
César Morales Oyarvide reflexiona sobre la posibilidad de continuidad o ruptura del proyecto político entre la presidenta Claudia Sheinbaum y su predecesor, Andrés Manuel López Obrador.
César Morales Oyarvide reflexiona sobre la posibilidad de continuidad o ruptura del proyecto político entre la presidenta Claudia Sheinbaum y su predecesor, Andrés Manuel López Obrador.
Texto de César Morales Oyarvide 18/12/25

César Morales Oyarvide reflexiona sobre la posibilidad de continuidad o ruptura del proyecto político entre la presidenta Claudia Sheinbaum y su predecesor, Andrés Manuel López Obrador.
“La pequeña ciencia” es el título de un célebre libro que, hace casi medio siglo, realizó un balance crítico de la ciencia política estadounidense desde México. El objetivo de esta columna, que toma su nombre, es analizar la coyuntura política a la luz de los más recientes hallazgos de esta disciplina. Una ciencia a ratos megalómana y a ratos acomplejada, pero que cuando se ejerce con ese “orgullo modesto” que aconsejaba Machado ofrece siempre una mirada útil, novedosa y fascinante para entender nuestro mundo.
¿Cuál es el destino de los sucesores —y sucesoras— de líderes carismáticos como AMLO, Hugo Chávez o Donald Trump? ¿Son capaces de construir un proyecto político propio o están condenados a vivir a la sombra de las enormes figuras que les preceden? A falta de una oposición digna del nombre y con la rutinización de la amenaza representada por el gobierno estadounidense, ésta es quizá la mayor pregunta que hoy plantea la política nacional.
Desde octubre del año pasado, pocas son las coyunturas políticas de importancia que no estén atravesadas por estos cuestionamientos. Pensemos tan sólo en las últimas semanas. Desde la renuncia de Gertz Manero y el cambio en la titularidad de la Fiscalía General de la República hasta la reaparición del expresidente López Obrador para promover su libro, pasando por la multitudinaria concentración en el Zócalo del pasado 6 de diciembre, todos son sucesos que han llamado la atención sobre el status que guarda la relación entre los dos astros del obradorismo.
Más allá de las fantasías sobre una posible ruptura entre la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo y su antecesor, que la residente de Palacio se ha cansado de negar, se trata de un dilema real. La idea de “continuidad con cambio” funciona muy bien como lema de campaña, pero su implementación una vez en el gobierno es todo menos sencilla. ¿En qué ámbitos es preciso continuar? ¿En qué debe modificarse el rumbo? A un año de iniciada la administración de nuestra primera presidenta, el peso de los componentes de este oxímoron no ha quedado del todo claro. Cambios evidentes como el de la política de seguridad han sido la excepción, mas no la regla. Y, sin embargo, diría Galileo, si muove.
El problema, como siempre, es nuestra renuncia a pensar. Dentro de la mayoría obradorista, la mera posibilidad de un distanciamiento entre AMLO y la presidenta Sheinbaum se presenta como absurda. Ni siquiera se plantea. Entre sus detractores, por el contrario, se trata de una pregunta recurrente. Sin embargo, obsesionados como están por convertir al expresidente en tirano, leen el momento actual como una reedición del Maximato, reduciendo a la presidenta a un títere sin agencia.
La verdad está en otra parte. En este caso, literalmente en otra parte. Y es que, para empezar a entender cómo puede desarrollarse la relación entre los dos principales liderazgos de la 4T, la historia nacional no es la mejor maestra. La razón es que no hay —no ha habido— en nuestro pasado un movimiento político igual al obradorismo, unido por una mezcla de afinidad programática, ambición y, sobre todo, carisma de su fundador. Es precisamente este último rasgo, la fuerza del apego carismático, lo que lo hermana a otros movimientos donde podemos tratar de encontrar una respuesta.
El uribismo, por ejemplo.
En un artículo publicado en 2022 en la revista Democratization (“When handpicked successors of charismatic leaders prosper: the surprising success of Juan Manuel Santos in Colombia”), las politólogas Laura Gamboa y Caitlin Andrews-Lee estudian el curioso caso de este expresidente colombiano quien, contra todo pronóstico, pudo desarrollar una autoridad propia y, pese a romper con Álvaro Uribe, logró reelegirse y llevar a cabo un histórico acuerdo de paz en las antípodas de la política de su popular antecesor.
Santos realizó esta proeza a través de algo que las autoras llaman “caminar en la cuerda floja” (tightrope walking). Con esto, Gamboa y Andrews-Lee se refieren al proceso mediante el cual el sucesor de un líder carismático, una vez que logra hacerse del favor de su predecesor para ganar la elección presidencial, expande la coalición original del movimiento al incorporar nuevos aliados más allá de las bases del líder para, finalmente, ser capaz de reformar sus políticas y narrativa sin morir políticamente en el intento.
Aunque el caso de Santos es ciertamente poco común, sirve para ilustrar la manera en que algunos líderes —gracias al favor de las circunstancias y de un fino trabajo político— pueden escapar de la suerte de la mayoría de los sucesores de este tipo de liderazgos: el fracaso.
