
Fundación para las Letras Mexicanas
Brandon Sánchez Vázquez —becario de la Fundación para las Letras Mexicanas— nos ofrece tres poemas que retratan la tristeza, la melancolía y el hastío de la vida cotidiana.
Brandon Sánchez Vázquez —becario de la Fundación para las Letras Mexicanas— nos ofrece tres poemas que retratan la tristeza, la melancolía y el hastío de la vida cotidiana.
Texto de Brandon Sánchez Vázquez 12/09/25

Brandon Sánchez Vázquez —becario de la Fundación para las Letras Mexicanas— nos ofrece tres poemas que retratan la tristeza, la melancolía y el hastío de la vida cotidiana.
Enero tiene los cristales rotos
y el frío entumece los segundos y las horas.
Como un tronco endurecido,
enero es un mes que se tambalea
sobre la desesperación
y las mariposas.
Me ahogo en este mes lleno de dientes.
Siento como si enero
tuviera llena de pájaros la tristeza.
Enero todo: enero puente, enero banca
enero, esas escaleras, esas puertas
que tanto trabajo cuesta abrir.
Enero diccionario
en otro idioma.
Enero niño mudo.
Enero sin semillas.
Enero,
un mes que se niega
a hacer la paz con la asfixia,
un mes que a silencios nos ha quebrado los huesos.
Enero,
siento que será enero todo el año.
Siento que será este mes toda mi vida.
Tus manos debajo de mi espalda sosteniéndome
mientras decías: tienes que soltar tu cuerpo,
tienes que respirar, flota
como si fueras un muertito.
Yo siento que el agua no bastará
si me sueltas.
He olvidado esa mueca primordial, paleolítica,
esa rebeldía remota de vivir entre dos mundos.
Pero tú me la recuerdas,
sostienes en tus manos el miedo, lo acaricias.
En tus manos, la duda flota igual que yo, la muerte pesa,
pero no desaparece. Y desde el fondo,
tu voz me llega como un eco enterrado en el agua:
Respira,
deja en mis manos tu cuerpo. Confía.
¿Acaso no confías en mí? Y confío,
aunque todavía sienta
que si suelto mi cuerpo
voy a ahogarme.
Llegan los vagones
como lombrices mecánicas,
naranjas de cansancio, ofreciendo
el milagro de sus asientos vacíos.
Bajo tierra, los engranes de la ciudad
crujen como articulaciones oxidadas
al tenso ritmo del reloj
que late en las paredes del andén.
Ya casi es hora. Y tenemos que decidir
si nos vamos a romper la mirada
como dicta el silbato de la razón
con su agudo ya de acero
o nos quedamos a mecer
el dócil espasmo de la demora.
¿Por qué tenemos que aguantar esta tragedia
sofocleana, shakesperiana, euridípica
de vivir en polos opuestos? En este foro
subterráneo nuestra obra
no termina en aplausos sino
en trenes distintos. Y los rieles
no saben torcerse. Tú, al sur;
yo, al norte. Los trenes no paran nunca:
el amor, tampoco. Y en medio de todo
los andenes se abren
como un ingrato paréntesis
donde apenas cabemos. EP