La ciudad de los libros

Leandro Arellano escribe sobre su paso por Hay on Wye, una ciudad en Gales que destaca por su amor a los libros de lance y sus librerías.

Texto de 28/11/25

Nexxo / Wikimedia Commons

Leandro Arellano escribe sobre su paso por Hay on Wye, una ciudad en Gales que destaca por su amor a los libros de lance y sus librerías.

Los libros gravitan sobre nosotros más de lo que solemos advertir. La literatura de Inglaterra es una de las más fecundas y abundantes. Es también una de las más antiguas. Nuestros clásicos de hace un siglo —Unamuno, Reyes, Borges— se aficionaron a ella y obtuvieron grandes beneficios; se citan estos nombres sólo para dar más peso a nuestro argumento. Inglaterra encabeza también la creación —viva aún— de la música que transformó el panorama de la juventud mundial al comenzar la segunda mitad del siglo veinte. Dicho país ha sido una nación aventajada y es poseedora de un suntuoso inventario de descubrimientos, invenciones y vivencias. Britania constituyó, asimismo, una de las más celadas provincias del Imperio romano.

Y son inagotables las vías con que la Providencia nos envuelve. No obstante, a pesar de ser aficionado a ambos, ni la literatura ni el rock me condujeron a ese país. El trabajo diplomático decretó mi traslado. Transcurrían los últimos días del gobierno de la señora Margaret Thatcher.

Arribar a una ciudad por primera vez no es un asunto indiferente. Más aún si se trata de Londres, una de las urbes con mayor carácter. Su antigüedad y abolengo —del latín Londinium proviene su nombre— se remontan a milenios. 

En unos días quedamos instalados en Merton Park, en el barrio de Wimbledon, en el sudoeste de Londres. Dos años y medio residimos allí, en una casita hermosa, verde y resguardada. Desde la etapa en que nos instalamos, que nunca es fácil, recibimos consejo y guía de nuestros vecinos. La cortesía es una virtud que distingue a los británicos.

Cada día encontrábamos o descubríamos algo novedoso, polémico o insólito; Londres nos proveía de eso y más. Casi siempre para bien. Todo lo que nos sorprende es precisamente —ha escrito Onetti— aquello que confirma el sentido de la vida.

La vida cotidiana se montó en la rutina en poco tiempo y se tornó gratificante comprobar cada día los beneficios de una sociedad desarrollada. Sorteando el elevado costo de vida de la ciudad, nos avenimos con gusto y naturalidad a la cotidianeidad londinense. Parte central de nuestra comodidad y nuestra confianza era atribuible al privilegio imprevisto de aquel vecindario de la mejor estirpe británica.

Ted se ofreció a elevar el nivel de inglés de nuestro hijo menor. Shirley introdujo a Esther en los cursos del Royal College of Arts. Ted y Shirley —no sólo por su edad— comandaban el grupo, que reunía a otras tres parejas. Profesionistas de clase media alta todos. A ellos se debió también el maravilloso descubrimiento de aquella peculiar población que tanto los atraía. 

Hay on Wye es una pequeña población perteneciente a Gales, en el condado de Powys, cercana a la frontera entre Inglaterra y Gales. A unas 150 millas de Londres. En aquella época, a fines de los ochenta, la población era de aproximadamente mil doscientos habitantes; en la actualidad reportan dos mil.

La fecha de fundación del poblado se pierde en la oscuridad de la historia de varios siglos atrás; lo mismo que el significado del eufónico nombre que, señala la propaganda, tiene origen normando. No es improbable. Mas con un confiable diccionario inglés-español en mano, bien podría traducirse como “El heno en la Y”. Informados de que podíamos ir y volver en una jornada —nuestros hijos eran pequeños—, un sábado harto soleado, hacia fines de mayo, nos lanzamos a la carretera.

Además de historiadores y especialistas, no son pocos quienes saben que ingenieros romanos que viajaban con las legiones imperiales trazaron las rutas y realizaron el tendido de caminos y vías de buena parte del espacio europeo; y se suele afirmar que no pocas de las modernas autopistas y carreteras se construyeron sobre los milenarios lineamientos topográficos del Imperio.

Una vez en el camino —un tramo de autopista, otro de carretera vecinal— era inevitable no evocar las calzadas y otras vías concebidas o establecidas por las legiones romanas. La sensación se exacerbaba cuando cruzábamos algunos puentes reconocibles como tales. Varias veces nos invadió la impresión de una proximidad inmediata y actual, de un espacio puramente romano de la ciudadanía británica. La heredad romana de su pasado. El general Julio Agrícola, conquistador de Britania, sobrevive en las instituciones transformadas, como fue narrado y trasmitido por Tácito.

Esa impresión privaba en nosotros cada vez que viajábamos en el interior del país. Era también una emoción física de seguridad, de orden y concierto, de paz edificada en el convencimiento de la persuasión y el debate. Se respiraba un aire nítido que fluía en la tranquilidad del carácter británico.   

Cada ciudad, pequeña o grande, acogedora o desdeñosa, crea su perfil, forja su manera de ser. Es de asombro agradecido el semblante de Hay, adonde se puede viajar en tren, autobús o automóvil. El poblado no cuenta con demasiados atractivos turísticos, pero sí con dos o tres que colman los sentidos y acaso las expectativas de los visitantes, así como de los amantes de la naturaleza y de la literatura.

Se trata, en el primer caso, de la belleza y dones naturales de la región. El otro, igualmente significativo y valioso, es producto de la mano del hombre y atrae a los bibliófilos y lectores de todas partes. En la fecha de nuestra visita, Hay constituía ya, seguramente, el centro mundial de libros de lance, o de segunda mano, y anticuarios. Una ciudad poblada por libros.

Parece una vivencia no terrenal caminar en una vía cuyas casas, inmuebles y otras construcciones que la forman sólo contienen libros. Al entrar a cada librería el placer se renovaba y la emoción se removía. Cada uno hurgaba en el sector de su interés. En el recuerdo sobrevive la imagen de la presencia de aficionados y curiosos, y de que ninguna librería se hallaba vacía. Dos docenas por lo menos llevamos nosotros de regreso a casa. Tres o cuatro autores cada quien. Mi caso incluía a Wilkie Collins, R. L. Stevenson, Lafcadio Hearn, Ambrose Bierce…

Sólo unas horas permanecimos en la ciudad de los libros. Hoy alberga más librerías que durante nuestra visita. Sabemos que cuentan con una dedicada a mapas, lo que nos habría subyugado entonces. Asimismo, desde hace varios años celebran anualmente un festival literario, muy concurrido e inspirado.

El libro es el instrumento privilegiado de difusión de la cultura. La UNESCO informa que cada año se publican 2.2 millones de libros (2022). La industria mundial del libro tiene, al presente, un valor de 140,850 millones de dólares. No es poco.

El libro es fruto de la palabra, y ésta, el único producto legítimamente humano. Por elemental que pueda ser, no hay país o comunidad que no mantenga algún tipo de involucramiento o participación en la elaboración de libros. Hay on Wye eligió congregarse en una reservación insólita de libros de lance.

Al pardear la tarde de aquel día afortunado, ingresamos a un pub y nos agasajamos un poco más allá de la sobriedad. Hoy adultos, mis hijos lo recuerdan gratamente. Dice el menor: El Tom Sawyer que compré allí, con su forro verde, sigue en mi librero. EP

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