La última hija de Lactómeda: conspiración, evasión y paranoia en Bugonia
En Bugonia, Yorgos Lanthimos traslada la ciencia ficción al terreno más inquietante de nuestro tiempo: la evasión de la realidad como refugio político, emocional y colectivo. Una sátira oscura sobre conspiración, abandono institucional y la necesidad desesperada de creer.
Detalle del poster de Bugonia, de Yorgos Lanthimos, 2025
En Bugonia, Yorgos Lanthimos traslada la ciencia ficción al terreno más inquietante de nuestro tiempo: la evasión de la realidad como refugio político, emocional y colectivo. Una sátira oscura sobre conspiración, abandono institucional y la necesidad desesperada de creer.
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¿Qué es más aterrador que una invasión alienígena a gran escala? Probablemente solo la evasión humana, silenciosa, paulatina e inevitable, de la realidad.
En Bugonia, la nueva película de Yorgos Lanthimos, la ciencia ficción no ocurre en la vastedad del espacio, sino que se repliega en el recoveco más enmohecido de la mente humana, bajo la apariencia de una sátira potente y oscurísima. La película sigue a Teddy (interpretado ferozmente por Jesse Plemons) y a su primo Don (Aidan Delbis, en un rol tan deslumbrante como entrañable), dos absolutos perdedores que secuestran a Michelle Fuller (una inmaculada Emma Stone), CEO de la farmacéutica Auxolith, convencidos de que es una alienígena proveniente de Andrómeda enviada para exterminar a la humanidad.
Pese a ser técnicamente un remake de Save the Green Planet! —la película coreana de 2003 dirigida por Jang Joon-hwan—, Bugonia resulta más honesta como ejercicio de apropiación cultural. Will Tracy toma la premisa original y recontextualiza el guion en el único escenario donde hoy podría resultar aún más perturbadora: Estados Unidos en pleno auge de las teorías conspirativas, donde la paranoia ha dejado de ser un síntoma individual para convertirse en una epidemia colectiva. Dadas las circunstancias, quizá “apropiación anticultural” sería un término más preciso.
El timing del estreno no podría ser más preciso. Bugonia llega a los cines justo cuando el paso del cometa interestelar 3I/ATLAS por el Sistema Solar alcanza su punto más cercano a la Tierra (diciembre de 2025), lo que desató la predecible oleada de histeria masiva en podcasts y foros de internet: desde la idea de que se trata de una nave nodriza extraterrestre hasta la hipótesis de una sonda de exploración no tripulada, controlada remotamente por una superinteligencia artificial. Lejos de ser un fenómeno aislado, el furor por el cometa es apenas el episodio más reciente de una serie interminable de “señales catastrofistas”: el avistamiento masivo de drones en Nueva Jersey en 2024; tropos persistentes como el proyecto Blue Beam, el gran muro de hielo o el “primado negativo”; y movimientos ya consolidados como el terraplanismo. La mesa estaba prácticamente servida.
Bugonia, Yorgos Lanthimos, 2025
Bugonia disecciona el arquetipo de la gente común a través de personajes al ras de la tierra que buscan, irónicamente, salvar al mundo evadiéndose por completo de él. Se repliegan en una lógica cerrada, impecable e imbatible, donde la conspiración se vuelve hogar y la alienación compartida, el último gesto de pertenencia. Aun cuando su causa puede parecer ridícula, Teddy y Don no son caricaturas, sino el retrato vivo de dos sujetos —como los debe haber por millones— marcados por el abandono institucional: una madre/tía en coma tras un ensayo clínico fallido, una neurodivergencia sin red de apoyo, un abuso sexual no tratado, una economía que los consumió y una sociedad que los excluye sin dejar de explotarlos.
Teddy dejó de creer en todo: instituciones, ciencia, autoridad, solo para volcarse ciegamente al dogma de lo improbable. Se ha convencido de que entidades interestelares han puesto en marcha un plan de dominación mundial. Tras perderlo todo ante estos supuestos seres, decide actuar no con el nihilismo de quien ya no le queda nada, sino con la desesperación de quien aún cree que puede recuperarlo. Don, en cambio, solo cree en Teddy. Más por compromiso fraterno que por convicción propia.
