
Mientras Barcelona se alista como ciudad invitada a FIL Guadalajara 2025, Gina Zabludovsky nos ofrece estas viñetas íntimas de una ciudad vibrante y compleja, vista desde sus calles, autobuses y conversaciones fortuitas.
Mientras Barcelona se alista como ciudad invitada a FIL Guadalajara 2025, Gina Zabludovsky nos ofrece estas viñetas íntimas de una ciudad vibrante y compleja, vista desde sus calles, autobuses y conversaciones fortuitas.
Texto de Gina Zabludovsky Kuper 28/11/25

Mientras Barcelona se alista como ciudad invitada a FIL Guadalajara 2025, Gina Zabludovsky nos ofrece estas viñetas íntimas de una ciudad vibrante y compleja, vista desde sus calles, autobuses y conversaciones fortuitas.
Aunque me levanto temprano, tardo en salir. Tengo que lavar por segunda vez mi chamarra: las manchas recién adquiridas parecían aferrarse como si fueran permanentes. Aunque el clima de Barcelona en enero es mucho más amable que el de otras ciudades europeas, uno no puede arriesgarse a salir solo con un sweater.
La tarde anterior, mi práctica chaqueta —recién adquirida tras hacer largas colas en una tienda Decathlon—, que cubría todas mis necesidades de viaje, fue víctima de una visita al Airbnb donde se está quedando mi hijo, en la Barceloneta.
Para mi sorpresa, el trayecto hacia el área de playas —que suelen considerarse como las más bellas y visitadas de la ciudad— fue un recorrido por calles sucias y paredes grafiteadas. El olor a mar estaba impregnado, en el mejor de los casos, de marihuana y, en el peor, de otros hedores.
Para subir al departamento y llegar al tercer piso, había unas escaleras que parecían provisionales o de emergencia. Difícilmente cabía una persona. Tuve que apoyarme de los barandales de metal oxidado. El polvo acumulado se había convertido en una especie de densa harina verde donde quedaron marcadas, inevitablemente, las huellas de mis pies y mis manos. ¡Cuánto tiempo habrá pasado sin que alguien pasara un trapo o una escoba! ¡Imposible no toser!
Después de escalar varios peldaños, llegamos al destino: un espacio pequeño, de una sola habitación, suficiente para Joel. En contraste con el exterior, el interior lucía pulcro; pero yo empecé a sentir unas náuseas que se intensificaron al saber que la renta mensual de aquel tugurio alcanzaba los ¡1,800 euros!
“Es que así está Barcelona de caro”, explicó. Como solemos hacer las “buenas madres”, me mordí la lengua para no decir ni una palabra. Joel, que sabe leer perfectamente las expresiones de mi cara, añadió: “No te preocupes, en realidad solo vengo aquí a dormir. Trabajo de día en un Web Work que está en ese edificio”, y apuntó con el dedo una torre moderna y lujosa, de construcción reciente, a pocos pasos de donde estábamos.
Finalmente, con la segunda lavada consigo que mi chamarra vuelva a estar en condiciones. Ahora sí puedo salir e iniciar nuestra jornada de viaje acompañada de mi esposo, Saúl —el papá de Joel—, quien evita situaciones riesgosas y no estuvo en la aventura del día anterior.

