Carlos Fuentes o el barroco Prometeo. A medio siglo de Terra Nostra

Novela total, mural barroco y profecía, Terra Nostra funde historia y mito en un perpetuo presente que desafía lectores y reinventa la tradición literaria hispanoamericana.

Texto de 19/08/25

Novela total, mural barroco y profecía, Terra Nostra funde historia y mito en un perpetuo presente que desafía lectores y reinventa la tradición literaria hispanoamericana.

…el mundo es imperfecto cuando creemos que nada falta en él;
el mundo es perfecto cuando sabemos que algo faltará siempre en él.
Carlos Fuentes, Terra Nostra

Cierras el libro. Te embarga un extraño sentimiento, los límites con el pensamiento son ambiguos y confusos. El empeño duró varios meses. Tienes la primera edición (Joaquín Mortiz, México: 1975) algo destartalada, pero aún firme y tersa, razón por la que la compraste en primer lugar: 200 pesos, una ganga. Parece como si nadie antes que tú hubiera abierto este hermoso ejemplar de pasta dura y camisa ligeramente agrietada. Tratas, mientras escribes estas palabras, de encontrar la manera de describir ese cúmulo de quién-sabe-qué que se regurgita en tu interior. Una primera idea se materializa: nadie es profeta en su tierra. El estilo de Fuentes –por momentos farragoso y vacío– puede desalentar al lector más riguroso y exigente. En más de una ocasión dejaste reposar el libro en el escritorio. Volvías a él recargado de energía, bien alimentado, presto con cuantiosos vasos de bebidas espirituosas. Otro pensamiento se hilvana al anterior: si Terra Nostra hubiese sido escrita por un gringo, un alemán, un francés, sin duda hoy sería considerada una de las mejores novelas del siglo XX.

Pero Carlos Fuentes, a pesar de la populosa jauría de sus detractores –que no lo bajan de mamón, pretencioso, vendepatrias, producto del mercado, lastre de Carmen Balcells, auriga de la literatura que encandila a los yanquis pero no nos representa a nosotros, los mexicanos, o cualquier otro epíteto baboso que se nos ocurra–, y pese a todos los argumentos que puedan lanzarse contra él, es un escritor maravilloso, un titiritero maestro de sus recursos poéticos y narrativos, y genio absoluto de la lengua española.

Las leyendas en torno a Terra Nostra quizá han contribuido a sepultar, bajo el polvo del olvido, esta novela titánica. Se cuenta, por ejemplo, que Carlos Monsiváis solía decir que, mientras algunos escritores necesitan una beca para escribir una novela, un lector necesitaría una beca para leer Terra Nostra. Otra anécdota, un poco más jocosa, refiere que, durante una turbulencia aérea, dos pasajeros —Mario Vargas Llosa y Gabriel García Márquez, entonces aún amigos— compartieron un momento de sinceridad: García Márquez, asiéndolo del brazo, pidió a Vargas Llosa que le confesara si en verdad había terminado de leer Terra Nostra.

Salgamos del fangoso terreno del chisme y abramos el tríptico barroco pintado por Fuentes. Terra Nostra es la corona de la Edad del Tiempo, nombre con que el propio autor bautizó a sus obras completas. Dividida en tres capítulos, mejor dicho, en tres mundos, la novela cuenta los delirios de los Reyes Católicos de España, obsesionados con la construcción de El Escorial, esa Ciudadela de la Fe, Basílica del Poder, necrópolis castellana que, a un mismo tiempo, es pudridero de la nobleza hispana y monumento pétreo de un orbe recién redondeado.

