De gratitudes

Pentagrama reúne cinco plumas en un espacio de reflexión sobre temas fundamentales. En esta entrega, Adriana Malvido aborda la gratitud.

Texto de 01/09/25

Pentagrama reúne cinco plumas en un espacio de reflexión sobre temas fundamentales. En esta entrega, Adriana Malvido aborda la gratitud.

¿Cuántas veces al día pronunciamos la palabra “gracias”?

Me lo preguntaba antes de preparar este texto y, en eso, decidí emprender la lectura pendiente de un libro que hacía fila sobre mi mesa de noche. Se trata de Las gratitudes de Delphine de Vigan, que inicia así:

¿Os habéis preguntado alguna vez cuántas veces al día dais las gracias? Gracias por la sal, por la puerta, por la información.

Gracias por el cambio, por el pan, por el paquete de tabaco.

 Unas gracias de cortesía, de conveniencia, automáticas, mecánicas. Casi huecas.

 A veces tácitas.

 A veces demasiado enfáticas: Gracias a ti. Gracias por todo. Infinitas gracias.

Gracias de verdad.

 Unas gracias profesionales: Gracias por su respuesta, por su atención, por su colaboración.

¿Os habéis preguntado alguna vez cuántas veces en la vida habéis dado realmente las gracias? Unas gracias sinceras. La expresión de vuestra gratitud, de vuestro agradecimiento, de vuestra deuda. 

¿A quién?

Una mujer en una casa para ancianos no puede descansar, porque siente la urgencia de localizar a una pareja que muchos años atrás la rescató en la infancia cuando sus padres cayeron en las garras del nazismo. No sabe cómo localizarlos, pone anuncios en los diarios; es más, no sabe sus nombres ni apellidos completos. Tiene en la punta de la lengua la palabra: “gracias” y necesita expresarla antes de que le sea imposible hacerlo. Es su único pendiente en la vida.

La novela, breve en su belleza, hace de la gratitud el tema principal, de la protagonista Michka y las otras dos voces narradoras, Marie y Jerome que acompañan a la anciana. El libro es una oda al valor de las palabras. Porque una sola de ellas puede cambiar la vida o, como en este caso, el final de una vida, de una persona. 

Hay un mar de literatura y libros sobre el tema. En lo personal, destaco la obra de Oliver Sacks, neurólogo y escritor británico. Cuando supo que un cáncer incurable acabaría con su vida, el autor de Musicofilia, Alucinaciones o Despertares, escribió una serie de cuatro ensayos que publicó con gran éxito en The New York Times. Reunió aquellos textos en su libro Gratitud y murió en 2015, a los 82 años, mientras la obra estaba todavía en la imprenta.

Ese pequeño gran libro comienza con un epígrafe: I am now face to face with dying,/but I am not finished with living (Estoy frente a frente con la muerte, pero no he terminado con la vida).

Se abre: “No puedo fingir que no tengo miedo. Pero mi sentimiento predominante es la gratitud. Amé y fui amado. Me han dado mucho y he dado algo a cambio. Por encima de todo, he sido un ser sensible, un animal pensante, en este planeta hermoso, y eso en sí mismo ha sido un enorme privilegio y aventura”. Más adelante: “Estoy agradecido porque he experimentado muchas cosas —algunas maravillosas, otras horribles— y he sido capaz de escribir una docena de libros, de recibir innumerables cartas de mis amigos, colegas y lectores, y de disfrutar lo que Nathaniel Hawthorne llamó “una relación con el mundo” (an intercourse with the world).

Sacks narra que su padre, quien vivió 94 años, solía decir que los ochenta habían sido la década más gozosa de su vida. Sentía no un encogimiento, sino una ampliación de su vida mental y de perspectiva. “Uno ha visto triunfos y tragedias, auges y caídas, revoluciones y guerras (…) Uno es más consciente de la transitoriedad y, quizá, de la belleza”.

La frescura de Sacks y la urgencia de Michka en torno a la gratitud me enlazan a otras formas de agradecimiento que encuentran expresión en la poesía. Las Odas de Pablo Neruda son una forma de dar gracias. A la lluvia: (…) mar de arriba,/rosa fresca,/ desnuda,/ voz del cielo,/ violín negor,/hermosura,/ desde niño/ te amo,/ no porque seas buena,/ sino por tu belleza. A los calcetines (…) Dos veces es belleza la belleza,/y lo que es bueno es doblemente bueno,/cuando se trata de dos calcetines/de lana en el invierno. A la vida: (…) eres como una viña:/atesoras la luz y la repartes/transformada en racimo.

