Becarios de la Fundación para las Letras Mexicanas: Afasia

María del Cueto —exbecaria de la Fundación para las Letras Mexicanas— rinde un emotivo homenaje a su abuela en un ensayo literario donde se entrecruzan las lágrimas, las historias de vida, la senectud y el silencio.

Texto de 16/01/26

María del Cueto —exbecaria de la Fundación para las Letras Mexicanas— rinde un emotivo homenaje a su abuela en un ensayo literario donde se entrecruzan las lágrimas, las historias de vida, la senectud y el silencio.

“Si sigues llorando se te van a terminar las lágrimas, y cuando de veras necesites llorar ya no vas a poder”. No recuerdo si mi abuela me lo dijo solamente una vez o si lo repetía siempre que yo lloraba, pero se me quedó incrustada la idea de que las lágrimas eran un recurso finito, almacenadas en un depósito por ahí, por alguna parte del cuerpo, seguramente en las ojeras o detrás de los párpados.

Últimamente lloro unas dos veces por semana, pero hay que considerar que he tenido épocas de llorar diario y otras de no llorar absolutamente nada. Digamos que en promedio nos sale a 104 sesiones de llanto por año, unas más desgarradoras, otras de chill, como dicen los chavos. En mis 26 años de vida, calculo que habré llorado 2,705 veces aproximadamente, aunque no confío en mis habilidades matemáticas, y el lector tampoco debería. Ahora, si le sumas cada final de temporada de Grey’s Anatomy, ahí van dieciocho llantos más, lo que nos da un gran total de 2,723 lloraderas. Supongamos que derramo un litro de lágrimas cada vez que lloro, cifra completamente arbitraria, porque no encontré ninguna aproximación en Google. Con eso he llenado más o menos un milésimo de la alberca olímpica, 45 tanques de gasolina o 2,897 caguamas —algunas literalmente, las caguamas—, y mis lágrimas no parecen escasear.

A mi abuela no la he visto llorar nunca, aunque sé que llora, porque me lo ha contado. Ella siempre odió a los animales, no permitía que sus hijos tuvieran ninguna mascota, le daban asco los gatos, perros, conejos —a todos los llamaba “bichos” y les pegaba de gritos cuando se le acercaban—. Hace unos años encontré una foto donde mi abuela, todavía una niña, aparece con una sonrisa enorme, abrazando a un gato negro. Estruja al felino contra su mejilla, cargándolo como se aúpa a un bebé. Resulta que un día, poco después de que le tomaran esa foto con el animal, mi abuela llegó a casa y lo encontró muerto. Un vecino le dijo: “A ese gato lo mataron por ser un gato rojo”. Había estallado la Guerra Civil en España, y esa fue la forma que eligieron los fascistas para dejar claro su mensaje. Mi abuela lloró y lloró por él. Ya no recuerda su nombre. Sólo es un gato rojo.

Su familia escapó después de muchos horrores. Fueron dando tumbos por el mundo —Bélgica, Polonia, Cuba— y por fin llegaron a la Ciudad de México. En la escuela secundaria se enamoró de un joven, hasta que lo vio hablando con una muchacha que usaba calcetas cortas, ¡menudo descaro! Rasgó en pedazos la foto que se había robado del galán, kgght, la echó al váter, jaló la palanca y lo olvidó, sin mirar atrás. Una década después se encontraron en el supermercado, y él la acompañó a su casa. Durante su boda ella lloraba y lloraba, porque tuvo que casarse sin que su padre le hiciera compañía. Él estaba en cama, enfermo. Ella no quería irse de luna de miel, pero le dijeron que debía de cumplir con sus obligaciones de esposa. La primera noche en Acapulco, sonó el teléfono: su padre había muerto. Mi abuela me repetía la historia una y otra y otra vez; contaba que lo último que él le dijo fue: “Cuando regreses a Murcia, tienes que ir a ver la dulcería, el museo, las estatuas de la plaza. Cuando regreses a Murcia…”. Ella pudo volver sólo de paso. Ya no quedaba nada de los recuerdos de su padre. Ni la casa, ni la dulcería, ni nada. “La tierra que no me quiso”, ella decía. “La tierra donde nací y que no me quiso”.

Mi abuela Manola empezó a existir para mí cuando su esposo murió. Antes de eso ella era tan solo una anciana que escondía los chocolates en su clóset para que no me los zampara, que me regañaba y que cocinaba tortilla de patatas para toda la familia. Yo no la conocía realmente; me daba miedo, me daban miedo los viejos. En el funeral de mi abuelo, no lloré. Fui la única nieta que no derramó ni una sola lágrima y pensé que por fin se me habían terminado, como lo había advertido mi abuela. A partir de ese momento, ella comenzó a contarme su vida.

