Remesas: mientras unos festejan, la economía mexicana lo resiente

Carlos F. Lascurain Fernández escribe sobre los destinos inciertos y sospechosos de algunas remesas que llegan al país procedentes de Estados Unidos, y sobre las acciones que debería tomar el gobierno ante ello.

Texto de 27/08/25

Remesa

Carlos F. Lascurain Fernández escribe sobre los destinos inciertos y sospechosos de algunas remesas que llegan al país procedentes de Estados Unidos, y sobre las acciones que debería tomar el gobierno ante ello.

De acuerdo con varios informes de la organización Signos Vitales, México recibió en 2022 la cifra histórica de 58.5 mil millones de dólares en remesas, un flujo de dinero que ha sido aplaudido por autoridades, medios y hasta por la misma presidenta de México, como una muestra de amor de los migrantes hacia sus familias. En efecto, para millones de hogares en situación precaria, estos envíos han significado una forma de sobrevivencia, y de pagar alimentos, educación o salud. Sin embargo, detrás de ese aparente éxito se esconde un problema mucho más profundo y peligroso: el país ha construido una economía dependiente de un dinero que ni produce ni regula, y que, en muchos casos, desconoce su origen y destino.

El crecimiento de las remesas en México ha sido vertiginoso y también difícil de explicar. Tan sólo entre 2018 y 2022 aumentaron casi 74 %, una cifra muy superior a la de otros países con características similares, donde el alza no pasó del 20 %. A esto se suma un dato clave: la población mexicana en Estados Unidos se ha mantenido estable. Entonces, si el número de migrantes no ha cambiado, ¿de dónde proviene todo ese dinero adicional? Ejemplos como el de Minnesota, un estado con baja población mexicana que envía cantidades desproporcionadas de remesas, evidencian que el fenómeno ya no responde a patrones migratorios tradicionales. En México, hay municipios donde el número de remesas registradas supera con creces al de hogares existentes, y en algunos casos se reportan hasta dos envíos mensuales por familia. Estas cifras no se explican por relaciones familiares legítimas, sino por la existencia de economías informales, canales financieros alternativos y posibles redes criminales que aprovechan la falta de regulación.

Uno de los mayores riesgos está en cómo se maneja ese dinero. De acuerdo con los hallazgos de Signos Vitales, una gran parte de las remesas ya no se entrega en bancos, sino en farmacias, tiendas de conveniencia o cajas de ahorro sin supervisión. Es decir, cualquiera puede cobrar un envío sin que nadie verifique su identidad. Esa debilidad ha sido aprovechada por el crimen para lavar dinero, usando una estrategia conocida como smurfing: dividir grandes cantidades en pequeños envíos que no levantan sospechas. Por ejemplo, en lugar de mandar 20 mil dólares de una sola vez, se mandan 40 envíos de 500 dólares a distintos destinatarios. Con este mecanismo, el dinero irregular se blanquea silenciosamente dentro del sistema, sin dejar rastro visible.

El sistema de remesas en México funciona sin vigilancia clara. El Banco de México no tiene forma de saber quién manda el dinero ni quién lo recibe. La Comisión Nacional Bancaria y la Unidad de Inteligencia Financiera no pueden seguirle la pista a los miles de pequeños envíos que llegan cada día. El Banco del Bienestar participa activamente en el pago de remesas, pero lo hace sin suficientes controles y la mayoría de las operaciones, como se mencionaba, se realiza a través de tiendas o farmacias que no están preparadas para detectar movimientos sospechosos. Mientras tanto, la Secretaría de Relaciones Exteriores apenas interviene desde el exterior, y la CONDUSEF no tiene presencia en las comunidades más afectadas, dejando a muchas personas sin información sobre los riesgos que enfrentan. La realidad es que el sistema funciona sin rumbo fijo, con instituciones rebasadas y sin capacidad de respuesta.

Sin duda alguna, las remesas han ayudado a muchas familias, pero también han cambiado la economía local en formas preocupantes. En comunidades pobres, recibir dólares ha generado desigualdad: quienes tienen familia en Estados Unidos viven mejor, mientras que los demás enfrentan precios más altos, menos empleos y una creciente dependencia. Además, hay menos incentivos para trabajar formalmente, pagar impuestos o emprender un negocio. Incluso a nivel nacional el efecto puede ser negativo. El peso mexicano se ha fortalecido gracias a la entrada constante de dólares, pero eso ha encarecido las exportaciones y dañado los productores locales. Lo que parecía un beneficio, se convierte en una trampa: El país deja de buscar soluciones productivas internas y se conforma con un dinero fácil que viene de fuera. Aún más grave es que se estima que 4.4 mil millones de dólares de las remesas registradas en 2022 podrían estar involucrados en redes delictivas que incluyen narcotráfico y tráfico de personas.

Los ejemplos de Tapachula, en Chiapas, y San Pedro Tapanatepec, en Oaxaca, ilustran con claridad cómo el aumento inusual de remesas se concentra en regiones atravesadas por rutas migratorias y asentamientos temporales. Lo desconcertante es que estas comunidades carecen de infraestructura económica: no hay fuentes de empleo formales, ni industria, ni siquiera una red bancaria sólida, y aun así manejan mensualmente cifras millonarias en divisas. El gobierno mexicano, en lugar de investigar estas anomalías, prefiere presumirlas como un logro. Las remesas se presentan como una muestra de fortaleza económica, cuando en realidad son un síntoma de debilidad institucional. El país ha llegado a depender de un flujo constante de remesas, muchas veces auténticas, pero en otros casos manipuladas por actores que simulan vínculos migratorios para justificar operaciones dudosas.

De acuerdo con Signos Vitales, existen medidas concretas para corregir el rumbo del sistema de remesas. Entre ellas se encuentran la implementación de trazabilidad financiera mediante tecnología digital, la activación de mecanismos automáticos de detección de transacciones atípicas y la verificación biométrica en los puntos de pago. Asimismo, se recomienda establecer una cooperación bilateral con Estados Unidos para depurar y supervisar a los operadores de remesas. A nivel local, una opción estratégica sería orientar parte de estos recursos hacia proyectos que fortalezcan la economía formal y generen empleo digno. Pero nada de eso será posible sin voluntad política. Mientras el gobierno continúe celebrando el número de dólares que entran, sin importar cómo ni por qué, estaremos vulnerando nuestra propia fragilidad. Hasta el momento, las remesas han sido un salvavidas; no obstante, también pueden ser un ancla si no se actúa pronto. Lo que hoy parece un éxito económico podría convertirse en uno de los mayores riesgos financieros, sociales y de seguridad para México. EP

El análisis independiente necesita apoyo independiente.

Desde hace más de 30 años, en Este País ofrecemos contenido libre y riguroso.

Ayúdanos a sostenerlo.

DOPSA, S.A. DE C.V