Becarios de la Fundación para las Letras Mexicanas: Si no me he dado un tiro todavía es porque tengo esperanza. Y porque no tengo una pistola

Jorge Arturo Tovar —becario de la Fundación para las Letras Mexicanas— reflexiona sobre un tema fundamental para los seres humanos: el sentido de la vida.

Texto de 15/08/25

Jorge Arturo Tovar —becario de la Fundación para las Letras Mexicanas— reflexiona sobre un tema fundamental para los seres humanos: el sentido de la vida.

"Si puedes enamorarte una y otra vez, 
si puedes perdonar a tus padres por el crimen de traerte al mundo,
si estás conforme con no llegar a ninguna parte,
solo tomando cada día como viene,
si puedes perdonar y olvidar,
si puedes evitar volverte agrio, huraño, amargado y cínico, hombre,
lo tienes casi todo bajo control"
Henry Miller

El existencialismo es un lugar común. Todas las personas en algún momento de sus vidas se han preguntado si su existencia tiene sentido, de dónde vienen (ya sea por qué se originó la vida en la tierra o por qué sus padres no usaron condón), o a dónde van. Todas las personas, en mayor o menor medida, han pensado en matarse y muchas lo han logrado. Algunos se preguntan por qué hay quienes se suicidan; y otros, por qué no suicidarse.

En su famoso libro El mito de Sísifo, Albert Camus postula que el único problema filosófico que realmente importa es decidir si la vida vale la pena o no. El mito va más o menos así: Zeus castiga a Sísifo por querer engañar a la muerte y su condena es cargar una pesada roca hasta la cima de una colina, solo para que la roca, cada vez que llega a la cúspide, caiga mágicamente hasta el fondo y así Sísifo tenga que bajar y subir una y otra vez por toda la eternidad. Su castigo no solo es cruel porque implica gran esfuerzo físico, sino, sobre todo, porque no tiene ningún sentido. Dostoievski ya expresaba algo similar unos ochenta años antes en su novela Memorias de la Casa Muerta: “Un día se me ocurrió la idea de que si se quería aniquilar a un hombre, castigarlo atrozmente y hacer que el asesino más empedernido retrocediese aterrado ante semejante tortura, bastaría dar al trabajo de este hombre un carácter de inutilidad perfecta, llevarlo, si se quiere, a realizar lo absurdo”.

Nuestras vidas son las rocas de Sísifo. Cuando uno tiene el corazón roto, cuando un ser querido muere o incluso cuando a uno le da una gripa lo suficientemente molesta como para querer quedarse en cama, se pregunta si acaso tiene sentido seguir viviendo (dependiendo de qué tan dramático sea uno). La vida son esos momentos de salud, de enamoramiento y de compartir con la gente que se ama; sin embargo, ¿qué vida podemos experimentar en la liminalidad entre, por ejemplo, el amor que se fue y el que aún no llega?

Hay que encontrar, entonces, un sentido a la vida. La solución de Camus es relativamente sencilla (al menos en la teoría): imaginar a Sísifo feliz. Si Sísifo es feliz, cargar la roca adquirirá significado. Nosotros, cargando nuestras vidas como aquella roca hacia la cima de la colina, encerrados en nuestras exasperantes vidas individualistas, debemos buscar el goce pese a las dificultades. Para muchos, el trabajo es el motivo de vida por excelencia: escoger un campo profesional y desarrollarse en él por años, con tal no sólo de garantizar la subsistencia, sino también de sentirse valioso, sentir que uno ofrece algo a la sociedad y que sus habilidades son cada vez mejores, lo que aumenta la autoestima y la autopercepción. Sea este un trabajo que tenga un impacto positivo en la sociedad o no, es suficiente motivo para despertarse en la mañana y salir de la cama. Tanto el panadero que alimentará a cientos de personas en el día, como el multimillonario que agitará el látigo sobre las espaldas de sus miles de empleados que trabajan turnos extenuantes, ambos encuentran un propósito en el trabajo. Y ambos, seguramente, se dicen a sí mismos que su impacto en la sociedad es positivo.

Pero el existencialismo no es solo el propósito de vida; es también el poder de decisión que tiene uno sobre ese propósito. Los individuos, dentro de ciertos parámetros, podemos hacer lo que queramos. Es decir, no podemos ir a Júpiter y volver en un segundo ni transformarnos en un dinosaurio, nada que desafíe las leyes de la naturaleza; pero sí podemos decidir, por ejemplo, qué comeremos durante el día, cuál marca de auto compraremos o incluso la carrera universitaria que estudiaremos. Cuando uno cae en cuenta de esto, se siente como si hubiera descubierto el fuego junto a la estufa de gas de la cocina: tenemos libre albedrío. Lo sabemos porque lo hemos escuchado decir a otros y porque lo ejercitamos, incluso si es inconscientemente.

