Ni con Estados Unidos ni con el régimen: revoluciones estancadas y una sociedad que exige una vida mejor en Cuba

En este texto, Heriberto Paredes reflexiona sobre Cuba y sus promesas revolucionarias a partir de diversos testimonios de cubanos y cubanas en busca de mejores condiciones de vida ante la inestable y opresiva situación de los últimos años.

Texto de 15/04/26

Cuba

En este texto, Heriberto Paredes reflexiona sobre Cuba y sus promesas revolucionarias a partir de diversos testimonios de cubanos y cubanas en busca de mejores condiciones de vida ante la inestable y opresiva situación de los últimos años.

AutorHeriberto Paredes
EdiciónEdición 419
Mes y añoabril 2026
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“La cocina me enseñó a buscar alternativas. Con una ración de un pollo que tienes puedes hacer 90 cosas, 100 cosas, 300 cosas, pero si no sabes de cocina, solamente haces una o dos; entonces, eso me amplía el horizonte, no me limita a la situación económica, sino que me da una oportunidad de madurar y de sobreponerme. Cuando no tengo algo, busco una alternativa para superar esa carencia. Es humano, no es de cocineros”.

Reinier está cerca de los 40 años y ha pasado la mayor parte de su vida sumido en esta ecuación que pretende buscar alternativas constantemente. No es una condición tan diferente a lo que se vive en América Latina, sólo que, dentro de Cuba, la búsqueda se prolonga y suele generar desesperación. Aunque también con ingenio y creatividad para sortear las dificultades. Él, como millones de habitantes de esta isla, se marchó para continuar su camino en otro lugar. Originario del oriente cubano, primero migró a La Habana, aprendió el oficio de cocinero y de ahí buscó la forma de salir de la terrible circunstancia del agua por todas partes. Aunque es casi evidente, no fue el agua la razón de la asfixia.

Lo que voy a relatar en las siguientes páginas no es fruto de la especulación. Tampoco es el cúmulo de prejuicios o de acusaciones sin argumento que han caído como fuego enemigo sobre el proceso revolucionario que comenzó el 1 de enero de 1959 en la mayor de las Antillas. Doy fe de cada una de las personas mencionadas, es decir, de su existencia, de su testimonio y de lo que a partir de ello reflexioné. En algunos casos cambio el nombre para mantener resguardada su identidad, pero las palabras y relatos son parte de la vida real de estas personas. No son teoría, sino praxis.

El cocinero de la Habana, mi amigo, está ahora fuera de la isla y continúa su búsqueda, sólo que ahora no es la desesperación, sino la curiosidad la que se ha vuelto el motor de sus pasos. No es la asfixia, sino la amistad, el rostro de la vida que lleva ahora. Primero maestro de nivel básico, después poeta y ahora cocinero, Reinier se ha vuelto una voz de mucha confianza y a la cual me acerco con bastante frecuencia para platicar de los temas “peliagudos”, aquellos que no se tocan fácilmente. Aquellas conversaciones que se tienen acompañadas de un ron y a veces de lágrimas.

Fotografía de Heriberto Paredes

“¿Hay alguien en Cuba que todavía defiende la revolución?”. Esta es la pregunta que alguna vez, muchos años atrás, le planteé y que repetidamente hemos tratado de responder. Su voz no ha sido la única, sino que también me he acercado a otras personas, de diferentes generaciones y con distintas experiencias de vida para aclarar esta interrogante. Traté de condensar muchas de las reflexiones en un corto documental que, de la mano de la documentalista canaria Sonia Håkansson, realizamos entre 2017 y 2018, y que llevamos —sin permisos del Partido Comunista de Cuba— a algunas salas de cine para abrir el debate y nutrir la discusión. El nombre que le pusimos habla de lo que, más allá de las disputas políticas o las controversias, queda en los corazones de quienes viven dentro y fuera de la isla: Nos queda Cuba.

