
A partir de La emboscadura, este ensayo revisa la interpretación de Ernst Jünger sobre el nihilismo moderno, el surgimiento de la tiranía y la figura del “emboscado” como resistencia individual.
A partir de La emboscadura, este ensayo revisa la interpretación de Ernst Jünger sobre el nihilismo moderno, el surgimiento de la tiranía y la figura del “emboscado” como resistencia individual.
Texto de Alejandro Aurrecoechea Villela 10/03/26

A partir de La emboscadura, este ensayo revisa la interpretación de Ernst Jünger sobre el nihilismo moderno, el surgimiento de la tiranía y la figura del “emboscado” como resistencia individual.
Cuando se piensa en el escritor alemán Ernst Jünger (1895-1998), lo primero que viene a la mente no es necesariamente su pensamiento teórico-político. Se recuerdan más bien sus diarios y escritos aforísticos, así como sus relatos de ficción —algunos de ellos con claras alegorías políticas—. Ello es comprensible: el propio Jünger afirmó que, aunque el pensamiento y la filosofía siempre le interesaron, su elección vital era la literatura.1
En consonancia con esa postura, evitó comentar sobre temas de coyuntura o sobre personalidades específicas, negándose a descender —según sus propias palabras— “al plano de las polémicas y controversias”. Su enfoque, sostenía, pertenecía al ámbito de la metapolítica. Bajo este concepto, que conlleva el uso de mitos y simbolismos, buscó comprender los movimientos telúricos que subyacen a las corrientes históricas.
Dicho esto, a casi tres décadas de su muerte resulta pertinente recordar las grandes contribuciones de Jünger al pensamiento político. Un ejemplo claro es La emboscadura, publicada hace 75 años, uno de los libros en los que abordó de manera más directa estas cuestiones —junto con El trabajador—. Se trata de un texto que cobra especial relevancia por su carácter premonitorio respecto de nuestra actualidad.
En efecto, Jünger anticipó la decadencia de las élites en un contexto de masificación social, creciente autoritarismo y corrupción de la democracia. Como señala su traductor Andrés Sánchez Pascual: “un signo de la grandeza de La emboscadura es que sus reflexiones se vuelven tanto más actuales cuanto más se alejan de su primera aparición”.2
Esa capacidad visionaria de análisis puede explicarse precisamente por su mirada metapolítica. A su vez, esta perspectiva respondía al conocimiento íntimo que Jünger tenía del fenómeno de la guerra, fruto de su participación directa en las dos conflagraciones mundiales. Su reflexión sobre el conflicto bélico como punto límite de la experiencia humana —plasmada en Tempestades de acero y Radiaciones— fue fundamental para su entendimiento de la política.
No es casualidad que coincidiera con su compatriota Carl von Clausewitz en definir la guerra como “la continuación de la política por otros medios”, ni con su amigo Carl Schmitt, quien sostuvo que “la distinción específicamente política a la que pueden reducirse las acciones y motivos políticos es aquella entre amigo y enemigo”.
Un elemento central de su pensamiento fue la convicción de que la humanidad se encuentra inmersa en una era de nihilismo, entendido como el “destronamiento de los supremos valores”. En esta lectura, Jünger siguió a Nietzsche, Dostoievski y, sobre todo, a su admirado Oswald Spengler, de quien compartía la visión cíclica de la historia.
En su ensayo “Sobre la línea”, dedicado a Martin Heidegger con motivo de su 60 aniversario, Jünger anticipó que el nihilismo habría de tener profundas consecuencias políticas. Uno de sus síntomas sería la “desaparición de la grandeza, la calidad y la substancia” en las élites,3 en el marco de un “tiempo pobre en grandes hombres pero que produce figuras, un tiempo de apóstoles sin misión”.4
Otro síntoma estrechamente relacionado sería la tiranía. Y es que, al contrario de lo que podría suponerse, el nihilismo no conduce forzosamente al caos o a la anarquía. Por el contrario, puede armonizar con partidos de masas y con amplios sistemas de orden dentro del Estado.
Bajo este marco global, Jünger previó un tipo de orden político cuyas características hoy parecen cobrar renovada vigencia ante el avance del populismo en diversos países, incluidos México y Estados Unidos. Al respecto, vale la pena destacar algunas de las características que señala en La emboscadura:
Liderazgos autoritarios. Aparecen caudillos que impulsan “concentraciones de poder inmediatas, vigorosas”. Se trata de “hombres que marcan el paso, semejantes a máquinas de hierro, sin sentimientos”:5 figuras mediocres, pero asociadas a un enorme poder funcional, convertidas en “enérgicos empresarios de demoliciones”. Bajo su conducción emerge un Estado corrupto e ineficiente, en cuyo entorno prosperan rentistas que viven a costa del propio aparato estatal.
Elecciones. Se celebran comicios cuyo resultado es conocido de antemano. Su función principal consiste en realzar y legitimar el poder del dictador, por lo que pueden considerarse como plebiscitos. La dictadura pretende demostrar no sólo que se apoya en la voluntad mayoritaria, sino también que el aplauso que recibe proviene de la libre voluntad de cada individuo. Así, las elecciones se transforman en actos de aclamación.