Empecemos por el principio. Álvaro Uribe llegó a la presidencia de Colombia en 2002 montado en un movimiento carismático y en medio de una crisis de violencia. A pesar de que su Política de Seguridad Democrática generó violaciones a los derechos humanos y altos costos humanos, fue extraordinariamente popular. Como otros líderes carismáticos, Uribe buscó permanecer en el poder más allá de lo que la Constitución permitía. Cuando la justicia del país echó por tierra sus ambiciones, el presidente buscó un sucesor que fuera, ante todo, leal a él y su proyecto. Su delfín natural era Andrés Felipe Aris, ministro de Agricultura conocido como el “Uribito”. Sin embargo, un escándalo de corrupción acabó con su posible candidatura. En ese escenario entra Santos, un político hábil dentro de la coalición uribista que, disimulando con mucha cautela sus ambiciones, capacidades y preferencias políticas, trabajó en ganarse la confianza de su antecesor. En 2010, Santos se presentó como el candidato de continuidad y así ganó las elecciones. Ése es el primer paso de la secuencia del tightrope walking: lo que Andrews-Lee y Gamboa llaman buscar una “candidatura disimulada”. Una candidatura con la que el sucesor no muestre públicamente su ambición de modo que el fundador —y gran elector— no lo vea como una amenaza que pueda hacerle sombra o, mucho menos, traicionarle.
El segundo paso de la secuencia es también el más complejo: la construcción de una coalición alternativa. Como explican Andrews-Lee y Gamboa, para consolidar una autoridad independiente de la de Uribe, que seguía siendo el político más popular de Colombia, Santos tuvo que pivotar en lo político y lo programático. Lo hizo de forma lenta, gradual y estratégica, tejiendo alianzas y vínculos con actores ajenos al movimiento uribista que respaldaban el giro que Santos planeaba dar en su proyecto, alejándose de la estrategia de guerra contra el terrorismo y construyendo un proceso de paz como respuesta a la crisis de seguridad.
Un punto fundamental en este proceso es que este giro no es —más bien, no tiene que ser— sólo producto de un cambio de convicción. Es ante todo un recurso para sobrevivir. Como señalan Gamboa y Andrews-Lee, las políticas de los líderes carismáticos suelen ser ambiciosas y populares. Por esa misma razón también suelen ser poco sostenibles. En el caso de Colombia, Santos fue suficientemente perspicaz para ver que la política de seguridad de Uribe, aunque inicialmente exitosa, estaba construida en bases endebles y no tardaría en implosionar, dejándolo a él como responsable.
Ahora bien, Santos realizó este viraje con gran discreción, casi siempre tras bambalinas y de forma gradual, a lo largo de los dos primeros años de su primer periodo como presidente. De lo que se trata, nos dicen las autoras, es de comprar tiempo mientras se busca atraer, a través de diversas señales, a aliados fuera del movimiento original, mientras que, hacia dentro, se cultiva una imagen que permita mantener el favor del líder y los “guardianes” de su legado. Para hacerlo, el sucesor debe unir momentáneamente una coalición de grupos antagonistas y acumular suficiente capital propio para poder llevar a cabo su agenda y distanciarse de su predecesor.
Sólo una vez que el sucesor se asegura de contar con el respaldo necesario, puede darse con éxito el tercer paso: la revelación. En el caso de Santos, esto ocurrió al anunciar que su gobierno había tenido reuniones con delegados de las FARC para iniciar un proceso de paz. Este hecho resultó en una excomunión, tanto de Uribe como de sus seguidores más fieles, que hubiese sido catastrófica de no haber construido ya una base de legitimidad alternativa entre sectores no uribistas y entre los moderados que previamente habían respaldado a Uribe. Este equilibrio entre reafirmar las políticas para la base mientras se negocian concesiones y compromisos con otros actores es el camino en la cuerda floja. Como resultado, Santos no sólo fue el constructor de un acuerdo de paz histórico, sino que pudo reelegirse en 2014 (venciendo al candidato uribista) y, eventualmente, incluso ganar el Nobel de la Paz.
Gamboa y Andrews-Lee dejan claro que la de Juan Manuel Santos es una historia poco común entre los sucesores de líderes carismáticos. En su éxito intervino un conjunto de circunstancias muy específicas, que van desde la descalificación de varios candidatos a sucesores que lo antecedían en la lista hasta la relativa tardanza con la que Uribe reaccionó a la noticia de las negociaciones con las FARC. Con todo, se trata de una excepción significativa, que pone a prueba la regla según la cual los sucesores ungidos por el líder no pueden ser exitosos ni distanciarse de sus antecesores sin autodestruirse en el proceso.
Ni AMLO es Álvaro Uribe ni la presidenta Claudia Sheinbaum es Juan Manuel Santos. Y, desde luego, México tampoco es Colombia. No obstante, se trata de un caso interesante para pensar fuera de nuestro marco habitual en los dilemas de los y las sucesoras. Para eso sirve la pequeña ciencia. EP