Cuando descubrimos el libre albedrío (pero de verdad lo descubrimos), el peso de nuestras decisiones cala como lluvia fría: reconocemos que si hemos llegado a ese punto de nuestras vidas con cierta cantidad de dinero, ciertas relaciones, cierto bagaje cultural, todo es, en mayor o menor medida, nuestra responsabilidad. O peor aún: nuestra culpa. La responsabilidad y la culpa se parecen, solo que la responsabilidad es positiva y la culpa es negativa. Vamos, que el responsable actúa y el culpable se lamenta.

Dice Erich Fromm en El miedo a la libertad que con la libertad viene el precio de la responsabilidad. Fromm explica que conforme avanzan las sociedades también avanzan las libertades de sus individuos y que si bien antes, por ejemplo, la gente se casaba con quien los padres le ordenaran o heredaba los oficios que ejercían sus familias sin cuestionárselo tanto, ahora nuestros márgenes se han ampliado: uno puede casarse con quien quiera o trabajar en lo que desee (de nuevo, bajo ciertos parámetros; si no, yo ya me habría casado con Hayley Atwell). Pensemos que, si bien mi familia ya no me asignará pareja, ahora otras condiciones dictan con quién puedo relacionarme y con quién no. Si mi estatus socioeconómico me permite ir a una universidad privada, lo más probable es que encuentre pareja ahí y así el status quo de mi vida se perpetúe. Si soy guapo bajo los estándares de la cultura en que vivo, si soy exitoso bajo el concepto de éxito en turno, si tengo habilidades sociales y de seducción, en fin, si poseo las cualidades que el “mercado del amor” solicita, entonces sí ejercitaré mi libertad para conseguir pareja con amplitud. De lo contrario, probablemente me quedaré con quien me toque y mejor ni quejarse.

Con los oficios ocurre algo similar. Si bien podemos escoger las carreras universitarias que deseemos (suponiendo que las circunstancias de nuestro entorno nos permitan llegar hasta este punto en nuestra escolaridad), eso no nos garantiza trabajo y subsistencia. El capitalismo permite la libertad de elección, pero si tu elección no es capitalizable, entonces el sistema te desecha y te vuelves un outsider.

¿Es esta ganancia de la libertad algo bueno? Depende del individuo. No todas las personas tienen las herramientas para ejercer su libertad con responsabilidad. El tío Ben de Spider-Man ya había expresado esta idea de una forma más escueta que Fromm: “Un gran poder conlleva una gran responsabilidad”. El problema no es ser libre, sino lidiar con las consecuencias.

Hay quienes, al no poder confrontar el absurdo de la existencia, renuncian a su libertad. Se someten a parejas asfixiantes y le llaman “amor”, se cuentan historias sobre cómo sus vidas tienen sentido, actúan automáticamente o viven esperando un bien mayor (“ya llegará la persona indicada que te ame”, “todo mejorará cuando salgas de la universidad”, “ya descansaremos cuando estemos muertos”). De no contarse fantasías como estas, la vida sería insoportable para muchos: la evasión de la realidad por excelencia es Dios. Si bien no juzgo la creencia en Dios (yo mismo pienso en él de vez en cuando), sí juzgo el rechazo del albedrío en su nombre. Hay quienes manifiestan esto incluso en pequeñas frases como “Nos vemos mañana, si Dios quiere”, renunciando simbólicamente y sin esfuerzo a la voluntad que tienen de que el mañana exista.

Sin embargo, con las nuevas generaciones Dios ya pasó de moda. La iglesia ha tenido que modernizarse pues está perdiendo clientela; ha llegado al punto de aceptar a gente LGBT+ en sus congregaciones, siempre y cuando esté dispuesta a arrepentirse, claro. Cada generación abandona a Dios un poco más. Uno pensaría que una sociedad sin Dios sería más racional, pero el pensamiento mágico sigue latente: la astrología y los signos zodiacales están a la orden del día y se han vuelto un gran símbolo de la cultura pop, con manifestaciones muy profundas en redes sociales, pero también muy sosas como “¿Qué antojito mexicano eres según tu signo?”, replicadas por gente ávida de sentido y de pertenencia. Tampoco niego que exista sabiduría en la astrología o que no valga la pena estudiarla, pero desconfío de atribuirle responsabilidades al hecho de haber nacido en agosto o en abril, de que Mercurio esté retrógrado (una palabra dicha tantas veces que ha perdido significado), o de que el ascendente en tu carta astral sea escorpio. Al mismo tiempo, es fácil entender a quienes optan por el pensamiento mágico: necesitamos un poder superior. Qué gran alivio sería sentir que nuestros problemas son culpa de otros.