Buscamos la parada del Barcelona Bus Turístic para dar una vuelta por la ciudad, pero al llegar nos encontramos con un embotellamiento. Había cortes vehiculares por las marchas que, en toda España, realizaban los inconformes del sector salud: médicos y enfermeras en demanda de mejores condiciones laborales.
“Vos no te preocupes. Aquí no es como en América Latina, las manifestaciones duran poco”, me dijo, con un marcado acento argentino, el vendedor de boletos del autobús que parte de Plaza Cataluña. A su voz se unieron las de sus compañeros, jóvenes del mismo país, que siempre hablan fuerte y con ese tono inconfundible en el que arrastran, durante un tiempo que a mí me parece demasiado prolongado, la y del “ya”. Estaban realmente inquietos ante la posibilidad de que desistiéramos o, peor aún, de que compráramos los boletos del autobús turístico de la competencia, a solo unos metros de la misma parada.
Llevamos apenas unos días en Barcelona, pero el tono de su voz ya me resulta familiar. Son numerosos los pequeños negocios de argentinos, especialmente los de comida. Me da la impresión de que la oferta de empanadas empieza a competir fuertemente con la de las tapas.
En esta ciudad global, ellos son uno de los grupos de migrantes más numerosos. Según fuentes estadísticas propias de mi profesión —de las cuales, a veces, me es difícil prescindir—, la población de argentinos ha mantenido un éxodo sostenido hacia España, y para 2025 el número de quienes vinieron a radicar a la península aumentó cerca de un 40 % con relación con 2021 (Infobae, 2025). De ellos, casi la tercera parte se concentra en Cataluña, donde ya son más de cien mil.
El sector predominante es de jóvenes de entre 20 y 39 años, como los que ahora insisten en vendernos los “tickets” turísticos. Y tienen razón en sus argumentos: la protesta colectiva no es demasiado larga y termina justo en el tiempo que ellos habían advertido. Los flujos de la Avenida Diagonal —que cruza de punta a punta la metrópoli— solo se han cortado de 9 a 11, lo que permite que, después de ese horario, el tránsito reconquiste su normalidad.

Finalmente, subimos al autobús que se dirige hacia las obras construidas para las Olimpiadas de 1992, cuando la ciudad abandonó sus murallas para abrirse al mar. Recuerdo la admiración con que mi padre y otros arquitectos se expresaban sobre este gran proyecto urbano. Conforme el autobús se acerca a la Barceloneta, la experiencia del día anterior me provoca una serie de sensaciones encontradas. Me descubro escéptica y molesta frente a la glorificación de la ciudad que hace una voz anónima proveniente de los audífonos que me dieron al subir.
El plan inicial con Saúl era dar una vuelta completa a este primer circuito turístico para obtener una impresión general y, otro día, seleccionar a dónde ir. Pero, como suele suceder, el tour resulta demasiado largo para mis necesidades orgánicas y, a regañadientes, mi compañero acepta bajarse antes para que yo pueda ir al baño.
Tenemos suerte, porque la parada es en el Hospital de Sant Pau. A diferencia de lo que ocurre en la Sagrada Familia de Gaudí, esta visita es tranquila y con pocos turistas. Es una lástima: no saben lo que se pierden al no detenerse a conocer este monumental recinto, obra del padre del modernismo, Lluís Domènech i Montaner, levantado durante la gran transformación de Barcelona a principios del siglo XX. En el recorrido también aprendo que su antecedente es el Hospital de la Santa Cruz, construido en 1401 y reconocido por sus grandes aportaciones a la medicina.

Es media mañana y voy en el tren de Castelldefels a Barcelona. Está tranquilo, con poca gente. Quizá tenga que ver con la hora: la mayoría de las personas ya están en sus trabajos.
En la segunda parada se sube una mujer. Se sienta justo frente a mí. De piel blanca, cara ovalada y nariz aguileña. Su cabello, escaso y lacónico, cae hasta sus hombros puntiagudos. Con una postura erguida y tiesa, como si fuera una estatua, mantiene la mirada fija siempre hacia adelante. Su camisa está estampada con figuras de cuadros grandes, y su pantalón también. Sorprende que unos no combinen con los otros. Creo que son prendas que ya tienen su tiempo y fueron compradas por separado. Su bolsa de mano tiene como cubierta un tercer tipo de cuadrados. Parece un maniquí que no tuvo un buen estilista. Difícil no fijar la mirada en esa combinación de material sintético que, como un elástico, se adhiere a su cuerpo.
En la siguiente estación, la del aeropuerto El Prat, ingresa un hombre de unos treinta y cinco años que se sienta junto a ella. Él es robusto, fornido y de piel aceitunada. Cargando una pequeña maleta, se apoltrona desparpajadamente, ocupando mucho más lugar del que le corresponde. Está vestido con unos jeans con sabor a viejo y una camiseta sin mangas, de grandes escotes, que deja ver todos sus tatuajes. Es difícil encontrar un espacio de carne sin grabar.
Pienso que, pese a sus grandes contrastes, ambos tienen en común el arreglo llamativo de sus cuerpos. Quizá por eso la mujer lo escogió a él para hacerle la pregunta.
—¿Dónde está la estación de Paseo de Gracia?
—A dos paradas más —respondió con certeza.
—Gracias. Yo siempre pregunto porque mi madre así me enseñó. Siempre es mejor preguntar —dice la mujer y me mira, como si quisiera explicármelo a mí y no al hombre que, a partir de ese momento, se hace el desentendido.
Entonces le digo:
—Yo también voy a Paseo de Gracia; si quiere, nos podemos bajar juntas.
Bastó este comentario para que la mujer, sin responder a mi propuesta, se soltara a hablar.
—Me cambié de Barcelona a Gavá. Vivo con mi hija y desde entonces me siento mejor porque padezco anorexia y bulimia.
—¿Cuándo se mudó? —le pregunto.
—Desde hace siete meses, cuando murió mi esposo. Ahora tengo 65 años. Falleció súbitamente de un ataque cardiaco. Él me cuidaba; hacíamos todo juntos. Por eso no sé ni tomar el tren ni cuándo ni dónde bajarme.
—Lo siento, señora.
—Desde que estoy con mi hija voy mejor, pero ella no puede pagar la renta de su departamento de 120 metros. Todo ha subido mucho. El hermano de mi esposo contribuye para que yo pueda vivir ahí. Me siento algo incómoda con esta situación, pero al menos he podido controlar la inapetencia y los vómitos.
—Se ve muy bien, señora, no parece de su edad —le comento.
—Con pura crema Nivea. Nunca hay que comprar otros productos: Nivea; eso también me lo enseñó mi mamá.
En ese momento nos bajamos del tren en Paseo de Gracia. Le indico una escalera que lleva hacia la calle. Me separo de ella y cada quien sigue su camino.


