No es la IA, somos nosotros

Andrés Ancona y Raymundo M. Campos Vázquez, del Centro de Estudios Espinosa Yglesias, analizan los retos y las decisiones que México deberá enfrentar para que la IA no sea solo motor de productividad, sino también de equidad y progreso compartido.

Texto de & 08/09/25

Andrés Ancona y Raymundo M. Campos Vázquez, del Centro de Estudios Espinosa Yglesias, analizan los retos y las decisiones que México deberá enfrentar para que la IA no sea solo motor de productividad, sino también de equidad y progreso compartido.

La irrupción de la inteligencia artificial (IA) pone en cuestión el futuro que tendremos. Recientemente Demis Hassabis —Premio Nobel de Química y CEO de Google DeepMind, la división de IA de Google— planteó la posibilidad de acabar con las enfermedades en el transcurso de la próxima década. El desarrollo acelerado de medicamentos y la personalización de tratamientos y diagnósticos que superan en precisión a los médicos humanos sustentan esta predicción. Si bien dentro de unos años se vislumbra un futuro sin enfermedades, el del trabajo humano es mucho más incierto.

Las estimaciones sobre el impacto de la IA en la productividad van desde mejoras marginales hasta transformaciones rotundas. Por ejemplo, un crecimiento del 3  % anual indicaría que el bienestar se duplicaría en 23 años. Sin embargo, estos cambios no implican que todos se beneficien por igual, al menos en el corto plazo. Por ejemplo, las innovaciones para el hilado durante la primera Revolución Industrial desplazaron a los artesanos; las de la computación, durante la revolución informática, despojaron de funciones al trabajo rutinario de la clase media. ¿Habrá un progreso compartido en la era de la IA?

Aunque es muy pronto para dimensionar el alcance de la IA, podemos identificar dos caminos. En uno, de automatización, se degradan las competencias humanas, se reduce la calidad del empleo y se concentran los beneficios en manos del capital. En otro, de potencialización del trabajo, mejora la productividad, se generan nuevos empleos y se distribuye el ingreso de forma más equitativa.

En su libro Poder y progreso, Daron Acemoglu y Simon Johnson —Premios Nobel de Economía— explican que este camino no es aleatorio: depende de las instituciones y del grado de influencia que ejerzan las sociedades sobre ellas. Las instituciones inclusivas pueden orientar la IA hacia potenciar el trabajo; las extractivas, hacia automatizarlo.

México, por tanto, enfrenta enormes retos para que la IA potencie las habilidades de toda su población. Para empezar, es uno de los países más desiguales del mundo, ya sea por ingreso, región o género. Por ejemplo, la Ciudad de México tiene un PIB per cápita casi seis veces mayor que el de Chiapas, el estado con mayor incidencia de pobreza. Asimismo, el 1  % de la población con mayores ingresos concentra cerca del 25  % del ingreso nacional, según la Base de Datos de Desigualdad Mundial. Estas brechas impiden que todos se beneficien por igual del avance de la IA.

Así, una primera urgencia para nuestro país es invertir en infraestructura digital, pues una condición mínima para aprovechar la IA es la conectividad a internet. En comparación, el 81  % de la población en México usa internet, frente al 93  % en Estados Unidos y al 96  % en el Reino Unido. Esta inversión debe ser focalizada para cerrar la brecha digital entre el norte y el sur del país. Además, persiste una fuerte disparidad entre las zonas urbanas y rurales: el 85.5  % de las personas en áreas urbanas usa internet, frente al 66  % en zonas rurales, de acuerdo con la Encuesta Nacional sobre Disponibilidad y Uso de Tecnologías de la Información de los Hogares 2023.

En paralelo, México debe invertir en el desarrollo de habilidades, tanto en la etapa formativa como a lo largo de la vida laboral. Esto implica repensar cómo enseñamos y transmitimos el conocimiento. Las encuestas recientes muestran que la gran mayoría de adolescentes ya utilizan herramientas de IA en sus estudios, lo que abre oportunidades, pero también plantea desafíos.

