Minerales, crimen organizado e inteligencia artificial: el papel estratégico de México en la disputa global entre China y Estados Unidos

Claudia Calvin Venero analiza el papel de México en la competencia global por minerales clave y su impacto en la carrera por la inteligencia artificial.

Texto de 17/09/25

Claudia Calvin Venero analiza el papel de México en la competencia global por minerales clave y su impacto en la carrera por la inteligencia artificial.

México está atrapado entre dos fuegos. Por un lado, la narrativa de seguridad centrada en el narcotráfico; por otro, una realidad estratégica que pocos mencionan: la creciente disputa entre Estados Unidos y China por el control de los minerales y tecnologías que definirán el siglo XXI. En el corazón de esta nueva Guerra Fría está la inteligencia artificial (IA), cuya infraestructura depende de insumos, algunos de los cuales yacen bajo el suelo mexicano. Ante esto, el país carece de una política clara que lo posicione frente a esta transformación global. ¿Qué papel puede asumir México ante este nuevo tablero de poder mundial y, sobre todo, qué condiciones reales tiene para participar de manera proactiva?

De la amapola al litio: el nuevo mapa del conflicto mexicano

Durante las últimas décadas, el enfoque dominante sobre seguridad en México ha girado en torno al narcotráfico. Rutas, cárteles, capos, fugas, corrupción, persecuciones y decomisos han ocupado el centro de la discusión política y mediática. Esta narrativa, sin embargo, hoy no explica la complejidad de la situación ante el escenario internacional. La violencia territorial persiste, pero lo que está en juego ya no es solo la disputa por el control de las rutas de armamento, drogas, huachicol y personas, sino también el control sobre las zonas en las que se encuentran materiales estratégicos y tierras raras para la tecnología del siglo XXI: la inteligencia artificial. 

Uno de los componentes centrales es el cobre. México es uno de los 10 principales productores de este metal en el mundo y las mayores reservas en el país se encuentran en Sonora (79 %) y le siguen Zacatecas, San Luis Potosí y Chihuahua. El principal comprador de cobre mexicano es Estados Unidos (976 millones de dólares); el segundo, China (207 millones de dólares); el tercero, Corea del Sur (76 millones de dólares). México es el tercer mayor proveedor de cobre para el país vecino.

Respecto al litio, Sonora alberga el yacimiento más extenso en el país. Se conoce como el Valle de Litio y se extiende a lo largo de aproximadamente 100 km, desde el municipio de Bacadéhuachi hasta Sahuaripa.

Respecto a tierras raras, el país posee yacimientos, aunque su producción y desarrollo están en una fase de exploración y no son comparables a los grandes productores mundiales como China. La ubicación de estos yacimientos se concentra en varias regiones: Sonora (litio), Coahuila (neodimio, praseodimio, disprosio y terbio); Oaxaca, Hidalgo, Durango y Sinaloa también tienen concentraciones de estas tierras, pero no hay inversión ni infraestructura adecuada para su explotación

Si se extrapolan las zonas en las que se encuentran estos yacimientos con las zonas en las que están operando los cárteles y el crimen organizado, se puede tener una lectura geoestratégica relevante para la producción de la IA en los años por venir.

No es sorpresa la capacidad de diversificación de negocios y del portafolio de los cárteles y tampoco es noticia que controlen minas, cobren “derecho de piso” a concesionarios legales y protejan rutas estratégicas de exportación de minerales, como ya lo hacen con el aguacate o la madera. A este fenómeno las expertas y los expertos le llaman economías criminales, extractivismo y acumulación entrelazada

Minerales y algoritmos: cómo se construye la infraestructura de la inteligencia artificial

¿Por qué son relevantes estos minerales para la IA? Para entrenar modelos de lenguaje, alimentar centros de datos o fabricar procesadores de alto rendimiento, se requiere una base física de minerales como litio, cobalto, tierras raras, grafito y cobre.

La carrera tecnológica entre China y Estados Unidos no está definida exclusivamente por la calidad de los algoritmos o por las premisas éticas de sus políticas de desarrollo en materia de IA: está definida por el control de las plataformas físicas y las cadenas de suministro que permiten su funcionamiento. En otras palabras, la “infraestructura de la inteligencia artificial” incluye no solo chips, sino la minería que alimenta su fabricación.

México, con sus yacimientos (explotados y por explotar), es parte crítica de ese circuito. Estados Unidos tiene 3 % de las reservas mundiales de litio, pero solo una mina produce menos del 2 % de la producción mundial y el escenario no es claro por las demandas y el movimiento ambientalista en el país. No tiene la capacidad de producción y procesamiento que tiene China. Bacadéhuachi está en la mira de esta carrera tecnológica.

El acceso a estos recursos no puede disociarse de la política del gobierno de Trump respecto al Plan de Acción sobre AI que publicó en julio de 2025. La IA forma parte de sus instrumentos de política exterior: su desarrollo y control es central para su visión de liderazgo mundial. Para el nuevo Departamento de Guerra (antes de Defensa), la IA juega un papel central y será clave en la definición e instrumentación de las nuevas guerras.

México no es solo un vecino; es una pieza geoestratégica que podría inclinar la balanza de poder en esta disputa global por sus recursos minerales.

Estados Unidos: friendshoring, seguridad nacional y obsesión por las cadenas de suministro

Frente a la creciente dependencia de insumos procesados en China, Estados Unidos ha lanzado una estrategia agresiva para reconfigurar sus cadenas de suministro, particularmente en sectores clave como semiconductores, energía limpia e inteligencia artificial. Esta estrategia, conocida como friendshoring, busca relocalizar cadenas en países aliados, cercanos y en los que aparentemente no existe riesgo político. 

