Pájaro inverso

Daniel Melchor escribe sobre la manera en que dos escritoras, Piedad Bonnett y Chantal Maillard, abordan el suicidio en su obra.

Texto de 03/01/23

Daniel Melchor escribe sobre la manera en que dos escritoras, Piedad Bonnett y Chantal Maillard, abordan el suicidio en su obra.

Tiempo de lectura: 11 minutos

En el verano de 2017, la poeta Chantal Maillard recibió en su casa, en Málaga, un libro de poesía de apenas cincuenta y seis páginas. Se trataba del ejemplar que había ganado la edición decimonovena del premio de Poesía Generación del 27. Todos los años recibía el libro galardonado, pero pocas veces se daba el tiempo de leerlos. Esta vez fue diferente, acaso por ser un libro delgado con un título sugerente: Los habitados. La autora era una colombiana que vivía en Bogotá y de la que Chantal nunca había escuchado hablar. Su nombre: Piedad Bonnett, una escritora de la misma generación: 1951. 

El título —Los habitados— alude a quienes se sienten ajenos a sí mismos, a quienes de repente los asalta una presencia extraña que los obliga a ver el mundo de otra manera. La primera parte del libro es un ejercicio de alteridad en la voz de un hombre joven: “Un día descubrí que las mujeres podían amarme/ que les gustaba mi oído silencioso”. Cuando Chantal llegó a la segunda parte del libro, “Noticias de casa”, la estremeció la dedicatoria: Para Daniel. 

A partir de ese momento, los poemas se tornan transparentes, se intuye lo que ha sucedido, la pérdida que dio origen a los versos: “La primavera es la estación que acoge a los suicidas”, o “Dice el psicoanalista que el salto hacia el vacío / es, en forma simbólica / un regresar al vientre de la madre”. Ante el estupor, Chantal, una mujer reservada que solo da entrevistas si está obligada por contrato, consiguió el correo de Piedad y le escribió un domingo de junio: “Mi hijo se llamaba Daniel. Se suicidó tirándose de una altura de 12 pisos. Era primavera: últimos días de abril. Tenía 32 años”. 

—Chantal para mí era una persona de una respetabilidad enorme. Sabía que era reservada porque alguna vez que estuve en Madrid y expresé a alguien que me gustaría conocerla, me dijeron que vivía un poco aislada en Málaga. Yo ya la conocía por sus libros. Para mí era como una vieja conocida desde el punto de vista intelectual— cuenta la escritora colombiana desde su casa en Bogotá. 

Piedad sabía que la poeta que admiraba había perdido un hijo. Desconocía, sin embargo, que se llamaba igual que su hijo menor, que ambos habían estudiado Bellas Artes, y que durante una primavera eligieron la misma forma de renunciar a la vida. 

“Con alrededor de cinco años de diferencia, las dos poetas escribieron versos desde la misma herida. Sin saberlo, confeccionaron metáforas sobre los pájaros, sobre habitar el aire, sobre un rostro que mira hacia el cielo y otro que le muestra la espalda”.

Con alrededor de cinco años de diferencia, las dos poetas escribieron versos desde la misma herida. Sin saberlo, confeccionaron metáforas sobre los pájaros, sobre habitar el aire, sobre un rostro que mira hacia el cielo y otro que le muestra la espalda. En ese primer correo, Chantal le cuenta que en La herida de la lengua ella escribió: “Pájaro de alas rotas / mi hijo”. Mientras que en su poemario Piedad había escrito: “tú como un ave inversa que se entrega / oscura y sin plumaje”. 

Si Maillard y Bonnett hubieran nacido en una misma ciudad habría sido probable que se conocieran. Cuando eran niñas, sus padres decidieron inscribirlas en internados donde padecieron versiones a escala de regímenes autoritarios. Y ahí, en el claustro de la soledad forzada, ambas encontraron refugio en la literatura. Chantal, que apenas regala atisbos de su vida personal, ha contado que su primera novela la escribió en un internado en Bélgica a los doce años.

Piedad también fue seducida por los libros durante su etapa en los internados en los que, según recuerda, las monjas querían suprimir su voluntad. Algo de esta etapa está contada en El prestigio de la belleza, libro que ella cataloga como una autobiografía falsa, publicada en 2010. La novela cuenta la historia de una niña inteligente que se siente fea, a diferencia de su hermana. Su curiosidad intelectual la condena a ser vigilada y a veces castigada por las monjas. 

—En un avión leí un libro de Amelie Nothomb, Biografía del hambre. Ese libro despertó mi memoria, de manera que en las páginas en blanco del libro empecé a apuntar todo lo que recordaba. Recordé que a mi mamá yo no le había parecido bonita, o al menos esa era mi percepción. Recordé cómo había lidiado con la idea de que yo no le parecía bonita mientras que mis hermanos le parecían más bonitos. Nunca me lo dijo, pero yo lo sentía así. 

