
En este texto, Leandro Arelllano hace un recorrido por diversas estatuas y esculturas monumentales a lo largo del mundo, y reflexiona sobre su importancia en la configuración cultural e identitaria de los pueblos y naciones.
En este texto, Leandro Arelllano hace un recorrido por diversas estatuas y esculturas monumentales a lo largo del mundo, y reflexiona sobre su importancia en la configuración cultural e identitaria de los pueblos y naciones.
Texto de Leandro Arellano 11/03/26

En este texto, Leandro Arelllano hace un recorrido por diversas estatuas y esculturas monumentales a lo largo del mundo, y reflexiona sobre su importancia en la configuración cultural e identitaria de los pueblos y naciones.
Chesterton apunta que cada pueblo tiene un modo de celebrar mediante la estatuaria. “Ahí tenemos —escribe— el estilo monumental francés, que consiste en erigir estatuas muy pomposas y muy bien hechas. Existe el monumental estilo alemán, que consiste en erigir estatuas muy pomposas y muy mal hechas. Y hay también el monumental método inglés, el gran estilo inglés sobre las estatuas, que consiste en no erigirlas de plano”.
La epopeya se remonta a varios siglos. Luego de aprender de lo hecho por Egipto y Asiria, el escultor griego quería saber cómo iba a representar un cuerpo en particular, señala E. H. Gombrich en su monumental Historia del arte. El arte griego tuvo siempre el sello del intelecto que lo creó, y cuando los artistas cristianos comenzaron a representar a Jesucristo y a los apóstoles, continuaron la tradición de aquél.
Son dos, grosso modo, los géneros en los que realiza su trabajo el escultor moderno: la escultura ornamental y la estatuaria. Esta última se ha tornado patrimonio común dado su carácter cívico o religioso, sobre todo. En el extremo norte de Manhattan, en Nueva York, se yergue magnánima una figura familiar a los ojos de cualquiera, siendo a la vez un símbolo reverente de Estados Unidos: la majestuosa Estatua de la Libertad. Fue un regalo de Francia a aquel país y es, asimismo, una muestra ejemplar de la estatuaria histórica.
Igualmente veneradas y monumentales, aunque menos expuestas que aquélla, al otro lado del globo se encuentran las gigantescas esculturas de Kim Il Sung, el histórico dirigente norcoreano, y la de Mao Tse Tung, el “gran timonel” chino, que le compiten en tamaño y en fervor cívico.
Pero el caudal verdaderamente formidable es el que se ha levantado con motivos religiosos en Birmania, China, Japón y otras naciones del Pacífico asiático: las incontables réplicas del Buda, con expresiones y en posturas distintas, imponentes por sus dimensiones colosales y por su intención: el Buda de pie, sentado o recostado… el Buda forjado en piedra, en bronce, en madera, en otros materiales… el Buda sereno, sonriente, serio, compungido… La más reconocida entre ellas es la de Tian Tian o Buda gigante, ubicada en Hong Kong.
El cristianismo mantiene un registro propio. Frente a una de las bahías más hermosas del planeta —y él mismo uno de los monumentos más conmovedores a la visión humana—, se alza el Cristo del Corcovado, en Río de Janeiro, Brasil. Con una altitud de treinta metros y montado en un pedestal de ocho, la figura del Cristo redentor se eleva majestuoso desde el ángulo por el que se le observe. Con los brazos extendidos parece abrazar a la ciudad, acogiendo amorosamente el perímetro gentil de la bahía. Inaugurada en 1931, representa uno de los grandes atractivos de Brasil y se cuenta entre las siete maravillas del mundo moderno. Su autor fue el francés Paul Landowsky, aunque el rostro es obra del escultor rumano Georghe Leonida.
Hasta la década pasada, correspondía a los polacos el honor de contar con la más alta del mundo. Inmensa y blanca, fue inaugurada en 2010 en la ciudad de Swiebodzin, al noroeste del país. Se le refiere como La estatua de Cristo Rey y cuenta con el fervor de continuos visitantes. Asciende a treinta y seis metros sobre una colina de dieciséis, alcanzando así cincuenta y dos. La altura es el gran atributo que la adorna, pero tengamos presente que no todo lo que se eleva llega al cielo.
Sin embargo, hace un par de años, en la India anunciaron la inauguración de una más elevada que la polaca, de ciento ochenta y dos metros. Se trata de una de carácter histórico: la efigie de Sardar Patel, uno de los padres de la independencia de aquella populosa nación.
Otras levantadas en el continente americano que sobresalen por su elevación y tamaño, y de intención religiosa, son —la lista no es exhaustiva— el Cristo de la Concordia en Cochabamba, Bolivia; el Cristo Rey de Cali, Colombia; y el Cristo de la montaña en el Bajío mexicano.
El Bajío va, recordemos al historiador Antonio Pompa y Pompa, “desde la llamada Puerta de Tierra adentro de San Juan del Río hasta la ciudad de León y luego en intrusión suroeste que sigue hasta Lagos de Moreno…”. Allí, en el centro del territorio abajeño se alza la estatua del Cristo de la montaña.
El Bajío comprende no sólo un territorio en el centro del país, sino también un espacio histórico, económico y cultural que abarca parte de Aguascalientes, Jalisco, Querétaro, San Luis Potosí y Guanajuato.
Sobre su lomo ariscado, sostiene la estatua el Cerro del Cubilete. Pertenece a la jurisdicción del municipio de Silao, a unos veinte kilómetros de la ciudad, en el estado de Guanajuato. La altura del Cerro es de 2,579 metros sobre el nivel del mar, por lo que el Cristo puede apreciarse a gran distancia. La magnificación de la fama del “Cristo rey” en la cultura popular proviene de la propaganda de José Alfredo Jiménez en su canción Camino de Guanajuato.
La estatua mide veinte metros, es de bronce y su creador fue Fidias Elizondo. El escultor regiomontano —tocayo del escultor griego— se formó en La Academia de San Carlos y luego en Francia, donde participó en la defensa de París durante la Primera Guerra Mundial. Fue expuesta en 1944, pero el lugar de su ubicación contaba con antecedentes opacos. Un monumento anterior se había erigido allí en los años veinte, a iniciativa del clero local y con el apoyo de varias fuentes. Se trataba de una imagen del Sagrado Corazón de Jesús, inaugurada el 11 de febrero de 1923.
Las más de las veces resulta necedad detenerse a valorar ciertas bifurcaciones del destino, pero en ocasiones es inevitable. El Bajío es también tierra de cruzados. Cuando el conflicto armado —la Guerra cristera— se hallaba en su apogeo, en enero de 1928, bajo la presidencia de Plutarco Elías Calles, el monumento fue dinamitado.
No hay verdadera y fecunda continuación sin que algo sea renovado. No escasean los visitantes que continúan escalando la cima cada jornada. En silencio, los meses y los días resguardan la eternidad, abrumada por las horas acumuladas. EP