La historia de la boda surgió porque un día me encontré sobre la cama un camisón blanco, el que usó durante su luna de miel. Yo solté un “wuuuu, abuela”, y ella respondió, con aire pícaro: “Pshhht, ven nena, que te voy a decir una grosería”. Se me acercó y susurró: “Algunos lo hacen desnudos“. Ahora sé que mi padre y sus cuatro hermanos se concibieron por debajo de las faldas de un camisón blanco con encaje. Hm.

Yo era una niña insomne. Rebobinaba y rebobinaba el VHS de La Princesita de Alfonso Cuarón, donde un padre se olvida de su hija tras las desgracias de la guerra. Me aterraba la amnesia. Temía que mi familia se quedara sin memoria, que mis padres ya no me reconocieran y me dejaran sola. Firmaba todos los dibujos con mi nombre completo, María del Cueto Diez Canedo, pensando que sería suficiente evidencia para reclamar mi identidad si los recuerdos fallaban, en caso de que llegaran niñas impostoras a usurpar mi lugar. El olvido sigue siendo mi miedo más profundo y, al menos hasta donde sé, sigue siendo inevitable.

Hace unos meses, escuché a mi abuela recitando nombres en una lista: “Papá Mariano, mamá Carmen, la petite Conchita, Mariano, Carmen, papá Mariano, mamá Carmen, la petite Conchita, Mariano, Carmen, papá Mariano, mamá Carmen, la petite Conchita, Mariano, Carmen”. Repetía como en una plegaria para no olvidar, pero faltaba su propio nombre: Manola. Ella es la última que queda. Mariano se llamaba su padre, y se llamaba también su hermano más querido, que murió en un accidente a los 32 años de edad. Conchita era la más joven y la más enferma. Carmen; su madre y su hermana las dos Carmen; Carmen que vivió toda su vida adulta junto a Manola; las casas se miraban frente a frente, las hermanas compartían recetas, hijos, nietos y terreno. Ahora la casa de Carmen es una montaña de escombros y maleza, un limbo de memorias sometido al bulldozer, un terreno baldío que mi abuela tiene que mirar diario a través de su ventana. A veces pienso que Carmen sigue ahí, convertida en una piedra como Isabel Moncada en su pueblo de Ixtepec. Puede que sea la única que aún entiende el idioma de mi abuela, que ya sólo habla la lengua de los escombros.

Manola siempre lo expresó todo con onomatopeyas, como si hablar fuera un baile del que llevaba el compás. Cito algunas de sus frases célebres: “Tsss tsss, nena, vete con ellos, que en su casa tienen muchos chocolates”.

“A veces me despierta el hipo jip jip, entonces le digo: «¡hipo, eres un idiota!» y se me quita inmediatamente”.

“Esas hormigas han de ser homosexuales, porque se suben a la cama de tu padre ¡PLIP!”.

Incontables veces narraba la siguiente anécdota, cuyo ligero racismo perdonará el lector, porque mi abuela ya tiene 96 años: “Fo era una china muy guapa que lloraba en horizontal, y sus lágrimas caían directo a la sopa, pshhht pshhht pshhht —decía junto con el gesto del llanto horizontal—. Fo tenía el corazón roto por culpa de Tsui, entonces se encerró en mi cuarto, ¡trac! y a mí me daba miedo que sacara el veneno de su anillo y se suicidara, porque todos los chinos traen siempre consigo un anillo con veneno; yo misma vi el que Fo llevaba puesto“. Sí, mi abuela siempre le ponía de su cosecha a las historias para hacerlas de emoción, aunque no dudo que genuinamente pensara que Fo llevaba un anillo con veneno.

Ahora mi abuela ya no cuenta historias. Le faltan las palabras, y los ruidos son lo único que le queda. Sus discursos se han reducido a “tsss, jip jip, ¡PLIP!, ¡trac!, pshhht pshhht”. Tiene unos fideos por piernas que no la sostienen, depende de los demás para moverse. Señala para todos lados, desesperada porque nadie nunca entiende lo que quiere decir. “Mmm, pshht, eso, nena, ¿qué?”, le salen algunas palabras, pero no logra pedir lo que quiere. “Morado, morado”, dijo el otro día señalando la sal. Ella se da cuenta de lo que le pasa. Tiene las palabras en el cuerpo, pero no se concretan en su mente, no avanzan a la lengua. Se frustra, se enoja, termina rendida cada vez que le doy una taza en vez del misterioso objeto que me pedía. Está cansada, muy cansada.