Ana, el cuchillo más afilado de la Habana, sería como una suerte de contraparte en estas charlas abiertas, en esta conversación interminable. Ella, con algunos años más de vida y con experiencias de maternidad en el apogeo del llamado «Periodo Especial», frente a la cámara relata cómo iba todos los días a trabajar montada en una bicicleta y cómo de la comida que tenía sacaba más porciones —por esqueléticas que fueran— para poder alimentar a su primera hija. Así como para Reinier la comida es una piedra de toque que detona recuerdos y reflexiones, para Ana la comida ha resultado el trauma y la cura de un momento sumamente difícil del que no tenemos mucha idea quienes no lo padecimos. “Yo siempre tengo el refri lleno. No lo puedo ver vacío porque me acuerdo de aquel momento, no puedo ver que la gente no coma; nosotras pasamos hambre y salimos adelante”.

Desde una perspectiva mucho más esperanzadora, Ana mantiene el barco a flote: “¿Cuba va a cambiar? Sí, Cuba va a cambiar, claro que va a cambiar y habrá desigualdad porque la desigualdad tiene que haberla, porque habrá quien mejorará mucho y habrá quien mejorará poco y habrá quien, quizás, no mejorará nada. Eso es aquí y en cualquier parte del mundo, en cualquier sistema y tengo la esperanza de que será un sistema mejorado”.

Hasta aquí las cosas estaban avanzando dentro de lo previsible, dentro de la costumbre, tal vez, visto desde fuera, siguiendo un libreto más o menos predecible y alimentado por diversas fuentes y por muchos estereotipos: que si Cuba garantiza la alimentación para todo mundo a través de la libreta de repartimiento; que si los médicos cubanos son los mejores del continente; que no hay pobreza en la isla; que la educación es la mejor y todomundo tiene derecho a ella; que si el bloqueo es la razón de tantos padecimientos. Y todo es cierto y no: los claroscuros y los grises también se presentan y se han levantado voces para romper falsas expectativas.

Llegó marzo de 2020 y la crisis se agudizó en formas no calculadas. Tras la inesperada tormenta de la pandemia, el día siguiente en la isla se siente muy duro, se siente la devastación y la falta de creatividad más allá de lo inmediato, como si el Estado sólo estuviera preocupado por resolver. La reciente crisis de desabasto de combustible, el gobierno de Donald Trump acechando y la malísima situación entre la gente hacen de la vida un infierno.

Lo que haré a partir de aquí es plantear más preguntas que certezas. Quiero saber más a través de las dudas, de la falta de cosas inamovibles. No es un ataque gusano ni una rendición; es un intento por comprender las voces que he escuchado con atención y es también una suerte de corte de caja de 25 años de relación con la isla infinita. Es también una declaración para indicar que seguiré al lado de la gente tan maravillosa que me ha acogido ahí. Es la manera de decir que sigo en la fila de Coppelia y de la guagua.

