Rezar por el cambio

Luis Ronces ensaya sobre memoria, duelo y fe, en un texto íntimo que vincula la experiencia personal con la poesía de Louise Glück y la transformación interior.

Texto de 25/02/26

Luis Ronces ensaya sobre memoria, duelo y fe, en un texto íntimo que vincula la experiencia personal con la poesía de Louise Glück y la transformación interior.

Su pobre idea del cielo: la ausencia de cambio

—Louise Glück

¿Mi abuela sigue rezando por mí ahora que está muerta?

Entro a la pregunta como entraba a su cuarto cuando era niño, mientras ella rezaba. Voy descalzo, con los pies fríos y las manos levantadas hacia el vacío, buscando sentirla de repente, sorprendido por la calidez de su tacto.

Luego algo anochece dentro de la misma interrogante: ¿Sigue rezando por mí ahora que he cambiado tanto? En esa nueva duda encuentro cómo anclarme, por un momento, al presente. Acabo de rentar un nuevo departamento en esta ciudad en la que vivo desde hace algunos años. Abro las cortinas, luego el ventanal y se cuela el ruido de una amalgama que aún me es desconocida. Por muchas razones, más allá de la distancia en carreteras y kilómetros, estoy lejos de la casa en la que crecí.

Las cosas que están a mi alrededor son todas recién compradas o prestadas por mi arrendadora. Hay poca historia entre las cajas que abro con el filo de mis llaves más largas y el olor es un olor que todavía no puedo vincular con un punto exacto en mi memoria. Ya no soy el niño que escucha el rezo atravesar el cuarto como si la voz tuviera pasos propios. Ya no puedo ver el contorno de la cara de mi abuela cuando mis ojos se han acostumbrado a la oscuridad. Estoy por cumplir treinta años y he cambiado.

Mientras desempaco, sé que hay pocas cosas que me vinculan con el niño que fui, al cual mi abuela cuidaba todos los días hasta tarde en la noche, cuando mis padres regresaban del trabajo. Ya no tengo ninguno de los uniformes escolares que ella lavaba a mano si llegaban con alguna mancha imprevista; la camisa blanca, los zapatos recién lustrados, la corbata verde que aprendí a ponerme con un nudo apretado y que soy incapaz de replicar ahora. No tengo los chalecos bordados con mi nombre y con el de mi hermano. No sé tampoco qué les pasó a los cuadernos sobre los que imaginaba mis primeras historias, las que no me atreví a mostrarle a nadie y terminaba de escribir en una sentada. No guardo ninguna fotografía de los bailes regionales, ningún juguete preferido o la carta de alguno de mis amigos de la infancia.

No hay ni un objeto que hayamos tocado ambos, mi abuela y yo. Como una persona que desaparece de repente, me fui dejando todo en el mismo lugar.

Esta semana un equipo de doctores se dio a la tarea de descubrir el error entre las formas que me constituyen. El error que se hereda como marca de nacimiento; condenas anatómicas en forma de línea dibujada muy arriba en la rodilla o de trazo mal calculado al principio de mi nariz. Hubo que dejar entrar al aparato y sus luces, vestir con fluidos las grietas que se fueron formando adentro para hacerlas visibles y someterlas. Tuve que desvestirme para que una máquina me fotografiara y tomara las medidas del contorno que soy, con la intención de cambiarlo.

Además, perdí habilidades simples, como la de sentarme sobre mis rodillas y otras valiosas, como la de olvidar en poco tiempo el tacto de quien me deja. Al mudarme, perdí esa costumbre de enfermarme por las olas de calor y descubrí qué era sentir frío después de noviembre. También dejé de ser un hijo ejemplar que complace y obedece; me convertí en un mensaje que llega cada tanto los fines de semana. Me preocupa menos la exigencia en la limpieza; mis nociones de orden y estructura yacen sobre escombros de otra clase de obsesión: una vida financiera estable, las mejores opciones de un ahorro para el retiro, los movimientos del dinero para hacerlo crecer como una planta que fue regada a tiempo.

Soy más alto, más pesado, menos flexible y menos resistente al dolor. Dejaron de interesarme el cine, el género del cuento, las llamadas telefónicas que duraban horas, las visitas a los museos, la meditación y el combate hacia mis detractores.

