
Mario Murgia explora en los Poemas proletarios de Salvador Novo un retrato íntimo y vibrante de la vida obrera y militar en el México posrevolucionario.
Mario Murgia explora en los Poemas proletarios de Salvador Novo un retrato íntimo y vibrante de la vida obrera y militar en el México posrevolucionario.
Texto de Mario Murgia 12/08/25

Mario Murgia explora en los Poemas proletarios de Salvador Novo un retrato íntimo y vibrante de la vida obrera y militar en el México posrevolucionario.
Dice Carlos Monsiváis en su notable prólogo a La estatua de sal, autobiografía de Salvador Novo, que nada estimula tanto al ensayista, dramaturgo y poeta “como su condición de exiliado de la respetabilidad. Esto en una época donde, al ser tan reducido el ámbito social, la respetabilidad suele serlo todo”.
Apenas algunos recordaron que Novo, nacido en la Ciudad de México en 1904, cumplió 121 años el pasado 30 julio. Fue un personaje paradójico: el “exilio” en que vivía lo dictó su abierta e incluso desfachatada homosexualidad, mientras que su extravagante estatus de intelectual público le aseguró, sin duda, un lugar de privilegio entre las celebridades más estimadas de la primera mitad del siglo XX y hasta su muerte a principios de la década de 1970.
El constreñido ámbito social en el que Novo vivió, y donde aun floreció gracias a sus precoces talentos poéticos y a su agudo sentido de la crítica, era el del México posrevolucionario: una nación en la que una criatura tan provocativa como él seguramente se habría divisado como un flamboyán que crece en medio de una infinita nopalera. En ese México, como Novo y varios de sus Contemporáneos (así, con mayúscula) lo supieron muy bien, un hombre de inteligencia superior y gusto sensual por otros hombres atraía exacerbada notoriedad; eso rara vez sucedía en el buen sentido.
Cuando los roaring twenties —los escandalosos años 20—, le dieron a la Ciudad de México un respiro de cosmopolitismo tras varias décadas de procelosos tumultos, el joven Novo, transmutado en algo así como la versión subtropical de Oscar Wilde, emprendió aventuras que lo alejaron de las estreñidas élites y lo internaron en las peligrosas emociones que, para un dotado muchacho como él, significan siempre otros márgenes: los territorios del hombre proletario, zonas donde el desahogo y la permisividad, al menos idealmente, se manifiestan con lujo de sordidez y masculina, si bien dolorosa, efervescencia.
Por fortuna, Novo nos ha dejado visos literarios de tan invitantes pulsiones. En noviembre de 1931, en la revista Barandal, apareció un fragmento de una inconclusa novela suya, Lota de loco (evidente anagrama de “loto de loca”, porque está bien ser obvio, pero igual no tanto). El personaje principal, Adelaida, narra sus impresiones al observar los cuerpos de unos obreros que abandonan el lugar de trabajo:
¡Qué diferentes cuerpos, aquéllos que veía en la oficina, que había visto al salir de la escuela, enfundados en un saco ridículo, llenos de piezas y botones, con piernas magras y manos huesosas, y éstos que envolvía la línea directa y pura del overall, en dos brazos iguales y armoniosos, con esas manos que perfumaba el sensual aroma del aceite!
Vigor y virilidad rezuman de las invitantes extremidades de esos hombres que Adelaida, avatar narrativo de Novo mismo, dota de una sensualidad digna de Las mil y una noches, pero en la versión trasnochada del profundo México macho, trabajador e irresistiblemente rascuache.
Mas las miradas poéticas que Novo lanza sobre los hombres mexicanos del proletariado no son sólo lúbricas. La admiración que manifiesta por esos atractivos personajes anónimos proviene también de la certeza y el reconocimiento de sus cuitas, de la necesidad diaria de supervivencia que los convierte a un solo tiempo en héroes y en bestias.
Novo escribe sus Poemas proletarios en 1934. Se trata de cinco piezas notables que, sin embargo, en el extenso corpus del poeta, constituyen apenas un apéndice de colecciones quizá más famosas como Espejo o Nuevo amor, y qué decir de sus monumentales escritos en prosa, sobre todo los que dedicó al devenir de México y su capital. Así pues, con los sentidos puestos sobre “la sirena estrangulada de la fábrica / y el ritmo nuevo de los martillos / de los hermanos obreros / y los parches verdes de los ejidos” —como rezan los versos de “Del pasado remoto”, el primero de los Poemas proletarios—, Novo retrata a cuatro hombres en cuatro composiciones: “Cruz, el gañán”, “Gaspar, el cadete”, “Roberto, el subteniente” y “Bernardo, el soldado”. Ellos son protagonistas de escenas que, de tan comunes, se tornan en costumbres; sus vidas pueden ser los devenires de cualquiera y, por ello, esos hombres sin rostro se vuelven de pronto reconocibles por su rancio aire de varonil miseria y desesperanza.
Primero, el lacónico Cruz reviste de silencio la pesada rutina de sus días como mozo de labranza, pero también su naturaleza de hombre fuerte y curtido, que es la definición más común de “gañán”. Al final de su jornada, Cruz “se toma otros tragos de alcohol teñido / y vuelve, tropezándose, a su choza, / hablando solo en voz muy baja / saludando a los que tropiezan en el camino, / y se acuesta al lado de su mujer”. No hay tiempo para otra cosa, en esos momentos de aparente olvido, sino para “tomar tragos de alcohol teñido / y hablar, hablar en voz muy baja, para sí mismo”.
La atención de Novo se vuelve después al ámbito de los militares, epítomes de la masculinidad a ultranza, de ésa que parece sublimarse en la lucha y en el sacrificio de armas por el pueblo y por la patria. Gaspar, el cadete, “[a]doraba su uniforme de gala / con los botones limpios, brillantes”. Mas la pulcritud soldadesca del muchacho es sólo un síntoma de aspiraciones dolorosas por inocentes: “El tercer año pasó muy rápidamente / —los años pasan muy rápidamente— / y fue nombrado sargento de su compañía / lo cual le dio el sentido de la autoridad / que ejercitaría ya muy pronto / cuando saliera a filas, el año próximo / y no tuviera ya que ir a formar toda la tarde / el primero de septiembre / mientras el Presidente leía su Informe a las Cámaras / y llovía tanto”. Las ilusiones de progreso del cadete contrastan con la violencia animalesca de Roberto, quien, con una ferocidad que recuerda a uno de los personajes de “El oficial prusiano”, de D. H. Lawrence, “bebía tequila hasta embriagarse / e iba a buscar una mujerzuela / para golpearla despiadadamente / azotándola como a su caballo” para luego, desfogado, acariciarla “con ternura / dándole todo su cuerpo febril y joven…”. Cierra el cuarteto de esbozos proletarios Bernardo, quien, en su cercana convivencia con otros hombres, aligera la presión de un destino tan corriente como inescapable: “Se dio de alta porque no encontró ningún otro trabajo, / al mismo tiempo que Carlos, que había sido bañero, / que Ignacio, que venía de Sonora y parecía gringo / y que El Alacrán que debía muchas muertes”.
Es así que Novo, con cinco piezas de registro narrativo y prosaico, mas no por eso menos evocador, esboza los retratos de cuatro hombres cualesquiera. Son ellos sujetos que, en los márgenes de la sociedad y en la precariedad de sus vidas convencionales, rotas, protagonizan algunas de las escenas de masculinidad más vívidas de la poesía mexicana del siglo XX… y lo que va del XXI. EP