
Gustavo Gargallo —becario de la Fundación para las Letras Mexicanas y ganador del Premio Nacional de Literatura Joven Salvador Gallardo Dávalos 2024— nos brinda tres composiciones poético-literarias sobre la ciudad, la locura y la fotografía.
Gustavo Gargallo —becario de la Fundación para las Letras Mexicanas y ganador del Premio Nacional de Literatura Joven Salvador Gallardo Dávalos 2024— nos brinda tres composiciones poético-literarias sobre la ciudad, la locura y la fotografía.
Texto de Gustavo Gargallo 12/12/25

Gustavo Gargallo —becario de la Fundación para las Letras Mexicanas y ganador del Premio Nacional de Literatura Joven Salvador Gallardo Dávalos 2024— nos brinda tres composiciones poético-literarias sobre la ciudad, la locura y la fotografía.
"Días incendiarios en que padecen las curiosas estatuas y los monumentos son más estériles que nunca." Efraín Huerta
No nací en la gran ciudad,
el centro del mundo me era ajeno.
Nada sabía de esta soledad sin párpados
que cuelga de las avenidas, ni del hueco
sonido de la luz atravesando los escaparates.
Las calles amplias
como ríos ennegrecidos
escupen personas sin rostro
y lo que queda de los árboles
se sostiene en las esquinas:
troncos uniformados
cargan el mundo en sus hombros,
oscuras ramas metálicas
arrastran un sol artificial.
Sobre la gris violencia del hormigón
unas manos pantanosas
cosen las noches al frío
y zurcen los retazos de la niebla.
Llegué muy tarde a este sitio del mundo
para edificar mi desarraigado nombre
en este pedazo de concreto
y no me acostumbro
al decolorado rumor de la lluvia
ni a la voz
en cuello de las carreteras,
esa melodía distorsionada de los autos.
Un claxon suspendido en el aire
como las notas de un tritono
canta a la belleza del paisaje
de secuoyas de metal.
Incoloros charcos se visten de cielo,
ciudad de cráteres por donde asoma
el silencio de las flores.
Aquí nada se detiene, los días llegan cansados,
los semáforos mueren de desesperación,
las casas nunca cierran sus ojos amarillos.
Esta ciudad se incrusta en la cara del mundo,
crece hacia abajo, se ramifica, entristece
todo lo que toca. Las ventanas escupen la noche,
las puertas vomitan de ansiedad.
El sol llega jadeando a cumplir
su absurdo horario de burbuja humeante.
Signos petrificados en la lengua del tiempo.
Ciudad hecha piedra al mirarse en los espejos de los edificios,
el cabello de esta gorgona de cemento son tubos de PVC.
Pero no todo está perdido
o eso nos dijeron
en algún lugar sigue el horizonte
detenido, radiante, impasible
esperando otras tardes para situar los ojos
para extender la línea donde podamos
colgar las promesas de un lugar mejor.
La ciudad es una cicatriz que se bifurca
a donde quiera que miremos.
Las paredes de la habitación son amarillas y la única ventana da hacia el jardín del hospital. Con la mirada perdida, recuerda el concierto de un hombre que incendió los bemoles en el crescendo de su violín. Detrás de la puerta escucha a los doctores, sus risas estridentes le provocan náuseas. Sabe que nunca encontrará el silencio: una nota como una larva sigue anidando en su oreja.
Antes de internarse, vio cómo un relámpago metálico cimbraba el suelo y le arrancaba la piel. Las pesadillas lo abordan incluso despierto. Las sillas le dan terror por sus ojos desencajados, los sombreros lo insultan en idiomas desconocidos.
Intenta dormir y en el techo cansado dibuja una sinfonía en sol menor. Nada queda de aquél que hacía música con la tristeza de las aves.
Se levanta de madrugada. Escucha un rumor de cuerdas entre el ruido de los gritos. Antiguas notas de piano le susurran las voces en su cabeza. Camina por los pasillos. Quiere sepultar su cuerpo en cualquier lugar de la noche.
Su mano derecha sigue siendo un puente agrietado para el río que nace de sus lágrimas.
Mira a través del visor y ajusta el flash. Fotos así nunca saldrían en Vogue. Sostiene su cámara por varios minutos. Harper’s Bazaar cerraría antes que mostrar esto. Encuadra un rostro enajenado. La moda es un juego superficial que ya no le interesa. Captura un silencio inquietante.
Recuerda las palabras de su maestra de fotografía: no pulsen el disparador hasta que el sujeto que enfoquen les produzca un dolor en la boca del estómago.
Hay personas que no existen, piensa, pero son tan reales como un árbol besado por un rayo. Nunca tuve amigos, escucha y en sus ojos se vislumbra un mutilado crepúsculo.
En sus fotografías late un réquiem incierto que nadie canta para los marginados. Un secreto para los diferentes. Todo es monstruoso entre tus manos, le gritan. Yo soy el monstruo que los mira, les contesta.
Acomoda su cámara al cuello. Mira el asfalto y recuerda los árboles de Central Park. Sabe que lo raro es inherentemente bello como una granada en la mano de un niño, como una sonrisa dislocada, como una disonancia envolviendo la tarde, como una navaja para calmar su afilada tristeza. EP