Registro | Graciela piensa en Orión

Pablo Íñigo Argüelles escribe un retrato breve sobre la fotógrafa mexicana Graciela Iturbide.

Texto de 20/08/25

Pablo Íñigo Argüelles escribe un retrato breve sobre la fotógrafa mexicana Graciela Iturbide.

Graciela Iturbide (Ciudad de México, 1942) es considerada la fotógrafa viva más importante de Latinoamérica. Desde 1969, cuando descubrió su vocación por la fotografía, ha documentado incansablemente la realidad de México en blanco y negro. A partir de un registro poético de la realidad, ha creado una iconografía profundamente personal que es, a la vez, universal. Sus imágenes, cargadas de misticismo, trazan un mapa de pérdidas, viajes y obsesiones.

Gracias a su vínculo con figuras como Eugene Smith y Henri Cartier-Bresson, así como a su decisiva relación personal y profesional con Manuel Álvarez Bravo, se convirtió en un puente esencial entre los pioneros de la fotografía moderna y las nuevas generaciones. En los últimos años, estas generaciones vuelven con frecuencia a su obra para encontrar respuestas en medio de un mundo atravesado por la inteligencia artificial, donde el papel de la fotografía se replantea a diario.

Un martes, a finales de mayo, María Prieto y yo la visitamos en su estudio del Barrio del Niño Jesús, en Coyoacán, para entrevistarla y fotografiarla. Llevábamos dos meses intercambiando correos electrónicos para concretar la cita. Tan solo unos días antes, el 23 de mayo, se anunció que había ganado el Premio Princesa de Asturias de las Artes. Ante la atención mediática que suscitó la noticia, temimos que cancelara o pospusiera la entrevista. Sin embargo, la víspera recibimos un mensaje suyo como si nada hubiera ocurrido: nos advertía, sencillamente, que como su calle estaba cerrada, tendríamos que estacionarnos más lejos y llegar caminando.

María Prieto

La palabra heliotropo tiene distintos significados: las plantas que siguen al sol (como los girasoles), un jaspe sanguíneo al que se atribuyen propiedades curativas y energizantes, un instrumento topográfico o alguien que persigue la luz (en sentido figurado). 

Heliotropo es también el nombre del callejón donde se encuentra el estudio de Graciela Iturbide: una construcción sobria y minimalista, hecha por completo de ladrillo, que destaca entre las demás casas del barrio. Su fachada, una celosía de tres pisos, contrasta con la calle adoquinada y compite con un arco provisional de flores dedicado a la Virgen de Guadalupe, levantado para una fiesta patronal a tan solo unos metros.

La buscamos primero en su casa, a unos pasos del estudio. Apenas abre la puerta, un bulldog francés sale disparado a olfatear la calle, sin reparar en nosotros. Se asoma, arquea las cejas y nos saluda como si nos conociera desde siempre.

—¡Hor!, ¡vente para acá! —dice con su voz característica, áspera por los años y el cigarro.

—Se llama Hor, ¡por “horrible”! —añade, riendo. 

Nos presentamos. Pregunta por nuestro viaje desde Nueva York y se interesa por la exposición fotográfica que María y yo inauguraremos en unos días en la colonia Roma. Caminamos hacia la puerta de su estudio, junto a una miscelánea. Graciela avanza ligera, como si 83 años no hubieran pasado. Abre la puerta y nos invita a pasar.
—Me caí en Brasil el mes pasado, pero ya me estoy recuperando —dice, quejándose de una pierna mientras sube las escaleras.

En la sala del segundo piso se sienta, no sin antes preguntar a María si la luz la favorece para las fotos. Hor, que la sigue a todas partes, adivina que estaremos un buen rato y se acomoda a sus pies.

A nuestro alrededor aparecen piezas de su vida: mariposas disecadas, milagritos, dos mecedoras, un ángel tallado en madera. Sobre un equipal descansan sus lentes junto a mi grabadora, lista para la entrevista. Desde la ventana, la jardinera con helechos, cactus y palmeras confirma que en su estudio —diseñado por su hijo, el arquitecto Mauricio Rocha Iturbide— conviven la fantasía, la realidad y la ausencia. Aquí no se produce: se contempla en silencio, para luego salir y mirar el mundo.