El dúo funciona como una versión intertextual de Don Quijote y Sancho Panza postpandémicos, que enfrenta su propio molino —encarnado con eficacia en el edificio corporativo de Auxolith— sin lanzas ni armaduras, sino con entrenamiento improvisado de guerrilla, cremas antihistamínicas y narrativas descabelladas, comúnmente adoptadas por sectores acostumbrados a transformar la viralidad en virulencia. Son abejas obreras que encontraron en los podcasts de conspiraciones su verdadera colmena. La dosis de propaganda surte efecto. Internet no crea la locura, simplemente la organiza: le da estructura, vocabulario y, sobre todo, una comunidad que valida su retirada del mundo real. Una maquinaria imperfecta encapsulada en un manicomio con fachada de claustrofobia cotidiana, donde los pacientes no gritan: razonan.
Bugonia, Yorgos Lanthimos, 2025
La película juega con todo esto de una forma tremendamente sutil, mediante guiños a terraplanistas, referencias a teorías de control climático y al fetiche por los “patrones ocultos”, sin caer nunca en la condescendencia. Lanthimos entiende que, cuando todas las instituciones te han fallado, la evasión hacia las profundidades del espacio interior no es demencia, es lógica pura.
Michelle Fuller representa el opuesto de los olvidados. La abeja reina: poder corporativo, belleza aséptica, autoridad incuestionable, disciplina física y mental; cualidades perfectamente cultivadas para evadirse de su propia humanidad. En el mundo de dos fracasados como Teddy y Don, una mujer así resulta tan incomprensible, tan radicalmente ajena, tan alienígena como lo sería un ser proveniente de las Pléyades, o incluso de más allá. No necesitan pruebas de que sea extraterrestre: su existencia es evidencia suficiente. Está tan lejos de ellos como la galaxia más cercana. Michelle encarna al enemigo postcapitalista perfecto, la otredad inaccesible que controla un sistema opaco y siniestro, cuyos fines jamás se revelan del todo.
Para Teddy, las señales están por todas partes. No como pruebas, sino como confirmaciones de una verdad que ya decidió creer. Aunque genuino, su conocimiento parcial y mal aplicado como apicultor se convierte en la piedra angular de una cosmogonía delirante: las abejas como modelo de sociedad alienígena, Michelle como emisaria imperial, el colapso de las colonias como primer acto del exterminio. Lanthimos filma estas teorías con una seriedad paródica precisa, dejando que Plemons las pronuncie con la convicción absoluta de un converso, miembro de una secta de una sola persona, en un performance inquietante que funciona como comedia precisamente porque el discurso es una trampa lógica perfecta.
Bugonia, Yorgos Lanthimos, 2025
Bugonia no es una película que se conforme con ser una sátira inteligente. Es también lo suficientemente juguetona, teatral y consciente de su propio delirio como para evitar evadirse de sí misma. ¿Michelle es realmente una alienígena? ¿Teddy tenía razón? ¿Es la radicalización ideológica de las clases marginales un síntoma de que la humanidad agoniza? ¿Puede acaso la demoledora certeza de que la naturaleza humana solo puede verse con claridad en el reflejo de su propia alteridad ser suficiente para revertir una opinión? ¿Importa siquiera? La película se ríe de sus propias ambiciones y, en ese gesto final de irresponsabilidad narrativa, encuentra su advertencia más honesta: la muerte es un estado de belleza.
Se ha dicho que Bugonia es un Lanthimos débil, que la película no se encuentra a sí misma, que quiere ser muchas cosas sin llegar a ser ninguna, que sus personajes son pura técnica sin capacidad de generar empatía. Pero esa lectura confunde mecanización con distancia emocional. Lo que Lanthimos logra aquí es uno de sus trabajos más brutales precisamente porque se niega a ofrecer la comodidad de la identificación fácil. Es como esperar una función de ballet cuando Bugonia es una pelea de box. No necesitamos empatizar con Teddy o con Michelle para entender el horror de lo que representan: dos formas de evasión que colisionan en el vacío para abrir paso a la nada misma, en una conclusión que no merece cinco estrellas, sino una constelación entera. EP
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