
Mariana Ortiz escribe sobre los affaires: desde las historias que vemos en el cine y los libros hasta la realidad de transitarlos en carne propia.
Mariana Ortiz escribe sobre los affaires: desde las historias que vemos en el cine y los libros hasta la realidad de transitarlos en carne propia.
Texto de Mariana Ortiz 16/02/26

Mariana Ortiz escribe sobre los affaires: desde las historias que vemos en el cine y los libros hasta la realidad de transitarlos en carne propia.
A dónde nos condujo tanto amor
tanto dolor
— Elsa Cross
Los affaires —esas relaciones amorosas ocasionales, a menudo prohibidas e intensas— han sido merecedores de una infinidad de representaciones literarias y cinematográficas. Aunque sepamos sin excepción cómo van a terminar —porque siempre terminan—, el asombro sigue ahí merodeando nuestras fantasías.
Pienso mucho en la película In the Mood for Love (Wong Kar-Wai, 2000), donde un hombre y una mujer, vecinos en un edificio hacinado, se dan cuenta de que sus respectivas parejas mantienen un romance extramarital y eso provoca que ambos comiencen una relación amorosa. O en Match Point (Woody Allen, 2005), en la que un extenista profesional comienza una relación secreta y problemática con la novia de su cuñado.
También me acuerdo de Marriage Story (Noah Baumbach, 2019), que retrata el proceso de separación de un matrimonio. Las discusiones entre Charlie y Nicole, me parece, son de las más dolorosas del cine actual. Hay una línea que me sigue punzando hoy: “You shouldn’t be upset that I fucked her, you should be upset that I had a laugh with her”. ¿Por qué, en un affaire, duele tanto la traición de la risa y la intimidad intelectual, por qué suele ser más devastadora que la física?
Y en la literatura no es tan diferente. En Madame Bovary (1857) de Flaubert, Emma, insatisfecha, tiene amantes —Rodolphe y León— que le despiertan una pasión inaudita por la vida, como si las relaciones prohibidas le añadieran color a un matrimonio de por sí insulso. Por supuesto, una de las grandes novelas sobre affaires es El gran Gatsby (1925), escrita por Francis Scott Fitzgerald, que cuenta la historia de un fascinante Jay Gatsby y la obsesión que siente por Daisy Buchanan, su amor de verano y a quien tuvo que abandonar para irse a la guerra. Es bien sabido que Gatsby, alucinante millonario, organizaba fiestas con la esperanza de que Daisy llegara a visitarlo algún día, incluso sabiendo que ella ya está casada. Como no podía ser de otra forma, todo termina en tragedia.
Lo cierto es que no necesitamos tampoco pura ficción. En cada affaire hay un código compartido, algo que resuena de forma intrínseca en cualquiera que haya transitado por ese territorio: se trata de sucumbir, tal vez, a nuestras perversiones pero también de aceptar que no somos siempre congruentes con lo que queremos.
*
Es difícil darse cuenta de que se ha caído en un affaire. O más bien, cuando una se percata de lo que está haciendo ya es demasiado tarde. Es como seguir corriendo aunque el piso haya desaparecido. Todavía pienso en el día que lo conocí, cuando yo aún tenía novio. Fue un encuentro fortuito, insignificante incluso. No volvimos a hablar sino hasta cuando yo ya estaba soltera, y algo indefinible empezó entre nosotros. Nos dimos cuenta de que éramos muy parecidos, que compartimos una pasión infinita por el Club Universidad Nacional, que nos gustaba el mismo whisky, que habíamos crecido en la misma zona al sur de la ciudad. Al menos durante las primeras semanas yo ignoraba que él tenía pareja —y acaso, ¿es normal que alguien que vive con su pareja te escriba en la madrugada, todos los días?—; luego me enteré —por un amigo en común— de que estaba casado.
Aunque la advertencia ya estaba, nos dejamos llevar por el impulso, por la inercia, por el inicio de algo que todavía no conocíamos del todo. Nos vimos de forma regular. Al principio, nos encontrábamos en hoteles, restaurantes o antros de mala muerte. Luego, en contra de mis principios autoimpuestos —nunca llevarás a un hombre al que acabas de conocer al lugar que consideras más sagrado—, comencé a invitarlo a mi casa. Le presenté a mi perrita, a mis colegas y amigos. Aunque no confiaba en él —¿cómo podía hacerlo?—, me sentía embobada por su forma de ser. Seguido hablábamos de las cosas que queríamos hacer juntos; sin embargo, algo en mí se rompía cada madrugada que él tenía que irse a su casa. Y cuando él me reclamaba que salía con otros hombres, sabía que era porque algo le molestaba de verme con alguien más. Conforme nuestro vínculo avanzaba, comenzamos a sentir posesión y celos y un amor inentendible por el otro. Nos queríamos, pero también nos rondaba la ansiedad y la desesperación. Con justa razón, no podíamos encontrar la calma de ninguna manera. Durante un tiempo, pensé que merecíamos no encontrarla.