Ametralladora

¿Es posible seguir caminando tranquilamente luego de ver cómo se le impide la entrada a un hotel a una persona cubana? ¿Es justo que los turistas puedan comer mejores cosas, con mayor surtido y a cualquier hora, mientras que en la mayoría de las casas cubanas la comida es el tema tabú: a veces porque no hay una cosa y en otras porque no hay otra? ¿Es necesario generar una diferencia social extrema entre turistas y ciudadanos? ¿Son los turistas personas que merecen mejor trato, deben tener más derechos y acceso a servicios que otras personas, cubanas? ¿Es posible seguir de largo y fingir que es normal el turismo sexual, el jineteo, sin al menos condiciones laborales justas? ¿Podremos seguir viajando a Cuba con maletas llenas de jabones, desodorantes, baratijas y cualquier cosa que podamos intercambiar por ciertos beneficios, mientras seguimos justificando al régimen gobernante diciendo que se trata del bloqueo? ¿Toda la responsabilidad la tiene el bloqueo de Estados Unidos? ¿Es esto lástima o solidaridad internacionalista? ¿Todos los planes de la economía y la política cubanas serían exitosos sin el bloqueo y sin los ataques de las personas contrarrevolucionarias? ¿Es posible el socialismo en un mundo capitalista? ¿Es necesario el control total del partido sobre la vida pública, laboral, cultural y a veces económica de la isla? ¿La gente seguirá en la lucha y viviendo por la izquierda para sobrevivir?1 ¿Seguiremos alimentando los estereotipos del ron, tabaco y mujeres, la eterna fiesta, sin cuestionar que uno de los países con mayor desigualdad en la región, a comienzos del 2026, es precisamente Cuba? ¿Continuará el éxodo de personas cubanas que dejan todo, venden lo que pueden y deciden aventurarse por Centroamérica, cruzar el infierno mexicano, para intentar entrar a Estados Unidos y tener una vida mejor? ¿Puede no tomarse en cuenta a tanta gente que se quiere ir cuando se hace un balance de lo que ocurre en la isla? ¿Todas las críticas a lo que todavía se llama “Revolución Cubana” vienen de la derecha financiada por los grupos de Miami? ¿Ya es posible aceptar que también hay una crítica que viene desde la izquierda y desde posiciones políticas incluso libertarias? ¿Seguiremos gritando “Cuba sí, yankees no”, mientras los dólares son la moneda que realmente todomundo busca en la isla? ¿En algún momento habrá una autocrítica a más de 60 años de régimen revolucionario y sus resultados reales? ¿Es la represión a la diversidad de preferencias sexuales, de identidades, de opinión y de posición política la forma más democrática y libre para hacerles frente? ¿Es el derecho al disenso un sueño inalcanzable en la Cuba de hoy?

Fotografía de Heriberto Paredes
Primero comer y después la moral

Corría el año 2017 y la frontera entre México y Estados Unidos comenzaba a hervir en sus comisuras. Miles de personas provenientes de Honduras, El Salvador, Nicaragua abarrotaron casi todas las rutas que llevaban a esta frontera: 3,185 kilómetros son también una puerta por la que todomundo quiere pasar. Entre la marabunta también caminaban miles de personas cubanas. Como cuando un pequeño hilo de agua comienza a reclamar su espacio y su lugar en el ancho río, así buscaban un hueco en la puerta para poder cruzar y empezaban a aparecer en las calles de ciudades como Ciudad Juárez, Nuevo Laredo, Reynosa y Matamoros. No sabían que estaban en un territorio violento pa’carajo; lo que sabían era que querían ser escuchades y que habían decidido sumarse al río de la migración en búsqueda de una vida mejor.

Entrevisto a una decena de estas personas y el común denominador es la búsqueda de opciones para decidir. No buscan sino tener posibles caminos que los lleven a distintas vidas. Ya no están dispuestas a conformarse sólo con un destino, aquel del progreso que prometía la zafra de los 10 millones o los planes quinquenales. No quieren más libreta ni tener tres monedas circulando: la convertible, la nacional y la que rige el mercado negro, el dólar. No quieren sentirse desconectadas del resto del mundo, como si se tratara de una isla dentro de otra isla.

Al recopilar sus historias para un reportaje que se publicaría en México, note que de quien hay que cuidarse no es de estas personas, sino de aquellas que deciden privilegiar la construcción de hoteles lujosos en los principales lugares turísticos de Cuba en lugar de garantizar la vivienda digna para todos los pobladores. Algo no muy distinto ocurre en el resto del mundo como parte del proceso de gentrificación. Hay que cuidarse de quien promociona a su país como un paraíso en donde las mejores playas y los mejores restaurantes son inalcanzables para la mayoría de la gente debido a sus costos. Hay que cuidarse de quienes usan el discurso del socialismo para ocultar el fortalecimiento del capitalismo en la isla. No hagas cosas malas que parezcan buenas.

