Hacia una economía del arte independiente: La Guerrera y la gestión de lo posible

Tras una entrevista con sus creadores —Gonzalo García y Gerardo Muñoz—, Rodrigo Salas escribe sobre La Guerrera, un proyecto cultural que ha contribuido fuertemente a la consolidación del arte independiente.

Texto de 24/11/25

La Guerrera

Tras una entrevista con sus creadores —Gonzalo García y Gerardo Muñoz—, Rodrigo Salas escribe sobre La Guerrera, un proyecto cultural que ha contribuido fuertemente a la consolidación del arte independiente.

La Guerrera es una galería joven que, en los últimos años, ha ocupado un lugar central en el arte emergente mexicano. Al acercar a artistas de todas las regiones del país a los consumidores, Gonzalo García y Gerardo Muñoz —los fundadores detrás de esta apuesta— han logrado algo que parece casi imposible para otros proyectos culturales: alcanzar la rentabilidad y la sostenibilidad a largo plazo. Este equilibrio no resulta de la separación entre los valores humanos detrás de la pintura y las necesidades derivadas de su modelo financiero. Por el contrario, es una síntesis: el arte sólo se puede realizar si hace viables las formas de vida de artistas, galeristas y curadores.

La historia de este proyecto —nacido hace cuatro años en las entrañas de la Colonia Guerrero, en la Ciudad de México— ofrece muchas pistas a aquellos que navegan fuera de los grandes conglomerados creativos o quieren descubrir nuevos territorios. Su éxito demuestra que la independencia es posible, aun en nuestros tiempos.

En un inicio, la experiencia de Gonzalo en otras galerías sirvió para poner en marcha la operación. Con el tiempo, tanto él como Gerardo fueron adquiriendo más habilidades y conocimiento mediante cursos en línea y pláticas con otros actores del medio. A través de estos intercambios, identificaron los vicios que debían evitar a toda costa, como la falta de transparencia en el manejo del dinero proveniente de las ventas o la poca atención que recibe el trabajo “invisible” detrás del montaje.

A pesar de que Gonzalo se ha abocado a las labores administrativas, mientras que Gerardo ha logrado insertarse en distintas comunidades para ampliar su alcance, ambos coinciden en que acercarse al negocio desde trasfondos distintos los ha llevado a definir sus roles de una manera más flexible. Actualmente, siguen luchando para abrirse espacio en un ecosistema que se resiste a reconocer la multiplicidad de papeles que pueden jugar los promotores de la cultura, desde la figura del artista-curador hasta el más versátil artista-galerista. Esa capacidad de comprender de primera mano las preocupaciones de los creadores —como darse o no de alta ante el SAT— forma parte del diseño de todos sus procesos.

Haber sido seleccionados para participar en la segunda edición de CLAVO, en septiembre de 2021, no sólo les permitió darse a conocer, sino también los obligó a pensar en el camino que querían seguir como proyecto. En esa ocasión, invitaron a seis artistas a exponer su obra, mandaron a hacer su primer letrero de neón y abrieron una página web.

El primer letrero de neón de La Guerrera. Para muchos, esa luz tenue y rojiza marcó el tono íntimo de las primeras reuniones y exhibiciones.

Meses después, reunieron talentos de diferentes estados como Nuevo León, Durango, Querétaro, Oaxaca, Jalisco y el Estado de México, con la idea de echar a andar un programa de residencias. En ese entonces, rentaban un departamento en la calle de Mesones, en el Centro Histórico de la Ciudad de México, que sirvió a su vez como estudio y showroom. Suspender la convocatoria para un segundo ciclo les permitió concentrarse en las alianzas que estaban forjando con otras iniciativas como Casa Báanal —en ese entonces ubicada en San Ildefonso 55—, y aprovechar las piezas que habían preparado para una edición cancelada de CLAVO en Guadalajara.

Tanto en la sede original de Mesones como en el edificio de la Roma que ocuparon más adelante, la convivencia con los vecinos se convirtió en uno de los retos principales. El constante aflujo de jóvenes, la música y el ambiente festivo fueron motivo de confrontación. A pocos días de cumplir dos años, la galería cerró sus puertas. Sin embargo, los meses siguientes, aunque llenos de angustia, fueron esenciales para hacer de La Guerrera una propuesta única.

En palabras de Gonzalo y Gerardo, haber renunciado a la idea inicial de rentar un lugar físico de manera permanente explica, en gran medida, la viabilidad comercial que han alcanzado. Abandonar el camino trazado por la mayoría de los emprendedores postpandemia —comenzar en formato virtual y dar el paso natural a la dinámica presencial— significó poner al frente su propia agenda y romper con el ciclo de los grandes eventos. Para ello desplegaron una estrategia de colaboración con plataformas como Dossier, Onda MX y Obras de Arte Comentadas, además de trabajar con otros galeristas y curadores como Luis Hampshire. Al día de hoy, han montado exposiciones a nivel nacional, entre las que se incluyen “Perra Melancolik” de Anais Vasconcelos, en conjunto con Colección Zarur; “Toda imagen guarda un fuego que la arrasa” de Ramona Rocha, de la mano de Lolita Pank; o la muestra de Leonardo Ortega en Galería Tianguis Neza.