Piedad dice que no tenía el material suficiente para hacerlo un libro completamente autobiográfico. Si tuviera que atinar una porción de la cantidad de eventos reales dice cincuenta porciento. Retrató algunas de sus vivencias en un internado de monjas capuchinas en la ciudad de Bucaramanga, una instalación rodeada de árboles frondosos. Piedad solía escribir cartas a su madre en las que se quejaba del trato que recibía. Pero las monjas las interceptaban. El contenido las hacía enfurecer, así que rompían la carta frente a ella y la obligaban a escribir otra para afirmar lo contrario. Es tal el resentimiento que cuando quiere buscar un calificativo para las monjas, la escritora colombiana solo encuentra uno: estúpidas, dice.  

La peor experiencia en el colegio de monjas dominicas sucedió a sus nueve años. Ahí las estudiantes solían confesarse con un capellán de unos cincuenta años. Un día, mientras Piedad intentaba hablar, el capellán abrió su blusa y metió sus manos. De su agresor solo recuerda su corpulencia y los ojos azules.

—Cuando traté de decírselo a las monjas ellas me acusaron de que yo estaba loca. A esa edad uno no alcanza a tener certezas de qué sucede. Éramos ignorantes desde el punto de vista sexual. Pero yo era una niña muy viva, y quedé aterrorizada. No le dije ni a mis papás.  

Antes de comenzar a escribir El prestigio de la belleza, Piedad ya estaba interesada en la autoficción. Lo estudió de forma teórica sin sospechar que en 2013 publicaría el libro que jamás hubiera querido escribir. Lo que no tiene nombre se inscribe en lo que se ha denominado literatura del duelo y en el que Piedad narra en primera persona el suicidio de Daniel, su hijo menor. 

Durante la primavera de 2011, Daniel estaba estudiando en la universidad de Columbia en Nueva York. Para sorpresa de su madre y sus hermanas —Camila y Renata— se había inscrito en Administración Artística cuando en realidad su pasión siempre había sido la pintura. Desde los 12 años, incluso antes, había mostrado facultades para el dibujo. Piedad decidió inscribirlo en academias para que forjara su talento. Pero a medida que fue creciendo, la angustia de no poder ganarse la vida con su pasión lo fue cercando. ¿De qué voy a vivir, mamá?, solía preguntarle a Piedad. Aquella primavera, sus hermanas recuerdan haberlo visto abstraído, y su madre, aunque desde Bogotá, sabía que el estrés de la maestría estaba mermando sus nervios. Diez meses después de su llegada a Nueva York, Daniel saltó desde la azotea de su departamento, un edificio de cinco pisos ubicado a cuatro cuadras del Museo Metropolitano de Arte. 

La mayoría de las personas cercanas a Daniel, amigos y familiares, quedaron pasmados con la noticia como si se tratara de un accidente súbito. De él sabían que era reservado, de un talante dispuesto a escuchar en vez de hablar. Lo recuerdan como alguien más bien introvertido que solía hacer pocos, pero puntuales comentarios en clase. Un joven artista que admiraba las pinturas de Egon Schiele, Rembrandt, De Kooning, Goya y Lucian Freud. Jamás se imaginaron que dentro de él emergía otro con el que todos los días combatía, una especie de sombra a la que buscaba ahuyentar. Ellos no sabían que Daniel estaba habitado. Cuando a los veinte años le dieron el diagnóstico de que padecía esquizofrenia pidió a su madre y hermanas que guardaran el secreto. Temía que los demás lo juzgaran con incomprensión, que lo discriminaran en los trabajos o que sus amigos se alejaran de él. Sin embargo, cuando murió, Piedad determinó que para quienes lo querían sería mejor saber la verdad. Sabía que la pregunta del por qué estaría rondando sus cabezas y merecían una explicación. Tampoco, dice Piedad, quisieron esconder que Daniel había determinado suicidarse. Incluso antes de sentarse a escribir Lo que no tiene nombre, la escritora decidió contar a los cercanos sobre la enfermedad que acosaba a su hijo. 

— Cuando Daniel muere y yo siento la necesidad de contar esa historia, me planteé si hacerla ficción y me pareció imposible. Dije: me siento incapaz hacer ficción con esta historia tan mía, tan delicada. Entonces tomé la determinación de hacer un libro de carácter testimonial. Hice un compromiso tácito con la verdad. Todo lo que cuento ahí es como yo creo haberlo vivido porque la verdad es una cosa relativa. No tuve ningún miedo, no tengo miedo a la autobiográfico.   