El sol, reflejado en los ladrillos, tiñe la atmósfera de naranja.

“Estoy viejita –dice– pero quiero seguir trabajando. He tenido mucho trabajo aquí en el estudio. Ayer me puse a buscar unos negativos para mandarlos digitalizar hoy mismo porque los necesita Pablo Ortiz Monasterio”.

Fotografía: María Prieto

Durante nuestra conversación, Graciela me comparte detalles como este, que me hacen pensar que es incansable y se mantiene activa. Cuando no viaja, está en casa viendo películas con sus nietos u ordenando su archivo. Durante las últimas semanas estuvo en Lanzarote, fotografiando volcanes, piedras y lava; en Juchitán, Oaxaca, grabando escenas para un documental sobre su vida dirigido por Lucía Gajá; editando un cortometraje filmado en 16 mm hace años, en el Cementerio de San Ángel junto al pintor José Luis Cuevas. Además, este año, inaugurará tres importantes retrospectivas en el extranjero, una de ellas en el International Center of Photography de Nueva York.

¿Qué le puedo preguntar a Graciela Iturbide que no sepamos ya? ¿Qué se le pregunta a quien convierte varillas y charcos de lluvia en mundos irrepetibles? En cada respuesta esquiva, con delicadeza, ciertos lugares de su memoria, llevándome por territorios seguros que, aunque ya escuchados y leídos, siguen resultando fascinantes.

—Siempre digo las mismas tonterías —confiesa—, así que tú pregúntame lo que quieras.

Fotografía: María Prieto

Hablamos, por supuesto, de la muerte, uno de los temas más constantes en su obra y de cómo la fotografía le ha servido siempre para sobrellevar las pérdidas. El mismo día que recibió la noticia del Premio Princesa de Asturias, supo también de la muerte de uno de sus grandes amigos, el fotógrafo brasileño Sebastião Salgado. Cuando se refiere a la ausencia, no lo hace con nostalgia ni con frialdad: habla de ella con la serenidad de quien sabe que, tarde o temprano, la asimilará a través de su cámara.

En su vida, a cada pérdida siempre le ha correspondido una presencia salvadora. Tras la muerte de su hija Claudia, en 1970, se refugió detrás de la cámara. Aprendió entonces a habitar la soledad y a contemplar la ausencia a través del visor. Manuel Álvarez Bravo, su maestro, fue fundamental en ese proceso: “No se apresure, Graciela. Hay tiempo —me decía—. Hay tiempo para todo: para los premios, para los libros.”.

Fotografía: María Prieto

Hablamos de los sueños, que desde siempre han alimentado su fotografía. Uno de los que más recuerda es el de cuando soñó que su casa se incendiaba y los personajes de sus negativos salían para salvarse: Zobeida Díaz, la mujer de las iguanas; el Señor de los Pájaros; los niños revolcándose en una duna de arena en Primer día del verano. Todos ellos, fantasmas cruzando entre las llamas para rescatar, de alguna forma, su memoria.

En medio de la charla, Antonia, su asistente, le comenta que una de las niñas que aparece jugando en Primer día del verano acaba de escribirle un correo. “Ay, mira qué chistoso”, exclama Graciela, que sabe reconocer perfectamente el azar. “¡Vamos a mandarle una copia!”.

Cortesía Graciela Iturbide

“La fotografía me salvó la vida”, asegura cuando la cuestiono por sus autorretratos, que orbitan su obra principal. “Nunca los pienso; fíjate que han sido mi terapia en las peores crisis”.

—¿Creativas? —le pregunto.
—¡No! Eso sí no. He tenido crisis de todo, ¡pero jamás creativas!

”Para tomar fotos, hay que leer —menciona, recordando la soledad del internado del Sagrado Corazón que la formó de niña y adolescente, donde pasaba horas en la biblioteca leyendo autores del Siglo de Oro y fascinándose con imágenes de santos y vírgenes, soñando, algún día, con ser escritora—. Porque la fotografía está hecha de esos sedimentos; mi obra —añade— es el resultado inconsciente de todo lo que he leído, escuchado y vivido”. Entre sus influencias cita a Brassaï, adora a Juan Carlos Onetti, admira el Cantar de los Cantares, lee a Elena Garro. Pedro Páramo es uno de sus libros predilectos.