Vista de la exposición de Anais Vasconcelos en Zapopan (2024).

Una vez apuntalados en su modelo híbrido y buscando una nueva forma de impulsar a los artistas que los habían acompañado en el camino, Gonzalo y Gerardo decidieron centrarse en diez pintoras y pintores. Esto les permitió dejar de pensar únicamente en términos de ventas y dedicarse a la profesionalización. Inspirados en la estructura de los encuentros que ofrecen a sus participantes las becas del Sistema de Apoyos a la Creación (antes FONCA), juntaron a todo el grupo en Pátzcuaro para hacer una revisión de portafolios y hablar sobre los procesos detrás de las obras, no sin antes sumar a otros mentores, como el artista multidisciplinario yucateco Víctor Esquivel. Compartir experiencias individuales, intereses formales y temáticos enriqueció la práctica de cada uno y permitió generar lazos de comunicación entre diferentes centros de producción.

Piezas de Gibrán Turón en Ciego sin cielo bajo el azul de enero, montada por La Guerrera en febrero de 2023.

Bajo la guía de la crítica y editora Sandra Sánchez, quien los ha acompañado a través de distintas etapas, un segundo viaje a Michoacán resultó en un libro que revela mucho más del carácter de cada autor que lo que podría entreverse en una sesión tradicional a puerta cerrada con un tutor. Este manuscrito, que verá la luz a inicios de 2026, deja constancia de una de las innovaciones clave del método: brindar espacios compartidos de retroalimentación fuera de la dependencia del Estado. Contrario a lo que uno pensaría, estos ejercicios son inusuales en un circuito que intenta imitar al gran mercado estadounidense.

Instalación de Tania Quezada en Cuerpos tibios en habitaciones okupa (La Guerrera + Casa Báanal, 2021).

Esto es particularmente cierto en la capital del país, donde hay poco compromiso personal y estético entre los gestores. Para Mónica Figueroa —a quien han acompañado desde 2020—, esa falta de ternura puede ser desalentadora e incluso la llevó a renunciar a la pintura durante siete años y vender la mayoría de sus prints y dibujos a través de Instagram. Antes de conocer a Gonzalo y Gerardo, nadaba a contracorriente en compañía de sus amigas Leonora y Mariana. Juntas han tratado de hacer del mundo del arte un terreno menos misterioso y opaco. Acostumbrados a aparentar cierto desinterés con respecto a las condiciones materiales bajo las que se mueve su producción, la mayoría de los expositores contribuyen a una representación mística del arte que ensombrece la discusión sobre sus medios de vida y la dignificación del oficio.

También Gibrán Turón, a raíz de su trabajo con La Guerrera, ha puesto en entredicho la idea tan difundida entre ilustradores, diseñadores y otros egresados de carreras afines de que hay que aceptar la precariedad para llegar a la cima. Ese terror a exigir seguridad social o precios justos no es natural. Por el contrario, contar con referentes como Gonzalo, Ángela Leyva o Alejandra Tena —–y su Marchante Arte— ha sido de gran ayuda para encontrar un ritmo de crecimiento que le permita seguir vendiendo con una estrategia planeada y sostenible.

Asimismo, Gibrán insiste en la necesidad de compartir la responsabilidad logística de mover el catálogo de un lugar a otro. Si bien Gerardo se involucra por lo general en el embalaje y transporte de las colecciones —a veces manejando con su automóvil hasta Oaxaca—,  la mayoría de los mediadores operan bajo un esquema de marketplace, dentro del cual el productor debe asumir los costos de entrega y de devolución, cuando los cuadros no se venden.

La Guerrera, en contraste, ha adoptado una estrategia más arriesgada, formando un acervo con la obra de sus miembros más alejados, como Ramona Rocha y Alonso Robles —de Durango y Chihuahua respectivamente—, e incluso comprando series enteras. Sin embargo, esto no ha implicado ningún tipo de exclusividad o restricción, como suele ocurrir en muchos casos: la exploración de Ramona sobre la vida cotidiana como trabajadora de un Oxxo ha ganado tracción en Estados Unidos con el acompañamiento de Galería 1204. A la par, Alonso aprovecha el conocimiento de Azul Arena para vincularse en la región fronteriza de Ciudad Juárez. Este sistema les permite ser congruentes con la realidad local que buscan retratar al estar en casa, cerca de su familia y en su contexto inmediato.

Integrantes de La Guerrera trabajando en sus textos durante el segundo encuentro en Pátzcuaro (julio de 2024).

En última instancia, la diversidad de orígenes y visiones que caracteriza a La Guerrera como punto de encuentro refleja un modelo que tiene como principal objetivo hacer viables, con independencia, distintas formas de vida. Desde la manera de definir las funciones de los galeristas, pasando por la flexibilidad y capacidad de adaptación, hasta la puesta en marcha de una pedagogía de la retroalimentación y autocrítica, Gonzalo y Gerardo han construido una alternativa original y factible frente a la crisis que atraviesa la cadena de producción del arte independiente. Sólo volteando a ver las sensibilidades de regiones tan divergentes y prestando la atención que merecen las cualidades únicas de cada artista, el horizonte del arte contemporáneo podrá recobrar su sinceridad, vitalidad y su potencial disruptivo. EP

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