La primera parte, «El viejo mundo», describe a España como un microcosmos y al rey Felipe II como su espejo; «una común monstruosidad: seis dedos en cada pie y una roja cruz de carne en la espalda» son los estigmas que porta el regente y su prole, marcas que aparecen y reaparecen simultáneamente en personajes históricos y literarios desde tiempos del César Tiberio. La Historia es una maldición: está condenada a ser mito, un «eterno presente». Desde las primeras páginas, la novela se despliega en una soterrada numerología. El tres lo rige todo. El tres y sus múltiplos. Ternas, triadas, tríos, tercias o terciadas, los personajes salen a escena obedeciendo este modelo tripartito.

La segunda parte, «El nuevo mundo», relata la epopeya de un viajero que encalla en el Cabo de los Desastres. Es el relato de un náufrago que descubre a los aborígenes —futuros súbditos de Su Majestad—, y que, a su vez, es descubierto por los indios insurrectos que tienen ya contados los días de su civilización. Aquí, la alegoría de la América soñada por los europeos desde tiempos inmemoriales, y que terriblemente se manifestó como una encarnación del deseo repudiado, se sintetiza en los sueños de un único hombre: un peregrino. Este peregrino parece arrancado de Los días enmascarados, primer libro de Fuentes, pues son los funestos días nemontemi, los días aciagos del calendario ritual mexica, los que enmarcan su existencia. Rostro y máscara se entremezclan. Lo mestizo es un destino. «—Entonces, triunfaste tú. El sueño fue realidad», inquiere Felipe a su lacayo Ludovico. «—No, Felipe, triunfaste tú: el sueño fue pesadilla…», se dirá páginas después, en la tercera parte, cumplidas ya las fantasías de la América ignota.

La tercera parte, «El otro mundo», nos devuelve a los pasillos infinitos de El Escorial y a las penumbras de la conciencia de los Reyes Católicos. España, incrédula de la redondez del mundo que domina desde el trono godo de los primeros señores celtibéricos, se atreve a perseguir el oprobioso descubrimiento del náufrago, y, entonces, nos hallamos frente al fracaso de la fastuosidad. Atestiguamos cómo la historia de España arde en sus propios excesos, mientras la monarquía hunde a su pueblo en guerras palurdas contra moros, judíos, turcos, ingleses, indígenas y reformistas. Atendemos la realidad mientras ésta se escribe, se pinta y se sueña. «Ciegos, ciegos: pinto para mirar, miro para pintar, miro que pinto y lo que pinto, al ser pintado, me mira a mí y termina por mirarlos a ustedes que me miran al mirar mi pintura», expresa fray Julián, miniaturista de la corte, que antoja ser a un tiempo espejo de el Bosco y de Velázquez.

 ¿Cuál es el hilo que urde esta historia? Un leitmotiv lo transparenta todo; una idea maravillosa que regresa una y otra y otra vez: «No basta una vida para integrar un destino», «no basta una vida para cumplir todas las promesas de la gracia individual». No: «Una vida no basta. Se necesitan múltiples existencias para integrar una personalidad».

De tal modo, Felipe II se presenta como una reencarnación del perverso Tiberio; aquel César cuyas atrocidades y excesos narró un cronista estoico que ahora renace en un hombre llamado Miguel; quien escribe una historia que protagoniza un hidalgo de triste figura y, a la vez, redacta —en un pasado futuro— una segunda crónica que lanza al mar vinoso dentro de una botella que, acaso, no es otra sino esta misma novela que acabamos de leer. Celestina y Don Juan, arquetipos surgidos de la imaginación castellana medieval, también hacen su aparición en el espejo barroco de Fuentes: ella, metamorfoseada en una deidad mexica coronada de mariposas; él, transmutado lo mismo en seductor que en pérfido engendro. La Dama Loca, Juana I de Castilla, madre de Carlos V, nos descubre en monólogos y soliloquios, en delirantes recuerdos del porvenir, que es la misma reina belga que arribará al Nuevo Mundo y enloquecerá, al igual que ella, cuando fusilen a su esposo Maximiliano —augurando, aclaremos, el estilo y tema prodigiosos que Fernando del Paso desarrollará una década después en Noticias del imperio, obra deudora absoluta de Terra Nostra—. Todas las existencias son una sola personalidad: «Juana la Loca, Felipe el Hermoso, Felipe II llamado el Prudente, Isabel Tudor, Carlos II llamado el Hechizado, Mariana de Austria, Carlos IV, Maximiliano y Carlota de México, Francisco Franco: fantasmas del ayer». La metempsicosis, la transmigración de las almas, hace comulgar a los cuerpos con sus enclaustradas otredades.