A finales de 2022 intercambié unos mensajes con una muy querida amiga de toda la vida, una cómplice de aventuras y aprendizajes. Rosa estaba muy desesperada:

—Dudé mucho en contártelo, pero es ya imposible seguir aguantando esta situación: estoy haciendo todo lo que puedo para irme. Lo siento mucho, me apena esta situación porque durante muchos años hablamos tanto de los ideales de libertad y justicia social en Cuba. Pero esto es ya imposible de soportar, chico, voy a vender todo lo que tengo y me voy. Ya no aguanto más y no quiero desperdiciar esta etapa de mi vida pasando hambre y sin opciones.
—No tengo nada que decirte, sino que estoy dispuesto a ayudarte en lo que sea necesario para que vengas hasta acá y empieces una vida distinta, para que ayudes a tu familia. Son momentos muy duros; sabes que acabo de ir a la isla y lo que me encontré es devastador. “Primero comer y después la moral”, decía nuestro querido Brecht, Bertoldo el rebelde, ¿te acuerdas?
— [llanto] Con la pandemia todo se puso mal. Antes de eso creí que saldríamos adelante, tú lo viste, pero ya no hay discurso que explique el desabasto, la cerrazón de esta gente, la represión; es que nos tienen con la soga en el cuello, y ya no. Estoy dispuesta a cruzar a pie, o en lo que sea, todos los países que sean necesarios hasta llegar contigo y hasta la frontera, pero ya, se me acaba el aire, cariño. Ya no hay nada qué defender, tírame un cabo.

Y en respuesta a la pregunta central de este texto, otro amigo cubano me contestó una mañana mientras desayunábamos: “Yo creo que ya no queda nadie que defiende la revolución, a menos que aparentarlo le traiga algún beneficio o le convenga, por ser funcionario o por estar en alguna posición pública. A nadie le viene bien estar enemistado con el gobierno, pero no conozco a nadie que se crea esta historia de la revolución y no vea que hace mucho que lo bueno que pudo construirse ya se acabó”.

Algunos dirán que se trata de una situación de crisis financiera, de inflación, de cuestiones ligadas al bloqueo y a la política exterior que tiene Estados Unidos respecto a Cuba. Sin embargo, lo que se ve no se juzga, lo que ocurre en las calles y las casas es falta de comida, de abastecimiento de los productos básicos de higiene. Se vive un ambiente de desilusión en el que se afirma que “éste es el mayor éxodo que ha vivido la isla, incluso peor que el Periodo Especial”.

Fotografía de Heriberto Paredes

Seguramente las personas especialistas en economía y los analistas políticos podrán dar explicaciones, aunque esto no sirve de nada al tratar de explicar algunas situaciones: por ejemplo, cuando se habilitan algunas páginas de internet donde se pueden comprar algunos productos básicos en las Tiendas Panamericanas —a precios muy elevados respecto al salario promedio cubano—, pero no se pueden comprar las mismas cosas en persona; bajo la justificante de desabasto o de limitantes en el número de productos que se pueden vender, a veces, simplemente, es imposible comprar las cosas. Se ve mucha gente haciendo filas interminables que no terminan en nada bueno, porque “ya no hay más nada”, o porque “hasta mañana, hoy ya se vendió todo lo que se podía vender”. ¿Existirá, en algún momento, un equilibrio entre lo urgente y lo importante?

“Los años de abundancia, la saciedad, la hartura / eran sólo de aquellos que se llamaban amos. / Para que venga el pan justo a la dentadura / del hambre de los pobres aquí estoy, aquí estamos”, escribió en Tened presente el hambre: recordad su pasado… Miguel Hernández, aquel poeta español que murió en prisión a causa de sus ideas. Si este principio se hubiese defendido a capa y espada en el proceso revolucionario cubano, tal vez sería otro el cantar. Y no porque haya niñes viviendo debajo de puentes —como ocurre en el resto del continente—, sino porque cualquier persona que viaje a Cuba en estos días se dará cuenta de los malabares que cualquier familia tiene que hacer para salir día a día. Es una isla que tiene el campo parado, que no promueve mucho la autonomía de cultivos, pero sí la industria del turismo. Es una isla que tiene opciones, pero que necesita desaprender y desapegarse de lo monolítico de su gobierno para despertar y aprender nuevas formas de salir adelante.

