
En este ensayo, Miranda Bonfil nos invita a reflexionar sobre las abejas y los derroteros que, obligadas por los seres humanos y su ambición colonialista, han seguido en el mundo moderno.
En este ensayo, Miranda Bonfil nos invita a reflexionar sobre las abejas y los derroteros que, obligadas por los seres humanos y su ambición colonialista, han seguido en el mundo moderno.
Texto de Miranda Bonfil 05/12/25

En este ensayo, Miranda Bonfil nos invita a reflexionar sobre las abejas y los derroteros que, obligadas por los seres humanos y su ambición colonialista, han seguido en el mundo moderno.
Salieron de su parcela arrastradas por las misiones del acero y la cruz. Al alba, los cajones que protegían sus frágiles cuerpos fueron apilados con torpeza por las manos de jóvenes que poco sabían del destino que le espera a todo aquel que zarpa. En la parte más profunda del galeón, en el hueco entre el trigo y la cebada, las paredes de cedro alojaron el continuo repicar de miles de aguijones cautivos.
Quienes vieron a la comitiva partir apenas notaron los zumbidos disolviéndose al filo del horizonte. Tenue polifonía de seres diminutos mecidos por el galope del mar. Ellas, a falta de néctar, cedieron al letargo ultramarino. Hubo estruendo y después sal.
Buena parte de la comitiva de artrópodos no sobrevivió a los caprichos del océano. Es bien sabido que criaturas de sangre fría, expuestas a bajas temperaturas, mueren. Quedaron sus diminutos cuerpos regados sobre el suelo, el patrón de sus vientres formando un ralo tapete para el descenso triunfal de aquellos que decretaban, nombraban, demolían.
Reubicadas en el estuario, a la sombra de mangles y zapotes, las supervivientes rompieron el cautiverio a un mismo compás. Así, los linajes separados por millones de años volvieron a reunirse. Ni trigonas ni meliponas acertaron a descifrar los signos de las recién llegadas. Lo que alguna vez fue uno, en el nacimiento arcaico de las plantas con flor, ya no se reconocía más. En los bailes de las recién llegadas no encontraban familiaridad alguna y sólo por lo accidentado de sus trajes se adivinaba un pasado compartido.
Las melíferas del Viejo Mundo llegaban como parte de la labor de iluminar las tinieblas y endulzar lo amargo del proceso. Ellas no podían saberlo, pero sus dones eran requeridos para los oficios sagrados. La cera local era demasiado cambiante, demasiado oscura, demasiado suave. Corrompida por la humedad del trópico, su resplandor decrecía opacado por columnas de humo.
Ellos quisieron traer la pureza de la luz a estas tierras.
El misterio trino del pistilo, la cera y la flama.
Pero la llama que ilumina no se transporta ardiendo.
Lo que se transporta es su origen.
Lo que está antes del origen. EP