A propósito de Juan Rulfo, recuerda con arrepentimiento no haberlo fotografiado, a pesar de que él mismo se lo pidió antes del homenaje que le hicieron en el Palacio de Bellas Artes, en 1980; “tal vez fue por inseguridad”, dice. 

Cortesía Graciela Iturbide

Y aunque realizó uno de los documentos más importantes del rock nacional, cuando, por invitación de uno de sus maestros, fotografió el festival de Avándaro, en 1971, admite no saber nada de rock. Sin embargo, siente profunda admiración por Bob Dylan y Leonard Cohen, quienes también fueron reconocidos con el Premio Príncipe de Asturias.

“México siempre ha sido un país muy fuerte y muy dulce”, me dice, evocando los interminables viajes en carretera que la llevaron a recorrer el país entero y a capturar algunas de sus imágenes más icónicas. “Hoy, tristemente, sería imposible fotografiar como lo hice en muchas partes; la gente me ha dicho que tenga cuidado por la inseguridad”.

Cortesía Graciela Iturbide

En su andar ha retratado a los pueblos comcáac (seris) y a los kikaapoa (kikapúes), pero sin duda su vínculo más profundo ha sido con el pueblo juchiteco. Este nació gracias a uno de sus más grandes amigos, el pintor Francisco Toledo. En Juchitán, Graciela —quien no es religiosa, pero se considera mística— ayudó a forjar, a partir de sus fotografías, una iconografía muy particular, marcada por imágenes como Nuestra Señora de las Iguanas, que el propio pueblo bautizó como “la Medusa juchiteca”.

Cuando Zobeida, la mujer de la foto, murió, Iturbide y Toledo planearon un tributo: llenar su tumba de iguanas de cerámica, como las que llevaba en la cabeza en aquella imagen célebre. Sin embargo, Toledo murió antes y el proyecto quedó suspendido.

Más tarde, al mostrarnos el tercer piso de su estudio —donde Araceli Cortés, su impresora, cataloga sus portafolios—, descubrirá que una de aquellas figuras de arcilla —que alguien le regaló en Juchitán—, por descuido, quedó junto a una ventana y el sol la deformó. Con extrema preocupación, intentará repararla ahí mismo.

Cortesía Graciela Iturbide

En uno de los nichos que forman los ladrillos de su estudio, una fotografía tamaño postal me llama la atención. Me acerco: en ella están Manuel Álvarez Bravo, Francisco Toledo y Graciela. En el borde, impreso en el negativo, se lee el año: 1987.

Antes de despedirnos, Graciela prende un cigarro y mira a Hor juguetear con las manos de María. Luego, vuelve la vista hacia la ventana y cuenta: “Tuve un perro que adoré, adoré, no sabes cuánto. Se llamaba Orión. Cuando me separé del papá de mis hijos, no me lo dieron; salí con una mano delante y la otra atrás. Cuando quise recuperarlo, ya se había perdido. Estaba conmigo todavía más que Hor. Era un pastor alemán. Siempre estaba conmigo”.

Fotografía: María Prieto

Podríamos poner la vida de Graciela sobre la gran mesa de madera del primer piso de su estudio y verla como el mapa de un vasto territorio. Eventualmente, conectaríamos los puntos más conocidos: Manuel Álvarez Bravo, el cine, Juchitán, la muerte y los pájaros. Estos son los sitios que ella misma ha convertido en paradas obligadas de su geografía personal.

Hay, además, puntos inexplorados, remotos, a los que jamás habrá necesidad de ir. Ahí se esconde el misterio que habita cada centímetro de sus fotos. Graciela es, en sí misma, un heliotropo: sigue la luz desde su apacible fortaleza de ladrillo, intentando reconstruir de memoria un lugar que aún no conoce o que perdió hace mucho. Tal vez por eso sus imágenes transmiten, a quien las mira, un misticismo impregnado de ausencia.

Fotografía: María Prieto

Ni todos los premios, ni todos los reconocimientos, ni todas las entrevistas podrán adivinar lo que Graciela piensa cuando mira por la ventana. Y cuando lo hace, quizá piensa en Orión, su perro, y en todo lo que ya no está. EP

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