La oficina en la bolsa: desconexión, privacidad y vida onlife en México

Maria del Socorro Castañeda Díaz escribe sobre el derecho a la desconexión digital y la privacidad en un mundo donde el desarrollo tecnológico ha hecho que el trabajo se traslade cada vez más de la oficina al hogar

Texto de 17/03/26

Oficina

Maria del Socorro Castañeda Díaz escribe sobre el derecho a la desconexión digital y la privacidad en un mundo donde el desarrollo tecnológico ha hecho que el trabajo se traslade cada vez más de la oficina al hogar

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La oficina ya no se queda en la oficina

A veces el trabajo ya no toca la puerta: vibra. Aparece en la pantalla a las diez de la noche, interrumpe la cena, se cuela en el fin de semana y entra a las vacaciones con el tono aparentemente neutro de una notificación electrónica. No llega desde un edificio ni desde un escritorio, sino desde ese objeto que llevamos en la mano, en el bolsillo o dejamos en el buró, junto a la cama. Hoy, la oficina ya no siempre está en la oficina: con frecuencia está en el celular.

Por eso, el debate sobre el derecho a la desconexión en México importa más de lo que parece. No se trata sólo de regular mensajes fuera de horario ni de corregir los abusos de algunas jefaturas invasivas. Lo que esa discusión revela es algo más profundo: el trabajo ha superado los límites espaciales y temporales que antes ayudaban a contenerlo. Y cuando eso ocurre, no sólo cambia la jornada laboral; cambian también el descanso, la atención y el sentido mismo de la privacidad.

Un derecho en construcción

En México, la Cámara de Diputados aprobó el 3 de marzo de 2026 una minuta para reformar la Ley Federal del Trabajo y definir la desconexión digital como el derecho de las personas trabajadoras a abstenerse de participar en cualquier tipo de comunicación con el centro de trabajo al término de la jornada laboral, así como en horarios no laborables, vacaciones, permisos y licencias. La minuta también obliga a la parte patronal a respetar ese derecho y a emitir una política interna sobre el tema. La NOM-037-STPS-2023 ya había reconocido la desconexión en materia de teletrabajo, pero esta reforma busca trasladar el problema al marco general de la legislación laboral.

Ese avance importa, pero no conviene sobredimensionarlo. La minuta aprobada incorpora la definición al Artículo 3 Ter y la obligación patronal al Artículo 132, pero no crea todavía un sistema fuerte de sanciones ni una protección expresa frente a represalias. Esa limitación se vuelve más visible cuando se la compara con otras iniciativas mexicanas recientes, más ambiciosas, que han propuesto agregar un artículo 68 Bis, reconocer el pago del tiempo adicional como horas extras o impedir sanciones a quien ejerza su derecho a desconectarse. En México, por tanto, no hay una sola idea de desconexión en disputa: hay una versión mínima, centrada en el reconocimiento formal del derecho, y otra más robusta, que lo entiende como respuesta a nuevas formas de subordinación digital.

Un problema internacional

Tampoco se trata de un debate aislado. En Europa ya existen marcos normativos sobre desconexión en países como Francia, España, Bélgica, Italia, Portugal e Irlanda, entre otros. En América Latina, Argentina la reconoció expresamente en su ley de teletrabajo; Chile la incorporó con un mínimo de doce horas continuas de desconexión dentro de un periodo de veinticuatro horas y con prohibición de requerimientos en días de descanso, permisos y vacaciones; Colombia la reguló de forma más amplia. Canadá avanza de manera parcial, mientras Estados Unidos sigue sin un régimen general equivalente.

Este panorama comparado importa por dos razones. La primera es que evita presentar el caso mexicano como una ocurrencia aislada o una moda importada. La segunda es que obliga a una advertencia: reconocer normativamente la desconexión no significa convertirla automáticamente en práctica social consolidada. La existencia de la norma no desactiva por sí sola la lógica de la disponibilidad permanente. Una ley puede nombrar el problema, pero no corrige de manera automática una cultura laboral que confunde compromiso con presencia continua, rapidez con responsabilidad y conexión permanente con lealtad institucional.

La condición onlife

Pero el problema no se reduce a la ley. La transformación es más profunda. Durante mucho tiempo, salir del trabajo significaba también abandonar la oficina, el taller, la fábrica, el consultorio o el negocio. Esa separación espacial ayudaba a sostener un distanciamiento temporal y subjetivo que era necesario para descansar, para proteger la vida privada y, en no pocos casos, para conservar cierta salud mental. Hoy esa circunstancia se ha debilitado. El trabajo ya no necesita un lugar fijo para seguir operando: puede persistir como flujo de mensajes, como cadena de pendientes, como visibilidad permanente, como posibilidad siempre abierta de contacto y, peor aún, como exigencia que pesa sobre el ánimo de las personas, como si fuera una obligación pensar en el trabajo y responder por él a toda hora. La oficina se ha vuelto portátil.

Aquí resulta especialmente útil Luciano Floridi. Hablar de vida onlife no es simplemente decir que vivimos conectados. El punto es más radical: las tecnologías digitales ya no funcionan como herramientas externas que consultamos de vez en cuando, sino como parte del ambiente mismo en el que transcurre la existencia. La distinción entre realidad y virtualidad pierde eficacia, porque ambos planos están entretejidos; lo decisivo ya no son sólo las entidades aisladas, sino las interacciones, los procesos y las redes. Por eso la desconexión no puede pensarse como un simple gesto técnico, como si bastara con apagar el teléfono: lo que está en juego es un entorno en el que el trabajo ya no se queda en un lugar y en un horario claramente delimitados.

