Un cabello en el archivo

Zyanya Dóniz Ibáñez ensaya sobre la experiencia de leer un archivo vivo: las cajas aún sin catalogar de Cristina Rivera Garza en la Nettie Lee Benson Latin American Collection.

Texto de 12/03/26

Zyanya Dóniz Ibáñez ensaya sobre la experiencia de leer un archivo vivo: las cajas aún sin catalogar de Cristina Rivera Garza en la Nettie Lee Benson Latin American Collection.

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Gracias a Nora Muñiz por ser la primera interlocutora de la experiencia en el archivo de Rivera Garza, a Dylan Joy por la gestión de la visita y a todas las personas que trabajan en el archivo por su inconmensurable labor. 

En agosto de 2025, viajé a Austin para visitar las cajas que conforman el archivo de Cristina Rivera Garza en la Benson Latin American Collection. No sabía muy bien qué esperaba encontrar ahí. Después de más de seis años leyendo con rigor su obra pensaba que conocer el archivo sería una especie de comprobación silenciosa de que el corpus que había marcado mis últimos años de investigación también existía materialmente en el mundo. Mi intención inicial había sido otra: viajar a Guatemala para consultar el Archivo de la Policía Nacional; por falta de tiempo y fondos, acabé frente a documentos personales, fotografías, manuscritos y objetos cuyo lugar en mi tesis era, en el mejor de los casos, incierto. Lo único que tenía claro era el deseo. Llegué a Austin con el impulso casi infantil de abrir cajas sin orden, como si la investigación pudiera comenzar de la mano del azar y con la confianza —quizá romántica— de dejarme guiar por los documentos. 

El archivo no estaba catalogado. Las cajas estaban tal como las había entregado Cristina Rivera Garza: marcadas apenas con post-its de colores —rosas para los documentos que provenían de su oficina en Houston, amarillos para los de su casa en Toluca— con títulos vagos como “Secondary Research” o “Ephemera”. No había índice, ni orden institucional previo. Pregunté cuántas cajas eran. Veintiocho. Durante cinco días me senté en la sala de consulta desde que la biblioteca abría hasta que cerraba. Poco a poco aparecieron nuevos post-its, esta vez verdes, con una sola palabra escrita a mano: “DONE”. Marcaban las cajas que yo ya había revisado. Yo las leí en desorden. Por un tiempo muy breve, mi paso por el archivo también quedó inscrito ahí.

Por coincidencia, mi amiga y colega Nora Muñiz estaba también en la ciudad. Nos reunimos el primer día para comer y me preguntó qué esperaba encontrar en el archivo. Ella había viajado para examinar la correspondencia de Gabriel García Márquez en el Harry Ransom Center. Su proyecto tenía la claridad de los archivos bien definidos. El mío no. Yo estaba ahí gracias a una beca que originalmente financiaría otro viaje, otra investigación, y aún no sabía qué buscaba ni si esos documentos podían hablarle al trabajo que intento articular sobre literatura, violencia y memoria. Esa incertidumbre, tan frecuente en la práctica académica pero rara vez narrada, fue mi punto de partida. 

En un cuarto con paredes de vidrio, iluminado por el incesante sol de Texas, se encuentra la Nettie Lee Benson Latin American Collection de la Universidad de Texas, en Austin. El recinto, con más de cien años de antigüedad, alberga una de las colecciones más importantes del arte y la cultura de México, Centroamérica, Sudamérica y el Caribe. En abril de 2025, la Benson adquirió también la serie de documentos, fotografías y objetos que constituyen el archivo de la escritora, galardonada con el Premio Pulitzer, Cristina Rivera Garza. A la entrada me recibieron unos lockers con llave y una advertencia impresa: no weapons allowed. Estamos en Texas. Pedí ver las cajas. Me trajeron las primeras dos.

