La lengua que tenemos en común 

En esta crónica, Valeria Salas Carrillo explora la vertiginosa y fugaz intimidad de un amor de verano en invierno.

Texto de 08/10/25

En esta crónica, Valeria Salas Carrillo explora la vertiginosa y fugaz intimidad de un amor de verano en invierno.

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Me mandó una foto de su torso desnudo con el pretexto de enseñarme su primer tatuaje. La cámara frontal del teléfono conspiró con el espejo para hipnotizarme, multiplicando la imagen al infinito. Embustera, le dije que la foto estaba borrosa y él me mandó otra. Y otra. Mi corazón se alborotó y se lanzó valiente sobre sus infinitos hombros pecosos como si saltara de un avión sobre un cielo nocturno. Él me pidió que le contara sobre mi primer tatuaje. 

Es terrible, le dije; es una estrella amarilla que dibujó un amigo. Y yo me la puse en el pecho, como la Margarita de Rubén Darío, excepto que mi estrella en lugar de versos y perlas tiene una cereza que parece manzana y un par de líneas verdes sin razón de ser. Déjame verlo, me dijo. 

Me sonrojé de pensar en tomarme una foto para él. Encontré una de archivo, menos comprometedora, más o menos decente; lo más decente posible considerando que tengo el tatuaje como un tercer ojo al centro del pecho. Él le puso nueva luz a mi estrella y luego me describió como si no fuera yo misma la de la foto. Me mostró su deseo, me acarició con adjetivos, nos acurrucamos en adverbios. 

Prendimos lamparitas y a media luz compartimos nudes e historias de la infancia. Hablamos del mar y nos adivinamos los lunares. Me lamió las cicatrices con la lengua que tenemos en común: el español itinerante, errante, doliente de Latinoamérica. Me sentí borracha enamorada y le dije lo que sé decir, que es poco; tenemos tan pocas palabras para decir el amor. Le dije me encantas, le dije quiero todo contigo, le dije te quiero. Le dije todo otra vez. Él me dijo quiero dormirme en tu pecho, y le ofrecí mi estrella tatuaje como almohada. 

Le pregunté qué hora era para él; me hablaba desde el futuro. Desde un futuro que jamás sería mi presente, a menos que viajara en el tiempo y pudiera alcanzarlo y morderle los labios y poner mi nariz en la suya. O si él pudiera venir al pasado y esconderse en mí, en una anécdota subversiva que no formaría parte de su biografía oficial. 

Vamos a dormir: me encantas. Vamos: te quiero. Y le di mi estrella tatuaje como almohada. 

Por unos días la vida se me hizo doble. Andaba en los sitios que andaba, y también en los que andaba con él; en él: haciéndole zoom a su espalda pecosa: sumergiéndome en una sola de sus pecas, emergiendo bendecida y con la panza llena de mariposas. Zoom a sus labios y me daba vértigo, la vida me pulsaba caliente en las piernas, el corazón me llenaba de sangre los cachetes, los brazos desembocaban en la gracia de mis manos que tomaban el teléfono para verlo otra vez. Cada noche emojis de besos impresos en luz basura; dopamina malhabida; una nueva aparición pixelada: sus ojos tras los lentes, los huesos de la cadera marcando caminos que mis dedos querían conocer; palabras torcidas por pulgares exhaustos y cerebros atolondrados. 

El último mensaje que recibí decía: estoy en el aeropuerto. Estaba en el aeropuerto no para venir a poner su nariz en mi nariz, sino para regresar a su casa. Fue un amor de verano en invierno. Volver a casa significaba ya no vernos a media luz; ya no intoxicarnos con las palabras de amor que no son tantas. 

Las noches siguientes lo invoqué repitiendo su nombre: 

dejando que sus consonantes me asfixiaran. 

Y él se me apareció sin pantalla. 

Se me subió al cuerpo como se sube el muerto, 

pero vivo. 

Me engulló en una peca-portal y me llevó a caminar a una playa al fin del mundo. Yo le envolví los labios en mi estrella. 

Le leí en voz alta enamorada. 

Enredé mis piernas en sus piernas y le dije que me leyera él: 

que me lamiera las orejas con la lengua que tenemos en común. EP

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