En todos esos meses, más de una vez traté de terminar con él pero ninguna funcionó. Una tarde fatal me escribió un mensaje para decirme que lo habían descubierto, su pareja sabía que había algo —no sé muy bien qué— entre él y yo. No hubo separaciones ni declaraciones de amor. Tampoco hubo confesiones entre ella y yo. Solo no volvimos a encontrarnos jamás. Mejor así. El affaire terminó tan pronto como abandonó su naturaleza de aventura: ya no existían las mentiras, ni el ocultamiento ni la adrenalina de hacer algo prohibido.
Todavía no puedo dimensionar la magnitud emocional de todo lo que pasó. Aunque es prominente la existencia de todas esas ficciones en torno a los affaires, es difícil tener que transitar uno. Es doloroso aceptar que eres el síntoma de una historia mucho más compleja e importante: ¿y si el affaire sirve más para despertar algo que se creía muerto en el matrimonio?, ¿cómo hablar de meses frente a una historia de años?, ¿cómo elegir a una desconocida antes que a la compañera que ha sabido perdonar tus faltas?, ¿a quién le ha resultado cambiar su vida luego de un affaire?. Y, sobre todo, es terrible enfrentarte a tus propias equivocaciones.
No obstante, ahora que lo veo con cierta distancia, el affaire también tiene algo de género: yo no sé hasta qué punto ayuda al infiel a redimirse —“pobre, cayó en la tentación”—, pero sí deja con una marca indeleble (ahí está La letra escarlata de Hawthorne) a la mujer, soltera casi siempre, que se involucra. No son poco comunes los insultos de “rompehogares” o “buscona”, como si ella fuera el pilar de la moral ajena y no la otra parte de un acuerdo que alguien más rompió con consciencia de lo que estaba haciendo.
Tal vez esta carga se vuelve peor al escribir parte de lo que sucedió. Lo escribió Annie Ernaux con lucidez quirúrgica en Pura pasión: “Me he limitado a expresar con palabras —que sin duda él no leerá, ni le están dirigidas— lo que su existencia, por sí sola, me ha dado”. Dejarlo por escrito aquí no es una justificación, es alegar, si acaso, la propia experiencia fuera de los prejuicios.
No quisiera que esto se entendiera como una defensa del affaire, porque no lo es: un engaño es un engaño, pero ¿qué hay de la responsabilidad de aquel que sí sostenía un compromiso?, ¿cuál es, si es que existe, la redención para la mujer?, ¿bastará con perdonarnos entre nosotros mismos?, ¿por qué, si es algo tan común, no hemos encontrado la forma de hacer que duela menos?, ¿la mentira será inherente al ser humano?
*
Es ingenuo, incluso estúpido, hablar de los affaires sin comprender a cabalidad lo que se pone en riesgo: un acuerdo monógamo, aunque quizá la naturaleza del ser humano no sea esa, que se rompe. En un ensayo publicado en la Revista Anfibia, Maximiliano Marentes parte de una premisa interesantísima para hablar de esa monogamia que tal vez nos parece imposible de llevar a cabo: “si cada pareja es un mundo, ¿cómo podríamos suponer que un mundo se compone de manera exclusiva por dos personas?”.
Ya se ha hablado —hasta el cansancio— sobre las diversas formas que hemos encontrado para relacionarnos de una manera más sana: relaciones que “se abren”, como explica Marentes, para no caer en la tentación o acuerdos poliamorosos que nos permiten conocer y tener sentimientos profundos por otras personas. Lo cierto es que cualquier acuerdo se puede quebrar y enamorarse de alguien también puede ser un problema incluso cuando se tiene una relación no convencional.
Algo que me parece curioso de los affaires es que en su infame naturaleza también está el impulso de experimentar cosas que al final nos ayudan a probar cosas que no haríamos de otra forma. Vivir la vida tal cual es. No sé si ahí radica su encanto, pero sí siento que en todas las historias de este tipo el común denominador es que comenzaron un poco por la idea de sentir algo más y no tanto porque estuviéramos, de verdad, esperando encontrar al “amor de nuestra vida” ahí.
Quizá lo que tenemos que respondernos, antes de empezar un affaire —por encantador y tentador que parezca—, es hasta dónde estamos dispuestos a llevar ese vínculo y si vale la pena la destrucción de un mundo para formar otro. Casi siempre la respuesta es no. EP