En su poema “Agradecimiento”, escribe Wisława Szymborska:

Debo mucho
a quienes no amo.

El alivio con que acepto
que son más queridos por otro.

La alegría de no ser yo
el lobo de sus ovejas.

(…)

Cierro los ojos y recuerdo una novela de Sándor Márai titulada La hermana. Buceo entre las páginas y en las frases que subrayé cuando, deslumbrada, me leí el libro de un tirón. La memoria siempre hace trampas y no es el término “gracias” el que encuentro, como suponía, sino otra forma, honda y muda, de gratitud sin palabras por parte de un músico enfermo hacia la monja capaz de saltarse las reglas de un hospital para inyectarle la droga que él le pide para aminorar el sufrimiento, para “volver a sentir la experiencia artificial del olvido absoluto, de la desaparición…”. Dice el autor húngaro que “las palabras exactas siempre faltan cuando hay que dar parte de los cambios esenciales de la vida”. 

¿Cuántas formas de gratitud existen dentro de las más diversas culturas del mundo? Una de ellas la aprendí durante el verano de 2013 como participante de la “escuelita zapatista” en Chiapas. Una familia tzeltal me hospeda durante una semana en su casa, me acoge, comparte conmigo su alimento, su trabajo, su filosofía de vida en comunidad. No encuentro palabras para agradecerles la hospitalidad, la lección, la esperanza que representan para el mundo, la alegría de sus niñas y niños. Cuando intenté dejar mi tarjeta personal a Celina, mi entrañable guardiana y traductora, y otra a la familia que me recibió “por si se les ofrece algo”, ella me dijo: “No compañera, ¿para qué?”. Nos bastó el abrazo. Después entendí que la teoría del don cobra forma en la vida comunitaria de los zapatistas y su resistencia a formas de intercambio como las nuestras. El investigador suizo Jean Rupert me recordó entonces una regla de “la escuelita” que consistía en no recompensar a los anfitriones con regalos. “Recibimos más de lo que pudimos devolver y tenemos que ser lo suficientemente humildes para aceptarlo”.

Para el autor de La tradición de la opulencia ese don: “es la forma primordial del intercambio, la forma a la que se vuelve cuando el intercambio económico entra en decadencia”. El don es esencialmente gratuito y la obligación de reciprocidad arruinaría la gratuidad. Si hay reciprocidad debe ser diferida en el tiempo y en el espacio y el contra don no necesariamente se devuelve a quien hizo el primer don. El acto de regalar, escribió el antropólogo Marcel Mauss en su célebre Ensayo sobre el don, “es un dispositivo que engrandece al donante (…) Como el compañerismo, el don implica fuertes relaciones de correspondencia y hospitalidad, protección y asistencia mutuas”.

Aceptar un don que no se puede devolver ¿será una lección de humildad primordial? En el camino de regreso, Rupert proponía: “La reciprocidad diferida del don es una cuestión que le toca a cada quien meditar en su lugar”. 

Muy lejos de Chiapas y en otros tiempos, Fiódor Dostoyevski en Los hermanos Karamazov hace decir al diablo en un diálogo con Iván : “Los mejores sentimientos, como el de gratitud, me están expresamente vedados únicamente a causa de mi posición social”.

El resentimiento es un obstáculo para la gratitud. 

Hace un par de meses acudí a casa de Armando Colina para entrevistarlo por sus 90 años de vida y los 55 de la galería Arvil que fundó con Víctor Acuña su socio y pareja, quien murió hace tres años. Abre la puerta con los brazos abiertos y una sonrisa. Le pregunto cómo está luego de su fiesta con 260 personas en el Museo Kaluz. Me sorprende: “Yo, como Violeta Parra, digo: gracias a la vida que me ha dado tanto”. Indagar en esto de las diversas formas de gratitud me recuerda lo que siento con el primer café de la mañana, el agua que recibe mi cuerpo, la suerte de escribir, el gozo de la lectura cotidiana o la música de Schubert y Bach, la cálida voz de un ser querido, el abrazo de un nieto, el cuento nocturno con la nieta, sus risas… el privilegio de estar viva. EP

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