
En este relato, una pareja pedalea al ritmo de una bicicleta: veloz, frágil y destinada a perder el equilibrio cuando sus caminos se bifurcan.
En este relato, una pareja pedalea al ritmo de una bicicleta: veloz, frágil y destinada a perder el equilibrio cuando sus caminos se bifurcan.
Texto de Jimena Hinojosa 14/08/25

En este relato, una pareja pedalea al ritmo de una bicicleta: veloz, frágil y destinada a perder el equilibrio cuando sus caminos se bifurcan.
Siempre he querido ser el principio de todo. La que lleva el manubrio. La que ordena el camino. Mentiría si dijera que no. Y no porque quiera trazar rutas imposibles, ni crear las bicicletas. No, lo mío es más chico, más sucio, más urgente.
Quiero ser la que decide el ritmo de la pedaleada. La que esquiva el bache antes de que aparezca. La que frena el giro cuando se alarga demasiado. La que calcula el viento, el sol, la cuesta. La que se revuelca en el lodo, pero no pierde el camino.
Dios del freno que no responde.
Dios del coche que no frena a tiempo.
Dios del bache que aparece sin aviso.
Dios del manubrio que tiembla en la bajada.
Dios del casco olvidado.
Dios del timbre que nadie escucha.
Dios del ciclista que no llega.
Dios del cuerpo que no alcanza a esquivar.
Dios del cruce sin luz.
Dios del golpe seco contra el cemento.
Eso quiero. Ser Dios. Y no porque sea religiosa. No. Quiero que todo esté donde yo quiero, cuando yo lo quiero. A veces me doy cuenta de que no puedo. De que el camino no lo trazo yo. De que no soy el viento, ni la cuesta, ni el empedrado. Pero solo me doy cuenta por unos segundos. Apenas un parpadeo. Y después sigo creyendo que, si aprieto más el pedal, si inclino mejor mi cuerpo, la curva se volverá recta.
La idea está metida hasta el fondo. Como una cadena que no parece oxidada, hasta que revienta y lo descompone todo. Así vivo. En un sendero que solo existe en mi imaginación. Pedaleo, pero en el aire. Sin ruedas y sin piso. Pero creyendo que domino cualquier carretera. Me digo que sé de la muerte, porque la vi de cerca en un volantazo. Me digo que sé de la vida porque a veces subo cuestas. Y otras veces, en las calles en donde hay más baches, me digo que sé del amor.
Pero no. Yo no sé nada del amor, ni de la vida ni de la muerte. No no no no no no. Yo sé de abismos. De bajadas sin frenos. Yo sé de hospitales. De pasillos fríos. De fracturas como manubrios rotos. Yo sé de choques que parten la ruta en dos. Sé de curvas cerradas. De cómo se revientan las tuercas cuando las aprietas demasiado. Yo sé de acabar en el suelo, con la pierna esguinzada y sin casco, preguntándome por qué todo volvió a salir mal.
Pero esto no empieza aquí.
Aunque sí.
Esto empieza con él.
Con Ricardo.
Maldito Ricardo. Maldito maldito maldito Ricardo y sus pinches lentes cuadrados que brillan cuando se ríe, y se ríe y se ríe. Y yo ahí, pensando en estrellarle sus lentes contra el piso de su departamento impecable, lleno de lámparas chingonas, todo chingón, su vida chingona, su palabra favorita “chingón”, sus cojines chingones combinando con su sillón color crema que me traga cada noche como una ballena muda.
Y ahí, frente a él, me estoy tomando del manubrio con las manos heladas, queriendo frenar, queriendo agarrar otra ruta diciendo que no, que no puedo, pero igual pedaleando hacia él. Tratando de frenar en seco por sexta vez. Por sexta maldita vez.
Y él igual. Fingiendo que está tratando de frenar, pero que la bicicleta no responde… Y la jacaranda de su balcón mirándonos, como un árbol al borde de la carretera, testigo mudo de cómo nos vamos directo al golpe. Pero no. Yo no quiero lo que debe ser. Yo soy la que lleva el manubrio.
¿Quién es Ricardo? ¿Quién carajos es Ricardo?
Un hombre temblando frente a una montaña de aguacates como si se tratara de una ruta imposible. Con las manos quietas, como quien no sabe si subirse o no. Un hombre que no entiende ni el mapa del mercado. Y yo ahí, viéndolo temblar, viendo cómo mira los aguacates como baches que no sabe cómo esquivar. Hasta que metí la mano en la montaña y saqué el bueno, el que servía y se lo di. Y él, como si eso de pronto lo hiciera valiente, me invitó un café.
