Llegar tarde a todo

La escritora Laura Baeza ensaya en torno a esa necesidad contemporánea de opinar y estar al día con las novedades televisivas y editoriales.

Texto de 21/02/23

La escritora Laura Baeza ensaya en torno a esa necesidad contemporánea de opinar y estar al día con las novedades televisivas y editoriales.

Tiempo de lectura: 5 minutos

La paciencia es una virtud, dice todo mundo, no sé si con ironía, a modo de burla —porque hoy, una siempre busca el doble significado de las cosas— o con dura sinceridad. Cómo se puede pedir paciencia, si vivimos a contrarreloj y este no es un mundo para los lentos o si lo pide quien falsamente ya está más allá de las prisas por ser el primero. 

En los últimos años sentía que llegaba tarde a todo. Eso no me incomodaba porque no le prestaba tanta atención a lo que se situaba en la cúspide de las modas, más por despistada que por una declaración de principios: veía las series una vez que terminaban, no les dedicaba un día a la semana como solía hacerlo cuando era adolescente y me enganchaba con ellas, pero también tenía la paciencia de darles el tiempo que las productoras y distribuidoras dictaran, sino que años después empecé a tomarlas completas cuando estuvieran disponibles y ningún spoiler me pareciera nocivo. Con los teléfonos me daba lo mismo la novedad, no tenía modelos recientes, inaccesibles por su precio, y eso me mantuvo en una sana periferia, hasta ahora, que la modernidad y las tendencias me alcanzaron y sirvo a ellas entregándoles algo irrecuperable: la libertad de la indiferencia.  

Me he dado cuenta de cómo he querido volverme parte de estas modas dando una opinión que nadie pidió, pero abona a una interacción para mantenernos a todos al día, y me cuesta distinguir la diferencia entre los temas y discursos que de verdad me importan de aquellos que no pero dan de qué hablar, cohesionan a la vez que dividen. Hace poco, en una clase de sociología, leímos a Bauman y su Modernidad líquida; hoy, mucho tiempo después de haberme acercado a su obra por primera vez, con tanta dependencia a las redes sociales e inmediatez, comprendo sus conceptos de forma práctica. En el margen de mi libro había señalado con asteriscos y un dibujo de televisión —que ahora debería ser un teléfono—: “La nueva instantaneidad del tiempo cambia radicalmente la modalidad de cohabitación humana —y especialmente la manera en que los humanos atienden (o no atienden, según el caso) sus asuntos colectivos, o más bien la manera en que convierten (o no convierten, según el caso) ciertos asuntos en temas colectivos—”.    

Y así me veo, como una persona con opiniones instantáneas que agrega más a lo que se sitúa en el top de tendencias, que quiere llegar antes a la meta de la moda aunque en el camino no tenga ni idea de por qué tanto alboroto por una serie, canción o dispositivo que apenas hacía unas horas no sabía que existía. El mundo pop nunca deja de darme lecciones valiosas para reforzar las aprendidas en discursos comúnmente llamados formales

“El mundo pop nunca deja de darme lecciones valiosas para reforzar las aprendidas en discursos comúnmente llamados formales“. 

La enciclopedia Simpson…

No sé cuándo fue la primera vez que vi el episodio 6 de la cuarta temporada de Los Simpson, “Tomy y Daly: La película”. En él, Bart es castigado por portarse mal, lo privan de vivir un acontecimiento que dará sentido a gran parte de su existencia infantil, el estreno de la película de su caricatura favorita, y aunque se engaña repitiendo que no es la gran cosa, le afecta no poder participar en las dinámicas con sus compañeros que sí la vieron. Cualquier comentario sobre otro tema o hazaña para llamar la atención no tienen sentido porque él está fuera de la tendencia, Bart, quien no solo es fanático, sino experto en los personajes. Salto en el tiempo: muchos años después y con una vida totalmente distinta a lo que Bart pudiera imaginarse, él y Homero entran al cine a verla, casi como una reconciliación con el pasado y, según yo, como una lección bien aprendida: se puede seguir adelante sin haber sido el primero o el único en algo. 