Cuando uno llega a cierta edad y su cuerpo se vuelve adulto (esperando que la mente se haya vuelto adulta también, cosa que a muchos no les pasa), se emancipa de algunos poderes. Hay poderes de los que uno nunca podrá emanciparse: el poder territorial, haber nacido en un lugar y ser siempre de ahí; el poder económico: más te vale chambear o te quedas fuera; si disfrutas tu chamba no importa, pero más te vale que la disfrutes (pensar en Sísifo feliz) o tu vida será catastrófica. Pero de algunos poderes sí se emancipa uno; los padres, quizá, si ellos hacen su trabajo y sueltan a sus hijos, por ejemplo. Llega el momento en que uno alcanza su estatura máxima, adquiere el rostro que tendrá por el resto de su vida, se le cae el cabello o le empiezan a salir canas. Entonces se vuelve libre y se plantea preguntas verdaderamente terribles que alguien que cree en poderes superiores tal vez no: ¿por qué decidí ejercer esta profesión, habiendo tantas en el mundo? ¿Por qué me visto de este modo? ¿Por qué tengo los amigos que tengo? ¿Por qué me casé con esta persona si no la amo, o si amaba más a tal otra? Si uno está solo puede ponerse a llorar si se da cuenta de que esa soledad es su culpa. Si uno tiene el corazón roto, puede esperar a que sane. Uno sabe que su corazón ya ha sanado otras veces y piensa que sanará de nuevo y amará, y que la próxima vez será mejor y quizás la definitiva: con matrimonio y monogamia para las décadas de vida que uno cree que vivirá (sin olvidar que eso del matrimonio y la monogamia son estándares sociales dictados por esos poderes mayores de los que uno nunca se emancipa).

Pero otras veces no lo cree; otras veces uno piensa que el corazón nunca sanará. Que el amor nunca volverá porque realmente nada lo garantiza, a pesar de que su madre le diga que “siempre hay un roto para un descosido”. Uno duda de su existencia y se pregunta si ésta es la vida que quiere tener y si es posible cambiar el rumbo. Uno piensa que está luchando por sus sueños y de pronto esos sueños se vuelven absurdos (¿es útil lo que yo hago?) y ya no quiere pelear más por ellos. En realidad, ya no quiere pelear por nada, porque nada tiene el suficiente sentido para pelear por ello. Si uno ve las noticias mientras atraviesa estas crisis existenciales, puede darse cuenta de que su dolor es absurdo: en Jalisco encuentran un campo de exterminio que después las autoridades limpian para lavarse las manos; en medio oriente la guerra y el genocidio se intensifican. Ante noticias como éstas, un corazón roto se vuelve una auténtica estupidez y ya no solo hay dolor, hay vergüenza. Se puede llorar si se es mujer, pero si se es hombre solo se puede si primero se ha emancipado de ese poder mayor que dicta que los hombres no lloran. En ese momento uno quiere acabar con el dolor. Se pregunta si es capaz de hacerlo. Piensa en quiénes encontrarán su cuerpo y si la escena será violenta, en el trauma que tendrán los seres queridos (porque, cuando se piensa en la muerte, se piensa en los seres queridos, inevitablemente, aunque antes de planear el suicidio pueda creer que no hay ninguno) y en las vidas que tendrán después de aquello.

El suicidio nos regresa a Camus, pero 300 años antes de Camus otro existencialista en la literatura ya pensaba en el valor de la vida (aunque no se nombró existencialista, claro): Hamlet, el príncipe de Dinamarca, en la obra de William Shakespeare. A lo largo de esta tragedia, Hamlet piensa y piensa si vale la pena vivir o mejor acabar con todo y suicidarse. Su famoso monólogo es la máxima expresión de este pensamiento, y también un lugar común, así como el mito de Sísifo:

Ser o no ser, de eso se trata:
si para nuestro espíritu es más noble sufrir
la pedradas y dardos de la atroz fortuna
o levantarse en armas contra un mar de aflicciones
y oponiéndose a ellas darles fin.
1

En pocas palabras, Hamlet piensa que la vida es terrible y si no nos matamos es porque le tememos a lo que podría venir después de la muerte, esa tierra de la que ningún viajero retorna nunca (cómo me fascina esa parte). Y sí, algo de razón tiene.

