Fuerza natural | El verde urbano: cultivar la espera y la biodiversidad

Para esta entrega, Mariana Mastache-Maldonado conversó con integrantes de algunas colectivas e iniciativas ciudadanas dedicadas a los espacios verdes urbanos. De estos diálogos, recupera algunas reflexiones sobre cómo repensar nuestra relación y experiencia con estos entornos.

Texto de 28/07/25

Para esta entrega, Mariana Mastache-Maldonado conversó con integrantes de algunas colectivas e iniciativas ciudadanas dedicadas a los espacios verdes urbanos. De estos diálogos, recupera algunas reflexiones sobre cómo repensar nuestra relación y experiencia con estos entornos.

No es raro que las redes sociales nos muestren lugares cuya promesa es desconectarnos de la ciudad. Cuanto más lejos estén de nuestras grises urbes, mejor. En la publicidad, vemos espacios verdes y arbolados que nos ofrecen un respiro. Así, hemos aprendido a asociar los beneficios del contacto con la naturaleza —respaldados por evidencia científica— con esforzarnos para pagar caras excursiones o viajar una cantidad insana de horas y así alejarnos por completo del entorno urbano.

Sin embargo, dichos espacios también pueden —y deberían— gestarse dentro de las ciudades. Después de todo, vivimos en socioecosistemas: sistemas complejos donde lo social y lo ecológico están entrelazados; no hay forma de separarlos. Si partimos de esa idea, entonces podemos coincidir en lo fundamental: apostar por reverdecer las ciudades pues también nos beneficiará.

Ahora bien, vale la pena preguntarnos: ¿Qué entendemos por un “espacio verde”? ¿Qué funciones debería cumplir en una ciudad? ¿Debe tener una función específica?

La respuesta puede variar mucho. Podemos ver incluso que, a veces, los gobiernos reportan —a su favor— el aumento de los espacios verdes, pero al acercarnos a ellos descubrimos que no todos son para el disfrute: algunos están cercados o con señalamientos como “prohibido pisar el pasto”, lo que limita la experiencia. Entonces, si queremos hablar en serio de reverdecer las ciudades, también tenemos que hacerlo desde una dimensión social. Los espacios cerrados o restringidos, ¿cumplen a plenitud sus funciones? 

Según el artículo “Defining greenspace: Multiple uses across multiple disciplines”, parte del problema está en que “espacio verde” es un concepto tan amplio como borroso. Cada disciplina y sector lo entiende distinto. En términos generales, se pueden interpretar de dos formas:

  1. Áreas naturales o seminaturales: bosques, selvas, costas, tierras de cultivo, formaciones geológicas, masas de agua. En este enfoque, se trata de una especie de “antónimo” de la urbanización; naturaleza en estado amplio. 
  2. Vegetación urbana: parques, jardines, camellones arbolados, huertos, patios, granjas urbanas. El espacio verde pasa a formar parte de la red citadina, por lo tanto, muchas veces depende de la intervención humana para existir y mantenerse.

El segundo enfoque es el más común cuando hablamos de ciudad. Y ha cambiado su propósito con el tiempo. Antes, los parques se pensaban como lugares para contemplar la belleza de la naturaleza. Hoy se espera que cumplan más funciones: ser puntos de encuentro, fomentar la convivencia, dar sombra, regular la temperatura, mejorar la salud mental y física, entre otras.

Suena ideal, pero no siempre se logra. De hecho, diversos estudios han mostrado que el acceso a estos espacios suele estar mediado por la ubicación y el nivel socioeconómico. En otras palabras: hay quienes tienen más acceso al verde urbano y quienes tienen mucho menos.

Tal desigualdad fue catalizador para que distintas iniciativas ciudadanas buscaran revertir esa lógica. Llevan vegetación a lugares donde normalmente no se considera “prioritario” reverdecer: barrios marginales, zonas industriales, camellones olvidados. Con esto, se busca mejorar el entorno físico y reclamar el derecho a habitar una ciudad.

