
Conversamos con la escritora mexicana Julieta García González sobre su libro más reciente «Perros y personas» (Reservoir Books, 2025).
Conversamos con la escritora mexicana Julieta García González sobre su libro más reciente «Perros y personas» (Reservoir Books, 2025).
Texto de Julieta García González & Gina Velázquez 26/08/25

Conversamos con la escritora mexicana Julieta García González sobre su libro más reciente «Perros y personas» (Reservoir Books, 2025).
Perros y personas. Una historia de amor (Reservoir Books, 2025) es un libro que cruza fronteras entre géneros: no es memoria, ni divulgación, ni recopilación de datos, sino una mezcla de todo ello. Julieta García González propone una mirada al vínculo entre humanos y perros, una relación que ha acompañado a la humanidad durante milenios y que hoy sigue marcando la vida cotidiana. Con un estilo claro y directo, la autora traza un recorrido por esa historia compartida, en la que los perros han sido guardianes, cazadores, pastores, pero sobre todo compañeros.
Julieta García González (México, 1970) ha desarrollado una obra diversa que incluye novela, cuento, ensayo y literatura infantil, además de una amplia colaboración en medios nacionales e internacionales. En Perros y personas, lleva esa experiencia al terreno de la reflexión personal y cultural sobre el lazo con los animales, combinando narraciones, episodios históricos y ejemplos de cómo distintas personas han integrado a los perros en su vida. Se trata de un libro que invita a pensar en la forma en que compartimos el mundo con ellos.

Gina Velázquez (GV): Perros y personas fue un proyecto que se gestó a lo largo de muchos años, uniendo textos de distintas épocas. ¿Cuál fue la primera experiencia que te impulsó a escribir sobre este tema y cómo evolucionó esa idea inicial hasta convertirse en el libro que es hoy?
Julieta García González (JGG): El primer detonante fue la muerte de Yasha, mi perra, hace muchísimos años. Yo traía culpa con esa perra por varias razones que están en el libro. Era un texto breve que salió publicado en Reforma y tenía que ver con los cohetes. Yasha murió porque se le reventó una úlcera debido al estrés que le causaban. Sentía un miedo completamente enloquecido por los cohetes y no sabía manejarlo.
Después, escribí otro texto sobre Yasha que no está en el libro, relacionado con la muerte y lo que nos asusta. El siguiente texto lo publiqué bastante tiempo después, ya con un tema más ensayístico. Aunque los perros habían aparecido en mis cuentos, el pensamiento no estaba muy organizado.
Cuando se murió mi perra Dorotea, el momento fue muy difícil para mí, era una época de transición en mi vida. Escribir sobre eso me ayudó a lidiar con la tristeza y la culpa. Poco tiempo después, Benito, otro de mis perros, regresó a vivir a mi casa y empecé a obsesionarme con lo que hacía y dejaba de hacer. Descubrí que me inquietaba que él tuviera una vida independiente de la mía. Ahí empecé a reflexionar sobre el lugar de los perros entre nosotros, porque la mayoría de la gente solo piensa en sus perros en función de su propia persona. En ese punto, empecé a estructurar mejor la idea del libro.
GV: Considerando que pudiste haber seguido escribiendo este libro con más historias, más perros, más datos, ¿cómo decidiste que este proyecto estaba listo? ¿En qué punto dejaste de expandirlo para darle la forma del libro que conocemos ahora?
JGG: Este libro no existiría sin el trabajo en la Casa Estudio 100 Años de Soledad. Ahí tuve el espacio mental para organizar todo y terminar de leer textos de otros autores. Tuve que leer cuestiones de ética seria, como a Kant, que había odiado en la universidad, y a Descartes. Retomar estas lecturas formales y científicas en ese contexto me ayudó a corregir, revisar y unificar el libro, dándole el ritmo que necesitaba.
GV: Habías publicado libros de narrativa, pero no uno de ensayos, ¿cómo concibes la escritura del ensayo y qué papel desempeña la investigación?
JGG: En mi cabeza, el ensayo sí necesita tiempo. Yo necesito tener un sustento para decir algo. La historia empieza con una percepción, luego una idea y después se puede redondear. Yo no puedo funcionar sin sustento. Esto probablemente se deba a mi formación y a haber trabajado con personas que se dedicaban a la ciencia dura. Los ensayos que más disfruto leer tienen un sustento serio, ya sea periodístico, literario o científico. Por mi formación, son los únicos que puedo hacer.
GV: Perros y personas se caracteriza por combinar la perspectiva emocional y biográfica con la ciencia y la cultura. A lo largo de los años investigaste y escribiste este libro, ¿cuál fue la pregunta más incómoda o reveladora que te planteaste sobre la relación entre humanos y perros?
