Tras esa sentencia inicial, la fuerza que empuja al lector posible no es la de la “huida hacia adelante”, sino la de una suerte de inmersión hacia atrás. Podría decirse que los temas no importan más, y solo queda el deseo de descubrir, en las últimas páginas del libro, cómo pensaba César Aira a sus tiernos cuarenta años.
Pero los temas, por supuesto, importan, y en cualquiera de los sepan cuantos libros firmados con su nombre está siempre El Tiempo, como objeto o como medio, trabajando las tramas y las formas. Es verdad que algo así podría argumentarse sobre cualquier novelista, pero hay pocos capaces de mostrarlo con un cinismo tan preciso que, al final, no sabemos si su obsesión es genuina o simplemente la nervadura más básica y visible de la ficción. Los textos que componen Actos de presencia ayudan a reconocer la sinceridad de su preocupación. En medio de una charla sobre Aladino y el realismo, por ejemplo, leemos que “Todo lo que nos hace la realidad (frustrarnos, deprimirnos, envejecernos, matarnos) deriva de su duración y persistencia”.
Por suerte, el libro que nos ocupa no está hecho nada más de tiempo y angustia. En “Nuestra semilla tropical” hay más espacio que en muchos ensayos de Aira: las montañas brasileñas y la extensa pampa argentina sirven de pretexto para preguntarse sobre lo europeo y lo americano, lo nacional y lo extranjero, en literatura. Es una cuestión que lo emparenta con “La juventud de Rubén Darío” —incluido en el mismo volumen— y con “El Exotismo”, un artículo de 1993 recogido en otra compilación. También está ahí el recuerdo —y, descubrimos, la culpa— de su amigo Osvaldo Lamborghini, y un par de dardos disimulados a Ricardo Piglia, uno de sus némesis favoritos de juventud. Pero sigue habiendo una atmósfera ligeramente sombría, incluso en esa intervención temprana: una versión publicada anteriormente había omitido la frase inicial, que esta vez se ha restituido, o agregado como mensaje anacrónico del más reciente Aira: “No sé hablar, no tengo nada que decir”.
“Norah Lange” y “Amalia” —sobre la novela de José Mármol— carecen completamente de ese aire ominoso y se acercan más a la minuciosa lectura monográfica que Aira ejerció en su Diccionario de autores latinoamericanos, un proyecto que, por sí solo, podría valerle el título de Más Importante Crítico de Nuestros Días, si eso significara algo. “La escritura manuscrita” y “Las tres novelas”, dos de los textos más divertidos del volumen, revelan el costado anglófilo del autor. El segundo es una lección de técnica que parece un pretexto para condecorar a Tom Jones, de Henry Fielding, como La Novela Perfecta, mientras que el primero parte de la silueta contorsionada, casi deformada por el Tourette, de Samuel Johnson, príncipe de las letras inglesas. “Mamá” y “La innovación” son dos textos breves que quizá hubieran encontrado mejor casa en una de esas ediciones artesanales, como fanzines de alta gama, donde Aira suele publicar también.
Más allá de los títulos y nombres de autores con los que nos encontramos en el índice, hay una serie de preocupaciones y oposiciones que atraviesan el volumen y lo conectan con el resto de su obra. La relación entre la escritura y el dinero, la sencilla y olvidada noción de calidad, la frontera entre lo literario y lo pre-literario, la lectura como placer inicial, la inestable relación entre el Autor, la Obra y su Mito. Y, por supuesto, El Tiempo, “la más triste de las categorías mentales”, que es necesario siempre ocupar, manipular, engañar o suspender.
Por eso es extraño “El juego de las desapariciones”, la pieza crucial del libro, una diminuta obra maestra, bella y estremecedora, escondida entre el caos que produce el inverso orden cronológico de los textos. El tiempo llega tarde y todo empieza con una fantasía espacial, una utopía diminuta: “Alguna vez me pregunté cómo se vería Buenos Aires si desapareciera todo, menos los árboles”. Aira avanza al ritmo de la caminata, hilvanando historias de su ciudad y de Flores, su barrio, con una de sus obsesiones favoritas, heredada de Leibniz: la atención. El juego entre la ciudad y lo visible parece el centro transparente del ensayo, pero pronto es claro que el núcleo hondo es el reverso de ese problema, el punto ciego mismo del espacio urbano, encarnado en la pobreza.
Como en una verdadera novela sin ficción, relato sin trama —abstracto, veloz y doloroso—, Aira explota todo en página y media. Quien no quiera hacer la experiencia de espoilearse un texto sin conclusión, puede omitir el resto de este párrafo. Cada tarde, en sus caminatas crepusculares por el barrio de Flores, y antes de que el hábito nuble su vista, el autor ve por un instante al “ejército sombrío que entreabre las bolsas en busca de su sustento”: los “cartoneros” argentinos, que “han restituido el nivel de la supervivencia que nosotros habíamos dejado atrás”. Sabemos que Aira no es un liberal, ni un Escritor de Izquierda, y es gracias a eso que su pregunta final no es la de La Boétie, sino una mucho más sencilla: ¿por qué simplemente no nos matan, si nos tienen tan a mano?
No sé si un solo texto pueda justificar un volumen entero, y tampoco creo que sea su responsabilidad. Es posible que llegue el día en que volvamos la vista atrás y recordemos estos Actos de presencia como un instante pasajero en el recorrido de su autor. Pero quizá lo mismo podríamos decir de cualquiera de sus mil y un libros. Si César Aira ha vencido al Tiempo es porque sus textos no son puntos, ni su trayectoria una línea. Su Obra se parece más a una mancha extensa que crece como un monstruo, cubriendo caprichosamente fragmentos de realidad, imaginación e inteligencia. En cualquier caso, y más allá de los intentos desesperados de un fanático por defenderlo, me cuesta imaginar un placer más grande y sencillo que perder el tiempo con once textos desiguales del Más Grande Escritor de Nuestra Lengua. EP
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