
Leandro Arellano escribe sobre un capítulo de su vida marcado por la enfermedad y sobre cómo podemos encontrar la salud y la serenidad en prácticas ancestrales como el yoga.
Leandro Arellano escribe sobre un capítulo de su vida marcado por la enfermedad y sobre cómo podemos encontrar la salud y la serenidad en prácticas ancestrales como el yoga.
Texto de Leandro Arellano 18/08/25

Leandro Arellano escribe sobre un capítulo de su vida marcado por la enfermedad y sobre cómo podemos encontrar la salud y la serenidad en prácticas ancestrales como el yoga.
A Rosalba Márquez
A la distancia, aquel suceso había perdido frescura. Hoy lo recobra nuestra memoria, ante la circunstancia de que dos personas muy cercanas a nuestros afectos se hallan postradas por el mismo padecimiento. El anhelo de referir el suceso nos conmueve. Un cuarto de siglo atrás nos doblegó a nosotros. Su narrativa abre la puerta a las posibilidades del desahogo y el sosiego. El dolor es diverso, la desdicha es multiforme. A momentos con proporciones épicas.
Los días previos al nuevo milenio navegaban entre la esperanza y el temor. La satisfacción del trabajo cotidiano —del deber autoimpuesto— colmaba las horas y los días. Marchábamos arropados entre los vaivenes de un estado próximo a la dicha, un espacio fugaz de regocijo y satisfacción, edificado con voluntad, esfuerzo y buena suerte. Sellaba el círculo afortunado la experiencia novedosa de residir temporalmente en Nairobi.
Allí, un mediodía luminoso de primavera irrumpió de modo repentino aquella especie de descarga eléctrica. Invadió mi pierna derecha de arriba abajo, en toda su longitud. Impuso un dolor perturbador, un malestar cuya saña enturbiaba los sentidos de la vista y el oído. Al dolor físico —que se proyectaba de la zona lumbar al pie— se agregaba la ignorancia de su origen, el desconocimiento de su procedencia. Una sensación distinta a la del dolor muscular ordinario. Y nada produce mayor temor que lo desconocido.
Con encono y con rabia, otros síntomas de aquel ataque inesperado se manifestaron poco a poco, abatiendo cualquier posibilidad de heroísmo. El hormigueo, el entumecimiento, la debilidad de la pierna y la experiencia de aquella braza de fuego al rojo vivo, jugando al sube y baja a lo largo de la extremidad.
A Judit, una doctora judía establecida en Nairobi no pocos años atrás, nos presentó una amistad en común. Mujer agradable, sabia y enérgica, le bastaron un breve interrogatorio y un sencillo examen físico. El diagnóstico fue instantáneo. La suavidad del término y su resonancia oriental arrastraban un universo que muchos años después es aún motivo de conversación familiar. La rodea toda una cultura.
El asunto consiste, amigo lector, en la explicación siguiente, referida por un lego víctima del padecimiento: el nervio ciático, el mayor del organismo humano, corre de la parte baja de la espalda, sigue por la cadera, cae sobre la pierna —derecha o izquierda— en la parte posterior y acaba en el pie. La lesión, herida, opresión o desfase de ese nervio, palabras más, palabras menos, constituye y da nombre al padecimiento.
Habrían de transcurrir meses antes de elaborar un balance y concluir que las causas que generan esa aflicción eran múltiples y los síntomas, una turba, dolorosos sin excepción. Solo mantenerme acostado de espalda me daba una leve o mínima tregua, un momento de reposo.
A la par del diagnóstico, la doctora nos allegó la prescripción. Un potente desinflamatorio en aplicaciones diarias, reposo absoluto en cama durante una semana, reducción de peso y alguna demanda más. Contuvo una leve amenaza para el final. “Si no mejora, tendremos que recurrir a la cirugía”, dijo con ecuanimidad. “Nos vemos el próximo viernes”. Aun remota, la posibilidad de una cirugía me alertó.
El obligado aislamiento no me eximía del trabajo de cada día. Por fortuna, la residencia de la Embajada se encuentra en el mismo lote que la Cancillería, a unos cuantos metros de distancia. Laboraba recostado y cada mañana hasta mi habitación acudía el personal para el despacho de los asuntos.