En el café era otro. Ya no era el que dudaba si subirse o no. Era el que soltaba el manubrio y se dejaba llevar. Hablaba y hablaba. Me contaba sus caídas, sus accidentes, sus relaciones rotas como bicicletas desarmadas. Y lo vi. Un hombre con brillo y con herrumbre. Un hombre que, sin querer, podía arrastrarme a la curva equivocada. Y me dije: no. Y luego me dije: aquí me bajo. Y me fui.
¿Por qué acepté el segundo café? Porque pensé que sería solo eso: un café. Y que cualquier imprevisto, sabría manejarlo.
Una cafetería como pausa en una ruta. Calor que me pegaba en la espalda como el sol por la cuesta. Cuatro horas de palabras que se amontonaban. Y de pronto, él tomó un respiro, me miró y lo dijo sin decirlo. No hizo falta que lo dijera. Yo lo entendí perfecto. Había esperado esa señal en cada parada, en cada cruce, en cada accidente; esa señal que me confirmaba lo que quería creer con todas mis fuerzas.
—Eres Dios —dijo, como quien cede el manubrio y se aparta del camino.
No me lo dijo. Pero estaba en todo su rostro. Claro, inevitable. Y no, no supe manejarlo. Yo me fui y el peligro también, como cuando crees que la bajada es tuya. Lo que era él se borró. Ya no había un hombre. Solo esa mirada que me estaba empujando cuesta arriba, que me hacía creer que era yo la dueña del camino. Y el mundo se abrió como una recta larga, que parece no tener fin. Y pedaleé tan alto que dejé de verlo. Tan alto que lo dejé detrás de la curva. Porque ya no miraba. Ya no podía verlo a él. Solo estaba yo y más yo, en una cima.
Creí que íbamos juntos como si estuviéramos en esas bicicletas de dos asientos. Cocinábamos, cogíamos, pedaleábamos. Hablábamos sin freno. Nos mirábamos tanto que el suelo era solo un recuerdo. Él lo daba todo. Yo solo daba de mí para mantener la cima. Y ahí, creyendo que por fin el camino era llano, que el desastre había quedado atrás: mi casa vuelta un taller desordenado, los hospitales como ciclovías rotas. Las fracturas, los coches, las relaciones hechas pedazos como vehículos en pérdida total. Todo eso atrás. Y allá arriba, todo parecía tener un orden posible. Pero lo sabía: estar ahí no era gratis. Había que sostener el equilibrio. ¿Cómo? Siendo lo que él veía, la que no vuelve al taller, la que no se descompone a la menor provocación. Y me esforcé. Me esforcé para que las tuercas permanecieran en su sitio. Funcionó apenas lo que dura una calle que no cruza con ninguna otra. Y luego llegó la primera caída. Y no la vi venir.
—Tenemos que parar —dijo un día—. No queremos una relación. No podemos. —Yo solo me meto en problemas cuando intento.
La caída. Sorda. Como un bache invisible que te traga de golpe. Me mordí el temblor. Sabía lo que tocaba: sonreír, apretar el manubrio y fingir que seguía en pie.
—Claro —dije—. Lo entiendo.
Y nos despedimos como quien frena despacio, sin hacer polvo, sin hacer ruido.
Unos días después volvió. Como si no hubiéramos perdido el ritmo. Volvieron los aguacates. Los cafés. La comida compartida. Las bicicletas, ahora casi automáticas. Y yo otra vez subiendo, creyendo que podía sostener esa cima que no era mía.
Después llegó la segunda caída. Peor. Porque esta vez fui yo la que puso el final, pensando que lo haría temblar. Pensando que eso significaba tener el manubrio. Decirlo antes que él lo dijera, ese era el chiste. Pero no, él no tembló. Él parecía estar tan firme como un camino recién pavimentado.
Tres veces más pasó antes del final. Tres veces subí de nuevo, tres veces me sostuve en el aire con lo que yo quería ver. Tres veces caí, pero eran caídas chicas, apenas tambaleos, porque de nuevo venía la fantasía de que yo podía decidir la altura. Y entre la decisión y no de frenar de una buena vez, algo cambió. Él dijo:
—Sí quiero todo contigo. Hagámoslo. —Y al escuchar eso, creí que la cima sería mía para siempre. —Pero solo si las condiciones son propicias —agregó.
Y ahí el aire volvió a hacerme temblar.
Analizamos las condiciones como si estuviéramos mirando un mapa de una carretera inexistente. Y entonces dijo:
—Mira. No son propicias.