Todavía tiene momentos de lucidez, sobre todo cuando algo le duele. Hace un par de meses, mi papá intentaba levantarla de su silla de ruedas mientras ella repetía en bucle “no pue-do, no pue-do, ay, ay, ay. Quiero llorar y no lloro”. Mi papá le respondió: “cuando quiero llorar no lloro, y a veces lloro sin querer”, a lo que ella dijo: “¡crack!, pero plap, pap, ¿qué? – ¿qué?“. Mi papá, sin querer escucharla, seguía recitando encima de los ruidos a Rubén Darío: “Juventud divino tesoro, ¡ya te vas para no volver!“.

Quisiera haberme inventado todo eso por efecto dramático, porque queda muy bien, pero no. Así fue, palabra por palabra. Mi padre no es poeta, al menos no de oficio, pero a veces habla como si lo fuera. También me cuenta sus sueños descabellados y sus aventuras de juventud, como cuando cruzó a Guatemala por el río Usumacinta y despertaba en la selva cada mañana cubierto de hormigas. Ahora le asusta ver a su madre decaída, pero en vez de llorar, se enoja. Grita, maldice, se va a dormir de mal humor. Tal vez se le terminaron las lágrimas, y sólo puede sacar su pena con aullidos.

Yo quiero contar historias porque mi abuela me contó las suyas. Crecí entre memorias ajenas, imaginando como una película en mi cabeza las aventuras que relataba. Estoy segura de que aún pasa las tardes recordando su pasado, pero ya no tiene forma de transmitirlo. Se quedó encerrada en un silencio paralizante, ella que tanto amaba contarle historias al primero que se le pusiera enfrente.

Una vez me dijo, con un dedo hacia la sien: “Lo que más sirve es lo que está aquí, para todo, para ser mala también”, y me sacó la lengua. En eso sonó el teléfono. Contestó mi tía, llamaba Ofo, cuñado de mi abuela. “¡Dile que me he muerto! Kgght“, gritó Manola, que no tenía ninguna gana de escuchar al tío Ofo hablar sobre sus achaques. Ella señaló al jardín y me dijo: “Ahí estaré enterrada el día de mañana. O espero que pasado mañana”. De tanto escribir que dijo esto y dijo lo otro y dijo y dijo y dijo, sólo puedo pensar que ella habría preferido morirse antes que perder el habla y el apetito.

Una noche, hace un par de años, mi abuela despertó en plena oscuridad y anunció: “Antes de morirme quiero hacer una BUENA tortilla de patatas. Con dos o tres patatas buenas. Pero no le voy a compartir a nadie, va a ser solo para mí”. Parece que lo escribió Arthur Miller, en especial porque nunca hizo esa tortilla, pero no. Lo dijo mi abuela, así como dijo “si sigues llorando se te van a terminar las lágrimas, y cuando de veras necesites llorar ya no vas a poder”. A mí no se me han acabado las lágrimas, pero a ella se le acabaron las palabras. Tal vez tuvo que advertirme: “si sigues hablando se te van a terminar las frases, y cuando de veras necesites recordar ya no vas a poder”.

El domingo pasado me preguntó por primera vez: “¿Y tú quién eres?”, con la misma sonrisa cálida que esbozaba cuando sabía la respuesta. ¿Yo quién soy? No lo sé muy bien. Lo único que he podido hacer es contar algunas historias que me han contado, porque, aunque no sean mías, las siento arraigadas bien adentro. Tal vez la mejor forma que tengo de contarme a mí misma es contar a otros. Por eso la cuento a ella. Quedan muchos silencios, palabras perdidas y huecos en el relato que ya nadie sabe completar. Hay muchas cosas que mi abuela nunca me alcanzó a decir, y sólo me queda imaginarlas. Todo lo que no se cuenta se va heredando en la sangre como una sensación abstracta de vacío, mientras que lo que se cuenta llena de aire los pulmones. Quiero contar historias porque mi abuela ya no puede hacerlo, y sé que algún día me pasará lo mismo. Uno siempre termina soltando sus recuerdos o soltando las palabras que se necesitan para expresarlos. Yo no sólo soy mis memorias con mi abuela, soy también las memorias de mi abuela. “Soy María”, le respondí. “Tu nieta”. Me guiñó el ojo y me mandó un beso, mua. Señaló una foto de su padre y dijo: “Pshht, pshht”, para que yo le acercara el retrato. Abrió la boca para decir algo, pero sólo pudo emitir gemidos y tartamudeos. Mi abuela se le quedó mirando a ese padre que murió sin volver jamás a su tierra. Le vi los ojos humedecidos, pero ninguna lágrima cayó. EP

In Memoriam
Manola Ruiz-Funes Montesinos
1929-2025

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