Sobre todo esto yacen dos quiebres principales: el vacío que dejó una voz poética, sin la cual he sido incapaz de escribir un solo verso desde que murió mi abuela, y también una culpa creciente, porque el cambio nos orilla al desarraigo. Y ahora, cuando abro las ventanas con vista hacia mi interior, no hay mucho que ver ahí.

La noche siguiente trajo el mismo pensamiento,

ahora se trataba de la poesía, y durante las noches siguientes

muchas otras pasiones y sensaciones fueron, igualmente,

puestas a un lado para siempre, y cada noche mi corazón

protestó ese futuro, como un niño que ha sido despojado

de su juguete favorito.1

Mi abuela nunca supo que era poeta. Dentro de los cambios más importantes, este se siente como un secreto que decidí guardar sin razón aparente. Generar artificios con las palabras le habría parecido cautivante, enterarse de que la vida de personas como Louise Glück –de quien robé ese fragmento en letra cursiva–, era parecida a la suya. Ambas construyeron su personalidad sostenidas de convicciones religiosas. Louise Glück cuenta en una entrevista que al entrar a una escuela católica una de las primeras imposiciones a las que se rebeló fue a la de arrodillarse ante imágenes, mostrándose fiel a su crianza judía; No obedecí. Consideré que el pecado más grave era el moral, no el social.2 Con la misma entereza mi abuela se negó por años a tirar santos y vírgenes que mostraban pieles deshechas y corroídas por las marcas del tiempo; a pesar de las críticas, la moral se erguía como una promesa hecha a un Dios que no le daba importancia a la estética en la decoración. Ambas despertaron a su mente bajo la sombra de los relatos sobre ese Dios; para Louise Glück la voz poética venía de una presencia sobrenatural, que anidaba en el recuerdo de su padre contándole sobre las voces que escuchaba en su cabeza Juana de Arco: la historia que mi padre les contaba a sus hijas antes de dormir era la historia de Juana de Arco, con la hoguera borrada al final.3 Todas las historias fantásticas que avivaron en mí los albores de la imaginación las conozco, también, por mi abuela. Ambas tomaban café por las mañanas en un ritual inquebrantable para cualquiera que intentara perturbarlo, como aquella periodista a la que Glück le dio sólo “dos minutos” por teléfono para hacer sus preguntas sobre el Premio Nobel y no interrumpir su café matutino. Ambas desarrollaron un amor profuso por las cosas que crecían en el jardín, relacionándolo con favores de una corte celestial que enviaba mensajes a través de la flor y de la fruta. Ambas, además, murieron con pocos meses de diferencia.

Aunque todos creían que mi abuela y yo teníamos una relación especial porque yo era el nieto mejor portado, el único que entendía del silencio y la disciplina, sólo ella y yo sabíamos que nuestra relación estaba, más bien, sustentada por un vínculo espiritual, una peregrinación de causas comunes, como la que tengo también con Louise Glück y la poesía.

Creíamos en los milagros. En esa casa cuya formación se resistía a albergarnos, creíamos en el milagro de la creación. Mi abuela me enseñó a rezar como camino hacia una entidad que podía interceder por mí cuando se lo pidiera, que conocía el camino que yo transitaba en esta vida, por haberlo dibujado con sus propias manos. Sin hacerlo intencionalmente me enseñó a construir una noción de compañía.

Rezar es realizar una proyección verbal del alma. Sacar a relucir los pedazos de verdad que quedan dentro para ver si logran cumplir, ya existiendo como presencias en el mundo, algún acto que nos aparte de la sed y el hambre.

El rito que nos viene a la mente a la mayoría de las personas tiene que ver con cánticos repetitivos que se memorizan antes del sacramento en turno. Pero el rezo que yo aprendí, el que escuché cada noche de la mano de una mujer cautiva en su esperanza, es una conversación amistosa, un espacio de reconocimiento en doble vía: no sólo soy yo haciendo que existas porque te hablo y me escuchas, también eres tú y el deseo irreparable de que alguien crea en mí.

Nunca se me ocurrió preguntarle si se sentía sola. Nunca me detuve a pensar cuántas horas al día se la pasaba en silencio, cuántos años habían pasado sin que sus intereses fueran el centro de una plática. Las mujeres de su generación se convertían también en imágenes religiosas dentro de la familia, inamovibles, preciadas por su experiencia en los asuntos domésticos, sus cuidados maternales, su quietud a la sombra. Nos parecía correcto despojarlas de la barbarie con la que tratábamos al resto del mundo, sin darnos cuenta de que les restábamos un espacio para ser iguales a nosotros: personas que cometen errores, que sufren, que anhelan y que necesitan, para sanar una herida, más que su fe. Las oraciones eran un espacio para exponerse ante un par de ojos sin rastros de prejuicios. Una oración puede significar: no quiero existir en soledad.

