Hace algunas semanas, Jorge Romero prometió relanzar al PAN. Para ello, ofreció nuevos métodos de elección de candidatos, primarias abiertas a la ciudadanía y el fin de las alianzas partidarias. Aunque el dirigente dice estar ocupado en resolver la crisis de su partido, es evidente que tanto él como otros líderes panistas no están dispuestos a enfrentar cara a cara a sus simpatizantes. Por ello decidieron poner a disposición de los ciudadanos una aplicación para teléfono móvil, a través de la cual los interesados podrían “conocer la historia del partido, afiliarse e incluso proponer su propia candidatura para todos los cargos de elección popular”, excepto el de presidente de la República.
Según Romero, con esta estrategia Acción Nacional habría de “reconectar con la gente”, en un escenario en el que el partido ha dejado de ser atractivo para los sectores sociales de derecha y para los propios panistas. Recordemos que, en la elección presidencial de 2024, el PAN obtuvo poco más de nueve millones y medio de votos, mismos que ahora busca mantener. Si la dirigencia panista espera una afiliación masiva y espontánea, me parece que se equivoca; y, si tiene claro que esto no sucederá, entonces intenta una nueva forma de afiliación clientelar que le permita ampliar su base militante —extremadamente raquítica—, pues el PAN no alcanza siquiera los 300 mil afiliados y apenas rebasa por 31 mil personas el número mínimo requerido por el INE para un partido nacional.
La oferta de procesos democráticos y abiertos a la ciudadanía para la elección de candidatos tampoco parece creíble. Lo que hemos visto en la historia reciente del PAN es que son los grupos de poder internos —a los que pertenece Romero— los que han impedido que su partido se abra a la participación ciudadana, pues un proceso de este tipo haría más evidentes las prácticas antidemocráticas y la corrupción interna. Y, si Jorge Romero también ha prometido no realizar alianzas partidarias, ¿de dónde podrían salir sus votos? Aquí es donde entran en acción otros personajes y grupos.
Con el eslogan “Libertad, Patria y Familia”, además de evocar la vieja consigna fascista “Dios, Patria y Familia”, el PAN intenta mantener el apoyo de grupos de extrema derecha que exigen participar en la reorientación del partido. Pienso, por ejemplo, en el grupo encabezado por Raúl Tortolero —promotor del Ejército Cristero Internacional y amigo de Jorge Romero—, quien ha aceptado que su movimiento tiene dos alternativas: crear un nuevo partido, lo cual se antoja muy difícil, o utilizar la estructura del PAN para ir ampliando sus bases de apoyo.
Además, ante el fracaso de Eduardo Verástegui —creador de Viva México y con vínculos con la Conferencia de Acción Política Conservadora (CPAC)— y de Juan Peña Néder —dirigente de México Republicano y ligado al Partido Republicano de Estados Unidos— en su intento de crear un partido político, la figura del empresario Ricardo Salinas Pliego se presenta como una posible alternativa. Quien se hace llamar coloquialmente el Tío Richie representa la conjunción de varias estrategias impulsadas por intereses nacionales e internacionales, en la línea de lo que hoy se conoce como las derechas corporativas tecnodigitales.
Salinas Pliego ha optado por el montaje de un violento y permanente show mediático a través de sus canales de televisión, TV Azteca y ADN 40. Ha intentado utilizar la inteligencia artificial para impulsar su imagen en un streaming conocido como Noches de Libertad con el Tío Richie, con el que pretende emular un late night show. En su búsqueda de hacer match con los jóvenes realiza reuniones —hasta ahora con poca afluencia— como el Festival por la Libertad, evento con el que trató de capitalizar la cancelación de lo que hubiese sido la tercera reunión de la CPAC en México. Otra de sus estrategias ha sido presentarse como un moderno mártir cristero. De ahí las cuatro banderas con las que recientemente apareció en redes sociales para denunciar la supuesta persecución del gobierno: la bandera mexicana, la de su grupo empresarial, la de la CPAC y el estandarte de la Virgen de Guadalupe.
Con la organización Caminos de la Libertad, el Centro Ricardo Salinas Pliego, la Universidad por la Libertad y el Movimiento Anticrimen y Anticorrupción, el empresario se ha convertido en uno de los principales promotores en México de las acciones que definen a la Atlas Network: una red dedicada a financiar grupos en distintos países enfocados en la defensa de los intereses de los dueños del capital y en la formación de jóvenes políticos de extrema derecha.
Por todo esto, por su adhesión al proyecto MAGA y porque ha manifestado interés en ser candidato presidencial en 2030, Salinas Pliego ha encendido las alarmas —sobre todo entre un sector de los capitalinos—. Aunque hoy parece difícil que el empresario logre articular un movimiento de derechas a lo largo y ancho del país para competir con Morena, no es imposible que busque una candidatura de forma independiente o a través del PAN o del PRI. La primera ruta le exigiría conseguir el apoyo de prácticamente un millón de ciudadanos registrados en la Lista Nominal, distribuidos en al menos 17 entidades federativas y con igual porcentaje en cada una, en apenas cuatro meses. La segunda alternativa también se antoja factible, pues el PAN y el PRI necesitan votos.
Si los grandes empresarios, hasta ahora, no lo han apoyado —porque, a diferencia de Salinas Pliego, ellos sí han ganado con la 4T—, su alternativa es movilizar a la ciudadanía. Esta ruta, reconocida en varios países como una nueva táctica de las corporaciones empresariales nacionales y transnacionales, consiste en catalizar movilizaciones ciudadanas apelando a la frustración y al encono derivados de la falta de solución a temas urgentes de la agenda pública. A esta motivación suelen sumarse las exigencias de los grupos de poder afectados en sus intereses y privilegios, así como las reacciones viscerales de los herederos de conflictos históricos.
La movilización del 15 de noviembre, convocada originalmente por una parte de la generación Z, no cabe duda de que fue bien capitalizada por un sector de jóvenes de derecha, por políticos tradicionales, empresarios y personajes diversos. La composición social de la marcha fue compleja, pero es posible afirmar que tuvo como principal contingente a los distintos estratos de las clases medias citadinas. Es cierto que buena parte de los manifestantes expresaron demandas que pueden ser compartidas por todas y todos los mexicanos; sin embargo, en la marcha también se colaron las viejas demandas de grupos defensores de la moral religiosa conservadora, de quienes promueven el intervencionismo estadounidense y que ahora reivindican a Bukele, así como de aquellos que —infiltrados o no— se confrontaron con violencia con las fuerzas del orden, denunciaron la represión del gobierno y exigieron la renuncia de Claudia Sheinbaum con frases lapidarias como “fuera judía” y “fuera narcopresidenta”.
La manifestación tuvo eco básicamente en 17 de los 32 estados, pero lo que se vivió en la capital me hizo recordar la historia de los últimos años del gobierno cardenista, cuando las derechas se expresaron en sus múltiples vertientes y, sin mayor pudor, en sus distintos niveles de radicalismo y agresividad. Con mucha cautela, también quiero decir que la marcha del sábado pasado tuvo un aire de los virulentos ataques de la extrema derecha brasileña contra la presidenta Dilma Rousseff, que derivaron en su impeachment. La movilización de la que fuimos testigos, sin duda, abre nuevas posibilidades para la reconfiguración de las derechas mexicanas por distintas vías y con distintas intensidades. Habremos de poner atención. EP
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