La aceleración del tiempo

Pero Floridi, por sí solo, no basta. Para entender por qué esa porosidad se vive además como cansancio, urgencia y presión, conviene traer a colación a Hartmut Rosa. Su teoría de la aceleración social sostiene que la Modernidad se organiza a través de tres aceleraciones enlazadas: la tecnológica, la del cambio social y la del ritmo de vida. La paradoja es conocida, aunque no siempre se formula con claridad: la tecnología promete ahorrar tiempo, pero la vida cotidiana se experimenta cada vez más como insuficiente, comprimida y exigente.

Aunque hoy podamos comunicarnos más rápido, mover información al instante y trabajar desde cualquier lugar, no por eso sentimos que nos sobre el tiempo; más bien sentimos que todo debe hacerse, responderse y atenderse de inmediato. Si se leen juntos, Floridi y Rosa permiten entender mejor lo que ocurre. Floridi explica por qué la frontera entre tiempo laboral y tiempo personal se volvió porosa en la condición onlife; Rosa explica por qué esa porosidad se vive bajo presión. La conexión permanente no sólo borra límites; también acelera el tiempo social y convierte la respuesta rápida en una expectativa moral y laboral.

El problema ya no es únicamente que el trabajo viaje con nosotros, sino que lo haga bajo una temporalidad acelerada en la que responder pronto se vuelve prueba de compromiso y callar exige justificación. No basta con estar localizable; hay que mostrarse disponible. No basta con recibir el mensaje; hay que responder sin demora razonable o correr el riesgo de parecer desinteresado, poco colaborativo o incluso irresponsable.

Privacidad porosa

 El derecho a la desconexión no es una demanda menor sobre modales tecnológicos. Es un intento por reponer una frontera que la condición onlife ha vuelto porosa y, al mismo tiempo, por frenar una dinámica de aceleración que convierte cualquier notificación en exigencia de respuesta. Antes, terminar la jornada equivalía en buena medida a salir del espacio laboral. Hoy esa salida ya no está garantizada, porque el trabajo nos espera en el teléfono, en el grupo de WhatsApp, en la cadena de mensajes no contestados, en la ansiedad pequeña pero persistente de la respuesta pendiente.

Por eso esta discusión toca también el problema de la privacidad. La privacidad no se erosiona sólo por grandes filtraciones o escándalos espectaculares, sino por la normalización de la accesibilidad. Lo personal no desaparece; se vuelve más poroso, más disponible, más reclamable.

El teléfono celular es el ejemplo más claro. Seguimos llamándolo “personal”, pero hace tiempo que dejó de operar como un objeto estrictamente privado. Nuestro número circula entre la empresa, la institución, la coordinación, los colegas, los jefes, los subordinados y entre grupos donde conviven órdenes, recordatorios, urgencias, bromas e incluso una vigilancia entre pares que todos reconocen, pero de la que pocos hablan. El problema no sólo es que otras personas tengan acceso a este número telefónico. El problema es que ese acceso se transforma en expectativa, pues se espera que quien porta el dispositivo esté siempre localizable, que quien puede leer responda y que la disponibilidad técnica se convierta casi automáticamente en una obligación laboral más.

En una cultura temporal acelerada, lo accesible se vuelve además inmediatamente reclamable: no sólo pueden escribirnos, sino que parece que deben obtener respuesta pronto. La erosión de la privacidad no consiste sólo en que otros sepan cómo contactarnos, sino en que esa posibilidad se convierta en un derecho tácito de intervención sobre nuestro tiempo.

WhatsApp como forma de mando

WhatsApp representa de forma casi perfecta esta transformación. Sus grupos laborales son espacios ambiguos: no son del todo públicos, pero tampoco privados; no son formalmente la oficina, pero prolongan su autoridad; no son canales institucionales en sentido estricto, pero producen efectos muy concretos sobre la conducta, el tiempo y la jerarquía. Permiten ordenar sin oficios ni memorandos, supervisar sin protocolo, urgir sin trámite y convertir la presencia constante en señal de compromiso.

Lo más inquietante es que todo esto se ha normalizado. La invasión deja de parecer invasión cuando se vuelve costumbre. Y quizá ahí radica una de las mayores dificultades del problema: muchas de las prácticas más intrusivas del trabajo digital contemporáneo ya no se viven como excepción, sino como sentido común organizacional.

Un límite necesario

El derecho comparado ofrece, sin embargo, una advertencia importante: reconocer normativamente la desconexión no significa convertirla automáticamente en práctica social consolidada. Como se había mencionado, la existencia de la norma no desactiva por sí sola la lógica de la disponibilidad permanente. Ésa es una observación central para México.

Aun así, nombrar el problema importa. El derecho a la desconexión no sólo sirve para garantizar descanso. Sirve para recordar que, aunque hoy sea muy fácil localizar a alguien, eso no da derecho a intervenir en su tiempo personal a cualquier hora. Que un mensaje pueda enviarse no significa que deba atenderse. Que una plataforma lo facilite no implica que el empleador, los jefes inmediatos o incluso los colegas tengan derecho a colonizar sin límite ese canal.

En un país como México, donde buena parte de la vida institucional se sostiene en circuitos informales de mensajería y donde las fronteras entre lo personal y lo laboral suelen ser tenues, esta discusión adquiere una importancia especial. No se trata sólo de evitar mensajes fuera del horario laboral. Se trata de discutir hasta dónde puede extenderse la autoridad laboral cuando el dispositivo íntimo se ha convertido en terminal de la organización. Se trata de preguntarse qué queda de la privacidad cuando el número personal deja de proteger y empieza a exponer.

El punto de fondo no es si alguien puede mandar un mensaje a las once de la noche. El punto es más incómodo: hasta dónde estamos dispuestos a aceptar que nuestra vida entera esté disponible. EP

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