Para el tirano, sin embargo, es importante que la votación no sea completamente unánime y que exista un pequeño porcentaje de votos en contra. Así, por ejemplo, un dos por ciento opositor “otorga curso legal al restante noventa y ocho por ciento de los votos, pues testifica que cada uno de los que votaron de este último modo podría haber votado en el mismo sentido en que lo hizo aquel dos por ciento”. En efecto, las dictaduras necesitan mostrar que la libertad de decir “no” no ha desaparecido del todo. El papel de ese dos por ciento consiste en hacer a la mayoría visible y aplastante. A su vez, demuestra que los “buenos” constituyen una inmensa mayoría que, sin embargo, no se encuentra libre de peligro: los opositores son saboteadores en potencia ante los que hay que mantenerse en guardia.
Marco legal. En tiempos en los que “resulta difícil distinguir entre la guerra y la paz”, los caudillos manipulan la ley y las instituciones, que terminan por convertirse en “armas de la guerra civil”. En tales dictaduras “la violación de los derechos puede tener una apariencia legal; es lo que ocurre, por ejemplo, cuando el partido dominante alcanza una mayoría tal que le permite modificar la Constitución”. De este modo, la mayoría puede tener el derecho de su lado y, al mismo tiempo, actuar de manera profundamente injusta.
Adicionalmente, quienes detentan el poder se esfuerzan por presentar como criminales a los opositores del régimen. Más aún: dentro de su jerarquía moral sitúan en un escalón más alto al delincuente común que al ciudadano que contradice sus propósitos.
La propaganda. Es “una subespecie de la técnica que viene a reemplazar a la moral”. Su uso es intensivo en favor de la consolidación del poder del caudillo y de su partido.
La policía. Adquiere un peso fundamental, incluso llegando a constituir un verdadero ejército. Ello parecería contraintuitivo tratándose de regímenes con un aparente gran nivel de aceptación popular. Sin embargo, el aumento en el número de policías es signo de que el potencial de la minoría ha aumentado. Y es que “a medida que va creciendo la adhesión de las masas, también va creciendo la desconfianza respecto de ellas”.
Las fuerzas armadas. Se fortalece el carácter instrumental y de orden público del ejército, a la par que aumenta la posibilidad de servirse de él “a su capricho por parte de aquel que tiene en su mano el resorte”. El ejército “es tanto más idóneo para la acción nihilista cuanto más desaparece de él el viejo nomos, entendido como tradición”.
Jünger rechazó el fatalismo de Spengler y sus ciclos históricos cerrados, dando espacio a la posibilidad de revertir la decadencia. Para él, es posible “cruzar la línea del nihilismo” y evitar la muerte de la cultura. Ello se debe principalmente a la aceleración técnica de nuestros tiempos, capaz de romper la regularidad de los ciclos históricos.
A su vez, la responsabilidad de liderar la superación del nihilismo reside en individuos con características y fuerza de voluntad especiales. En efecto, para Jünger la persona singular, a través de su libertad, es la única capaz de “hacer saltar las cadenas de la técnica”. A este tipo de individuo lo denominó “emboscado”, en el sentido de que es capaz de “entrar en el bosque” metafísico, alejado de la propaganda que domina a la mayoría. Se trata de personas que prefieren el peligro a la esclavitud y que están decididas a ofrecer resistencia. Un emboscado es, pues, “quien posee una relación originaria con la libertad”. Es el “hombre de acción libre e independiente que no puede permitirse el indiferentismo”.
Una minoría de emboscados puede tener un poder enorme para derrocar incluso a tiranos poderosos. Ello ocurre porque las dictaduras están expuestas a peligros, dado que su despliegue de fuerza suscita también un amplio repudio. Además, “entre más crece la masificación, mayores son el valor y la fuerza espiritual de los pocos capaces de evitarla”. En esencia, el emboscado es una persona singular por medio de la cual el pueblo puede cobrar consciencia de su fuerza primordial frente al tirano.
La tiranía y la demagogia son recurrentes en la historia. La originalidad del análisis de Jünger consiste en delinear una tendencia sistemática para su aparición, vinculada al desenfrenado desarrollo tecnológico y al surgimiento del nihilismo, entendido como un proceso que se manifiesta como un estilo. En ese contexto, es entendible que el populismo —que podría entenderse más como un estilo político que como una doctrina ideológica consistente— encuentre terreno fértil en nuestra época.
El escritor alemán también marcó su raya ante el determinismo histórico. La clave para superar la tiranía radica en el surgimiento del valor individual, atizado por la necesidad de libertad. El obstáculo es que, como bien señala Jünger, “una gran mayoría no quiere la libertad y aun le tiene miedo”. A fin de cuentas, para encontrar una salida el ser humano debe reflexionar “si estima más ser de un determinado modo o el ser sin más”. EP.