Intervención de un espacio con plantas nativas | Cortesía: Nativas de las Calles

Que lo nativo nos habite

Es fácil emocionarse con los resultados de proyectos de reverdecimiento urbano y de inmediato querer salir a plantar en el camellón más cercano. Antes de sacar la pala y las semillas, hay que hacer una pausa. ¿Qué plantas son ideales para ese espacio? ¿Hay que elegir solo por estética o conviene fijarse en lo que ya crece naturalmente en los alrededores?

Las iniciativas independientes no se cansan de recalcar lo importante que es privilegiar las plantas nativas: aquellas especies vegetales que han evolucionado en la región, adaptándose al clima, el tipo de suelo y los ritmos de ese ecosistema. 

Nativas de las Calles, por ejemplo, divulga sobre estas plantas a través de la ilustración y mediante la entrega de semillas. Comentan sobre la desconexión que predomina sobre el tema: “Le preguntas a las personas y saben identificar a la Monstera deliciosa (planta del sur de México y Centroamérica), pero les enseñas otra planta que es nativa [de la Zona Metropolitana del Valle de México] y nadie sabe nombrarla”, relata Armando, arquitecto paisajista y cofundador del proyecto. 

Dicho fenómeno se extrapola a esferas que contemplan al gobierno (y por consiguiente a planes de manejo mucho más ambiciosos). Puede sonar obvio y hasta trivial, pero en México el desconocimiento de las plantas nativas sigue siendo una de las omisiones más comunes al intervenir espacios verdes. Si bien hay otros factores que impiden que una restauración tenga éxito —como no darle el mantenimiento adecuado a las especies vegetales, el daño por parte de animales, los incendios y la competencia entre plantas por recursos—, el principal es que no se suelen seleccionar las especies y procedencias adecuadas

Bolsa con semillas de plantas nativas | Cortesía de Nativas de las Calles

Necesitamos ver más allá del ornamento. Las plantas nativas son fundamentales para restaurar el equilibrio ecológico. Requieren menos mantenimiento, resisten mejor las condiciones locales y, sobre todo, son clave para sostener la biodiversidad: alimentan insectos, aves, mamíferos. También controlan la escorrentía pluvial y mejoran la calidad del aire y del suelo. No son decoración: sostienen la vida de ese lugar. 

Jonatan Flores, biólogo y arborista de la Asociación Mexicana de Arboricultura, explica que en algunos casos se pueden usar plantas exóticas —aquellas traídas de otros ecosistemas— como parte de una transición. En este contexto, son especies pioneras y preparan el terreno para que, con el tiempo, las plantas nativas puedan volver a establecerse. A este proceso se le conoce como sucesión ecológica. 

En las ciudades, hablamos de una sucesión secundaria, es decir, en lugares que ya tuvieron vida vegetal pero fueron perturbados —por incendios, construcciones o el crecimiento de la propia ciudad—. En estos escenarios, la naturaleza puede regresar, pero necesita un pequeño empujón.

Por eso, antes de sembrar, debemos conocer bien la zona que queremos intervenir: cómo era antes, qué especies la habitan y qué eventos la transformaron. Muchas veces, quienes mejor conocen estas respuestas son las personas que viven cerca. Ahí radica el componente social. De esta manera podemos tener espacios que no solo luzcan bien, sino que funcionen como parte viva de la ciudad.

“Sin una perspectiva social, el diseño [del espacio] puede volverse hostil y revanchista contra las clases más pobres, ya que ese nuevo lugar puede ‘violentar’ sus sitios de encuentro y cohesión originales”, reflexiona Carlos Valecillo, de Ciudad Bosque, proyecto de reforestación urbana que aborda las desigualdades en el acceso a áreas verdes.

Sobre buscar la inmediatez, el control y la limpieza en lo natural

Mientras dialogaba con las personas que dirigen estas iniciativas independientes, surgieron reflexiones interesantes como que cuando se habla de “naturaleza en la ciudad”, pensamos en bosques y que plantar árboles sea, casi por reflejo, la primera idea que viene a la mente. Sin embargo, ¿y si lo verde no siempre es un bosque? ¿Y si al querer reverdecer un espacio, tenemos una idea reducida de lo que es la naturaleza?

