Registro | Un día en la vida de nosotros: un ensayo a partir de “Peter Hujar´s Day”

En la columna Registro, Pablo Íñigo Argüelles escribe sobre el mundo que observa, pero sobre todo de fotografía y todo lo que implica.

Texto de 14/11/25

En la columna Registro, Pablo Íñigo Argüelles escribe sobre el mundo que observa, pero sobre todo de fotografía y todo lo que implica.

Nueva York nos devora. Intentamos levantarnos temprano, tomar café, asimilar la información. Revisamos el correo, caminamos al trabajo, mezclamos químicos en el cuarto oscuro, nos cruzamos con colegas; escuchamos el drama en turno, el amor en turno, la crisis en turno, el logro en turno, el fracaso en turno; ellos, claro, nos escuchan de vuelta.

Seguimos de cerca los pasos de nuestra comunidad —fotógrafos, artistas, escritores, cineastas—, que lidia con el privilegio ambiguo de vivir aquí, de haber migrado y descifrado acertijos legales para obtener un papel que ampare nuestro “talento especialísimo”.

María Prieto

En cuatro años se han ido algunos, porque la ciudad no era para ellos, porque nunca fue el plan quedarse, por una oportunidad mejor, por amor.
Así vivimos, así estamos: buscándonos, creyendo habernos encontrado para descubrir luego que no era por ahí; que aquel logro fue, en realidad, un error más; o que ese error se volvió, con el tiempo, un gran logro.

Dependiendo del día, la mañana y la tarde corren a distintos pasos, pero siempre rápido: si estamos en el escritorio de la escuela de fotografía, las horas pasan lentas; si toca sesión para una publicación, asistir a otros fotógrafos o cubrir la apertura de una galería, el día es una larga espera que, llegado el momento, se escurre sin piedad.

Todo es explosión y falta de sueño, todo es intensidad: la Mexican Deli a las tres de la mañana, Delancey–Essex y su mugre, el estruendo metálico del puente de Williamsburg; la ciudad nos devora otra vez, nos arrastra con una belleza feroz hasta inundarnos de preguntas.

En ese remolino hay dos cosas que me devuelven a mí mismo: el agua corriendo bajo la luz roja del cuarto oscuro y las conversaciones del final del día. Nos encontramos en el sillón verde de casa y bebemos vermut o tequila frío o leche con chocolate; fingimos ver una serie mientras deshilamos las tramas del día como si fueran esenciales (lo son). Y mientras hablamos, los vecinos de junto, los de arriba y los de la izquierda hacen lo mismo; los del edificio de enfrente también. Por eso esta ciudad es este estruendo maldito que te acaba y te traga; pero basta cruzar en bicicleta el puente de Williamsburg, mirar la ciudad y saber —sin entender— lo que nos trajo acá.

Así se termina el día: con sueños que intentan procesar lo visto, tomando formas incomprensibles, lanzando señales torpes, avisos de la mente. Eso, todo eso, y —coronando— el sentimiento asquerosamente moderno de creer que no hicimos nada: que el día murió, que se nos fue de las manos, que no avanzamos, que nos ponemos viejos, que tocamos el techo de la creatividad y de la voluntad; que nada, absolutamente nada, tiene sentido, toma forma ni merece seguir cometiéndose.

Entonces Fernanda nos llama y propone ir al cine a ver la nueva de Ira Sachs. Durante una hora, Peter Hujar’s Day —con Ben Whishaw y Rebecca Hall— explora el diálogo que en 1974 sostuvieron el fotógrafo Peter Hujar y la escritora Linda Rosenkrantz: ella le pide describir, de principio a fin, un día de su vida. La película es un recorrido terapéutico y psicológico: un artista alienado que, sostenido por la gramática de la fotografía, atraviesa los túneles de una ciudad al borde de la bancarrota. Aquel diálogo, grabado en cinta magnética y hallado años después en el archivo de Hujar en la Morgan Library, deja ver un día común de quien sería uno de los fotógrafos cruciales de su generación, entonces aún emergente: con problemas y ansiedades como todos, ajeno a lo bueno y lo malo que le esperaba a la vuelta de la esquina.


Una escena, un lugar, un diálogo: preocupaciones, reflexiones, autocrítica. Hujar habla de las nimiedades de su día: comida china, una sesión con Allen Ginsberg que lo dejó poco satisfecho, café y, sin querer, nos explica su universo. Es en algún punto de su plática que ambos se confiesan lo mismo: que cada día puede sentirse como desperdicio; que la ciudad, con sus fronteras imaginarias, los devora, los vuelve inútiles, los vuelve insulsos.

Hujar habla de lo que hoy —2025— nos aqueja: la ansiedad de ganarse la vida, pelear tarifas con las publicaciones, no comer suficientes verduras, fumar demasiado, beber demasiado, pasar demasiado tiempo en el cuarto oscuro. Qué parecido nos resulta. Qué parecida aquella Nueva York a esta. Nada es nuevo; la oscuridad no es nueva; tampoco las despedidas, ni los llantos, ni el puente de Williamsburg.

Salimos cuando termina la película: llueve. Tomamos el metro de regreso, en silencio. María se adelanta, yo voy a la deli de la esquina. Compro el último New York Times porque Max cree haber salido en una foto del maratón de la semana pasada y quiere enmarcarla. No encuentro la foto. Afuera, un empleado de la deli termina su turno y enciende un cigarro mientras suelta un grito a la Pérez Prado. Es tarde, casi las 11.

Camino a casa y pienso que, cuando Hujar y Rosenkrantz sostuvieron esa conversación, aquí, en el Lower East Side no se caminaba a esta hora sin tener que mirar a todos lados. No existían esta deli, ni la escuela donde trabajo, ni el edificio donde vivimos. Nosotros, ni pensarlo. Hoy Hujar no existe; nosotros sí. Mañana quizás no, y quien piense lo mismo que yo en este lugar puede que aún no haya nacido.

Me toco la nariz: las manos me huelen a revelador, al vinagre del baño de paro. Abro la puerta del edificio. La ciudad no me ha devorado; quizá nunca lo haga. 

La ciudad solo existe. La ciudad solo es, simplemente. EP

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