Elogio de la tradición literaria en la que el autor se inscribe, crítica del mundo que le tocó vivir y, mejor aún, imaginar, Terra Nostra es la manifestación de una mística y un credo: piedra vida y magmática que funde, en una misma fragua, la corona goda de oro engastada con perla, zafiro, ágata y cristal de roca de los Reyes Católicos y el espejo humeante del ídolo Tezcatlipoca y las mariposas mortuorias de los adoratorios mexicas. «—¿Cómo se llama esa creación, y qué es?», pregunta el rey Felipe a su lacayo Ludovico. «—Llámase barroco, y es una floración inmediata: tan plena, que su juventud es su madurez, y su magnificencia, su cáncer. Un arte, Felipe, que como la naturaleza misma aborrece el vacío: llena cuantos la realidad le ofrece. Su prolongación es su negación», responde el lacayo, y con esa misma respuesta Fuentes parece englobar su propio pensamiento novelístico. El Mundo Nuevo lo es hasta en su etimología: un mundo de novela.

El último capítulo, que se desarrolla en París el 31 de diciembre de 1999, fue escrito por Fuentes un cuarto de siglo antes de que el fin del siglo efectivamente expirara. Allí se reúnen los grandes personajes de la literatura hispanoamericana, los protagonistas del boom latinoamericano —el colombiano Buendía, el peruano Santiago Zavalita, el argentino Oliveira, un fantasma llamado Pierre Ménard…—, en una especie perpetuo presente. El mito se cumple en la realidad. La realidad histórica es imaginación literaria. Todos los hombres son una sola existencia. Todos los caminos convergen y se bifurcan en el París novelado: el Viejo Mundo, el Nuevo Mundo y el Otro Mundo. La novela inicia allí y allí concluye. Lo inmanente es trascendente. El ser precede a la esencia. «Únicamente lo escrito es real. Las palabras se las lleva, como las trajo, el viento. Sólo lo escrito permanece. Sólo creeré en mi vida si la leo. Sólo creeré en mi muerte si la leo», dice en alguna página el quijotesco Carlos V. El orden de los factores no altera el producto. Todos los tiempos desembocan en el instante infinito. «¿Vives entonces una época que es la tuya, o eres espectro de otra?», se pregunta el narrador, entrevisto por el espejo de humo de un dios lejano, ataviado con la corona goda y orlado del oro hecho mierda de los botines saqueados de la América augurada en la Última Tule. Se cumple una antigua profecía: un hombre con una cruz encarnada y seis dedos en cada pie gobierna el mundo, el siglo y el milenio en ciernes que se ayunta en el Sena nevado. Las ruinas de la Terra Nostra y el Mare Nostrum se ensamblan en los derroteros últimos de la ficción y el deseo, en el sepulcro postrero del mundo, forjando a un barroco Prometeo.  La ciencia ficción fracasó: «No nos han invadido marcianos y venusinos, sino herejes y monjes del siglo XV, conquistadores y pintores del siglo XVI, poetas y asentistas del siglo XVII, filósofos y revolucionarios del siglo XVIII, cortesanas y ambiciosos del siglo XIX: hemos sido ocupados por el pasado». El orbe hispánico termina donde comenzó: en el coito entre un hombre que quedó tullido en Lepanto y una trotaconventos que llaman Celestina, y que un peregrino en el Mundo Nuevo vio coronada de mariposas y flores amarillas. EP

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