Nada como la emoción de salir a la calle en esta estación, estar en la amplia, bien trazada y vibrante avenida y descubrirme justo frente a dos joyas del modernismo: la Casa Batlló de Gaudí y la menos visitada Casa Amatller, de Montaner. Por eso, aunque me quede un poco lejos de mi destino, siempre prefiero bajarme del tren en la estación de Paseo de Gracia y, desde ahí, caminar o tomar un taxi.
Esta vez me dirijo deambulando hacia Plaza Cataluña. Después de hacer unas compras en las baratas de El Corte Inglés, decido regresar en autobús porque la parada está más cercana.
Los transeúntes que ahora me acompañan tienen un perfil diferente. En la primera parada se sube una pareja turca con tres niños y la mujer cubierta por un velo. En la segunda, cinco mujeres de distintas edades también cubiertas por velo y acompañadas por un niño. Ellas parecen no tener ninguna duda de cómo llegar a su destino. Hablan otro idioma. Durante gran parte del trayecto no entiendo lo que dicen. Pero al llegar al Canal Olímpico de Castelldefels, la más joven —la mamá del niño— se voltea, y señalando con el dedo le dice a su hijo, entusiasmada:
—Agua.
—Agua —repite el niño con emoción y pega su cara a la ventana.

Yo me bajo en la próxima parada y de ahí camino al apartahotel donde me hospedo.
En cuanto llego, prendo la televisión y escucho la voz del reportero de un canal nacional que, en un tono uniforme, resume las principales noticias. “Los incendios de Los Ángeles se están extendiendo a las áreas más ricas de la ciudad, donde viven los famosos”, dice, mientras muestran imágenes de viviendas destruidas y un fuego incontenible que se expande. Luego cambia de inmediato el tono de su voz para hablar de otro hecho: “Hoy la infanta Sofía abordó por primera vez el buque militar Sebastián Elcano”, comenta, y muestra la imagen de los orgullosos padres.
Mientras veo el programa, pienso que, como la señora del tren, la esposa del rey también tiene una figura rígida y una cara inexpresiva. Pese a su belleza original y al esfuerzo de sus estilistas, Letizia me aparece una víctima de la anorexia y quizá también de otros trastornos nerviosos. Pero hoy ella también perdió el control y se mostró conmovida hasta las lágrimas, ya que la ceremonia simbolizaba que su hija sería jefa de las Fuerzas Armadas y futura reina de España.En cuanto a la transmisión, considero que no es del todo negativo que, a pesar de los avances tecnológicos, las noticias sigan comunicándose mediante monólogos. Si esperaran un diálogo con el espectador, yo no sabría qué decir. Como en los medios de otros países, aquí también me resulta incomprensible la jerarquía con la que las cadenas españolas organizan las distintas notas. EP