México aparece en ese radar como una opción natural: es frontera, tiene tratados comerciales y alberga los minerales necesarios. Sin embargo, la falta de claridad, la inseguridad y la colusión criminal ponen en riesgo esa estrategia. Desde esta óptica, el que las cadenas de suministro estén comprometidas y que el país tenga problemas de gobernabilidad y corrupción plantea vulnerabilidades y riesgos geopolíticos y geoestratégicos que pueden debilitar su posición en la carrera tecnológica.

Sobre China, los narcotraficantes y los nuevos interlocutores geopolíticos

Mientras tanto, China ha desarrollado una política de influencia directa en América Latina. A través de financiamiento estatal, construcción de infraestructura y adquisición de empresas clave, ha incrementado su huella en sectores estratégicos, siendo la minería uno de ellos.

Las empresas chinas son las principales inversionistas de litio en América Latina. En el caso mexicano, aunque su presencia es menos explícita que en Centro y Sudamérica, es evidente. Las compañías Ganfeng Lithium y sus filiales Bacanora Lithium y Sonora Lithium presentaron un arbitraje de inversiones contra México ante el Centro Internacional de Arreglo de Diferencias relativas a Inversiones (CIADI) para proteger la propiedad sobre sus licencias después de que el Gobierno mexicano las cancelara.

Otro de los aspectos inquietantes de esta ecuación es la transformación del crimen organizado en un actor geopolítico. Los cárteles ya no son simplemente estructuras de violencia, sino agentes que controlan territorios, rutas logísticas y, ahora, minas. El control que tienen sobre rutas y regiones mineras, así como de distribución, pone en evidencia cómo el crimen organizado se ha insertado en mercados legales globales, operando bajo estructuras paralelas que desafían al Estado o peor aún actúan con su complicidad.

El riesgo de esta situación es doble: por un lado, el debilitamiento del Estado mexicano; por otro, la exposición y control de las cadenas de suministro que alimentan el desarrollo tecnológico a estructuras criminales. 

Frente a este panorama, México carece de una política de largo plazo que articule minería, seguridad y soberanía tecnológica. La nacionalización del litio, en 2022, fue más simbólica que funcional. No existen mecanismos de trazabilidad, regulación ambiental efectiva ni alianzas tecnológicas sólidas que permitan vislumbrar una política pública clara, sólida y de largo plazo relacionada con ello.

Mientras tanto, las comunidades en zonas mineras enfrentan despojo, violencia y desplazamiento. A la par, el discurso oficial sigue atrapado en una lógica binaria: legal vs. ilegal, narco vs. ejército; no existe —o se desconoce— una estrategia articuladora. No hay una visión clara sobre el papel que México debe desempeñar en esta confrontación geopolítica entre Estados Unidos y China, ni sobre su lugar en la cadena de suministro de la inteligencia artificial, ya sea desde la perspectiva tecnológica o de la seguridad nacional.

Preguntas urgentes, decisiones pospuestas

En este contexto, resulta inevitable plantearse preguntas de corto, mediano y largo plazo. ¿Acaso el futuro de la inteligencia artificial no solo se estará definiendo en Silicon Valley o Shenzhen, sino también en el subsuelo de Sonora y Zacatecas? ¿No sería necesario y urgente que las políticas de seguridad nacional amplíen su espectro para considerar los escenarios y la toma de decisiones en materia de producción minera y el desarrollo tecnológico, específicamente el de la IA? ¿Qué papel está destinado a ocupar México en el escenario global, si seguimos con la política de seguridad actual sin considerar esta reconfiguración global? ¿Será el crimen organizado quien determine el desarrollo, la infraestructura y la distribución de los minerales clave en esta carrera tecnológica? ¿Qué papel tendrán las empresas nacionales y extranjeras en este contexto? ¿Está México preparado para discutir sobre soberanía digital, gobernanza tecnológica y justicia ambiental al mismo tiempo?

A manera de conclusión

El mundo ha cambiado. Las disputas globales ya no se libran únicamente con tanques ni con tratados comerciales. Se juegan en los algoritmos, los microchips, los yacimientos minerales y los mapas tecnológicos y virtuales de poder.

México podría tener una gran oportunidad, pero para aprovecharla necesitaría salir de la ceguera estratégica y entender que la narrativa de seguridad basada en el narcotráfico ya no es suficiente. Que los minerales son más que recursos: son llaves del futuro y del nuevo diálogo geopolítico mundial y que la inteligencia artificial no es un lujo del Norte, sino una estructura de poder cuyos insumos y cadenas de producción se encuentran en otros países; México es uno de ellos. 

México no puede seguir actuando como si estuviera atrapado en un conflicto del siglo pasado. La disputa ya no es solo por drogas ni territorios y los enemigos no son únicamente quienes trafican drogas. Hoy, a plena luz del día, se extraen litio, cobre y otros minerales clave, se trazan rutas de distribución no legales y se define una nueva arquitectura del poder global. El liderazgo en el siglo XXI no se mide por ideologías, sino por la capacidad de proteger los recursos estratégicos que alimentan las tecnologías del futuro. El país está parado sobre esa nueva frontera del poder y aún no lo sabe. Está frente a una disyuntiva crítica: convertirse en un aliado indispensable con soberanía tecnológica y visión geopolítica o quedar reducido a un peón sustituible en el tablero de otros. Lo que se decida, o se omita, marcará no solo su modelo de desarrollo sino su lugar en la historia y en el mundo por generaciones. EP

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