La IA tiene el potencial de ofrecer enseñanza personalizada a escala, lo que podría beneficiar a estudiantes con rezago, especialmente en áreas como matemáticas, programación o redacción. Sin embargo, una dependencia excesiva puede debilitar el esfuerzo cognitivo y el aprendizaje a largo plazo. A ello se suma que la IA suele presentar alucinaciones o errores con aparente confianza, lo que dificulta que los estudiantes los identifiquen. El reto es integrarla como complemento, de forma responsable, sin erosionar las habilidades cognitivas humanas.

Incluso estas habilidades no bastarán por sí solas. En un mercado laboral reconfigurado por la IA, cobrarán mayor valor las capacidades que esta tecnología no puede replicar: el juicio experto, la creatividad o la empatía. También lo harán habilidades como la comunicación efectiva, el liderazgo y la resolución de problemas, cuyo potencial de automatización sigue siendo muy bajo. En este nuevo escenario, el éxito no consiste en competir con las máquinas, sino en complementarse con ellas.

Todo esto implica rediseñar el currículo escolar para que los estudiantes integren la alfabetización en IA con un sólido dominio de habilidades interpersonales. Quienes lo logren estarán mejor posicionados para aprovechar las nuevas oportunidades que esta tecnología ofrece.

Estas exigencias, sin embargo, no se limitan a las aulas: también requieren una respuesta urgente en el ámbito laboral. México debe adoptar una estrategia nacional de capacitación continua. En algunos países ya se subsidia la formación en herramientas digitales e IA, con evidencia de mejoras significativas en la productividad en tareas como programación, atención al cliente o redacción. Además, la IA representa una oportunidad concreta para reducir la desigualdad laboral estructural, siempre y cuando se garanticen las condiciones para que los trabajadores que tienen menos ingresos puedan acceder a ella y aprovechar sus beneficios.

Para evitar el deterioro de habilidades y mitigar los efectos del desplazamiento laboral, se requieren políticas activas de empleo, las cuales deben incluir programas de recapacitación y estrategias de reinserción que aprovechen la tecnología para conectar de forma más eficiente a los trabajadores y las empresas. Asimismo, es fundamental fortalecer las redes de protección social. Así, se puede facilitar una transición más justa y evitar que los trabajadores desplazados terminen en empleos precarios o de menor calidad.

La irrupción de la IA no solo exige adaptación, sino también resiliencia institucional, además de que requiere recursos suficientes, mecanismos de participación democrática y una gobernanza fiscal legítima. En estos frentes, México encara desafíos importantes. Hoy, el país recauda menos impuestos que cualquier otro miembro de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos en proporción del PIB; algunos impuestos, como el de la nómina, penalizan el empleo formal; además, según Transparencia Internacional, la percepción de corrupción sigue siendo una de las más altas del mundo. 

La tarea es, entonces, triple. Primero, aumentar la recaudación para financiar las inversiones necesarias que permitan un aprovechamiento equitativo de la IA. Segundo, corregir el sesgo regresivo del sistema fiscal, que penaliza a los trabajadores, subsidia al capital y acelera la automatización. Tercero, reconstruir la legitimidad fiscal mediante una mayor transparencia, eficiencia en el gasto y participación ciudadana. Sin una gobernanza más sólida y una carga fiscal más progresiva, difícilmente la sociedad mexicana estará dispuesta a asumir este costo. La IA puede llevarnos al fin de las enfermedades, pero no puede dictarnos cómo organizarnos como sociedad. Esa sigue siendo una decisión profundamente humana. El reloj avanza: cuanto más tardemos en actuar, más difícil será corregir el rumbo. Si fallamos, no será por la tecnología, sino por nuestra incapacidad de gobernarla. EP

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