Intervención urbana con ilustraciones de plantas nativas, de la iniciativa Nativas de las Calles | Cortesía: Mariana Mastache-Maldonado

Es claro que existen regiones definidas por condiciones tanto de clima como de geografía. Y —aunque no necesariamente negativo, pero sí limitante— uno de los estandartes de los esfuerzos de restauración son los bosques (muchos de ellos templados y repletos de especies como coníferas, por ejemplo). Así, adoptamos la idea de que restaurar un ecosistema es sinónimo de plantar árboles leñosos. Iniciativas como El desafío de Bonn 1 han convencido a varios países (muchos de ellos en desarrollo) a destinar millones de hectáreas de tierra a la restauración forestal. Y no se toma en cuenta la diversidad ecosistémica con la que cuenta cada sitio.

En la Ciudad de México, tan solo el norte y el sur tienen condiciones ecológicas distintas. Por supuesto, hay más que solo árboles. Los pastizales, humedales y matorrales también son parte del paisaje original. Si siempre usamos la misma receta de plantar árboles de gran porte —muchas veces exóticos o sin relación con el sitio—, lo que hacemos es un copy+paste de soluciones que no responden a la historia del lugar. 

Durante mucho tiempo, nuestra concepción de lo natural ha estado moldeada por una visión occidental que antepone el orden, la simetría y el control. Los jardines y parques a la André Le Nôtre (arquitecto paisajista que diseñó los jardines del Palacio de Versalles), con sus árboles recortados en figuras geométricas, se han convertido en un ideal exportado a muchos rincones del mundo. Eso, en un lugar tan biodiverso como México, es restringir sus posibilidades vegetales a que camellones, parques y banquetas estén cubiertos únicamente por pasto exótico que demanda grandes cantidades de agua, requiere podas constantes y no ofrece refugio a la fauna local; no es un espacio verde. O bien, los pocos espacios verdes que cuentan con plantas nativas se podan constantemente para comulgar con esta noción pulcra y, aparentemente, higiénica.

Jonatan me dijo: “A menudo [los humanos] controlamos a las especies sin intentar entenderlas completamente e ignoramos sus necesidades; las hierbas nativas deben dejarse crecer y hay que respetar su fenología 2 (aunque parezcan secas), ya que gran parte de sus procesos ocurre en el suelo”.

Una aspiración de “naturaleza limpia y ordenada” nos impide ver el valor de aquello que crece por sí solo. Llamamos “maleza” a plantas que, en realidad, son nativas y cumplen funciones ecológicas importantes. Si una hierba crece una y otra vez al borde de una banqueta –no importando cuánto se arranque–, tal vez está tratando de recordarnos que ese también es su hogar.

Es cierto que en una realidad tan convulsa y sacudida por la crisis climática el tiempo apremia. Y existen métodos que aceleran el crecimiento de vegetación, como el método Miyawaki. Sin embargo, estas promisorias estrategias requieren que entendamos el sitio y sus ritmos. No podemos pedirle a la naturaleza que actúe bajo un reloj de fábrica.

Una mariposa del género Phoebis llega a un ejemplar de Retama, un arbusto nativo | Cortesía: Carlos Valecillo (Ciudad Bosque)


Reimaginar lo verde implica soltar el deseo de controlar lo natural: reconocer que los ecosistemas urbanos pueden ser más que árboles alineados y que hay belleza en lo que se despliega sin permiso. Podríamos entonces aprender a convivir con la naturaleza tal como es, en lugar de pedirle que se acomode a ciertas expectativas. Me quedo con una frase que Carlos dijo durante nuestra charla: “Tenemos que aprender a cosechar la espera”. EP

  1. Un objetivo global para restaurar 150 millones de hectáreas de paisajes degradados y deforestados para 2020 y 350 millones de hectáreas para 2030.[]
  2. Estudio de los fenómenos biológicos en relación con el clima, particularmente en los cambios estacionales. (RAE) []

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