
En la columna Registro, Pablo Íñigo Argüelles escribe sobre el mundo que observa, pero sobre todo de fotografía y todo lo que implica.
En la columna Registro, Pablo Íñigo Argüelles escribe sobre el mundo que observa, pero sobre todo de fotografía y todo lo que implica.
Texto de Pablo Íñigo Argüelles 10/12/25

En la columna Registro, Pablo Íñigo Argüelles escribe sobre el mundo que observa, pero sobre todo de fotografía y todo lo que implica.
En el futuro, lo único que nos quedará será la correspondencia. El correo convencional —como nos hemos atrevido a llamarlo para distinguirlo de su homónimo digital— será quizá la única manera de burlar el gran panóptico algorítmico que hoy decide qué vemos, cómo lo vemos y cuándo lo vemos. Ahí, en esa “convencionalidad”, podrían refugiarse las últimas emociones del arte: en un mundo incapaz de impresionarse porque ya lo ha visto todo, tal vez sea en los moribundos servicios postales donde sobreviva nuestro último resquicio de asombro.

En mis fantasías más obstinadas me veo levantándome un día y alineando sobres sobre la mesa. Durante la mañana los voy llenando de recortes efímeros, hojas transcritas a máquina con epígrafes nacidos de ejercicios literarios plagados de azar, pedazos de revistas y periódicos, fotos, negativos, servilletas; astillas de mi vida recogidas en el día a día. Luego los rotulo con direcciones conocidas, camino hasta una oficina de correos en decadencia, los entrego todos y regreso a casa a esperar.
Entonces el “arte” empieza a moverse. Deja de ser un objeto quieto y se vuelve trayecto: toma su propia vida. Se integra a ese bellísimo circuito logístico que durante años transportó postales con crónicas personales, cartas mecanografiadas y señales de otro mundo. El arte ya no será nuestro, ni de un algoritmo, ni de una galería: será del mundo. Será de quien lo reciba; de quien lo ignore; de quien lo guarde; de quien lo arrumbe; de quien lo despedace; de quien lo archive. En el futuro, el arte viajará en sistemas postales moribundos.
Ese futuro ya se materializó una vez. Lo encarnó el polifacético artista Ray Johnson, cuyo trabajo conocí hace algunos años gracias a una exposición en la Morgan Library de Nueva York. Aunque la muestra se centraba en su trabajo fotográfico de los tres últimos años antes de que se quitara la vida en un puente de Sag Harbor, en Long Island, en enero de 1995, también dedicaba un espacio importante a su mail art o arte por correspondencia.

A finales de los años cincuenta, Johnson —pionero del arte performativo y maestro del pop— inició una serie de correspondencias con amigos, colegas y algunos desconocidos. Enviaba piezas distintas: ephemera, collages, hojas escritas, recortes y, sobre todo, una instrucción implícita: que eso siguiera su curso, que el destinatario lo remitiera a alguien más. Con el tiempo, esa red creció tanto que, a mediados de los sesenta, tomó forma bajo el nombre “New York Correspondance School” [sic]. Su fama se extendió hasta adquirir alcance mundial, y su “muerte” fue anunciada, a mediados de los setenta, mediante una esquela en The New York Times. Aun así, el proyecto no terminó del todo: Johnson siguió enviando arte por correo el resto de su vida.
Enemigo de las etiquetas y del establishment, encontró en el sistema postal una salida para lo que tenía que decir: para aquello que no cabía en las galerías ni en los mentados circuitos artísticos que todo lo ungen, todo lo validan y, con la misma facilidad, todo lo matan y todo lo arruinan (casi siempre).
A 30 años de su muerte, Johnson se asoma en el horizonte como uno de esos artistas que el olvido dejó atrás y la muerte (afrodisíaco favorito de las industrias) devolvió a escena. A 30 años de que se desvaneciera en las aguas de Long Island, su modo de vida suena menos como excentricidad y más como una opción sensata antes de que la virtualidad termine por consumirnos. EP