
A partir de una exposición en la colonia Narvarte, este ensayo explora con fascinación las miniaturas: su relación con el juego, el deseo y la vida cotidiana, así como su persistencia en distintas tradiciones culturales.
A partir de una exposición en la colonia Narvarte, este ensayo explora con fascinación las miniaturas: su relación con el juego, el deseo y la vida cotidiana, así como su persistencia en distintas tradiciones culturales.
Texto de Dante Saucedo 25/03/26

A partir de una exposición en la colonia Narvarte, este ensayo explora con fascinación las miniaturas: su relación con el juego, el deseo y la vida cotidiana, así como su persistencia en distintas tradiciones culturales.
En un tercer piso de la colonia Narvarte hay un espacio de aproximadamente sesenta metros cuadrados que, durante un mes, albergó una casa de tres plantas, un taller de cestería, siete puestos de tianguis —protegidos por seis lonas amarradas a cuatro postes de luz— y una recámara amueblada con un tocador verde, dos sillas, una mesa, ollas, sartenes, botellas de perfume, crucifijos y juguetes sexuales de cristal. Por si eso fuera poco, a unos pasos del largo balcón que mira sobre la avenida Eugenia había un edificio de tres niveles, vagamente brutalista, con un amplio cubo de luz en el centro y una planta de ornato cayendo por su fachada norte.
Un inventario como ese probablemente despertará sospechas incluso en quienes, como yo, tienen pocas aptitudes para la imaginación espacial y el cálculo de proporciones. Si aceptamos, además, que la descripción es verdadera —es decir, que el problema no está en las palabras—, nos queda una sola respuesta, más extraña y atractiva: que algo en la realidad no funciona como de costumbre. Ese diminuto desplazamiento fue el punto de partida de Este mundo nos queda pequeño, una exposición alojada en Eugenia Espacio Creativo, en la que el Sindicato de Miniaturistas convocó a más de diez artistas para explorar las múltiples formas de la pequeñez y revelar con ello las distancias que pueden guardar las cosas respecto de sí mismas.
La exhibición incluyó pintura, dibujo, escultura, fotografía y pequeños mundos inclasificables, como el “Mini ensayo sobre el caos” de Matzuko Nishijima o la réplica en el videojuego Sims que Ellen Freeman hizo de su departamento. Carla Escareño y Daniel Ruiz Llaneza pusieron en abismo el espacio entero y organizaron su propia exposición dentro de un museo-maqueta al que se ingresaba desde la base, introduciendo la cabeza y girándola como un periscopio. Pero la atención del visitante común era atraída sin remedio por los objetos: modelos a escala de las cosas sencillas —cotidianas y misteriosas— con las que malabareamos cada día. Y, aunque por momentos los asistentes parecían estar en una aristocrática colección privada y no en una galería de arte contemporáneo, el interés de las piezas iba mucho más allá de la curiosidad exótica heredada de la época de los gabinetes.



Roberto Barbosa, por ejemplo, multiplicó las tensiones en “Inner Self”: nuestros ojos, acostumbrados a crucifijos pequeños, diseñados para llevar colgando de una cadena, tropezaban de pronto con plugs y dildos del mismo tamaño, como si la dimensión erótica del ritual quisiera romper al fin su cerco. En “Tejer lo mínimo”, la artista textil Daniela Chiñas, singular miniaturista de sí misma, replicó las herramientas y los resultados de su práctica: un telar, un petate y tres canastas de palma. El tianguis de “Economía a escala”, de Jazmín y Carlos de la Rosa, por su parte, rompió con el lugar común que asocia lo diminuto con la alcurnia y la pureza de la porcelana. Y, si en esas piezas las relaciones extrañas eran visibles con un solo golpe de ojo —dentro de la esfera de lo que nuestros antepasados del siglo XX llamaban “sincronía”—, “Pequeña eternidad”, de Bárbara González, obligaba a introducir la dimensión temporal en la mirada. Era casi imposible no imaginar una historia frente a los tres niveles de una casa que parecía ser, a la vez, una mansión embrujada y la escena de un crimen recién cometido.



