No se apagó la luz del bosque siniestro

Boca de lobo es el blog de Aníbal Santiago y forma parte de los Blogs EP.

Texto de 01/12/21

Boca de lobo es el blog de Aníbal Santiago y forma parte de los Blogs EP.

En estas horas en que el nombre de Carmen Aristegui ha vuelto a oírse en las pláticas entre amigos, en redes sociales y en los círculos políticos, pensaba qué lugar ocupará esa periodista cuando haya pasado nuestro tiempo, convulso, sangriento y herido por el abuso del poder, y los historiadores reconstruyan los grandes símbolos durante las presidencias de Fox, Calderón, Peña Nieto y López Obrador. 

Y entonces, quién sabe por qué, más que una abstracción adulta de lo que el personaje de Aristegui ha representado para México, lejos de una interpretación de las connotaciones de su trabajo y su figura durante años terribles, desgarradores y descompuestos, vino a mi mente algo distinto: cómo le contaríamos a los niños del futuro lo que ella fue para su país. No apareció ninguna idea, pero sí una imagen. Una mujer sumida en un bosque pavoroso, oscuro, entre monstruos crueles y variados que se ocultan y cometen en secreto actos perversos, ruines, lucha contra todos ellos desde la desigualdad: con su sagacidad y una farola en mano, nada más, se adentra entre las sombras para alumbrar todo lo que sea posible. 

Poco a poco, con paciencia y valentía pese a los peligros, con la flama que carga va alumbrando el terror que ejecutan los seres que se esconden. Descubre sin pausa, escabulléndose de su ira y persecución. ¿Con qué objetivo? Informar a la gente las trampas y atrocidades que cometen esos seres.

“…Carmen Aristegui ha sido una de las pocas esperanzas de que los mexicanos supiéramos, pese al complejísimo armado del poder que encubre sus infamias, los entretelones de la despreciable y casi (menos mal) insondable vida pública”.

Pero volvamos al mundo adulto. Durante cerca de 20 años (mucho tiempo pese a lo que dice el tango), Carmen Aristegui ha sido una de las pocas esperanzas de que los mexicanos supiéramos, pese al complejísimo armado del poder que encubre sus infamias, los entretelones de la despreciable y casi (menos mal) insondable vida pública. Sabíamos que los gobiernos eran inmorales, pero también sabíamos que sus miserias, a través de las investigaciones que ella dirigía, la población las podría conocer. Por su esfuerzo día a día en miles de días, intuíamos que a la larga su labor serviría para dos cosas: accionar a la justicia y contener al aparato gubernamental, un Godzilla que arrasa con todo lo necesario con tal de satisfacer su voracidad. Por ella y su equipo nos enteramos de que a Peña Nieto y su esposa les construía una mansión uno de los grandes contratistas gubernamentales; por ella y su equipo supimos que en la cúpula del PRI operaba una red de prostitución; y por ella y su equipo descubrimos que el cardenal Norberto Rivera era un engranaje clave de la pederastia comandada por el padre Maciel en la iglesia mexicana. Podríamos seguir y seguir.

Sintonizar a Aristegui en la radio también fue un modo de encarar la vida, de asumir desde el anonimato ciudadano la rebeldía contra el sistema aunque sólo consistiera en oír, saber y luego pensar. Y claro, quienes la oían también sufrían, como ella, estigmas: “¿Oyes a ‘Chairistegui’? Entonces eres de los que se quejan de todo, de los incautos que creen en El Cambio, de los chairos atontados fanáticos del Peje”.

Al mismo tiempo, con una tenacidad que aún asombra lo mismo a quienes lo aman que a los que no, desde la oposición López Obrador defendía en la arena política a la justicia. O eso parecía. A todos los monstruos del bosque que Aristegui alumbraba con su lamparita, AMLO los enfrentaba con todas las llaves en el ring político. Con su discurso y acciones, y también desde una lucha desigual (menos recursos y poder), fue labrando su camino hacia la presidencia. En ese extenso camino Aristegui aparecía como una de las suyas, y públicamente el político le manifestaba admiración y cariño.

“A todos los monstruos del bosque que Aristegui alumbraba con su lamparita, AMLO los enfrentaba con todas las llaves en el ring político. Con su discurso y acciones, y también desde una lucha desigual (menos recursos y poder), fue labrando su camino hacia la presidencia”.

Hace bastante poco, ya él como presidente electo, Aristegui fue contratada por Radio Centro tras años vedada. Una grabación que se hizo viral esta semana nos recordó que Andrés Manuel la llamó al aire y la elogió por ser una “periodista independiente”, le auguró “una nueva época”, le dijo abanderada “del periodismo libre”, lamentó que fuese “víctima de la censura”, festejó su regreso porque “ganamos todos” y “mejora la vida pública del país” pues con ella avanza la “libertad de expresión”. Como Carmen le servía, tuvimos la temeridad de preguntarnos cuál sería el nuevo rol de la periodista bajo un gobierno de izquierda afín a sus principios. ¿Se plegaría incondicional al naciente sistema o bien se mantendría crítica, dispuesta a nadar en las renovadas cloacas de los jerarcas con la misión de denunciar la verdad?

El lunes, cuando supo que —junto a la revista Proceso— Aristegui había investigado y publicado que el hijo del presidente, el empresario Andrés Manuel López Beltrán, hace de la producción de cacao un negocio millonario con daños ecológicos, y para colmo apoyado por el desastroso programa gubernamental Sembrando Vida que impulsa nada menos que su papá, para el presidente de México Aristegui ya no era independiente sino conservadora, poco profesional y calumniadora. Tres años después de aquella llamada telefónica donde la cubrió de flores, Aristegui y la revista Proceso (de paso), juró, “Nunca han hecho un periodismo a favor del pueblo”. Declaración inconcebible, aunque no tanto: Carmen dejó de servirle.

Andrés Manuel ya se volvió uno de los monstruos del bosque siniestro. Aunque estalle de furia hay que seguir alumbrándolo. EP

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