Ahora como adulto paso mucho tiempo tratando de encontrar cualidades de las que todavía puedo sostenerme, cuando busco identificarme con una versión anterior. La única que lo logra con firmeza es la costumbre de rezar antes de quedarme dormido.

La mayoría de las personas, cuando reza, lo hace para pedir un cambio:

¿Quieres saber cómo paso el tiempo?

Camino por el jardín, pretendiendo

que quito la mala hierba. Debes saber

que nunca hago eso, cuando estoy de rodillas, arrancando

montones de hoja al rosal: estoy, de hecho,

reuniendo coraje, buscando evidencia

de que mi vida va a cambiar, aunque

tome para siempre, encontrar

en cada montón la hoja

simbólica, y casi se acaba el verano, las hojas

se tiñen, siempre los árboles enfermos

muriendo primero, la muerte vestida

de amarillo, mientras pájaros negros tocan

su toque de queda musical. ¿Quieres verme las manos?

Tan vacías ahora como durante la primera nota.

¿O ese fue el punto siempre,

seguir buscando sin una sola señal?4

Desempaco tratando de absorber la tranquilidad de que no se ha perdido en el camino alguna pertenencia invaluable; a pesar de que ninguno de los objetos a mi alrededor me es preciado para contener un recuerdo, e incluso mi reflejo tiene muestras de alteración, quiero pensar que nada de lo que dejé atrás me hace falta. Aquí están todos los tomos de poesía de Louise Glück, limpios de señas de humedad y maltratos por el traslado. Tengo todas las ediciones tanto traducidas como en su lengua original. Acomodados sobre el librero, me parece que guardan un mejor registro que las fotografías. De entre las revoluciones, subsisten los versos.

Después de la muerte de mi abuela, cuando viajaba impulsivamente para evadirme en otro espacio del mundo, empacaba varios de estos tomos de poesía pesados, que ni siquiera sacaba de la maleta, pero que me daban una sensación de arraigo. Leí Noche fiel y virtuosa en mi primer departamento viviendo solo; en aquel entonces mi biblioteca era un anhelo que latía entre tres o cuatro pilas de libros arrinconados en el suelo. Me atraparon las imágenes de los fantasmas familiares, me atrapó la voz despojada de adornos y fanfarria. Por eso decidí leer todo lo que había escrito, seguir sus pistas para ver a dónde me llevaban.

Escribir es una venganza contra las circunstancias,5 dijo Glück en alguna entrevista; pienso que rezar también lo es. Tal vez no podemos cambiar lo que sucede en el transcurso de nuestras vidas, pero podemos creer que es posible implorar por una realidad distinta en el plano espiritual o sentenciar esa realidad como un mandato sobre la página en blanco.

Los versos de Louise Glück me atraparon por completo a la poesía por ser una voz que reconocía desde siempre. En lo que ella llama “magnitud invisible”, identifiqué las palabras que podían contenerlo todo, sin pretender ser grandilocuentes: me gustaba la magnitud pero la quería invisible. Me encantan esos poemas que parecen tan pequeños en la página, pero tan grandes en el pensamiento.6

Al leer a Louise Glück hay que entender que lo valioso de su obra no lo encontraremos en la opacidad o la experimentación con el lenguaje que la poeta pueda ofrecernos. Al contrario, estaremos ante versos meramente transparentes pero que son complementados apenas unos momentos después por una voz confesional poderosa. Una clarividente auguró esta voz en una de sus lecturas con Glück. Le aseguró que su quinto libro estaría despojado de todo lenguaje figurativo y la profecía se cumplió en Ararat.

Hace mucho, estuve herida. Y viví

para cobrar venganza

contra mi padre, no

por lo que él era

sino por lo que era yo: desde el inicio de los tiempos,

en la infancia, yo pensaba

que el dolor significaba

no ser amado.