Como si la muestra de obras y objetos no fuera suficiente, el Sindicato de Miniaturistas —extraña organización gremial cuyo lema es “unión y amistad”— editó también un fanzine hecho a partir de una hoja tamaño carta plegada en dieciseisavos. La publicación de 7 × 5.5 centímetros incluyó bonsáis de seis autores; entre ellos, Xitlalitl Rodríguez Mendoza, Iván Ortega y Atahualpa Espinosa. El 26 de febrero tuvo lugar la presentación de ese chiquito incunable que, gracias a sus cortes y dobleces, en vez de hojearse se despliega como un fuelle. Las restricciones de formato hicieron que el evento fuera un caso más bien extraño dentro del universo de las lecturas en voz alta: los textos eran tan breves que la atención del público no se disolvió jamás en distracciones ni bostezos y, como en una fiesta arcaica, nadie sacó su celular para tomar fotos.
Antes de comenzar la presentación del fanzine, Bárbara González dio la bienvenida a los asistentes, reconociéndolos como parte de una cofradía basada en la fascinación por lo pequeño. “Estoy obsesionada con las dimensiones”, dijo. “Y si ustedes están aquí es porque también sienten cositas frente a las cositas”. Quienes estábamos allí soltamos una risa breve, pero detrás de la perfecta repetición del chiste quedó flotando una ligerísima incertidumbre. ¿Por qué nos llama con esa fuerza la simple reducción del volumen habitual de un objeto? ¿Qué hay en las miniaturas que nos atrae de ese modo?



No sé si estas preguntas nos acechan a todos o si, luego de dejar atrás el mundo del juego, los adultos debemos abandonar también cualquier preocupación por sus formas y tamaños. Es posible, incluso, que el olvido de lo ínfimo sea una señal de madurez y, muy literalmente, de crecimiento. Si esto es cierto, he fallado por completo. Luego de una infancia dedicada a manipular juguetes, piedritas, canicas y basura, comencé a recolectar otro tipo de objetos: libros con teorías de lo pequeño. En una de sus Aguafuertes porteñas, por ejemplo, Roberto Arlt reconoció en los gatos la responsabilidad de destrozar por completo los juguetes olvidados, pero Baudelaire supo, antes que él, que los niños son los primeros en partir en dos sus objetos más queridos. “La mayoría de los niños”, escribió en 1853, “quiere ver, sobre todo, el alma de los juguetes […] les dan vueltas y más vueltas, los arañan, los agitan, los golpean contra las paredes, los tiran al suelo y, por último, los entreabren. Pero, ¿dónde está el alma? Aquí comienzan el estupor y la tristeza”.
Quizá había algo de esa desesperación infantil en mi búsqueda de explicaciones sobre el extraño mundo de las cosas enanas. Sin preocuparme demasiado por ello, continué mi esporádica investigación hasta que, sin esperarlo, encontré mi relato favorito. En Supervivencias de un mundo mágico, la antropóloga francesa Laurette Séjourné narra un viaje al santuario de la virgen de Juquila, en la sierra sur de Oaxaca. Antes de llegar al pueblo donde descansa la imagen, los visitantes que llegan desde la capital se detienen en un paraje que lleva el explícito nombre de El Pedimento. Allí, mujeres, hombres y ancianos modelan, en barro, versiones diminutas de la petición que luego harán: casas, dinero, ganado, cosechas. Aún más, intercambian sus creaciones, negociando con guijarros y otras monedas con denominación imaginaria. “En lugar de encomendarse a una potencia superior”, escribe Séjourné, el peregrino “se encarga él mismo de la realización de sus deseos. […] No ruega, actúa”. Las creaciones de los devotos no eran modelos de lo existente, sino reflejos anticipados de algo por venir.
Años después, gracias a las investigaciones de la arqueóloga Joyce Marcus, supe que la confección de miniaturas era un arte milenario en los Valles Centrales de Oaxaca. Sus excavaciones en el área de Monte Albán descubrieron miles de piezas de barro, con figuras femeninas, fechadas alrededor de 1600 a.C. Aunque eran piezas usadas en prácticas rituales y adivinatorias, todas fueron halladas en espacios habitacionales. Marcus explica que “cuando la vida era mayormente igualitaria”, la religiosidad y la comunicación con los ancestros se ejercían dentro de las casas. Con la estratificación de la sociedad y la consolidación del Estado zapoteco, los ritos fueron arrancados del ámbito doméstico y expropiados por una nueva clase de “oficiantes de tiempo completo”. El abandono de lo pequeño, parecía decir Marcus, no coincide con el fin de la niñez, sino con el inicio de algo más duradero y ominoso que la edad adulta: la convivencia jerarquizada y dominada por un puñado de gobernantes.
Era mediodía cuando bajé las escaleras y dejé atrás el pequeño mundo de la exposición para arrojarme de nuevo a la dimensión monstruosa y cotidiana de la Ciudad de México. Me di cuenta entonces de que quizá no hace falta romper ningún juguete; y que el misterio de las miniaturas no está oculto en ningún lado. Como una naranja partida a la que se da vuelta para mostrar sus gajos, el alma de lo pequeño, su pulpa, está en la superficie. El secreto de su magia es que en su centro no hay otra cosa que el deseo de quien las hace y de quien las mira. Mucho más que una versión reducida de lo real, son la forma concentrada de lo posible. Objetos que no son mercancías, reliquias sin Iglesia, las cositas son testigos de un mundo en el que todo es, de nuevo y al fin, un juego de niños. EP