JGG: Hubo dos cosas. Una fue: ¿por qué no les damos un lugar que merecen? ¿Por qué no los tratamos con el respeto suficiente? La pregunta más incómoda, aunque no tan clara en mi cabeza al principio, fue: ¿por qué no hemos encontrado nuestro propio lugar para convivir con el resto de las especies, ni siquiera con los más cercanos, que son los perros? Esa pregunta tuvo muchísima información de datos duros y de la ciencia, que me fascina. Los perros han sido investigados desde hace mucho tiempo, incluso antes de que la ciencia fuera lo que es hoy, y ya tenían un papel mitológico. La pregunta real fue por qué nosotros no hemos encontrado nuestro espacio ahí.
La otra cosa que me sorprendió fue: ¿por qué a estas alturas del partido no hemos aceptado que lo que tenemos con los perros es amor? Es una dimensión afectiva distinta a la que tenemos con las personas, pero profundísima. Me resulta desconcertante que no aceptemos esto. En el ensayo “Muerte y reemplazo” hablo de cómo, cuando un perro muere, mucha gente dice “cómprate otro, no pasa nada”. Es como no entender ese vínculo. También descubrí que la idea de que los perros son objetos está muy repetida en los estudios que se les han hecho, lo que me hizo preguntarme sobre la lucidez de la especie humana.
GV: En un extremo, parece haber una insensibilidad hacia los perros, considerándolos objetos, mientras que en el otro vemos una humanización excesiva. ¿Crees que esta tendencia a humanizar a los perros es una respuesta a nuestra sociedad actual, marcada por el tardo-capitalismo y la soledad en las ciudades?
JGG: Hay dos cosas aquí. La capitalización del afecto hacia los perros es algo muy de nuestro tiempo. El capitalismo tardío convierte todo en algo comercial, y la presencia de los perros es importantísima. Sin embargo, no es la única época en la que se han disfrazado a los perros o se les ha metido en cunas; hay pinturas históricas de perritos con gorguera, por ejemplo.
La segunda parte tiene que ver con la vida en las ciudades, que van de la mano con el capitalismo tardío y complejo. La soledad y la distancia entre las personas han hecho que los perros suplan la falta de redes de protección social. Cuando la gente dice “es como mi perrijo”, entiendo que se refieren a un amor muy profundo. Para muchas personas, es preferible porque es menos costoso emocionalmente. La idea es que un perro te reta menos que una persona. Sin embargo, los perros son tan diversos como hay perros en el mundo.
Disfrazarlos y tenerlos cerca físicamente también los convierte en propiedad, no en compañía. Eso hace que la gente se sienta más segura. Esto no es bueno para los perros ni para las personas, pero ocurre todo el tiempo, sobre todo en las ciudades, donde la distancia hace que la gente no se desplace tan fácilmente. Los perros se vuelven una compañía que suple otras posibilidades de convivencia. Esas posibilidades deberían poder combinarse, ya que ambas ofrecen cariño, respeto, protección y cuidado.
GV: Si pudieras viajar en el tiempo para presenciar un encuentro histórico entre un humano y un perro, ¿cuál escena elegirías y qué detalle de esa interacción te gustaría observar?
JGG: Me habría encantado ver a Pablo Picasso con su perrito Lump. También me hubiera gustado rescatar al perrito de María Antonieta, del que la separaron. Me gustaría haber escuchado a Benjamín Franklin hablar con sus perros, a los que les había puesto nombres de borrachitos. También me hubiera gustado ver cómo trataban a los perros de la realeza y a los primeros perritos mexicanos que vio Sahagún, que dijo: “Esto no es un perro”. Y me habría gustado ver cómo se convirtieron los perros en dingos.
GV: Si los perros pudieran escribir un ensayo sobre los humanos, ¿qué crees que destacarían de nuestra forma de vida?
JGG: Yo pienso que ellos dirían: “No han entendido nada, pero sígueles la corriente porque te va a ir mejor”. Si un colectivo de perros pudiera ponerse de acuerdo, dirían que “estos no han entendido nada, no saben nada de nada”. La percepción de los perros es distinta a la nuestra en todos los sentidos. Ellos están más abiertos a que pasen cosas que a nosotros nos parecen raras, pero para ellos son normales. Ellos pensarían: “Pues yo te dije que esto iba a pasar, está bien”.
GV: De todos los perros que han sido parte de tu vida, si pudieras sentarte a tener una conversación profunda con uno solo, ¿quién sería y por qué?
JGG: Tal vez Mola. No sé, porque era más inteligente que yo. Su capacidad de sobreponerse a las cosas y su capacidad de observación me hacían pensar en un intelectual, en un animal muy poco animal. Me hubiera dicho: “Tú, mira, tranqui, te voy a explicar”. Pero también me fascina que los perros ya me dan retroalimentación constantemente, aunque a veces yo no la entienda. Me dicen “te extrañé”, “por qué te fuiste”, o me perciben si estoy triste o enferma. Cuando he pasado por momentos de gran soledad o éxito, ellos me han dado una retroalimentación muy puntual y real. EP