Significa haber amado.7

Esta no es una voz que pretenda cambiar de alguna manera lo que ve, no quiere modificar el sentido de las palabras; pretende sólo hurgar dentro de ellas para sacar la parte más pura, todavía palpitante y verla de cerca. Nos está hablando una mujer que ha entendido que la búsqueda no reside en gastar energía para reparar lo irreparable, sino más bien en honrar el desastre que nos conforma y meramente contemplarlo.

Este libro en general fue muy mal recibido, pero a pesar de ello me siento muy cercana a él, es uno de mis preferidos —cuenta Louise en una entrevista sobre Ararat—, aunque estos poemas son poemas sin forma, sin belleza, sin metáfora.8 Vale la pena hablar de la muerte sin adornos, no ambicionar con más que nombrarla. Cinco libros después, en Averno (2006), demuestra esto mismo con poemas que recorren el terreno de la muerte con una pureza sutil. Los versos parecen más bien declaraciones que provienen de una sabiduría guardada en el cuerpo; incluso mezclados con personajes mitológicos, se mantienen accesibles como una puerta bien abierta:

No esperamos saber

lo que hace Perséfone.

Está muerta, los muertos son misterios.

.[…]

Ahora su vida está empezando—desafortunadamente,

será una vida

corta. Va a conocer sólo

.

a dos adultos: la muerte y su madre.

Pero dos es

más de lo que su madre tuvo:

su madre sólo tuvo

.

a una niña, su hija.9

La primera vez que supe de ella como autora fue en voz de otro poeta que me había asegurado, a mitad de una conversación sobre literatura, que todos los buenos poetas mienten. Se refería, más ampliamente, a la escritura de poesía como una búsqueda por un objetivo mucho más grande que el de lo verídico; una noción más cercana a la de Glück, que aseguraba que el poema y su riqueza yace en su habilidad de descartar la conclusión frente a la evidencia.10

Cuestionar lo que nos han dicho que es verídico, ahí empieza la fe y también el poema. Despojarnos de la suposición con firmeza: mi abuela no está muerta, está rezando en una habitación oscura, a poco tiempo de ser reconocida por la luz. No es en las palabras de aliento en las que encuentro las pausas de este duelo, es entre las páginas de un ensayo sobre poesía, donde el yugo catedrático de Louise Glück me alcanza y me regresa la paz: en otras palabras, no se trata de que C sea incorrecta sino de ¿Quién dice que A ha de llevarnos a B?11

Los oídos de Dios están fastidiados de escucharnos repetir con insistencia cosas que ya sabe de nosotros. Al rezar y escribir poesía, la verdad sale sobrando, porque ante las pruebas fehacientes importa más el pájaro que las ignora al pasar. En ámbitos distintos, pero al mismo tiempo hermanados, el rezo y la poesía prescinden de la veracidad del lenguaje para dar paso a las mentiras con las que se entreteje el espíritu.

Estoy hecho por mujeres que no estaban interesadas en lo verídico, porque no hay forma de hablar con Dios y sentir su compañía, sin descartar la conclusión frente a la evidencia.

Nací con una vocación:

ser testigo

de los grandes misterios.

Y ahora que he presenciado

tanto vida como muerte, sé

que para la oscura naturaleza

estos no son misterios,

son pruebas…12

Se escribieron numerosos artículos a partir de la muerte de Glück, algunos haciendo un recuento de sus búsquedas poéticas, de las enseñanzas puntuales que habían germinado en su obra ensayística. Otros prefirieron compartir las anécdotas que habían vivido con ella, los puntos más importantes de su trayectoria, como los premios, los libros más laureados, las presentaciones más emblemáticas. Cuando una poeta muere, los rituales no pueden tener mejor ornamento que la imagen y la palabra. Cuando mi abuela murió, en la casa de la que salía su cuerpo quieto e inhabitado, quedaron sólo preguntas. Por primera vez nos parecía a todos en la familia, que sabíamos exactamente qué explicaciones pedirle, qué tipo de consejos necesitábamos en ese momento, qué conocimiento buscábamos conseguir, pero ya no era posible ninguna respuesta. Ante las irrefutables pruebas del cambio, me habría gustado saber cómo eran todas las mujeres que vivían dentro de ella. Hablar más sobre las vidas que había dejado atrás, los ardores que dejaban sus arrepentimientos más grandes o la sombra de las cosas que se imponían ante su vida, cuando pensaba en el amor genuino, en la soledad o en la muerte.

