Una selección de siete películas del siglo XXI que, desde distintas geografías y estilos, muestran cómo el cine ha pensado la amistad como un vínculo esencial, más allá del conflicto, la épica o el romance.
Una selección de siete películas del siglo XXI que, desde distintas geografías y estilos, muestran cómo el cine ha pensado la amistad como un vínculo esencial, más allá del conflicto, la épica o el romance.
Texto de Lucrecia Arcos Alcaraz 22/12/25
Una selección de siete películas del siglo XXI que, desde distintas geografías y estilos, muestran cómo el cine ha pensado la amistad como un vínculo esencial, más allá del conflicto, la épica o el romance.
Qué difícil condensar veinticinco años de cine en siete películas. Hay múltiples, infinitos criterios para elaborar listas de filmes que hay que ver antes de morir: porque fueron taquilleras, porque pertenecen al tan extrañamente llamado “cine de arte”, porque circularon por festivales y no por salas comerciales, porque las recomendó un gran director —o un tiktoker—, o porque rompieron de manera efervescente con las formas clásicas del cine anterior.
Opté, sin embargo, por enlistar siete películas que comparten, no siempre como eje central de la trama, una misma columna vertebral: la amistad. La maestría cinematográfica de todas estas obras es indudable, pero ese análisis daría pie a otra lista distinta. Lo que me interesa aquí es observar cómo cada una representa diversas formas, aspectos y metamorfosis de la amistad en la sencillez de lo cotidiano, no sólo en distintas geografías, sino también a través de los tiempos.
Los criterios de elección no son complejos: son películas que, en sus primeros visionados, me conmovieron profundamente y que, cada una a su manera, recuerdan que, en tiempos aciagos y dichosos, la amistad sostiene lo esencial, y que el cine es capaz de hacer visible ese sostén desde múltiples formas y miradas.
Como suele ocurrir en el cine de Chantal Akerman, vuelve la madre. En este filme, la convivencia madre-hija se convierte en un territorio de amistad involuntaria. Charlotte y su madre comparten piso en un París claustrofóbico. Atrapadas en una intimidad que oscila entre el cariño y la exasperación, la película propone algo radical: la amistad no siempre es elegida ni cómoda, pero puede ser el sostén más firme. Akerman observa el espacio doméstico con humor, inocencia y ternura, y recuerda que la verdadera amistad no necesita grandes pompas, sino la perseverancia de lo que —y de quien— permanece.

Dos amigos beben y rememoran sus viajes a la misma ciudad costera sin saber que estuvieron en los mismos lugares, con las mismas personas, incluso enamorados de las mismas mujeres. Hong filma el presente en blanco y negro —imágenes fijas, como fotografías—, mientras los recuerdos fluyen a color. La imagen va más allá de lo que ellos cuentan y revela lo que se les escapa: su propia ridiculez, su patetismo. La amistad aquí es un espejo cómico que nos devuelve la verdad incómoda de que nuestras experiencias nunca son tan únicas ni tan profundas como creemos. Estos hombres fallan, lloran, escriben poesía mediocre para impresionar a mujeres, y no se dan cuenta de lo absurdo de sus gestos y acciones. La película celebra la ligereza, el alcohol y la risa como formas legítimas de intimidad, pero también muestra que compartir nuestras pequeñas humillaciones en la amistad es lo único que nos salva de la ceguera absoluta.

Aquí la amistad se presenta como una forma de convivencia sostenida por la repetición y lo cotidiano. La relación entre los personajes se construye en la permanencia del estar juntos: en las conversaciones que suceden entre un hijo y su madre en un departamento, o entre dos amigos que manejan por las calles de la Ciudad de México. Es el tiempo compartido sin urgencia. En un mundo obsesionado con la productividad, Pereda rescata la amistad como presente puro, como compañía.

En una playa donde los hombres se encuentran para el cruising, Franck y Henri forjan una amistad inesperada. En un espacio hipersexualizado y bajo la forma del thriller, Guiraudie plantea una amistad sin erotismo, en la que es posible sentir cómo el corazón se acelera cuando nace el vínculo, y cómo el cuidado que éste ofrece se vuelve un ancla frente al vértigo del deseo.

En First Cow, la amistad es un acto de resistencia frente a un mundo desigual y violento. La película, en su mayor parte gestual y silenciosa, nos muestra a Cookie y King-Lu en el Oregón de 1820: un cocinero y un inmigrante chino. Juntos roban leche de la única vaca del territorio para hacer pasteles y venderlos. La amistad es compartir comida, protegerse del frío, soñar juntos con un futuro mejor. Es una película sobre la ternura masculina y una alianza inusual en el universo del western.

En un encuentro teatral, Misaki trabaja como chofer de Yūsuke, un director de teatro. Durante largos trayectos en coche y repeticiones casi salmódicas del teatro de Chéjov, Hamaguchi construye una película sobre la amistad como duelo compartido y comprensión silenciosa entre dos extraños. Aquí, la amistad se funda en el respeto a los tiempos del otro, sin prisa por sanar ni por confesar. El pequeño coche rojo, analogía de la amistad, se convierte en un espacio donde emergen el dolor de una relación pasada y la memoria familiar, marcada por la figura de una madre que permanece como herida.

Hirayama es un hombre solitario que limpia baños públicos en Tokio y sostiene una rutina inamovible. Sus interacciones diarias con vecinos, colegas y desconocidos dibujan una red sutil de vínculos. Para Wenders, la amistad está en la dulzura de mirar al otro, de mirar un árbol, de volver a jugar como niños con un hombre enfermo: prestar atención al mundo. Esa mirada amorosa hacia afuera es también una forma de cuidado hacia uno mismo, quizá un antídoto contra la soledad o una vía posible hacia la plenitud. EP