Y la caída fue libre, ahora sí sin frenos. Me quitaron el suelo de golpe. Como si la bicicleta nunca hubiera existido. Menos palabras. Más distancia. Su voz como un eco. Sus ojos como un punto que se aleja cuando vas a toda velocidad. Y yo cayendo. Pero inventándome que el camino seguía, aunque ya no había más carretera.
Me negaba a ver lo que estaba viviendo. Entonces me senté frente a él y solté todo, reescribiendo la ruta:
—Ya sé qué va a pasar —le dije—. No nos veremos un tiempo. Lo necesario para que todo parezca limpio. Y luego volveré. Volveremos. Seremos amigos. Diremos que somos amigos. Me hablarás de tus novias. De la primera, que será crudivegana, y que te hará muy bien. Y yo sonreiré y les llevaré postres cuando me inviten a cenar. Y ella me querrá. Claro que me querrá. Y yo a ella. Y tú me preguntarás por los hombres que pasen por mi vida y yo te daré respuestas vagas para no decirte que no, que no hay hombres en mi vida. A veces dormiré en tu casa. A veces no. A veces cocinaremos juntos. A veces dirás que estás cansado. Y el tiempo pasará así, como un camino que no llega a ningún lado. Como un pedal que parece que gira, pero no avanza. Y seguiremos ahí, hasta que uno de los dos se baje. O hasta que uno de los dos se caiga.
Cuando terminé de predecir nuestro futuro, su mirada había cambiado. Ya no era Dios en sus ojos. Eso se fue. Traté de buscarlo, como quien busca el camino de vuelta en la oscuridad. Pero no volví a encontrar nada en ellos.
Y entonces vi todo como era. El día de los aguacates, su voz cuando dijo café, el calor de la nuca, su sillón color crema, la jacaranda, los paseos en bici, todo se volvió grieta sobre el piso. No había camino compartido. Nunca lo hubo. Yo pedaleaba pensando que íbamos juntos. Pero lo suyo era otro carril. Íbamos en direcciones opuestas desde el principio. Solo que yo no lo supe hasta que lo vi —de verdad—, ya lejos, ya sin mí, como si nunca hubiera estado. Y en mi cabeza, algo habló por primera vez con realidad:
—Te lo inventaste todo —dijo la voz. Y finalmente me atreví a abrir los ojos.
Al abrirlos sentí inmediatamente el aire cortando mi rostro, estaba cayendo a toda velocidad. Yo en el aire, esperando el suelo. Esperando que el golpe contra el cemento fuera suficiente. Pero no hubo suelo, pasé de largo. Fui directo al fondo, donde no vive nada, donde no hay luz, donde se acumula todo lo que el mundo pretende olvidar. Me convertí en un bicho rastrero que no encontraba la salida. Dejé la bicicleta y me quedé en cama. Comía lo que llegaba, si llegaba. A veces abría los ojos y ya era de noche. No me movía. Tenía que decidir si ir al baño o aguantar. No hablaba con nadie. No escribía. No lloraba. Solo estaba ahí. Tendida. Esperando no sé qué. Mientras tanto, la bicicleta me miraba desde la sala.
Una noche que no podía dormir, me levanté sin pensarlo. Fue más bien una inercia. Y no sé por qué me subí a la bici. Las piernas temblaban. Aun así pedaleé. Una cuadra.
Luego dos.
Las luces de los coches pasaban cerca. Sentí que en cualquier momento podía caer. No entendía a dónde ir. Pero estaba avanzando.
No sé cómo dejé de escribirle. Tampoco supe cuándo solté el manubrio. Solo creo que me cansé de intentar guiar el camino. Empecé a pedalear, sabiendo que yo no estaba manejando la ruta y eso provocó en mí una libertad nueva. Entendí que yo no creo ni el sol ni la cuesta. Que no puedo hacer que una curva se vuelva recta. Que no estoy en la cima de nada ni en el fondo de nada. Que soy solo eso: una chica más en bicicleta, cruzando calles, sabiendo que puede romperse los huesos si no mira bien.
Un día lo vi. Iba en bicicleta con una chica. Ella tenía el cabello recogido y cara de haber dormido bien (nada parecida a mí). Tenía una bolsa que decía “orgánico” y no pude evitar pensar que tenía una novia crudivegana. Me crucé con ellos por un segundo. Él seguía contando historias con las manos. Yo bajé la mirada, como quien ya sabe el final. No cambié el paso. No hice ruido. Solo seguí. Ahora intento no inventarme trayectos. Pedaleo por los que existen. Y voy ajustando lo que me toca: la cadena, los frenos, las ruedas. El sol me pega en la nuca. El piso tiembla bajo las llantas. Y sigo. EP