El escritorio de Piedad se llenó de libros similares, textos de autores que también buscaron retratar el duelo: El olvido que seremos, del colombiano Héctor Abad Faciolince, en el que narra la relación con su padre, asesinado en 1987 en Medellín; El año del pensamiento mágico, en el que Joan Didion cuenta la muerte repentina de su esposo; Say her name, de Francisco Goldman, que escribe sobre la muerte de su pareja, la escritora Aura Estrada, a su vez amiga cercana de Camila, hermana mayor de Daniel. 

Lo que no tiene nombre comienza en el departamento que Daniel rentaba en Nueva York. Piedad llega con dos maletas vacías para recoger las cosas de su hijo. Lo primero que registra es la ventana abierta. Libros, camisas, una chaqueta a cuadros colgada en una silla. En su escritorio permanece su billetera, el teléfono, un reloj y el iPod. Entre las libretas en las que solía tomar apuntes de las clases, Piedad busca sin suerte una nota, una despedida, una explicación. Quiere saber lo que pasó por la mente de su hijo en los últimos veinte minutos. Saber si fue un acto premeditado o uno impulsivo. 

“Un familiar le habla por teléfono y le dice que lamenta lo del accidente. Piedad se molesta y recula: no fue un accidente, no lo atropelló un carro, Daniel se suicidó”.

Por aquellos días el ánimo de Piedad se debatía entre el duelo y la satisfacción de haber ganado el Premio de Poesía Americana. Las felicitaciones por el premio las contesta con la noticia de la muerte de su hijo. Luego viene el ritual de las condolencias. Las enviadas por e-mail la reconfortan, la hacen sentir abrazada a la distancia. En cambio, cuando deciden avisar lo sucedido por medio del Facebook de Daniel, las condolencias escritas en los comentarios le parecen impúdicas. Hay algo en la intimidad que vuelve genuinos los gestos. Un familiar le habla por teléfono y le dice que lamenta lo del accidente. Piedad se molesta y recula: no fue un accidente, no lo atropelló un carro, Daniel se suicidó. 

Como lo hace Didion en El año del pensamiento mágico, en el que busca respuestas desde la ciencia, Piedad cita extractos de especialistas que estudian la esquizofrenia. Según datos de la Organización Mundial de la Salud, esa condición afecta aproximadamente a uno por ciento de la población mundial. Una lotería, escribe Bonnett. Mutaciones ligeras en el código genético que, sumadas a ciertas combinaciones, puede desarrollarse la enfermedad.

La escritora también padece las consultas con psiquiatras negligentes, otro de los temas pilares del libro. La enfermedad mental tratada con displicencia por quienes se supone son los expertos. Está el caso de la doctora que afirmaba que su hijo solo la estaba manipulando, que Daniel era un niño mimado. O el psiquiatra que tenía que firmar un documento urgente, pero apareció con un día y medio de retraso. O bien, el doctor que al saber la historia de Daniel solamente atinó a preguntar: ¿qué quiere que le diga? 

La apreciación de Piedad sobre la muerte desconfía de toda metafísica. Elije un verso de Blanca Varela para explicarse: “la gana del alma / que es el cuerpo”. Piedad escribe que a las pocas horas del suicidio de Daniel lo que abruma es la certeza de jamás volverlo a sentir. Ya no estarán sus manos, su sonrisa, tampoco su olor. La corporalidad es, para Piedad, el único testimonio capaz de verificar la vida. De nada sirven los recuerdos, sus pinturas al óleo de un perro con bozal, los autorretratos o las notas en sus libretas. Por eso eligió revelar el secreto que Daniel guardaba, porque pensaba que es imposible traicionar a quien ya no está entre nosotros: “la verdadera vida es física, y lo que la muerte se lleva es un cuerpo y un rostro irrepetibles: el alma que es el cuerpo”. 

—Tenía miedo de ser sentimental, de hacer una idealización inconveniente. Tuve miedo de decir la palabra esquizofrenia porque la gente no conoce la enfermedad mental cuando uno lo dice se imaginan a alguien delirando por las calles y esa no es la imagen que yo tenía de Daniel. Me dio miedo la incomprensión de algunos lectores porque yo estaba escribiendo la enfermedad de un hijo e iba a publicar sobre eso. La gente cree que uno escribe para ser famoso, para enriquecerse. Algunos pocos me tildaron así, como una persona que está explotando la historia personal. Tenía miedo que me hiriera. Pero un escritor es alguien que corre riesgos. La escritura también es para incomodar— cuenta vía telefónica Bonnett.

Durante el intercambio de correos entre Chantal y Piedad en el verano de 2017, Chantal reconoció que ni siquiera era capaz de pronunciar el nombre de su hijo. Las dos sílabas la estremecían. Peor con las fotografías: “Te confieso que me llevo bastante mal con las fotos. De hecho, no puedo mirar las suyas. Las tengo encerradas en un armario, escondidas incluso. Demasiado intensa la oleada cuando alguna me cae en las manos. Imposible. Así que perdona si no te envío foto. Por ahora al menos. Si alguna vez tengo el valor de sacarlas, te las enviaré”, escribió Chantal. 

