
Patrick Inglis, investigador externo del Centro de Estudios Espinosa Yglesias, analiza la movilidad social en México a través de historias de vida que muestran cómo las oportunidades y los lazos débiles pueden cambiar —o truncar— un destino.
Patrick Inglis, investigador externo del Centro de Estudios Espinosa Yglesias, analiza la movilidad social en México a través de historias de vida que muestran cómo las oportunidades y los lazos débiles pueden cambiar —o truncar— un destino.
Texto de Patrick Inglis 20/01/26

Patrick Inglis, investigador externo del Centro de Estudios Espinosa Yglesias, analiza la movilidad social en México a través de historias de vida que muestran cómo las oportunidades y los lazos débiles pueden cambiar —o truncar— un destino.
Durante casi dos años, desde enero de 2024, viajé por México para estudiar y comprender la movilidad social no en lo abstracto, sino como experiencia vivida, algo poco común en un país tan desigual. Como etnógrafo, mi objetivo era descubrir cómo se produce la movilidad social —en los casos en que se da— y qué obstáculos la impiden cuando no ocurre.
Entre las personas más interesantes que conocí está Jorge. Él nació en una familia pobre de San Cristóbal Amoltepec, Oaxaca, en la década de 1980. Su padre era violento y les pegaba a Jorge y a sus hermanos con regularidad, pero dirigía lo peor hacia la madre. Había poco trabajo y, a menudo, poca comida. A mediados de la década de 1990, cuando la economía mexicana se tambaleó y el peso se desplomó, la familia se mudó a la capital y compartió con un tío un pequeño espacio en Chimalhuacán, Estado de México. Para entonces, Jorge ya había abandonado la escuela y no pensaba volver.
Seis —y, a veces, siete— días a la semana, Jorge y su padre viajaban durante horas hacia los barrios céntricos de la Ciudad de México para bolear los zapatos de los transeúntes en la Condesa, Roma y Juárez. Jorge se iba por un lado y su padre por otro; horas más tarde se reunían de nuevo para regresar a Chimalhuacán en medio del tráfico de la hora pico.
Fue en una acera de la colonia Juárez, frente a un gran edificio de oficinas, donde Jorge conoció a tres abogados que estaban tomando un descanso. Les lustró los zapatos y le pagaron bien. Volvió al día siguiente y al otro, hasta que se convirtieron en sus clientes habituales. Finalmente, los abogados lo invitaron a subir a su oficina para conocer a su jefe, el Dr. Emilio Rabasa Gamboa, un renombrado abogado que había sido secretario general del Instituto Mexicano del Seguro Social y, cuando Jorge lo conoció, dirigía un equipo que negociaba un acuerdo con varias comunidades indígenas tras la masacre de 1997 en Acteal, Chiapas.
Rabasa simpatizó con Jorge. Le dijo que podía visitar la oficina cuando quisiera, ya que no se le permitiría la entrada a ningún otro bolero. Solo había una condición: Jorge tenía que volver a la escuela. Jorge se resistió; la escuela no era para él, según afirmó. Necesitaba ganar dinero. Cuando Rabasa insistió, Jorge alegó que había perdido sus documentos en Oaxaca; Rabasa no cedió: o regresaba a estudiar o buscaba otro lugar donde lustrar zapatos.
Jorge se marchó y probó en otras calles, pero nunca volvió a ganar lo mismo. Al final, regresó. “Está bien”, le dijo a Rabasa. “Volveré a la escuela”. Después de recuperar sus documentos en Oaxaca, Jorge se matriculó en un instituto cercano a la oficina. Por las mañanas trabajaba como bolero y por las tardes iba a clases. Cerca de la medianoche llegaba a casa, solo para despertarse antes del amanecer y repetir la rutina.
El esfuerzo dio sus frutos. Con el apoyo de un profesor, Jorge presentó el examen de ingreso a la Universidad Nacional Autónoma de México y lo aprobó. Tras terminar la preparatoria, se matriculó en la carrera de Derecho. Cuando se enteró de la noticia, Rabasa le presentó a su esposa, la Dra. María del Carmen Alanís Figueroa, quien en ese momento presidía el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación. Jorge dejó atrás su caja de lustrar zapatos y comenzó a trabajar en las oficinas del órgano jurisdiccional, primero en tareas administrativas y, más tarde, en otras más sustantivas. Cuando se graduó —Rabasa formó parte de su comité de tesis—, obtuvo un ascenso y un aumento de sueldo. Gracias a nuevas recomendaciones, más tarde se trasladó a otra oficina del Tribunal en Xalapa, Veracruz.
