Olímpicas Somayeh Gholami: taekwondo bajo la guerra

El periodista Aníbal Santiago retrata a una serie de mujeres que están haciendo historia en el deporte. Son las Olímpicas y, en esta entrega, hablamos de Somayeh Gholami: “Las niñas de esta tierra —agregó— deben aprender a ser audaces y guerreras en lugar de obedientes e imitantes”.

Texto de 25/02/21

El periodista Aníbal Santiago retrata a una serie de mujeres que están haciendo historia en el deporte. Son las Olímpicas y, en esta entrega, hablamos de Somayeh Gholami: “Las niñas de esta tierra —agregó— deben aprender a ser audaces y guerreras en lugar de obedientes e imitantes”.

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Como todas las taekwondistas, antes de cada combate Somayeh Gholami asume el ritual de vestimenta para cumplir las reglas: pacientemente, se cubre con antebraceras, coderas, empeineras, guantes, espinilleras, de modo que ningún chagui (patada), jirugi (puñetazo) ni son (golpe a mano abierta) le cause un daño mental o físico que podría ser irreversible. 

Pero Somayeh, respetuosa del reglamento de la Federación Internacional de Taekwon-Do, está obligada a someterse a otra norma: la que dicta el Fiqh, la jurisprudencia que rige al islam en su país, Afganistán. Por eso, antes de ponerse el casco hará un chongo con su pelo negro y tapará su cabeza, cuello y pecho con el hiyab, el velo que usan las mujeres de su religión desde que menstrúan.

En la pelea a puntos con tres asaltos de dos minutos, Somayeh hará lo mismo que unas mil millones de mujeres islámicas en su vida cotidiana: “recluirse” de la esfera pública limitando su identidad con el velo, que además la mantiene “a distancia” del mundo de Dios. 

La indumentaria religiosa negra que aumenta el calor del ejercicio es una carga irrelevante en comparación a lo que la campeona de su país y el sur de Asia ha experimentado en su carrera. Ya sea en el camino a su gimnasio de Kabul —capital de su país, donde se inició en el arte marcial—, entrenando o compitiendo sobre el tatami, el deporte que eligió como modo de vida tiene el sonido de los kiap —los gritos con que se dan fuerza los competidores— pero también el de las bombas y tiroteos, la explosión de misiles, las ejecuciones y, desde luego, las ambulancias.

Cuando apenas era una niña y a raíz de los atentados a las Torres Gemelas de Nueva York en 2001, en su país comenzó una guerra que este año cumplirá dos décadas ininterrumpidas. Primero, el gobernante Emirato Islámico de Afganistán, los talibanes, fue atacado por el ejército de Estados Unidos porque en esa nación asiática tenía su base de operaciones la organización terrorista Al Qaeda. Contrario a lo que se suponía, cuando el gobierno talibán cayó la tragedia estaba lejos de acabar. Convertidos en Insurgencia los talibanes han enfrentado, hasta hoy, a las Fuerzas Armadas Afganas que apoyan Estados Unidos y la Organización de las Naciones Unidas. 

Los muertos, que ya se cuentan por cientos de miles, no han servido en nada para que Afganistán recupere la paz. La violencia se sostiene dramáticamente, año con año. La sangre persiste, como también la opresión a las mujeres. Somayeh, que busca ser la primera mujer en obtener para Afganistán una medalla en la historia de los Juegos Olímpicos, se prepara en pandemia para la gran fiesta deportiva internacional de Tokio con una carga múltiple: ser una mujer y además mujer deportista en Afganistán, un país en guerra, pero lo peor es la amenaza latente: que los talibanes, cuyo ingreso a la política oficial se dio en 1996, retomen el control del país. El diario The Washington Post se acercó hace casi dos años a su centro de entrenamiento. Somayeh recibió a los periodistas y aceptó darles una frase brevísima sobre la realidad de sus compañeras y ella, que vestían un outfit deportivo: “Si nos vieran así (los talibanes), probablemente nos matarían”. A la orden que desde que tiene consciencia se impone a su género la describió así en su idioma, el dari, y la subió a Instagram: “Eres una mujer: no avances, no veas, no cantes, no rías. No tienes derecho a hacerlo”.

De muy pequeña, un parque junto a casa era la escapatoria. Desde los seis años, entre árboles y juegos infantiles un tío le enseñaba calistenia. Así, en un espacio improvisado, sin demasiado método, al aire libre y mucha voluntad, Somayeh se acercaba al deporte.

