Abrazar la idea de una misma

Seis grados de separación es el blog de Sylvia Aguilar-Zéleny y forma parte de los Blogs EP

Texto de 14/12/20

Seis grados de separación es el blog de Sylvia Aguilar-Zéleny y forma parte de los Blogs EP

When you ask me am I really a woman, a human being,

a coherent identity, I’ll say No, I’m something else

like that though.

Joshua Jennifer Espinoza

En la casa familiar había una foto mía enorme en una pared. Soy una pequeña de tres o cuatro años, el cabello corto, a la oreja; tengo puesto un pantalón y una chamarra de pana, por dentro una camiseta de conejo engrandecido por mi panza. Miro a la cámara con recelo, el ceño fruncido. Alguna vez una amiga de mi hermano la vio y le preguntó acariciando su larga melena: “¿desde chiquito tenías el cabello largo?”. De pronto, las risas de todos cuando le explicaron que la foto no era de él, sino mía. 

De niña yo odiaba esa foto como odiaba que me pusieran pantalones porque estaba segura de que me confundirían con un niño. Me pregunto si odié ese minuto en que me tomaron esa foto y por eso mi gesto. Y es que, para colmo, mi mamá no me daba permiso de tener aretes, no recuerdo cuál era su argumento. Tampoco recuerdo que alguien me haya confundido jamás con un niño. ¿De dónde me venía eso? ¿Qué más daba?

Pienso en esa foto mientras leo las primeras páginas de El viaje inútil de Camila Sosa Villada y en lo que significó para ella aprender a escribir el nombre con el que la bautizaron y que ha dejado atrás:

Un recuerdo muy antiguo. Lo primero que escribo en mi vida es mi nombre de varón. Aprendo una pequeña parte de mí. Estoy sentada en la falda de mi papá, tengo una caja de lápices de colores, un cuaderno Gloria color anaranjado y mi papá toma mi puño y me enseña a usar el lápiz. También lo ha hecho con los cubiertos y con los vasos. Me enseña a agarrar correctamente las cosas. Una vez que aprendo a escribir las vocales y hago los primeros garabatos sobre las hojas, redobla la apuesta y me enseña a escribir mi nombre: mi primer nombre, Cristian Omar Sosa Villada. Y luego todo el abecedario y luego los números, del uno al diez. Esta comunicación nuestra es lo que viene a confirmar, luego de tanta separación y distancia, que algo nos unió en ese momento y nos hizo felices a ambos: enseñarme a escribir.

En este, el primer recuerdo de la escritura, está, también, el recuerdo de una identidad que, eventualmente, dejará atrás. Porque, pareciera decirnos la autora, para ir hacia delante, para acuerpar quien sé es, hay que dejar algo atrás y “Ser algo más”, como dice Joshua Jennifer Espinoza en el poema que cito. 

Le cuento a una amiga de esa foto de mi infancia, justo estamos hablando de parecer niños cuando éramos niñas. Estamos, cada una en su casa, viendo ese episodio de cuando Cristina es aún Joselito en Veneno, esa serie sobre una de las primeras mujeres trans que se convirtió en figura pública de los medios en España. Nos reímos, nos intercambiamos fotos de infancia. Una cosa lleva a otra y me cuenta que ha considerado tomar testosterona. “Me gusta imaginar el cambio de mi cuerpo más lejos de la disforia de género y más cerca de la posibilidad de performar”, me confiesa.

Sí, hay quienes desean abrazar un poco más, y quienes desean abrazar entera su masculinidad o su feminidad. Pero con demasiada frecuencia eso representa dificultades emocionales y sociales que son difíciles de alcanzar a solas. Se requiere una manada de iguales, digo iguales, pero en realidad quiero decir hermanes que acompañen el proceso. De eso precisamente, nos habla Camila Sosa Villada en Las malas. En este libro que se lee como una mágica autoficción, Sosa Villada nos acerca desde su cuerpo sobre lo que significa ser una mujer travesti primero, trans después, en la muy machista Latinoamérica. 

La infancia y la juventud de Sosa Villada, nos relata en los libros que ya he citado, consiste en pasar del cariño, al rechazo, a la introspección, y llegar a la autodefinición. Maquillarse o ponerse los vestidos de mamá a escondidas, vivir en secreto, descubrir lo corrosivo del sexo no consensuado, son solo algunos de los temas que la ficción narrativa y fílmica —no necesariamente realizada por creadorxs trans— nos han mostrado ya; pero la autora nos lleva más lejos y más dentro: a encontrar el sentido de pertenencia y habitarlo sin importar qué:

Al principio me travestía en casa de alguna amiga que, a escondidas de sus padres, me permitía la magia de convertirme en mí misma. Transformar en una flor carnosa a aquel muchachito tímido que se escondía en las maneras de un estudioso. La cosa comenzó a alcanzar proporciones inaceptables en un pueblo y, muy pronto, ninguna amiga estaba dispuesta a correr riesgos por mi capricho. Entonces decidí no depender de nadie. Aprendí a coser. Con cualquier retazo que se me cruzara en el camino: sábanas viejas, cortinas en desuso, ropa descartada por mi mamá, mis tías, las abuelas, todo me servía. La ropa que hacía era rudimentaria y estaba torpemente cosida, pero ya no tenía que pedirle prestada a ninguna su ropa de niña buena. Me vestía como una puta, a los quince años.