En la actualidad, Jorge trabaja en la Fiscalía General de la República en la Ciudad de México, muy lejos de sus humildes orígenes en el campo de Oaxaca. “Él me motivó”, dice Jorge sobre Rabasa. “Me ayudó mucho su apoyo moral. ‘Oye —me decía—, hazlo lo mejor que puedas’. Vio algo en mí. Es lo inexplicable para mí. No sé por qué, pero el destino me fue abriendo las puertas y dije: ‘Voy a aprovechar esta oportunidad’”.
Curiosamente, no fue alguien de la familia de Jorge ni de su círculo más cercano quien le ayudó a cambiar sus circunstancias, aunque este tipo de lazos fuertes también son importantes. Sin embargo, a menudo, es el encuentro con personas ajenas al ámbito familiar y de amistades más cercano lo que puede provocar una reacción en cadena de nuevas conexiones y oportunidades, lo que los sociólogos denominan lazos débiles. En el caso de Jorge, todo comenzó con unos abogados que conoció en la acera y le presentaron a su jefe, quien lo impulsó y a su vez lo conectó con otras personas, hasta que pudo emprender un camino duradero de movilidad social; pero no todo el mundo tiene tanta suerte.
Francesca, a quien conocí más o menos al mismo tiempo que a Jorge, a principios de 2024, nunca forjó el tipo de lazos débiles que la habrían impulsado hacia adelante. Los padres de Francesca eran del sur de México, de Guerrero, y se habían establecido también en Chimalhuacán. De niña, a principios de la década de 2000, asistía a la escuela durante el día y, por las tardes y los fines de semana, trabajaba con su madre sirviendo mesas y tomando pedidos en restaurantes y puestos callejeros. Su padre, quien trabajaba principalmente en la construcción, no era violento físicamente, pero discutía de manera constante con su madre. Cuando Francesca era adolescente, el padre se fue a cruzar la frontera con Estados Unidos en busca de trabajo. En su ausencia, el hogar se volvió más tranquilo.
Sin embargo, esa estabilidad se desmoronó años más tarde, cuando él regresó. En aquel momento, Francesca estaba matriculada en la Universidad Tecnológica de Nezahualcóyotl. Le encantaba estudiar, especialmente las matemáticas, y esperaba trabajar en recursos humanos. A un semestre de graduarse, perdió la concentración, pues su padre comenzó a salir con una buena amiga suya. El día que se enteró, buscó refugio en una esquina cercana donde vendían drogas las 24 horas del día. Había probado la marihuana antes y había bebido en fiestas, pero era la primera vez que consumía el llamado activo, un inhalante barato y común en la zona. Después le siguieron drogas más duras. Pronto, acabó viviendo en la calle, luchando por mantener una adicción que se le había salido de las manos.
Cuando la entrevisté, a sus veintialgo, y a pocos meses de haber tocado fondo, Francesca intentaba reconstruir su vida. Conoció a Gustavo en uno de los centros de acogida para personas adictas y empezaron a salir juntos. Mayor que ella, él había abandonado la escuela en la adolescencia y pasó unos años trabajando en labores agrícolas en Estados Unidos antes de regresar a México cuando su madre enfermó. Al igual que Francesca, él también intentaba dejar las drogas; su vicio era el alcohol.
Rubén, un hombre de unos sesenta años que limpiaba y estacionaba coches en la calle donde yo vivía en la colonia Roma, me presentó a Francesca y a Gustavo. Rubén, quien había superado su alcoholismo hace décadas, hacía de padrino de personas adictas en un par de centros de rehabilitación que él ayudó a establecer en Chimalhuacán. Cuando se enteró de mi investigación, pensó inmediatamente en Francesca. Ella estaba dejando las drogas y había encontrado una nueva motivación.
Rubén me invitó a su casa para que la conociera. Mientras preparaban juntos el almuerzo, bromeaban con naturalidad y su familiaridad reflejaba la confianza entre ellos. De pie en la cocina, estaba Francesca removiendo la sopa y Rubén limpiando el pollo.
Ella se sinceró: “Estaba soltera, era joven y no tenía hijos”, explicó, y continuó narrando cómo había caído en la adicción a las drogas. “También te gustaba la fiesta, no lo olvides”, añadió Rubén sonriendo. Se rieron.
“Hoy ya no quiero culpar a nadie”, dijo Francesca. “Asumo mi responsabilidad”.
