Blog de la casa Traducción Peter Pan. Capítulo III: ¡Partamos, partamos! [primera parte]

Durante varios años, “Poliedro” fue la sección principal de las centrales de la revista Este País. Con el propósito de honrar a esa tradición impresa y renacer como EP en línea, hemos nombrado “Poliedro Digital” al blog semanal de la Redacción que, al tener diversos colaboradores, es como ese cuerpo geométrico de “muchas caras”.

Texto de 21/06/19

Durante varios años, “Poliedro” fue la sección principal de las centrales de la revista Este País. Con el propósito de honrar a esa tradición impresa y renacer como EP en línea, hemos nombrado “Poliedro Digital” al blog semanal de la Redacción que, al tener diversos colaboradores, es como ese cuerpo geométrico de “muchas caras”.

Traducción de Claudia Benítez

Por un momento después de que el señor y la señora Darling salieron de la casa, las lámparas de noche al lado de las camas de los tres niños siguieron encendidas con claridad. Eran unas lindísimas lamparitas de noche y uno no puede evitar desear que hubieran podido quedarse despiertas para ver a Peter, pero la lámpara de Wendy parpadeó y pegó semejante bostezo que las otras dos también bostezaron, y antes de que pudieran cerrar sus bocas, las tres se apagaron.

Había ahora otra luz en la habitación, mil veces más brillante que las lámparas de noche, y en el tiempo que nos ha tomado decir esto, buscó la sombra de Peter en todos los cajones del cuarto, hurgó en el armario y dejó al revés todos los bolsillos. En realidad no se trataba de una luz, sino que la producía al moverse tan rápidamente, pero cuando se detenía a descansar por un segundo podías ver que era un hada, no más grande que tu mano, pero todavía estaba creciendo. Era una chica llamada Tinker Bell, exquisitamente ataviada con la nervadura de una hoja de corte bajo y recto, a través de la cual podía verse muy bien su figura, que era ligeramente rolliza.

Un momento después de la llegada del hada, la ventana se abrió de golpe con un soplido que dieron las estrellas pequeñas, y Peter entró. Había cargado a Tinker Bell parte del camino y su mano todavía estaba cubierta de polvo de hadas.

—Tinker Bell —la llamó en voz baja después de asegurarse de que los niños estaban dormidos—. Tink, ¿dónde estás? —por el momento ella se encontraba en el interior de una jarra, disfrutándolo en extremo; nunca antes había estado en una jarra.

—Oh, por favor sal de esa jarra y dime, ¿sabes dónde pusieron mi sombra?

El más lindo tintineo, como de campanas doradas, le respondió. Es el lenguaje de las hadas. Ustedes, niños comunes, nunca pueden escucharlo, pero si lo hicieran, sabrían que ya lo habían escuchado en una ocasión anterior.

Tink dijo que la sombra estaba en la caja grande. Se refería a la cómoda, y Peter se abalanzó hacia los cajones, esparciendo sus contenidos en el piso con ambas manos, así como los reyes arrojan monedas de medio penique a la muchedumbre. Un momento después ya había recuperado su sombra, y en su alegría olvidó que había dejado encerrada a Tinker Bell en un cajón.

Había pensado —si es que había pensado en algo, aunque creo que nunca pensaba— que él y su sombra, cuando volvieran a estar cerca, se unirían como gotas de agua; y cuando no lo hicieron, se consternó. Intentó pegarla con jabón del baño, pero eso también fracasó. Un escalofrío atravesó a Peter, y se sentó en el piso y lloró.

Sus sollozos despertaron a Wendy, que se incorporó en la cama. No estaba alarmada de ver a un extraño llorando en el piso de la habitación, sólo estaba gratamente interesada.

—Niño —dijo con cortesía—, ¿por qué lloras?

Peter también podía ser extremadamente educado, habiendo aprendido buenos modales en las ceremonias de las hadas, y se puso de pie e hizo una bella reverencia para Wendy. Ella se sintió muy complacida e hizo una bella reverencia para él desde la cama.

—¿Cómo te llamas? —preguntó él.

—Wendy Moira Angela Darling —respondió con cierta satisfacción—. ¿Cómo te llamas tú?

—Peter Pan.

Ella ya estaba segura de que debía tratarse de Peter, pero le pareció un nombre muy corto en comparación con el suyo.

—¿Eso es todo?

—Sí —dijo él con brusquedad. Le pareció por primera vez que era un nombre cortito.

—Lo siento mucho —dijo Wendy Moira Angela.

—No tiene importancia —Peter tragó saliva.

Ella le preguntó dónde vivía.

—Segunda a la derecha —dijo Peter— y luego todo recto hasta el amanecer.

—¡Qué dirección tan más graciosa!

Peter se sintió apesadumbrado, pues por primera vez le pareció que quizá sí era una dirección graciosa.

—No, no lo es —dijo.

—Quiero decir —dijo Wendy amablemente, recordando que ella era la anfitriona—, ¿eso es lo que ponen en las cartas?

Él deseó que ella no hubiera mencionado las cartas. —No recibo cartas —dijo con desdén.

—Pero, ¿tu mamá recibe cartas?

—No tengo una mamá —dijo él.

No sólo no tenía mamá, sino que no tenía el menor deseo de tener una. Las consideraba personas muy sobrevaloradas. Wendy, no obstante, sintió de inmediato que estaba en presencia de una tragedia.

—Oh, Peter, con razón estabas llorando —dijo, y salió de la cama y corrió hacia él.

—No estaba llorando porque no tengo mamá —dijo Peter muy indignado—. Estaba llorando porque no puedo pegar mi sombra a mí. Además, no estaba llorando.

—¿Se ha despegado?

—Sí.

Entonces Wendy vio la sombra en el piso, tan sucia y maltratada que se sintió espantosamente mal por Peter.

—¡Qué terrible! —dijo, pero no pudo evitar sonreír al ver que él había intentado pegarla con jabón. ¡Típico de un niño!

[…]

Continuará…

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