Las ruinas asumidas

Maximiliano Sauza Durán nos invita a leer los elocuentes versos de Pajaro de Sal, libro del poeta y crítico literario Luis Mendoza Vega.

Texto de 13/03/26

Portada del libro

Maximiliano Sauza Durán nos invita a leer los elocuentes versos de Pajaro de Sal, libro del poeta y crítico literario Luis Mendoza Vega.

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Luis Mendoza Vega, Pájaro de sal, San Luis Potosí: Crisálida Ediciones, 2026.

No estoy muy seguro de dónde lo conozco, pero sé que se ha ganado fama de verdadero poeta en una ciudad donde si alzas una piedra sale un taller de poesía. Él pasa desapercibido: no le interesan los reflectores, a duras penas participa en eventos (a los que asiste, no obstante, con la humildad de quien sabe sobre lo que habla, sin pretender ni ansiar nada); se le ve caminando por las callejuelas de Xalapa, y a veces uno lo encuentra abstraído, leyendo en las arboledas de Los Lagos o bajo el abrigo que amaina el bochorno de los parques. Lo que sí recuerdo es que, hace algunos años, yo trabajaba para una fraudulenta editorial y mi jefe me encomendó buscar a poetas locales para proyectarlos en los Estados Unidos. Barajeé mis opciones primeras y entre ellas recuerdo que ya figuraba la de este joven que debí leer en alguna revista y que me facilitó unos versos que conforman ahora este bello poemario. Su nombre: Luis Mendoza Vega. Su poemario: Pájaro de sal. La editorial también era hasta hoy un enigma para mí: Crisálida Ediciones, de San Luis Potosí.

La plaquette con el número 003 se despliega en mis manos. Luis me la ha regalado y me alegro de que este precioso librito no haya caído en las garras de los gringos. Quién sabe en qué galera, bajo cuántas promesas de libros nunca impresos, la hubieran sepultado.

El poemario inicia con un yo que se parece mucho al autor tal y como me lo imagino: “No me detengo para mirar la calle, / donde los niños con sus pasos dejan / un dulzor suspendido en el ambiente” (p. 4). El personaje que atraviesa esa calle henchida de cotidianidad acude a la casa: “Así sucedo al día, / así vivo sacudiendo la telaraña de las paredes / donde penden diplomas que dan cuenta / de mi entendimiento del mundo: / Un papel de letras doradas con mi nombre” (ibidem).

Ese yo se suspende en tiempo y espacio. El personaje anda en los poemas como un observador que no pareciera protagonizar su vida; los arquetipos míticos cobran significado en una ciudad inhabitable, en un paseo por las honduras de la memoria: “Antes de Sísifo, la piedra era pájaro de sal suspensa en su tálamo nebuloso. […] Para ti, aeronauta –aunque de alas mutiladas– será tu vuelo la amplitud de la tierra” (p. 5). Poemas que son un Ícaro que no termina de alzarse ni de caer.

El mundo poético de Luis Mendoza pareciera una cajita de cartón donde se coleccionan souvenires y recuerdos: “Osamentas de dinosaurios / lamidas por hormigas / es la infancia: / extinciones que pican / en la palma de la mano” (p. 6). Pero también, consciente de la tradición a la que aspira a pertenecer, restituye versos de T. S. Eliot, Carlos Martínez Rivas, Malva Flores, Jorge Cuesta, Luis Cardoza y Aragón, Gloria Gervitz y Octavio Paz. Late en su poesía, no obstante, un eco de los modernistas, del Francisco González León que escribió: “Casas de mi lugar que tienden a desaparecer: / raras casas que aún suelo yo encontrar” («Antiguallas»).

Un ambiente idílico —perdido pero inmanente— sirve de telón de fondo. “Cauces desembocan por mi voz quebrada. / Soy ese afluente donde medran los sátiros” (p. 32).

La pieza que de alguna manera ordena todo el poemario se titula “Muerte por agua” y el epígrafe “Aún sueño con Daniel…” no da la clave de su lectura, pero sí nos condiciona a dejarnos llevar por un sentimiento inasequible e inexpugnable: “Jugamos a matar palomas. Mi primo / con su orqueta de naranjo / trepa al árbol de las horas / bajo el látigo de la canícula […] Así tan pronto han de caer / los titanes, pienso” (p. 30). Los niños se van al río y luego el resplandor maravilloso de una imagen desastrosa: “Terrible Ofelia que enlaza / al cuello del ahogado / su virtud de Arquímedes. / En la Ribera dijeron: / el cuerpo apenas y tenía rostro” (p. 31). La infancia se ha perdido; sólo quedan las ruinas. “Oh, Señor, tú me arrancas / del río que sueña con un ahogado / oloroso a limo” (ibidem).

Imágenes que son un agua calma, un pozo encharcado cuajado de iconografías de la intimidad. Paz tenía razón al decir que la biografía de un poeta son sus poemas. Este poemario (precoz autobiografía, en el mejor sentido) nos deja ver al poeta de frente y de perfil, pero obscurecido por un lenguaje bíblico e incluso eclesiástico, donde comulgan lo sagrado inaccesible y lo profano cotidiano: “y como Cristo a Lázaro, le digo: levántate, / sólo es de hombres morir de tanta luz […] Ven. Afuera está tu carne / nocturna y entumecida” (p. 27). Y, sin embargo, Luis Mendoza se difumina en su propio retrato, es inasible: “no pidas residencia aquí, / no vivo como dios manda” (p. 18).

Un Lázaro que no tiene razón de resucitar, que se enfrenta al designio de la Vida Eterna, un Ícaro que de tan ligero no siente “la mano siniestra del aire” (p. 13) son estos poemas lamidos por la sal de un pájaro que sólido arranca el vuelo y se disuelve sin prisa ni pausa en el viento. EP

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