No seguí un orden. Revisé las cajas como quien abre cajones heredados. En una caja apareció el título original de Nadie me verá llorar (1999): Yo, Modesta Burgos. Siguiendo la tradición testimonial latinoamericana, Rivera Garza había pensado uno de sus libros cúspide —ganador del Premio Sor Juana Inés de la Cruz— en diálogo con Me llamo Rigoberta Menchú y así me nació la conciencia. En otra caja, encontré decenas de expedientes organizados por año, menos el de Modesta Burgos. Al menos yo no pude hallarlo. Quedaban, eso sí, los rastros del trabajo manual: los rostros en las fotografías de los expedientes habían sido recortados por tijeras inexpertas. Oficios del manicomio de La Castañeda solicitando, por ejemplo, la compra de un nuevo cinematógrafo.

Entre contratos editoriales y papeles académicos, asomaba la vida sin jerarquías claras: la carta astral guardada en un sobre del Tec de Monterrey, estampillas postales; el correo a los padres cuando recibió el Premio Sor Juana con un lacónico “pues sucede que sí gané”, una foto del perro Fukó. En otra caja, un fanfic de Pedro Páramo escrito para Playboy. En otra más, un sello con el nombre del padre en chino, un libro de runas, dientes quizá humanos dentro de una bolsa de Ziploc®.

A ratos me detenía en detalles mínimos: un fólder con las marcas de un zapato en el reverso, credenciales de instituciones mexicanas que ya no se llaman así, una fotografía de Nueva York con las Torres Gemelas en el fondo. Las huellas del archivo no estaban solo en lo que decían los documentos, sino en cómo habían sido tocados: el borde arrugado, la grapa oxidada, el papel doblado muchas veces. Había documentos que parecían haber sido manipulados con frecuencia y otros que conservaban todavía cierto temple, como si nadie los hubiera mirado antes. Leer así implicaba aceptar que el archivo no se entregaba de una vez, sino por fragmentos, a través de pequeñas fricciones materiales.

No todas esas marcas eran involuntarias. En los materiales había señales claras de que Cristina sabía que alguien iba a leerla. No solo los manuscritos y las cartas, sino pequeños gestos dejados casi a propósito. Un examen de su clase de Modern Mexico donde pedía a sus alumnos explicar quién era “La Maldita Vecindad”. Un sobre rotulado “Hairy Tales” que anunciaba, con humor, la “Semana internacional de la mujer barbuda”, dentro, un CD y barbas postizas. Me reí. Detrás de una fotografía del perro Fukó encontré una nota escrita a mano que decía: “por cierto, ahora mi perro es solamente perr_, perdió su identidad sexual y algo más. Ya se recuperó de la operación”. También había libros dedicados de Luis Felipe Fabre. Todo eso convivía con expedientes, cartas, telegramas de pésame. No lo leí como un guiño frívolo, sino como una forma de no entregarse del todo: una manera de advertirle al lector que, incluso en medio del duelo, hay espacio para la ironía.

Esa conciencia de ser leída no aparecía solo en los materiales ligados a la escritura pública. Poco a poco entendí que ese no era solo el archivo de una escritora. Era el archivo de toda la familia: papeles del padre, cartas de la madre, correspondencia entre hermanas. Las siguientes cajas repetían, en tonos distintos, esa misma lógica. Hasta que llegué a la caja número diez: “Liliana 1 of 2”. 

Liliana Rivera Garza fue asesinada el 16 de julio de 1990 por su expareja, Ángel González Ramos; décadas más tarde, Cristina Rivera Garza volvió sobre ese crimen en El invencible verano de Liliana (2021). Mientras abría la caja pensé que, en algunos años, cuando el archivo esté completamente catalogado y sometido a los rigores del campo, quizá la mayoría de investigadores vendrán a consultar con ávido interés y un poco de morbo los documentos contenidos en estos pedazos de cartón. Lo primero que veo es el cuaderno del quinto trimestre de la carrera de Arquitectura, escrito meses antes de la noche del feminicidio. Encuentro la transcripción de Albert Camus que le dio título al libro y una serie de cartas que Liliana intercambió no solo con su hermana, sino también con su entonces novio y feminicida.