Aquellos días de convalecencia fueron también de lectura y reflexión. Leía afanosamente. La casualidad —la vida se encuentra a cada momento con casualidades— había puesto en mis manos un libro que endulzó mi postración y me insinuó matices y perspectivas de la vida en aquel continente. Con El sueño de África, Javier Reverte no sólo aportó al mundo un libro valioso y sabio, sino que también reivindicó la literatura del viaje en lengua española.
A ratos meditaba contemplando la claridad ambarina que se colaba por las ventanas, así como el silencio que de pronto inundaba la habitación que me resguardaba. Aún ignoraba que el tiempo teje una relación, un diálogo con esa lesión que nos aflige y que acaba constituyendo parte nuestra. La convivencia diaria con ella nos ayudó a despejar nuestra propia visión. Faltaba escribirla. La sensación de alivio en la tarea de narrarla no es escasa.
La Providencia siempre junta con su favor algún gran trabajo. Nos oprimía entonces el encierro a que nos vimos sometidos. Los hombres, en su orgullo, creen que todo depende de ellos. Olvidan que todo edén es transitorio.
Así, aquellas fueron horas para ubicar algunas preeminencias. Nunca titubeó la fe ni nuestra disposición. El destino mostraba también su buen humor. Nos repondríamos de aquel infortunio. Confiados acudimos a la cita el viernes previsto. La convalecencia había sido dolorosa, pero la razón, la intuición y algunos signos vitales precisaban un estado de cosas diferente al de la semana anterior. Judit decretó, en efecto, que la evolución era notable, evidente el alivio.
La realidad del pasado es sólo lo que recordamos más tarde. No habíamos errado en nuestros cálculos y nuestros anhelos, pero apenas habíamos hollado el umbral de un achaque que, luego de treinta años de su aparición, se asoma todavía de tarde en tarde.
La doctora juzgó que lo procedente era continuar con un tratamiento de fisioterapia. Ingresamos así a una segunda etapa de la afección, a un espacio de probado avance y mejoría. ¿No es cierto que toda etapa da una sensación de orden?
Con docilidad nos sometimos al tratamiento. Fisioterapia, ya se sabe, es un método curativo aplicable a través de elementos naturales como el aire, el agua, la luz, etcétera; o de agentes mecánicos como el masaje, la gimnasia y otros.
La doctora nos había referido con una fisioterapista británica, quien nos remitió a su vez con una de sus colegas con disponibilidad, Christine, una agradable sueca de pelo rojo, coetánea nuestra más o menos, casada con un settler, hombre muy considerado y gran conversador.
Settler es el término con el que se identifica a los descendientes de los británicos que permanecieron en Kenia cuando este país obtuvo su independencia en 1962. Son varios miles, dedicados a las más diversas ocupaciones. Además de estos settlers, existe un número considerable de extranjeros establecidos en la capital keniana, procedentes de una multitud de naciones, circunstancia que la torna una urbe asaz cosmopolita: europeos del Este y del Oeste; americanos de América latina y la sajona; asiáticos originarios de varios países, del Lejano Oriente, sobre todo.
Nairobi constituye una de las capitales africanas más accesibles, gracias a una serie de circunstancias que no viene al caso abordar aquí. Ese hecho la ha convertido en un centro, en un hub de operación de diversas ONG —organizaciones no gubernamentales— que desde Nairobi surten y distribuyen ayuda humanitaria a países necesitados o en conflicto, de la ancha región.
A este conjunto cabe añadir el cuerpo diplomático y la extranjería asentada en Nairobi que labora en los organismos de Naciones Unidas establecidos en la ciudad: el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) y el Centro de las Naciones Unidas para los Asentamientos Humanos (HABITAT).
De igual modo, se encuentra una gran comunidad de origen indio que se ubicó allí cuando el Imperio británico trasladó a nacionales de aquel país para la construcción de los ferrocarriles y otras actividades. Los descendientes de aquellas migraciones constituyen hoy la mayor comunidad asentada aquí, fuera de la población autóctona, y suman varios miles.
Al registrar esta serie de hechos una especie de remordimiento nos abate, por hacer caso omiso de una sabia recomendación de Montaigne. Acaso esta tamaña digresión se justifique, aunque sea nada más como explicación de la procedencia multicultural de las tres mujeres que intervinieron y mitigaron nuestra afección.