A pesar de que su obra está íntimamente influenciada por lo biográfico, Chantal suele evitar el tema en entrevistas. Sus libros de poesía, Hilos y Husos, están marcados por el suicidio de su hijo Daniel, así como La mujer de pie es un libro que observa su propio dolor durante la época en que padeció cáncer y en el que tuvo que tomar medicamentos como morfina que la desestabilizaron. Sin embargo, si un periodista le pregunta sobre la muerte de su hijo es probable que sea lacónica en la respuesta. 

En una entrevista en El País de 2007 comentó de forma tangencial que Husos era un libro escrito a raíz del suicidio de Daniel: “Me cuesta hablar de ello en el lenguaje ordinario. Mi manera de contarlo es en la escritura (…) Lo que he escrito después pertenece a una pérdida incluso más consustancial que la pérdida física, que es la pérdida de un hijo. Esa estrategia de la geografía mental me permitió distanciarme de mí misma. Observarme en la pena, en el dolor, y construir, o simplemente sobrevivir. Sin esa escritura, sin ese decirme desde la distancia que la escritura procura, no habría sobrevivido a esa pérdida”.  

Chantal, la poeta que no puede ver las fotografías de su hijo, es también la escritora que en octubre de 2021 aceptó hablar sobre el dolor en un congreso de medicina. Ahí propuso, como paliativo contra el dolor que las personas observen lo que ocurre, alejados de nosotros mismos en la medida de lo posible, tal como ella lo ha hecho en su obra. En Hilos, por ejemplo, nunca aparece el nombre de su hijo, en cambio, escribe: Cual junto a indignado. De existir. / Tal vez considerar / la retirada. Dignamente. / Aprender a cerrar. Con dignidad. (…) Cual en ropa interior. / Por el aire. Espeso. / Canicular. / Impropio. —¿Impropio?—.

Si alguien sin conocerla hubiera escuchado a Maillard en aquella conferencia sobre el dolor, jamás hubiera sabido que superó un cáncer y perdió a un hijo. Escucharla durante una lectura es también presenciar un performance. El tono de su voz de cadencia dulce, envuelve su discurso en un ejercicio místico. Las manos comienzan a señalar el horizonte; la mirada, en ocasiones, la dirige hacia la nada. No es una lectura cualquiera, Chantal enseña a cómo leer sus textos que están escritos desde esa misma respiración: lenta, sosegada, profunda.

“En octubre de 2018, ambas subieron al escenario, la colombiana vestida de blanco, la española de negro. Maillard quería hacer énfasis en la diferencia fundamental con la que ambas habían enfrentado la misma tragedia: una desde la luz, otra desde la sombra”. 

Después de algún tiempo, Maillard se animó a enviarle una fotografía de su hijo a Bonnett. No solo eso, sino que le sugirió hacer un performance en el Festival de Poesía Irreconciliables que se celebra en Málaga. En octubre de 2018, ambas subieron al escenario, la colombiana vestida de blanco, la española de negro. Maillard quería hacer énfasis en la diferencia fundamental con la que ambas habían enfrentado la misma tragedia: una desde la luz, otra desde la sombra. Aquella tarde, clausuraron el festival leyendo los poemas que escribieron durante el duelo. La presentación llevó por título: Daniel, voces en duelo. 

Meses después, la editorial barcelonesa Vaso Roto les propuso publicar en un mismo libro los poemas que ambas habían leído ese día. Con el mismo título que el performance, el poemario se publicó en noviembre de 2020. Desde entonces Bonnett ha dado varias entrevistas al respecto, en las que ha recordado el proceso de haber escrito Lo que no tiene nombre. En cambio, Maillard solamente dio una entrevista al medio español RTVE en marzo de 2021. En ésta aclaró que sería la única y última vez que hablaba al respecto. En vez de referir la anécdota, Chantal habló del tabú alrededor del suicidio que a veces es también un acto de renuncia meditado y, por eso, imposible de evitar. “La vida no necesariamente es un bien”, dijo. 

Pero justo al final de la entrevista, Chantal detiene la despedida para decir lo improbable y contar una anécdota personal: “Dos años antes de ocurrir la tragedia mi hijo me preguntó acerca del suicidio, me preguntó lo que pensaba desde el punto de vista ético. Yo sabía que ya estaba pensando en ello y yo le dije: éticamente es tu libertad”. En la transmisión se escucha un momento de silencio. Chantal vuelve a intervenir: “Pero desde mis principios, no me arrepiento”. EP

DOPSA, S.A. DE C.V