Progreso

¿Cómo saldrá Cuba de esta encrucijada que no acaba? Por supuesto, no existe una respuesta definitiva. ¿Alguien defiende aún la revolución? ¿De qué revolución hablamos? Diré algo que será polémico y seguramente rechazado: con profunda rabia tengo que admitir que la Cuba que he conocido en los últimos 25 años no es tan distinta de aquella que se consideraba el casino de los Estados Unidos. No es que no haya pasado nada entre 1959 y este 2026; lo que quizá me hace pensar en esta idea devastadora es que la desigualdad no ha sido eliminada. Se ha profundizado en una época en que la lucha revolucionaria debió de garantizar que al menos todo mundo tuviera comida suficiente, una vivienda digna y la tranquilidad de un día a día que le hiciera sonreír.

Me remito de nuevo al cine: pienso en Suite Habana, del director cubano Fernando Pérez, quien con una mirada muy certera hace un multi-retrato de algunas personas en La Habana de comienzos del siglo XXI. ¿El común denominador? La falta de sonrisas, a excepción de algunas historias en donde el baile —último resquicio de la libertad— logra todavía aligerar el rostro y provocarlas. No se puede pensar con hambre, no se puede defender una revolución con hambre; es casi imposible pensar en lograr los más altos y delicados objetivos del “Hombre Nuevo” con hambre y con personas presas por disentir, con el campo erosionado y con los turistas aprovechándose de todo lo que se les permite.

No hace falta que un Al Capone de la actualidad llegue a dar órdenes a la isla; basta con los autobuses especiales para extranjeros, con las comilonas que se da el turismo sin límites, con el comercio sexual motivado por mexicanos que han hecho de Cuba un burdel a escondidas. ¿No sería deseable que el gobierno revolucionario cubano velara, en primer lugar, por garantizar las condiciones mínimas de vida de su población? ¿Que estableciera un espacio de diálogo interno real o una serie de políticas públicas para analizar la desbandada migratoria en lugar de criminalizarla y de controlar la salida?

Fotografía de Heriberto Paredes

He visto una desigualdad abrumadora disfrazada de verde olivo y afiches del Che, he visto turismo sexual a tal grado que he tenido que aclarar a algunas amistades que mis intensiones son amistosas y no de compra de placeres sexuales, he visto cómo hombres muy adinerados provenientes de Estados Unidos, Canadá, Europa y Latinoamérica son tratados como reyes gracias a su dinero y se les permite cualquier cantidad de vejaciones y malos tratos, he tenido que pasar la humillante situación de querer entrar a una playa o a un hotel acompañado de amistades cubanas y no poder hacerlo porque se les prohibía la entrada —el martes 6 de diciembre de 2022, por ejemplo, un amigo me llevó al aeropuerto en su carro particular y mientras yo estaba haciendo fila para documentar mi equipaje, un policía se me acercó para preguntarme si lo conocía y si había habido un pago ilegal por sus servicios; muy molesto defendí a mi amigo para que no le retiraran su licencia de conducir y no tuviera más problemas, y de paso le dije al policía que se fijara más en otras cosas y no en joder a la gente honesta—. Y he visto cómo se le da un lugar primordial a la idea de progreso, a la falsa idea de que éste es el camino donde está la salida a la pobreza, al bloqueo, y donde se encuentra aquel “ser humano nuevo” que tanto proclamaron los dirigentes revolucionarios.

Sin embargo, la realidad es dolorosa y está llena de terrenos baldíos en franca devastación ecológica por falta de cultivos. No se trata de promover o defender el desarrollo de una industria agrícola en gran envergadura, pero sí de recuperar la vida campesina para abastecer la isla de comida, de los productos que el clima y el tipo de suelo permiten cultivar naturalmente.

Tal vez en lugar de centrar la economía en el turismo y en los endeudamientos internacionales, fortalecer la autonomía campesina y la real posibilidad de generar un mercado interno sea un camino para mejorar las condiciones inmediatas en la alimentación de las familias cubanas. Quitar la bota de la garganta y permitir los disensos y la participación política, eliminar la vigilancia y dejar de alimentar la esquizofrénica idea de enemigos contrarrevolucionarios ayudaría considerablemente.