¿Cuántos no se habrían suicidado de tener la oportunidad? Métodos hay muchos: lanzarse desde la azotea del edificio en que vivimos, o a las vías del metro en hora pico. El más eficiente, aunque también violentísimo, un disparo: la ciencia apunta que el individuo muere antes de experimentar dolor. El problema no es la falta de métodos, es la esperanza. Tal vez es paradójico llamarle problema a la esperanza. Corrijo, la solución es la esperanza: es un arma que produce el efecto contrario a una pistola. Si me disparo en mi desesperación, ¿cómo estaré seguro de que nunca volveré a amar y quizá con mayor intensidad que las últimas veces? ¿Cómo comprobaré que la vida no mejora? ¿Cómo sabré si el vacío se irá o no? ¿Cómo sabré que mis sueños tienen sentido? ¿A cuántas personas me negaré a conocer, cuántas amistades nuevas estaré dejando ir definitivamente? Incluso, y esto lo digo con muchísimo optimismo, ¿cómo sabré que las cosas en el país y en el mundo no mejorarán? Pensando en las posibilidades a las que se cerraría para siempre con un disparo en la cabeza, entonces uno se queda. Tratamos de encontrar sentido en los pequeños placeres de la vida, los que son cotidianos y accesibles: comer algo delicioso, escuchar nuestra canción favorita, conversar con un buen amigo, abrazar a nuestra familia, llegar a casa y acariciar a nuestro gato. Solo podemos suicidarnos cuando estamos convencidos de que no hay esperanza, y ése es el asunto: siempre la hay; y si no, hay un impulso en nuestro interior que nos engaña y nos dice que sí. En términos llanos, Camus diría que el suicidio no es la respuesta porque niega el problema, no lo resuelve. A don Quijote de la Mancha le ocurrió algo similar: vivió sus últimos días como un loco caballero dispuesto a mejorar el mundo, “desfaciendo agravios y enderezando tuertos”, y murió cuando recuperó la consciencia. Su pistola fue la cordura.


Cuando empecé a escribir este texto, en abril del 2025, rumiaba muchas ideas fatalistas sobre la vida, el existencialismo, el vacío, la soledad. Estaba viviendo un vacío grande y diferente a los que había experimentado en otros momentos de mi vida. Quería exponer mis ideas sobre el tema y conectar a varios autores que he leído y me han gustado.

Ahora, a unos meses de distancia de esos sentimientos, creo que este texto debe terminar de forma luminosa. Después de todo, sí creo que vale la pena estar en este mundo el rato que nos toque estar. Quería apartarme de mi propio ensayo y evitar la primera persona, pero ahora me lo permito, como si fuera otro autor distinto el que escribe este final. Pensé, ¿qué tiene sentido para mí en esta vida? La lista es larga, pero nada más por ser práctico, pongo aquí algunos puntos:

  1. Reunirme con mis amigos.
  2. Ver una buena obra de teatro.
  3. La música rock de mi adolescencia.
  4. La sensación que queda en el cuerpo después de llorar.
  5. Enamorarse.
  6. Cocinar y comer.
  7. Las frutas (qué bueno vivir en este país donde hay tantas).
  8. Leer un buen libro y descubrir que hay (o hubo) alguien en el mundo que entiende cómo me siento.
  9. Los animales, sobre todo los gatos.
  10. Los actos de bondad de los desconocidos en la calle.
  11. Viajar en coche.
  12. Dormir mucho y despertar sin alarmas.
  13. Jugar, a lo que sea.
  14. La nieve de garrafa (pienso mucho en comida, ¿se nota?).
  15. Los videojuegos, sobre todo con los amigos.
  16. Sentir que estoy fluyendo cuando escribo una obra de teatro.

Apuesto por aquello que dice Henry Miller en el epígrafe que puse al principio: enamorarse, perdonar, no volverse huraño; con eso uno ya tiene la vida medio resuelta. Como última idea, también creo que hay que rechazar la búsqueda de sentido de vez en cuando. Tal vez no todo lo tiene, y eso está bien. ¿O el sol se justifica a sí mismo cada que amanece? EP

  1. Esta versión del monólogo fue traducida por Tomás Segovia.[]

El análisis independiente necesita apoyo independiente.

Desde hace más de 30 años, en Este País ofrecemos contenido libre y riguroso.

Ayúdanos a sostenerlo.

DOPSA, S.A. DE C.V