Este capítulo me parece fantástico y acertado por muchas cosas, pero ahora me resuena más porque nos mantenemos en una constante competencia por estar al día o un paso delante de cualquier moda, por querer decir en voz alta —caracteres, siempre caracteres— qué nos pareció tal o cual cosa de la que todos hablan. Si no emitimos la opinión correspondiente, es como si la vida nos pasara de lado, y eso no, señor, ¿privar al mundo de una opinión más?, ¿de la propia? Mejor seguir la tendencia aunque de ella no se sepa casi nada.      

Pasados los treinta…

O tal vez antes, lo anterior se ha reforzado. Me doy cuenta de esto con más énfasis a principio de año, cuando salen las listas de las películas nominadas a los premios más importantes. La carrera por ver la lista es ardua, cansada, como si no hubiera tantas otras por hacer que también requieren tiempo y atención, las hay, pero una-une y todos nos empeñamos en levantar la mano para decir “esta ya la vi, me falta esta otra, tengo que verlas todas para opinar”. Es cierto, si no vemos cada una de las quién sabe cuántas películas no tenemos un criterio respetable, no podemos alzar la ceja durante la “opinología” que impera en semanas como estas y muchos —me incluyo en las filas de las poses opinólogas— las buscamos hasta en el inframundo cinéfilo, con los peores subtítulos, para decir “sí, yo la vi antes de que llegara a México”. 

Y es así con los libros, los lectores que queremos tener la primera opinión, que nunca es la más sensata, mucho menos una madura, vamos a la mesa de novedades, que es bastante cruel con sus tiempos de exhibición y escogemos el que ya dio de qué hablar aunque siga un poco tibio después de salir de la imprenta. Otra vez este deseo de apretar el botón de las tendencias como si se tratara de un programa de concursos y el gran premio dependiera de qué tan veloz es nuestra primera reacción ante el nuevo libro tan esperado.

“Aún me asombran las disculpas en redes sociales por incluir en listas de lecturas favoritas libros que no son del año que concluye, como si hubiera que pedir perdón por no leer en dos días lo que acaba de llegar a estantes”.

Por otro lado, a fin de año, entre las listas de lo más leído quizás impere aquello que dio más de qué hablar, independientemente de su calidad, y son casos aislados los libros “viejos”, los que no corresponden al año en curso pero, por situaciones diversas, han vuelto. A veces sucede porque se adaptaron a otros formatos con éxito y es una nueva oportunidad para acercarse a ellos, pero siempre desde la novedad del streaming o el cine, o porque alguien que ya genera millones de comentarios e interacción inmediata lo puso de nuevo en el mapa. Aún me asombran —y no sé qué más me producen — las disculpas en redes sociales por incluir en listas de lecturas favoritas libros que no son del año que concluye, como si hubiera que pedir perdón por no leer en dos días lo que acaba de llegar a estantes, y puede que ese malestar inclasificable sea la culpa por abonar a un mundo cuyo ritmo nadie puede seguir sin marearse. Se piden disculpas por no estar al día en las tendencias, pero también por olvidar un detalle que, a los ojos expertos, es imperdonable no mencionar. 

Cómo no quedar exhaustos de vivir a las prisas y con una deficiencia económica —es mi caso— por pagar varias plataformas y servicios con tal de tener acceso a la serie o película de moda que podría incluirme en las conversaciones con mis pares porque yo también las vi apenas supe de su existencia y tengo una opinión. No me quejo del tiempo que estoy viviendo, me gusta, más bien comienzo a sentirme extremadamente cansada de vivirlo como si fuera la concursante de un programa famoso de los noventa y dosmiles, en el que por más que me apresure a tocar el botón para dar la mejor o tal vez única respuesta, siempre quedaré a un par de puntos de ganar. EP

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