¿Quién, con las deadlines de un campo cada vez más precarizado, será capaz de pasar una semana desentrañando la letra de una adolescente? Los papeles de Liliana —incluso más que los de Cristina— están revestidos de un aura particular: la fatalidad de su asesinato, las palabras que hoy existen para nombrar lo que le ocurrió y, aún más, los términos que todavía nos faltan para identificar la violencia patriarcal. Todo eso está, y a la vez no, en su archivo. 

Mientras reviso las cartas, las fotografías familiares, las tarjetas de cumpleaños y los recados, advierto que la vida de Liliana está organizada cronológicamente, pero que hay momentos que parecen obedecer a otra lógica dentro del archivo. En “Liliana 2 of 2” encontré una libreta roja del encuentro “Pensar la muerte”, organizado por El Colegio Nacional en 2016. Dentro, varios post-its con notas breves que parecían escritas por la misma mano que firmaba ciertas cartas de Ángel González Ramos. Cristina había decidido conservarlos ahí. No como prueba judicial, sino como capas superpuestas de lectura. En otro cuaderno titulado “Para Ángel” estaban intercaladas cartas entre Liliana y Cristina. El destinatario en la portada no coincidía con el diálogo del interior. Un rollo fotográfico. Imágenes fechadas el 2 de julio de 1990. Catorce días antes del feminicidio. 

Ahí estaba también una carta de Cristina que empezaba con un saludo íntimo —“Querida Masa”— y una carpeta rotulada como expediente de investigación: los documentos efectivamente utilizados para escribir El invencible verano de Liliana. No estaban ordenados cronológicamente. La selección misma era una toma de posición: para escribir un libro no hace falta usarlo todo. Entre esos pliegues aparecía también una novela inédita de 1994, Mírame caer, dedicada “al invencible verano de Liliana”. Años antes del libro que hoy conocemos, la escritura ya buscaba un lugar para ese nombre.

Leído así, en desorden, el conjunto revelaba un fondo abierto. Mostraba un proceso continuo de acomodo. Cristina Rivera Garza no solo reunió papeles; los tocó, los movió y los volvió a guardar. Organizó un archivo que no fija el sentido, sino que lo pone en circulación. Un archivo que admite el gesto de la mano, el corte de la tijera, la decisión de colocar una nota aquí y no allá.

Y entonces, en otra de las cajas, apareció un objeto que no pertenecía del todo al mundo de los documentos sino al de los restos materiales: un estuche con los lentes de Liliana. Los mismos que lleva puestos en la fotografía de la portada del libro. Lo abrí. Del lado derecho, escondido, había un cabello minúsculo: castaño, lacio, enredado en una de las patitas. 

Después de días enteros tratando de mantener la sobriedad que imponen los protocolos, ese cabello fue lo que me obligó a salir de la sala y encerrarme unos minutos en el baño para recuperar la compostura. No fue el duelo lo que me hizo llorar, sino una idea más inquietante: mientras más manos pasen por esas cajas, ese cabello terminará por caer o, peor aún, ¿qué tal si nadie lo nota? 

Pensé entonces que quizá contra eso lucha un archivo. No solo contra el olvido o la desmemoria, sino contra la desaparición material de los restos más frágiles. Y me pregunté cuál era mi lugar ahí, no como académica ni como investigadora, sino como lectora. Una lectora que llega tarde y toca con sus manos algo que quizá nadie volverá a ver igual y que debe decidir cómo escribir sin traicionar esa intimidad. 

Quienes vengan después pedirán las cajas ya identificadas. Habrá un catálogo en la biblioteca para que los investigadores puedan solicitar documentos con nombre y fecha, con la tranquilidad de saber de antemano qué contienen. El archivo no permanecerá intacto, cambiará con cada mano que desplace un papel, con cada lectura que altere el orden; quedarán ahí nuestras huellas. Y a lo mejor eso también sea escribir con otros. Tal vez ese sea el único consuelo si un día ese cabello desaparece por el roce de manos que abren y cierran las cajas: aceptar que el archivo se transforma en el uso, que se desgasta en la lectura y que solo así —en ese roce paciente y compartido— algo de lo que estuvo ahí antes no se pierde del todo. EP

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