Subir sin escalera: la trampa de la meritocracia en un país desigual

En este ensayo —resultado de la XVI Escuela de Verano sobre Movilidad Social del Centro de Estudios Espinosa Yglesias—, Jessica Karen Romero Rangel analiza cómo la narrativa meritocrática en México oculta las desigualdades estructurales que dificultan la movilidad social.

Texto de 09/10/25

En este ensayo —resultado de la XVI Escuela de Verano sobre Movilidad Social del Centro de Estudios Espinosa Yglesias—, Jessica Karen Romero Rangel analiza cómo la narrativa meritocrática en México oculta las desigualdades estructurales que dificultan la movilidad social.

La desigualdad social puede definirse de distintas maneras, según el enfoque desde el que se analice. Raymundo Campos (2022) señala que existen diversas dimensiones para estudiarla: los niveles de ingreso, la acumulación de la riqueza, el acceso a oportunidades e incluso el trato y las interacciones sociales. Es importante advertir que la desigualdad no es únicamente un fenómeno social: es un proceso histórico profundo, arraigado en el desarrollo de las sociedades a lo largo del tiempo.

Este proceso ha estado ligado a decisiones, intereses y dinámicas impuestas por los grandes actores económicos, sociales y políticos: los agentes que han configurado las estructuras sociales y definido la realidad colectiva. Para ello, se han valido de múltiples recursos simbólicos e institucionales que no sólo han permitido imponer la desigualdad, sino también dotarla de legitimidad. Entre estos recursos destaca, de manera particular, el uso de la narrativa meritocrática como una herramienta eficaz para perpetuar la lógica de la desigualdad social.

A lo largo de la historia, la desigualdad se ha sostenido mediante diversos discursos que han legitimado ideológicamente la estratificación social. En las sociedades teocráticas, se atribuía a los dioses la voluntad de conceder o negar la riqueza; en los regímenes aristocráticos, la pertenencia a una clase social determinaba el destino de los individuos desde su nacimiento. En el siglo XXI, la narrativa dominante es la de la meritocracia, que marca una ruptura discursiva con las anteriores al trasladar la responsabilidad de la movilidad social ascendente al individuo.

Según esta lógica, la riqueza ya no depende del linaje ni de la voluntad divina, sino del esfuerzo personal, bajo el supuesto —falso— de que todas las personas parten del mismo punto y comparten las mismas oportunidades. Esta narrativa oculta el verdadero problema de la desigualdad al desdibujar las diferencias estructurales de capital económico, social, cultural y simbólico que condicionan las trayectorias de vida. En su lugar, impone la idea de que el esfuerzo individual es la única herramienta necesaria para lograr la movilidad ascendente, ignorando las profundas asimetrías que atraviesan a las sociedades contemporáneas.

Giovanni Villavicencio (2021) ofrece un panorama sobre los significados que ha adquirido la meritocracia a lo largo del tiempo en diversos autores. En términos generales, puede entenderse como un sistema social en el que la posición económica y la influencia de una persona estarían determinadas exclusivamente por su talento, esfuerzo e inteligencia. En su formulación contemporánea, esta narrativa sostiene que cualquier individuo, sin importar su origen, puede alcanzar movilidad social ascendente si se lo propone con suficiente determinación.

Sin embargo, este discurso encierra elementos profundamente cuestionables, pues más que describir la realidad, opera como una estrategia ideológica destinada a justificar y perpetuar la desigualdad estructural. En torno a la narrativa meritocrática giran varios argumentos que bien podrían calificarse como mitos: uno plantea que la pobreza y la desigualdad de oportunidades son resultado de una actitud mental o por una falta de esfuerzo individual; otro sostiene que cualquier persona puede escalar hacia los estratos más altos si trabaja lo suficiente, ignorando deliberadamente las barreras estructurales que condicionan las trayectorias desde el origen.

En torno al primer mito, muy ligado a la frase “el pobre es pobre porque quiere”, se articula un conjunto de argumentos que responsabilizan a las personas por su situación de exclusión, apelando a su mentalidad, cultura o supuesta falta de voluntad para trabajar. Esta narrativa afirma que la pobreza no es resultado de condiciones estructurales, sino de actitudes individuales deficientes. Sin embargo, datos de la OIT (CISS, 2024) muestran que México ocupa el puesto 21 a nivel mundial en jornadas laborales más extensas, con un promedio de 45.2 horas semanales. Esto no solo desmiente la idea de que las personas en situación de pobreza no se esfuerzan lo suficiente, sino que obliga a cuestionar las condiciones en las que realizan ese esfuerzo: empleos informales o precarios, salarios bajos, falta de seguridad social y largos trayectos de traslado. Si el problema fuera únicamente de mentalidad, bastaría con pensar en positivo para ascender en la escala social. La realidad es que quienes pertenecen a los estratos más bajos ya madrugan, ya trabajan más horas y, aun así, permanecen atrapados en un sistema que premia el privilegio de origen, no el mérito individual.

El segundo mito de la narrativa meritocrática sostiene que cualquiera puede convertirse en millonario si se esfuerza lo suficiente, ya sea mediante talento, disciplina o inteligencia. Esta idea, ampliamente difundida, encubre una verdad incómoda: la forma más segura de acumular riqueza es nacer dentro de ella. En un país como México, la concentración económica en manos de un puñado de familias empresariales no es fruto exclusivo del mérito individual, sino de una estructura heredada de privilegios. Conviene preguntarse: ¿de dónde proviene realmente la riqueza de los grandes empresarios?, ¿del esfuerzo personal o del trabajo de miles de personas ubicadas en la base de la pirámide económica? Este discurso produce un doble efecto. Por un lado, motiva a las personas a esforzarse más, haciéndoles creer que el cambio depende únicamente de su voluntad; por otro, oculta que no todas parten desde el mismo punto. El problema no radica en quién trabaja más, sino en quién tiene acceso a las oportunidades reales de movilidad. Los estratos más altos son, además, quienes concentran los empleos mejor remunerados, usualmente reservados para quienes poseen capital social, educativo o cultural desde el origen.

En México, 50 de cada 100 personas que nacen en el quintil más bajo de ingresos no logran ascender en la escala socioeconómica durante su vida adulta. De quienes sí lo hacen, la mayoría —28 de cada 100— apenas sube un escalón, permaneciendo dentro del 40% más pobre de la población. Solo 2 de cada 100 personas nacidas en este grupo alcanzan el 20% más alto de la distribución. En contraste, entre quienes nacen en los hogares más acomodados (el 20% superior), la mitad logra mantener su posición de origen y apenas 1 de cada 100 desciende al nivel más bajo (CEEY, 2025). Esta permanencia en los extremos evidencia que el origen económico sigue siendo un determinante central del destino social, por encima del esfuerzo individual. La realidad es que la escalera de la movilidad social no solo está rota: nunca ha sido igual de accesible para todos. Creer que basta con esfuerzo para escalar posiciones solo perpetúa una narrativa que legitima la desigualdad y desactiva la exigencia de mecanismos redistributivos más justos. EP

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