“Súper”, respondió Rubén.
Francesca estaba terminando sus estudios y reuniendo los documentos necesarios para obtener su título profesional. Debido a que vivía en una zona con pocos negocios y oficinas gubernamentales, le costaba imaginar cómo podría poner en práctica sus habilidades.
Rubén le planteó la posibilidad de presentarle a una familia de abogados que vivían en la calle donde él trabajaba. Cuando le pregunté en qué consistía esa oportunidad, quedó claro que no se trataba de un caso similar al de Jorge cuando conoció a personas como Rabasa y Alanís. Los abogados que le presentaría Rubén solo querían ayuda para limpiar su oficina en casa. Aun así, animó a Francesca a ir. Ella nunca lo hizo.
Semanas más tarde, me senté con Francesca y Gustavo en el suelo de hormigón de una tienda en la Central de Abastos en Iztapalapa, clasificando cebollas, que era la única fuente de ingresos estable de la pareja. Entonces me dieron la noticia: Francesca estaba embarazada. El bebé, que nacería en el otoño de 2024, acaparaba sus pensamientos.
“Quiero darle una buena educación”, dijo Francesca. “Para que no sufra como yo sufrí”.
“Será presidenta de México”, exclamó Gustavo. “Que sea grande”.
En la primavera de 2025, unos meses después del nacimiento del bebé, un niño, intenté poner en contacto a Francesca con alguien que también participaba en mi investigación. Era Enrique Romero, un exdiplomático mexicano que vivía en Austin, Texas, y que ayudaba a clientes suyos, ciudadanos mexicanos que estaban viviendo sin documentos en Estados Unidos, a obtener documentos básicos. Era mi intento de actuar como uno de los lazos débiles. Romero le iba a pagar una pequeña cantidad por localizar unos documentos en México.
Desafortunadamente, la oportunidad se esfumó cuando un cliente cambió de opinión. No obstante, Romero prometió darle seguimiento al asunto, ya que sin duda tendría trabajo para Francesca.
Pasaron meses antes de que yo volviera a saber de ella. Se había separado de Gustavo y había vuelto a consumir drogas. Los servicios sociales habían intervenido y se hablaba de dar al bebé en adopción. Como no tenía un trabajo estable ni un lugar donde vivir, se mudó con su madre, ahora en Ixtapaluca, donde le ayudaba en el pequeño restaurante en el que trabajaba, tal y como había hecho Francesca de niña.
El marcado contraste entre la continua lucha de Francesca y el éxito de Jorge sigue intrigándome. ¿Qué pensar de unos resultados tan dispares?
El refrán mexicano: “Si quieres, puedes” ofrece una respuesta. Jorge lo quería, así que lo consiguió. Según esta lógica, Francesca no lo quería… o no lo quería lo suficiente. No obstante, hay otra forma de entender estos casos, una que honra la disciplina de Jorge y, al mismo tiempo, reconoce el esfuerzo de Francesca. Jorge supo aprovechar las oportunidades que se le presentaron. Convirtió los lazos débiles en fuertes, hizo amistad con los abogados y, posteriormente, construyó una casa para su madre en Chimalhuacán, al tiempo que asesoraba a una prima que también se ha convertido en abogada.
La verdad es que hay pocas personas como Rabasa y Alanís, y demasiados Jorges a los que ayudar y apoyar. Es realmente cruel condenar a alguien como Francesca a llevar una vida precaria por no haber tenido la suerte de encontrar a un benefactor adecuado en el momento idóneo.
Solo una sociedad que invierte poco en la infancia, la educación y las instituciones públicas se beneficia de contar historias que presentan el éxito y el fracaso como cuestiones de virtud individual en lugar de responsabilidad colectiva. Celebrar casos excepcionales de movilidad social mientras se ignoran las condiciones que los hacen posibles —y la combinación de lazos fuertes y débiles— no demuestra que un sistema funcione, sino que es una forma de excusar su falta de funcionamiento.
Si los lazos débiles son tan importantes como sugiere la historia de Jorge, entonces no se pueden dejar al azar de los encuentros fortuitos y la generosidad privada. Las instituciones públicas —guarderías de alta calidad, escuelas accesibles y centros comunitarios bien financiados— tienen la tarea de conectar sistemáticamente a los jóvenes con las oportunidades. Hasta entonces, historias como la de Jorge seguirán siendo excepcionales, mientras que los casos como el de Francesca, mucho más comunes. EP