Me quedo quieto a mitad de la mudanza para recobrar el aire y dejo que la nostalgia me visite. El consuelo está guardado en mi propio cuerpo cuando escucho latir mi corazón agitado: aunque las pulsaciones hacen una música distinta, todavía se entienden con el ritmo sepulcral de estas dos mujeres que siempre están alrededor de mí.

Durante semanas busqué por muchos medios tener alguna imagen o noción de cómo había sido el funeral de Louise Glück; quería ser parte de la ceremonia que imaginaba en laderas con vista a un océano frío, jalando la cuerda de los días para que el verano llegara más pronto. Quise visualizar la despedida de una poeta y saber cuánto se parece realmente a los trámites y burocracias del mundo terrenal. Quizá una prueba me haría saber una verdad escondida entre todos sus textos, el remate final de un verso ganador. Pero no había nada. En la privacidad que la caracterizaba siempre, se resguardaron para pocos ojos los últimos momentos en que su cuerpo descansó sobre la tierra.

Tampoco guardo imágenes de la mayor parte del funeral de mi abuela. No me permití estar ahí compartiendo mi dolor con los otros. Me resultaba más cercano cerrar los ojos e imaginarla rezando conmigo a tan solo unos pasos en esa habitación pequeña, de la que no hemos salido desde entonces. Nadie imaginó tal distanciamiento del que, decían, era su nieto preferido, pero el cambio es terrible en sus formas y nadie puede contradecirlo.

En algún obituario, hubo quien llamó a Louise Glück una “investigadora de la muerte”. Yo creo que mi abuela merece una descripción similar. La poesía tiene eso en común con el acto de rezar: diálogos que provienen y van hacia un reino desconocido, que no tienen un uso útil pero que exploran el camino hacia el que nos dirigimos todos. Ambas se ataron una cuerda a la cintura y avanzaron hacia esa luz desconocida mucho antes de que les correspondiera por designio hacerlo. Mi abuela encontró un pilar que la sostuvo ante las tempestades, mientras que Louise Glück encontró una especie de libertad extracorpórea: siempre soy alguien que anhela ser poeta, hacer algo nunca antes escuchado, para salir de mí misma.13

Cuando era niño, tenía miedo de quedarme solo en casa. No podía dormir mucho en aquellas noches que pasé por mi cuenta, esperando a que todos volvieran de una fiesta, un entierro o alguna misa. No sé en qué punto eso cambió y me convertí en uno de los pocos en toda la familia que optaría por estar solo. La decisión de irme de casa estaba ligada con el cambio, una revolución que en aquel momento entendí como una renuncia. ¿Cambiar es traicionar lo que antecede? Hay veces que se siente así, pero cuando rezo por las noches, estoy suspendido en un limbo que me permite reconciliarme con ello.

Cuando sueño, estoy en la casa de antes, viendo a mi abuela poner platos sobre la mesa y a todos alistándose para comer. A veces incluyo a las personas de mi nueva vida en esas escenas, pero nunca he traído a mi abuela a vivir en un sueño que transcurra en los días del presente. Es como si el cambio sucediera a dos velocidades distintas, y mi interior tuviera más retraso en sus intentos por alcanzarme. Hacia afuera, las pruebas de mi cambio están en todas partes: en el clóset, la alacena, los acabados, el color de la pared, la ubicación y las vistas. Adentro, la muerte frena el reacomodo de las piezas.

Me importa prescindir del miedo para ser otro investigador de la muerte. Quiero perderme en el sinsentido y quedarme a solas por un momento ahí:

Cuando callo, es entonces que resurge la verdad.

Un cielo limpio, las nubes como fibras blancas.

Y debajo una pequeña choza gris, azaleas

rojas o de un rosa vivo.7

He cambiado, pero sigo rezando por las noches y sigo leyendo poesía. En ambas acciones existe una sensación de estar acompañado bajo la voluntad de una presencia que nos hereda un camino, mientras corremos sin miedo hacia él.

No me siento solo porque tengo la confianza de que siempre hay alguien conmigo. Esa es la herencia más importante. El acompañamiento que se me instruyó y que por fin ha entregado sus frutos.

A veces, en la casa de algún desconocido, mientras estoy desnudo en una especie de hombría luminosa, espero a que él se quede dormido para cerrar los ojos y rezar. En aquellos momentos soy más niño que nunca, estoy entregado a una disciplina que no guardo en ninguna otra área de mi vida y que me mantiene alejado de la apatía y de muchos otros peligros de la soledad.