Pronto se abrió otra ventana. Aunque las actividades físicas que implicaban mostrar el cuerpo, como la gimnasia artística o la natación, estaban prohibidos para la mujer, el taekwondo, una disciplina coreana, era tolerada pues se usaba casco y dobok, es decir, el pantalón y la chaqueta que ocultan el cuerpo. El país vecino, Irán, era potencia mundial de ese deporte, y eso ayudó a que, con fórceps, el arte marcial creado hace unos 80 años se enseñara en Afganistán y en la norteña ciudad donde Somayeh nació, Mazar-e Sarif, dentro de escuelitas donde las mujeres practicaban con discreción. 

Y eso significa, mostrándose lo mínimo posible. La Federación Afgana de Taekwondo tiene en su página de Facebook una amplísima galería de sus mejores deportistas y sus más importantes dirigentes. Todos hombres. Hombres, hombres, hombres. Recibiendo premios, combatiendo, posando a la cámara. Las fotos de taekwondistas mujeres son mínimas, y si se cuelan un par aparecen en grupo; jamás es retratada una mujer sola. Somayeh, la más poderosa exponente de esa disciplina en los 652 mil 860 km² del territorio nacional, dentro de esa galería ni siquiera existe, pese a sus victorias internacionales y lo meteórico de su éxito. Se inició en el taekwondo cuando abandonaba ya la adolescencia, hacia 2011. En esos días la violencia de la insurrección talibana en Mazar-e Sarif, su ciudad, superaba las marcas históricas. El contexto desgarrador no le impidió ser detectada por la federación de ese deporte y llevada a la selección. Empezó a viajar con frecuencia a Kabul, 430 kilómetros al sur de su tierra, en carreteras tomadas por grupos armados y con habituales ataques suicidas. “Los afganos, más que cualquier otro ser vivo en el mundo, experimentamos las calamidades de la guerra, el derramamiento de sangre”, escribió. 

“La Federación Afgana de Taekwondo tiene en su página de Facebook una amplísima galería de sus mejores deportistas y sus más importantes dirigentes. Todos hombres. Hombres, hombres, hombres. Recibiendo premios, combatiendo, posando a la cámara. Las fotos de taekwondistas mujeres son mínimas, y si se cuelan un par aparecen en grupo; jamás es retratada una mujer sola.”

Sin embargo, no hay una sola entrevista suya en internet, ni tampoco artículos dedicados a ella en la prensa. Silenciada en los medios de comunicación locales, su voz se alza con la palabra escrita en su cuenta de Instagram: “Las niñas de esta tierra —agregó— deben aprender a ser audaces y guerreras en lugar de obedientes e imitantes”. ¿Cómo serlo en un país a tal punto restrictivo con más de la mitad de su población? Presionando para “ser alfabetizadas”, precisa.

La durísima lucha de la mujer afgana para ganarse el respeto de la autoridad y los habitantes, muy lentamente, avanza. El Comité Olímpico Internacional (COI) canceló las presencia internacional de Afganistán bajo el gobierno talibán, y por eso esa nación no fue representada en Sídney 2000. El reingreso se dio en 2003 al ser derrotado ese grupo: para aquel momento la debilidad deportiva afgana quizá no tenía paralelo en el planeta. Sin embargo, la corredora Robina Jalali y la judoca Fariba Rezayee compitieron por su país en Atenas 2004 y se convirtieron en las dos primeras afganas en ir a Juegos Olímpicos. 

A partir de ese momento se produjo un retroceso deportivo en el alto rendimiento. Para Beijing 2008 solo una mujer tuvo derecho a participar: la corredora Mehboba Ahdyar. Pero dos meses antes de la apertura el riesgo que le implicaba ser la única afgana en los Juegos Olímpicos la llevó a desertar y pedir asilo en Noruega. En Londres 2012 Afganistán envío una mujer, la corredora Tahmina Kohistani, y en Río 2016 solo a la atleta Kamia Yousufi. Es decir, de los 125 años de olimpismo han sido parte cuatro mujeres nacidas en Afganistán: en promedio, una cada 31 años.

Somayeh encabeza una lucha simbólica con su voz, su espíritu libertario y su ejemplar desempeño deportivo. Desde que la nueva Constitución de 2004 recobró algunos de los derechos de las mujeres la figura de la taekwondista ha empezado a ser no clandestina, sino institucional. A un muro de la fachada del edificio sede del Ministerio de Asuntos de la Mujer en Kabul lo cubre una colosal pintura mural con la figura de Somayeh haciendo la V de la victoria. Arriba del rostro y el torso de la atleta cuelga, símbolos de la vida, un gran alambre de púas.

