Registro | Tú y tus estúpidos lentes

En la columna Registro, Pablo Íñigo Argüelles escribe sobre el mundo que observa, pero sobre todo de fotografía y todo lo que implica.

Texto de 03/09/25

En la columna Registro, Pablo Íñigo Argüelles escribe sobre el mundo que observa, pero sobre todo de fotografía y todo lo que implica.

Una de las cosas que más trabajo nos cuesta a los fotógrafos es hablar de nuestras fotos. Generalmente, cuando lo intentamos, acabamos haciendo el ridículo, pareciendo inevitablemente impostores de primer nivel.

Hay fotógrafos que, al ser cuestionados sobre su obra, responden —con toda razón— que quien quiera saber algo debe acudir, lógicamente, a la propia obra. Hay quienes, de plano, no contestan. Y hay quienes, con el tiempo, han aprendido a evadir con elegancia el momento en que se les pregunta por sus imágenes más icónicas.

María Prieto

Recientemente, mientras entrevistaba a Graciela Iturbide, formulé mal una pregunta al pedirle que me hablara de su foto favorita de Juan Rulfo. Ella entendió que le preguntaba por su propia foto favorita y, automáticamente, se puso en guardia:

—¿De mis fotos? ¡No, yo no puedo hablar de mis fotos!

Admiro, por ejemplo, la forma en que la fotógrafa Yvonne Venegas habla de su trabajo sin hablar, precisamente, de su trabajo. La he escuchado en distintos foros y la manera en que se refiere a su obra es un gran ejemplo de cómo el fotógrafo puede bordear las palabras sin caer en la trampa de explicarse demasiado.

¿Qué es, entonces, lo que nos cuesta tanto trabajo? Estoy seguro de que va más allá de la arrogancia y, por supuesto, no se trata de vergüenza. Quizá sea respeto: respeto por lo que observamos en un momento y en un lugar determinados; respeto por esa complicidad con un instante que, salvo en el caso del fotoperiodismo, no estamos obligados a compartir con nadie.

Hace 25 años, el artista Jonathan Monk, fascinado por esa zona gris entre las palabras y la imagen, le pidió a su hermana que, por teléfono, le describiera todas las postales, dibujos y fotografías que su madre guardaba en un cajón de la cocina de la casa donde crecieron.

Más tarde transcribió, palabra por palabra, esas 80 descripciones en diapositivas de 35 mm, que luego montó en un proyector.

El resultado fue la instalación One Moment in Time, actualmente exhibida en el MoMA. El carrusel tarda 7 minutos y 6 segundos en recorrer de la primera a la última filmina. “You wearing stupid glasses”, “Mum & dad just married”, “The TV Tower in Berlin”, “Spanish Postcard”, “The English seaside”, “A cartoon drawing of dad”, “Mum, dad, you & your friends in the garden”. Las anteriores son algunas de las frases que, en la obra de Monk, sustituyen a la imagen.

El espectador, al verlas proyectadas en la pared, fabrica en su mente una especie de fotografía inversa. El gesto no sería tan particular si las frases no estuvieran contenidas en transparencias y lanzadas contra un muro blanco, lo que dota a la pieza de un humor nostálgico y, al mismo tiempo, de una actualización irónica y contemporánea del ut pictura poesis.La fotografía puede ser muchas cosas, pero, en esencia, es la culminación de esa complicidad silenciosa entre la cámara y nuestras obsesiones: la eterna tensión entre el polvo y el rayo de luz, universo diminuto en el que todo significado se disuelve. EP

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