“¿Qué piensas sobre lo de la testosterona?”, me pregunta mi amiga. Seguramente le digo que me preocupa porque se trata de invadir su cuerpo y… Yo y mi bocota. ¿Qué sé yo si, en realidad, se trata de lo contrario? Tal vez ella quiere habitarse como se concibe, punto. En una escena de Veneno la protagonista se autoinyecta colágeno en los labios, no sin gritar de dolor. Eso es lo que imaginamos cuando reflexionamos sobre una transición: el dolor. Pero olvidamos que el dolor físico es momentáneo, el dolor de no hacerse visible, el dolor de ser señaladx, ese puede durar y calar mucho más.

La serie se basa en el libro ¡Digo! Ni puta ni santa. Las memorias de La Veneno de la periodista, escritora y documentalista Valeria Vegas, quien ha dedicado buena parte de su trabajo a investigar la condición y la representación de las mujeres trans en los medios y que, además, comparte su proceso de transición en Veneno. La serie, por cierto, es protagonizada por actrices transexuales.

La escritura de la autoficción implica revisitar el pasado y observar quien fuimos desde quien somos, eso lo hace el personaje de Valeria en la serie al escribirse a sí y a Cristina, y lo hace Camila Sosa Villada en Las malas. Sosa Villada en particular revisita, observa y no teme mostrar sus momentos más vulnerables sobre lo que fue, desde lo que es, una mujer trans que escribe, actúa, y (se) visibiliza. Aquí no hay melodrama ni carnavalismo, sino agudeza y concreción:

Una noche sucede. Vivo en aquella pensión de barrio de Córdoba capital. Al salir de la universidad, caminando por una calle desierta, un auto frena a mi lado y el conductor me pregunta qué estoy haciendo. “Vuelvo a la facultad”, le respondo, pero él no me cree, entonces abrevia el trámite y me pregunta cuánto cobro. Arriesgo un número. Él acepta. Fue breve, intrascendente, ni siquiera recuerdo su rostro, ni su cuerpo. No es un asunto que merezca su efeméride. Al irme a dormir después no sentí nada, ni culpa ni placer ni enojo. Nada. 

Quien duerme aquella noche es la mitad de mi misma. La otra mitad comienza a   ser devorada por el destino que le han programado: ser puta.

Sosa Villada nos pone cara a cara con la violencia de una sociedad que no acaba de entender más allá de lo que el patriarcado nos ha enseñado. Como si de veras hubiera una sola una manera de ser mujer y una sola manera de ser hombre y ninguna otra manera de ser familia. Este libro camina entre la rudeza de la heteronormatividad y la calidez de la manada que rodea a la protagonista. Somos testigos del amor, el infinito amor que se tienen unas a otras:

De a poco fui plegándome a aquella manada que se desplazaba furtiva hasta el Parque. Era la más pequeña, la más ingenua. No tenía idea de nada. Pero esas travestis daban su sabiduría como daban todo lo que tenían en la cartera a quien las tratara con respeto. El corazón travesti: una flor de la selva, una flor henchida de ponzoña, roja, los pétalos de carne

“Históricamente, a las mujeres se nos ha negado la posibilidad de acuerpar la masculinidad”, me recuerda mi amiga. Mientras veo en la tele a ese Joselito que se volverá Cristina que se volverá La Veneno volverse loco al ver a unos niños con vestidos que en realidad son ropones de primera comunión, me digo que también a los hombres se les ha negado la posibilidad de acuerpar la sensibilidad. Escucho de pronto al abuelo de mi hijo diciéndole: “Los hombres no lloran”, y a mi hijo de entonces seis años diciéndole que está equivocado porque todos en el mundo podemos llorar. 

Llorar y ser lo que queremos ser, pienso ahora. “Hay un hilo de sufrimiento que nos une a las mujeres trans”, dice Valeria Vegas en una entrevista y nos lo muestra Camila Sosa Villada cuando la protagonista admite que: “Lo que la naturaleza no te da, el infierno te lo presta”. Las malas encuentra a veces su aguja y puntada en un realismo mágico que en ocasiones radicaliza y en otras sublima las experiencias más vitales, hablo de la presencia de hombres sin cabeza y de mujeres que se convierten en pájaros.

“No quiero tener un cuerpo de hombre, no quiero ser un hombre, no es lo que me interesa. Me interesa la posibilidad de abrazar más mi masculinidad femenina”, me dice en un último mensaje de texto mi amiga. Me dan ganas de abrazarla. Me imagino que Camila Sosa Villada, Valeria Vegas y Cristina Ortiz La Veneno y todas las mujeres de sus manadas se dijeron: “No quiero tener un cuerpo de hombre” y, eventualmente, se regalaron a sí mismas ser sí mismas. Odio hablar de lecciones cuando se trata de libros, pero la lección acá para mí fue recordarme que tengo, también, una manada y que en mi manada aunque no enfrentamos una transición física, constantemente nos recordamos ser nosotras mismas, incluso cuando tememos ser nosotras mismas.

Que le hayan dado el Premio Sor Juana 2020 a Camila Sosa Villada con una novela que privilegia y abraza la idea de ser una misma es esperanzador en un año que ha tenido todo, menos eso, esperanzas y abrazos. EP


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