La niñez de Somayeh y su hermana, acechada por las balas en Kabul —donde la atleta debía entrenar para ser contemplada en la selección afgana de taekwondo—, era de muy alto riesgo. Como han hecho cerca de medio millón de afganos, su familia debió huir e instalarse en un refugio para migrantes en Irán, donde el extremismo religioso no es tan severo. “Aunque en la inmigración hay sabiduría y crecimiento, la guerra y la inseguridad contaminada por la ignorancia nos han quitado dignidad”, señaló. En el nuevo país siguió entrenando: el amor a su disciplina lo sostenía un cimiento casi filosófico. “En una sociedad retrasada, patriarcal, tradicional y desgarrada por la guerra –escribió-, las mujeres inmigrantes pueden tener en las artes marciales una preparación de su existencia”.

Veloz, ligera, elástica y de reflejos fulminantes, su más grande arma en el deporte es el dolio chagui, la patada semicircular.

A sus cerca de 30 años permanece con la mirada fija hacia el oriente, su país, al que exige entender la religión de modo distinto: “A Dios no le importa si rezas por él o no, si ayunas por él o no. Dios quiere alguien que lo ame, no un cliente”. Ganadora del oro en los Juegos de Sud Asia 2016 realizados en India, está becada por el programa Olympic Solidarity del COI para su entrenamiento hacia Tokio. La razón: su calidad y las dificultades sociales añadidas a las deportivas. Y ese reconocimiento se ha hecho público. Con la autoridad que le da su carrera, marcada por su presencia en campeonatos mundiales como el de Muju (Corea del Sur) en 2017, les pide a las mujeres romper el modelo histórico que las fuerza a casarse, ser madres jóvenes y ocuparse estrictamente del hogar. “La felicidad —dijo en Instagram— no es ser una Cenicienta esperando a un príncipe en un caballo blanco que te haga feliz”.

Admiradora del filósofo iraní Hossein Elahi Ghomshei, del escritor portugués José Saramago y del futbolista sueco Zlatan Ibrahimović, Somayeh estudia Ciencias Agrarias. Para pagar sus estudios, su manutención y los viajes de Irán hasta Kabul de 1600 kilómetros para entrenar con la selección, en 2018 fundó la galería virtual de artesanías Mangooleh, que usa jade, turquesa, granada. Con sus manos crea aretes, collares, pendientes, broches en formas de plumas, árboles, hojas, y organiza promociones para que el público se anime a comprarle. En la web se presenta así: “Queridos amigos, les presento mi página de baratijas (sic) hechas a mano”.

Su padre y su madre, muy afectada por osteoporosis, apoyan que su hija se dedique al deporte, y la acompañan a competir por el mundo. Como refugiados, la libertad de los afganos en Irán no es total. Por ser mujer y afgana, Somayeh está parcialmente vigilada por el gobierno de Afganistán. Hace poco tenía una intención simple, manejar un auto: para ello debía pedir permiso a los funcionarios de su país en Irán. Esto fue lo que ocurrió: “Con instalaciones mínimas y sin apoyo he sudado años para ser un orgullo de mi país. Necesitaba una licencia de conducir y solo requería una carta del consulado afgano, al que di todos mis papeles. Mi petición se la pasaron un mes como pelota de futbol, y hoy la rechazaron. El corazón de los seres humanos está lastimado por la deshonestidad y la injusticia”, escribió. La libertad aún no la encuentra al volante, pero sí en el campo, donde corre para entrenar inspirada por su heroína, la multimedallista china Wu Jingyu. Es entrenada por Ali Baghi en Irán, uno de los países más afectados por el coronavirus con 60 mil muertos hasta mediados de febrero. 

En Afganistán, mientras tanto, las mujeres siguen siendo el blanco del terror. El 17 de enero pasado, en medio de un clima de violencia brutal dos juezas del Tribunal Supremo fueron asesinadas a tiros en una calle de Kabul, dentro de su vehículo y camino al trabajo.

Fuerte a pesar de las heridas que emocionalmente Afganistán le provoca, Somayeh suele posar en Instagram con su traje blanco, su cinta negra en la cintura y su hiyab, el velo en su cabeza. “No esperes alcanzar tus metas para estar orgulloso de ti. Es mejor estar orgulloso de cada paso hacia tus metas. Me amo a mí misma porque conozco el camino del que llegué y las cosas que he superado y la capacidad de alcanzar. ¿Tú te amas?”, escribió. Satisfecha, serena, segura, la mujer de uñas pintadas de negro sonríe siempre ante la cámara, y mira muy fijo al lente, desafiante. 

Tiene clara una de sus metas: ser la primera mujer en los 731 años de historia de Afganistán en conseguir una medalla en Juegos Olímpicos. Eso sería muy valioso, pero sabe que aún más valiosos son los pasos hacia esa misión. EP

*** Con información de la Federación Afgana de Taekwondo, The Washington Post, Instagram, The New York Times, Comité Olímpico Internacional, The 2016 South Asian Games.

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