Salirse de la carrera del progreso a toda costa y a cualquier precio ayudaría mucho a construir una sociedad distinta. Afortunadamente, existe una gran cantidad de aprendizajes en las últimas décadas de cómo, desde una perspectiva antirracista, feminista e interseccional, es posible imaginar y construir procesos sociales que caminen en sentido contrario a los grandes relatos estatales, siempre ubicados bajo el marco patriarcal y los caudillos. Con esto quiero decir que si hay una revolución que puede defenderse es aquella en la que se prioriza la vida digna de las personas y no la desigualdad de una élite que sigue concentrando el poder político y económico.

Un régimen de gobierno que se autodenomina socialista no puede generar más capitalismo, aunque visto desde una óptica regional sea parte del contexto de los supuestos gobiernos de izquierda en América Latina. No hay excusas, y sí hay una situación social emergente que está por reventar. Tal vez lo que se necesita es que vuelva a existir una ola de rebeldía y se vuelva a acabar con una realidad que está más cerca de la Cuba de Batista que de la justicia social plena, defendida irrevocablemente por sus protagonistas.

La revolución cubana despertó conciencias a lo largo y ancho de América Latina, posiblemente del mundo entero. La gente seguía con entusiasmo las valientes declaraciones de Fidel Castro, Camilo Cienfuegos y Ernesto Guevara; confiaba en que esa lucha abría la posibilidad a la existencia de alternativas a un mundo capitalista que se imponía —y que sigue imponiéndose— mediante la violencia y la pobreza. Tal vez, y esto es una posibilidad, un profundo proceso de revisión y autocrítica respecto a los caminos que tomó esta revolución y sus efectos a más de seis décadas podría generar confianza y empatía entre la población cubana, algo así como romper el muro interno y cancelar el abismo que separa a la gente de los dueños de la isla.

Fotografía de Heriberto Paredes

Uno de los principios del concepto de revolución es que siempre tiene que haber movimiento para evitar estancamiento. El agua estancada se pudre, huele mal y trae enfermedades, y del mismo modo las revoluciones anquilosadas en sí mismas huelen mal a kilómetros de distancia. La revolución es algo que no tiene fin y que necesita morderse la propia mano para existir y acabar con lo que alguna vez hubo para dar paso a lo nuevo, porque los seres humanos no somos nunca los mismos. Y ese momento ha llegado a Cuba, muy probablemente. Uno de los hijos del Che, Omar, escribió una canción que también pertenece a la tradición yoruba y que en su estribillo dice así: “Si quieres aprender lo desconocido, tienes que dejar lo que has aprendido”.

Colofón

Me llega un nuevo mensaje de voz a Whatsapp; es un amigo que trabaja en la escuela de cine que fundó Gabriel García Márquez y que ha sido la cuna de miles y miles de proyectos, la cuna de muchas generaciones de cineastas. La voz suena calmada, desanimada: “Te diré que la escuela estuvo una pila de días sin corriente, usando la planta, pensando que era una fase, pero era que se habían robado —esto es increíble— el aceite que llevaban los transformadores de la escuela. Se hizo una investigación muy fuerte y descubrieron lo que estaba pasando. Ahora la escuela contrató dos o tres personas para que cuiden ahí los transformadores porque hasta eso se está robando la gente, para hacer negocio y comer. Estamos cada día peor. Entró un barco petrolero por Matanzas, pero siguen los apagones. ¿Cuándo descansaremos de esto nosotros los cubanos?». EP

  1. Estas expresiones se refieren a las mil y un formas de salir adelante a partir del comercio informal y algunas estratagemas que usa la gente para conseguir algún beneficio en la vida cotidiana, que puede ser, desde un poco de huevo extra, desodorante, papel de baño comprado casi a escondidas o bien, el tener ingresos extras a partir de la renta ilegal de un cuarto de la casa o algún servicio de transporte sin los permisos adecuados. []

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