Al rezar me importa visualizar quién está del otro lado. Quiero rezarle a un ser solitario, que mantenga la casa vacía. Alguien que entienda la compañía como una sombra de la que no podríamos desprendernos nunca y encuentre en la muerte una forma de seguir soñando.

Rezarle a una presencia que haga planes sin contarle a nadie, que se quede en casa un viernes por la noche, que se provea de todo lo que quiere sin temor a las necesidades de los demás y todo eso lo haga sin pensar que es egoísta. Una presencia que duerma cobijada por la tranquilidad de la comuna, aún en medio de un páramo individual.

Ante estas imágenes, lo que me pregunto es si ese Dios también muta. Si el mismo que nos escuchaba antes, a mi abuela y a mí, hablándole en voz baja en nuestras ropas de dormir, podría un día cambiar de opinión o interesarse más en otras creaciones, que viven en planetas impensables, donde sus inventos carecen de errores como la guerra, la contaminación o la ambición desmedida. Si quizá ese Dios gira la mirada hacia otra parte cuando nos ve de reojo como un completo desastre, como es tan común reaccionar ante el pasado.

Pudo haberse mudado sin importarle dejar una dirección escrita para quienes todavía le prenden una veladora. Pudo haber dejado su espacio en renta a otro Dios.

Una vez creí en ti; planté una higuera.

Aquí, en Vermont, el país

del no verano. Era una prueba, si el árbol vivía,

significaba que existías.

.

Por esta lógica, no existes. O existes

únicamente en climas más cálidos.14

La idea puede ser aterradora pero a mí, en realidad, me llena de calma. Que el cambio exista incluso en el cielo sería una noticia que transformaría las nociones sobre lo que implica morir. Quizá mi abuela ahora es también otra persona, quizá Louise Glück dejó de escribir poesía y allá sus hortensias florecen en todos los climas del año.

Me es imposible preguntarles a ambas si esto es verdad, saber cuál es su postura ante las cosas que se quiebran dentro del yo y lo hacen crecer de nuevo, saber si es señal de algo que la poesía se haya teñido de amarillo dentro de mí, como las hojas que mueren para nacer de nuevo, que haya optado por escribir ensayos en prosa, que incluso en la escritura me haya despojado de aquel que ya no soy. Me es imposible saber si al rezar por mí, mi abuela lo hacía pidiendo por la vida que llevo ahora, y esto es solo una confirmación de la existencia del Dios que la escuchó por años.

.

Mira el cielo nocturno:

en mí poseo dos personas, dos clases de poder.15

.

Seguir hablando con el mismo Dios, aunque no seamos los mismos. EP

  1. Glück, L. (2014). Una aventura. En Noche fiel y virtuosa. Farrar, Straus y Giroux. []
  2. Nobel Prize Outreach. Louise Glück – Biographical. NobelPrize.org []
  3. Nobel Prize Outreach. Louise Glück – Biographical. NobelPrize.org []
  4. Glück, L. (1993). Maitines. En El iris salvaje. Carcanet Press Ltd. []
  5. Academy of Achievement. (2016, 12 de abril).Louise Glück, promoción de la Academia de 2012 []
  6. Glück, L. (2023). Ensayos completos. VISOR LIBROS, S.L. []
  7. Glück, L. (1992). Ararat. Ecco. [] []
  8. Lannan Foundation. (2016, 14 de mayo). Louise Glück, Conversation, 11 May 2016 []
  9. Glück, L. (2006). Averno: Poems. Farrar, Straus & Giroux. []
  10. Glück, L. (2023). Ensayos completos. VISOR LIBROS, S.L. []
  11. Glück, L. (2023). Ensayos completos. VISOR LIBROS, S.L. []
  12. Glück, L. (1992). Ararat. Ecco []
  13. Academy of Achievement. (2016, 12 de abril). Louise Glück, promoción de la Academia de 2012 []
  14. Glück, L. (1993). En El iris salvaje. Carcanet Press Ltd. []
  15. Glück, L. (1993). En El iris salvaje. Carcanet Press Ltd. []

El análisis independiente necesita apoyo independiente.

Desde hace más de 30 años, en Este País ofrecemos contenido libre y riguroso.

Ayúdanos a sostenerlo.

Relacionadas

DOPSA, S.A. DE C.V