Las manos de Christine irradiaban alivio. Son pocos los humanos que poseen el don de ahuyentar el dolor. Durante cuatro o cinco semanas acudimos a sesiones diarias de masaje que nos aplicó con paciencia y entusiasmo. Durante las sesiones, naturalmente, conversamos sobre un caudal de materias y la relación se transformó en una confiada amistad. En adición al masaje, Christine nos dio una serie de recomendaciones para completar el tratamiento: posturas propias e inadecuadas para caminar, sentarnos, acostarnos, etcétera.
Los días sucesivos vendrían a enseñarnos a convivir con esa lesión cuyo dolor —agudo siempre— va y viene, alternadamente. El dolor se manifiesta de varios modos, pero no es común la sensación que nos previene de que algo no anda bien con nuestro organismo. Así comprendimos que sobrevivir con esa afección, por dolorosa que fuese, no era mortal.
No hay fortuna que lo abarque todo. Cada etapa de la vida crea su propio universo. La memoria conserva viva la sensación del padecimiento. En esas condiciones nos movíamos cuando Christine, con su serenidad habitual, removió el terreno que pisábamos y nos proyectó al espacio sideral: “Creo que a usted le conviene practicar yoga”.
En la ignorancia suprema de la adolescencia el yoga había sido un asunto más bien asociado a los jipis. Transcurrieron muchos años antes de asomarnos a los intersticios de esa disciplina. Su origen y naturaleza imponen un esmerado entendimiento y descripción.
Como el “conjunto de disciplinas físico-mentales procedentes de la India, destinadas a obtener la perfección espiritual y la unión con lo absoluto”, la define el Diccionario de la Lengua Española. Wikipedia y otras fuentes tienden a establecer que es una disciplina espiritual, física y mental que trasciende con mucho el elemento físico y apunta a la carga espiritual que posee, a través de la meditación, hasta tocar el absoluto. En resumen, se trata, digamos, del dominio del cuerpo combinado con la concentración anímica.
Como práctica física es fuerte, intensa, dolorosa. Acaso el box y algún otro deporte recio —el yoga no es ni uno ni otro— aporten una idea de la fortaleza que exige.
Con todo, Christine nos acercó al yoga de la manera más suave y grata que imaginarse cabe. La yogi, la instructora, resultó ser una bella mujer india de unos treinta y dos años, rigurosa en la enseñanza, agradable en el trato personal, de sonrisa atractiva y mirada profunda.
El inicio de la nueva fase confirmaba la sensación de bienestar que aportan los ritmos. Dos o tres sesiones bastaron para recordarnos el valor de la humildad. No menos de cinco ocasiones la práctica se interrumpió con el llanto repentino de algunos iniciados. Cuando eso ocurría, Vinaya detenía el ejercicio durante un prolongado minuto, bajo un silencio reverente.
Esther se aficionó desde la primera sesión. Acudíamos dos veces por semana, al final de la jornada laboral. Lo hicimos durante poco más de dos años. Nos avenimos a la participación grupal, al silencio que registraba el rumor de la tarde, y a la metafísica voz directriz de Vinaya.
Aprendimos una serie de cosas. Posturas físicas del yoga —Ásanas— más que elementales; a relajar partes del cuerpo o el cuerpo mismo; a resistir con el cuerpo y la voluntad; a respirar y meditar; a controlar la parte del cuerpo que padece dolor o fatiga. También aprendimos a que nada en la vida humana se perfecciona sin ejercicio, así como a aislarnos en nosotros mismos, en medio de la multitud.
Quien incursione en el aprendizaje del yoga disfrutará de la salud del cuerpo, del confort de la mente y de la satisfacción espiritual, estableció B. K. S. Iyengar, un santón en la materia. El yoga —dice también— es arte, ciencia y filosofía.
Cercana a la revisión de estas notas, la BBC, con reportajes coloridos, muestra la celebración en calles y avenidas de varias ciudades del mundo del “Día Internacional del Yoga”, un día de fines de junio. Muestra que la difusión de la disciplina no es menor y cada día gana afectos. Si tan sólo fuese porque su práctica sana y fortalece el organismo humano, su propósito quedaría cumplido.
Pero el yoga es también un arma o escudo espiritual contra padecimientos, flaquezas y perturbaciones. A su percepción sagrada, a su concepción absoluta lleva tiempo y esfuerzo acceder. Mas no es indispensable decirlo todo ahora. EP